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La Caída de Los Policías que Robaban la Droga y Destruyeron a Machala

Imagínate por un momento que eres un agente de élite. Has pasado años escalando en la estructura de la Policía Nacional de Ecuador. Has recibido formación especializada. Llevas el uniforme con el orgullo de quien se sabe en la primera línea de fuego contra el crimen transnacional. Pero un día, en una habitación de seguridad en Machala, no estás ahí para hacer un inventario oficial.

No estás esperando a los peritos de criminalística. Estás sacando tu teléfono personal. Te encuadras en la pantalla, sonríes junto a otros tres compañeros y click, la foto se dispara. Ese selfie tiene un destinatario muy concreto, el dueño de la mercancía. Esta escena, que parece sacada de una ficción de bajo presupuesto sobre repúblicas bananeras es el punto de partida de una de las investigaciones más dolorosas para la institucionalidad ecuatoriana.

Ma según las pesquisas que más tarde verían la luz, esa fotografía fue hallada en el dispositivo de un narcotraficante identificado como Carlos Cada, alias Blanco. En el mundo de la AMPA esa imagen no era un recuerdo, era una factura, una prueba de vida de la mercancía o según sostienen algunas fuentes cercanas al caso, la confirmación de que el trabajo de protección se había cumplido.

Esta es la crónica de cómo el narco no solo se infiltró en las calles de Machala, sino de cómo terminó por sentarse en el asiento del copiloto de las patrullas. Machala siempre ha tenido una mística especial. Conocida mundialmente como la capital bananera. Es una ciudad que respira comercio, esfuerzo agrícola y el trajín constante de Puerto Bolívar.

Sin embargo, su ubicación geográfica la convirtió en una joya demasiado tentadora para las mafias. Al sur la frontera con Perú, un colador por donde fluyen armas y precursores. Al oeste, el Pacífico, la autopista líquida hacia los mercados de Europa y Estados Unidos. En este escenario, el orden público debería ser el muro de contención, pero la realidad nos dice que ese muro empezó a mostrar grietas profundas hace años.

Para entender el ascenso de esta red, hay que ponerle nombres y apellidos a quienes presuntamente cruzaron la línea. No eran agentes de barrio, eran hombres con mando. La fiscalía ha puesto la lupa sobre figuras como el mayor Luis Naula y el teniente Paul Aguilar. Naula no era un desconocido.

Pertenecía a la Unidad Nacional de Investigación Transnacional, la UNID. Hablamos de la punta de lanza. Si la unidad que debía trabajar codo con codo con embajadas y agencias internacionales para desmantelar las redes que hoy desangran al país. Por su parte, Paul Aguilar no solo ostentaba el grado deteniente, era hijo de un influyente político de la zona, un exgobernador, lo que le otorgaba un aura de intocabilidad y un acceso privilegiado a las esferas del poder local.

¿Cómo se llega a este punto? No sucede de la noche a la mañana. No es que un narco se acerque a un oficial y este acepte un fajo de billetes sin más. Es un proceso estratégico de seducción y cooptación. Según la narrativa que maneja la inteligencia policial, el narco en Machala dejó de ser una figura lejana para convertirse en un vecino más, en un empresario que financiaba fiestas, que arreglaba los problemas de la comunidad y que poco a poco empezó a pagar los extras de los oficiales.

El ascenso de Carlos Cada, alias Blanco, es el ejemplo perfecto de este fenómeno. no buscaba el enfrentamiento directo con la policía, buscaba su logística, quería sus radios, sus códigos, sus horarios de patrullaje y sobre todo su silencio. En Machala, el poder criminal se expandió aprovechando la infraestructura legal.

El banano, el orgullo de la región se convirtió en el caballo de Troya perfecto. Las autoridades sostienen que el sistema Unibanano encargado de gestionar los cupos de exportación fue hackeado o manipulado desde dentro para permitir que empresas fachada, muchas de ellas creadas de la noche a la mañana, pudieran mover miles de contenedores hacia el puerto.

Según las investigaciones judiciales, era en este punto donde la policía comprada jugaba su papel fundamental. Shan no se trataba solo de mirar para otro lado, se trataba de escoltar los cargamentos desde las fincas hasta los patios portuarios, asegurándose de que ninguna unidad honesta o ningún control de carretera interfiriera en el trayecto.

Si te interesa este tipo de investigaciones profundas donde desentrañamos los nexos entre el crimen y quienes juraron combatirlo, te invito a que sigas atento a cada detalle de este relato, porque entender estas sombras es el primer paso para recuperar la luz. El esquema era brillante por su sencillez.

Mientras el país se horrorizaba con las noticias de Matanzas en las cárceles y sicariatos a plena luz del día, en el puerto de Machala se vivía una pax narca garantizada por el uniforme. Los agentes presuntamente implicados no solo filtraban información sobre operativos futuros, sino que sus de acuerdo con fuentes de la fiscalía, participaban en lo que en el argot criminal se conoce como el volteo.

Esto es simular un operativo legal, incautar la droga de una banda rival y en lugar de entregarla a las autoridades, devolverla al mercado o entregársela a su socio preferente. La selfie de la que hablábamos al principio cobra aquí un significado aterrador. Era el sello de garantía de un servicio de outsourcing de seguridad estatal para el crimen organizado.

Desde el punto de vista humano y psicológico, el perfil de estos oficiales es fascinante y perturbador. No se sentían criminales. En sus círculos sociales, seguían siendo los hombres de honor, los protectores. Pero en su vida paralela gestionaban rutas de narcotráfico con la misma frialdad con la que se gestiona una empresa de logística.

El teniente Paul Aguilar representaba esa mezcla peligrosa de linaje político y autoridad operativa. Su posición le permitía moverse con soltura entre los clubes sociales de Machala y los barrios más conflictivos de Puerto Bolívar, sirviendo de puente presuntamente para que los capitales del narco se lavaran en la economía formal de la provincia.

En las calles de Machala, su apellido era sinónimo de autoridad y él presuntamente usó ese peso para dar cobertura a las operaciones de blanco, facilitando que las empresas exportadoras de banano no hicieran demasiadas preguntas sobre la procedencia de ciertos capitales o la seguridad de sus contenedores.

La expansión del poder de esta redó a tal punto que, según testimonios recogidos en procesos judiciales, las bandas criminales como los lobos o sus disidencias como los Sao Vox, no veían a la policía como un enemigo, sino como un proveedor de servicios. Si una carga se perdía, si un sicario era detenido por error, una llamada al contacto adecuado dentro del comando de policía del Oro solía bastar para que los papeles se traspapelaran o las pruebas se contaminaran.

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