Entonces, Eurovisión era algo muy serio, mucho más de lo que la gente joven puede entender hoy. Era la televisión entera de Europa metida en una noche, millones de personas mirando. Y España, que llevaba años intentándolo con resultados discretos, quería ganar de verdad. El nombre que sonaba para ir era el de Joan Manuel Serrat.
Y ahí empieza todo. Serrat era el favorito, era conocido, tenía prestigio y había dicho que quería cantar en catalán, no en castellano, en catalán. Y eso en la España de Franco era un problema que iba mucho más allá de la música. El régimen quería una victoria en Eurovisión, sí, pero quería una victoria que pudieran exhibir como propia.
Una canción en catalán no encajaba en ese escaparate. La decisión que tomaron entonces cambió muchas cosas y más si él lo sabía antes que nadie. Me enteré una mañana de marzo. Llegué a su casa, saqué el maletín y ella estaba sentada en la silla de siempre con una expresión que no le había visto antes, seria, pero con algo más debajo, como quien acaba de recibir una noticia que tiene dos caras y todavía no sabe bien cómo mirarla.
Le pregunté cómo estaba. Me dijo, “Me han llamado para ir a Eurovisión. Me quedé parada con el peine en la mano. Le dije, “¿Y eso es bueno?” Tardó un momento en contestar. Eso depende de cómo salga. Entonces no entendí todo lo que quería decir. Con el tiempo lo entendí muy bien. La sustitución de Serrat por Masiel fue un terremoto.
La prensa se volvió loca. Serrat se negó a cantar en castellano y el régimen lo apartó. Pusieron a Mael en su lugar con muy poco tiempo para prepararse, días casi sin ensayos, con una canción que no había elegido ella, con una orquesta que no conocía y con todo el peso de representar a un país que esperaba ganar.
Y encima cargando con el ruido de haber llegado ahí de esa manera, porque la gente no lo olvidó. Los que apoyaban a Serrat, [música] que eran muchos y con mucha voz, la miraron a ella con una mezcla de sospecha y rencor que no tenía ningún sentido, como si ella hubiera pedido estar ahí, como si hubiera maniobrado para quitarle el puesto a alguien.
Ella no había pedido nada, le habían llamado, le habían dicho que o ella o nadie y había dicho que sí porque era su trabajo y porque creía que podía hacerlo bien, pero la narrativa ya estaba escrita y las narrativas, una vez escritas son muy difíciles de borrar. Yo la vi prepararse para aquello. Vi los ensayos en casa, la que montaba en el salón con la música puesta.
y ella dando vueltas probando movimientos. La vi nerviosa, que era algo que no se le notaba casi nunca. Una tarde me dijo mientras la peinaba, “Milagros, si esto sale mal, me van a echar la culpa a mí y si sale bien, le van a dar el mérito a la canción.” Le dije que eso no era justo. Me miró por el espejo y me dijo, “El negocio del espectáculo no es justo.
Tú ya deberías saberlo.” Tenía razón, pero ese día no quería dársela. Eurovisión 1968 fue en Londres el 6 de abril. Masel cantó la la la y ganó. Ganó por un punto con mucha polémica después sobre los votos, pero ganó. España entera se volvió loca. La televisión, los bares, los vecinos asomados a las ventanas gritando. Fue una noche que el país entero recordó durante décadas.
Yo lo viví desde Madrid con mi familia delante del televisor. Cuando cantó y cuando dijeron su nombre como ganadora, me puse a llorar sin saber muy bien por qué. Supongo que porque la conocía, porque sabía lo que había costado llegar ahí. lo que había cargado de camino, pero lo que pasó después, eso es lo que nadie cuenta. Volví a su casa unos días después de que regresara de Londres.
Ella llevaba encima ese brillo raro que tienen las personas cuando acaban de vivir algo enorme y todavía no han aterrizado del todo. Estaba contenta, claro, pero había algo más, algo que no cuadraba del todo con lo que yo esperaba ver en alguien que acababa de ganar Eurovisión para su país. La peiné en silencio un rato.
Ella miraba por la ventana y entonces me dijo algo que me paró el corazón. me dijo, “Milagros, he ganado. Y aún así hay gente que preferiría que hubiera perdido.” Lo dijo despacio, sin rabia, con esa calma suya que a veces era más dura de escuchar que el enfado. Le pregunté a qué gente se refería. Me miró por el espejo y me dijo, “A los que nunca me perdonarán haber estado en el lugar de otro.
” Me quedé callada porque tenía razón y no había nada que añadir. Pero lo que pasó en los meses siguientes fue mucho peor de lo que yo imaginaba en ese momento. La victoria en Eurovisión, que debería haber catapultado su carrera de una manera brutal, se convirtió en algo extraño. Había celebraciones, sí, actos, entrevistas, la foto con el régimen que ella hizo porque no había manera de negarse.

Pero debajo de todo eso había una corriente fría que yo notaba cada vez que iba a su casa. Los productores que deberían haber llamado a su puerta llamaban con menos entusiasmo del esperado. Había reuniones que se cancelaban, proyectos que se enfriaban y el nombre de Serrat seguía apareciendo en todas las conversaciones como una sombra que no se iba.
Ella me lo contó una tarde a finales de ese año. Estábamos solas en su salón con la radio puesta abajito de fondo y de repente me dijo, “¿Sabes cuál es el problema de ganar en estas condiciones?” Le dije que no. me dijo que la gente recuerda cómo llegaste y eso no desaparece aunque ganes. Hizo una pausa y luego añadió algo que no he olvidado en todos estos años.
Me dijo, “España no va a volver a ganar Eurovisión en mucho tiempo. Y no porque no haya buenos cantantes, sino porque el día que ganamos lo hicimos con una herida abierta y las heridas abiertas no se olvidan. Ahí me quedé porque en ese momento, siendo yo una mujer joven de Vallecas que peinaba así famosos y pensaba poco en política y en industria musical, aquello me sonó a exageración, amargura de alguien que ha ganado, pero que siente que le han puesto piedras en el camino.
Tardé años en entender que tenía razón en cada palabra. España no ganó Eurovisión en décadas. El festival pasó. Los años pasaron y España fue quedando cada vez más atrás en aquel concurso que una noche de 1968 había ganado por un punto en Londres con una canción de cinco letras repetidas. Y cada vez que salía el tema, cada vez que alguien preguntaba por qué España no ganaba, la respuesta oficial siempre buscaba culpables en la canción, en el cantante, en los votos de los países vecinos.
Pero nadie hablaba de lo que Masiel me dijo en ese salón, de la herida, de cómo algo que deberíab haber unido terminó partiendo, porque eso fue lo que pasó de verdad. Serrat era el símbolo de una manera de entender España que el régimen no quería ver. Mas si él llegó en su lugar y ganó siendo ella, siendo buena, siendo profesional, pero la victoria quedó envuelta en aquella pelea que no era suya.
