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El sol de mediodía en Madrid no perdona.

PARTE 1

El sol de mediodía en Madrid no perdona.

Es ese tipo de calor que se pega a la piel como una mala conciencia.

Lucía caminaba por la acera de la calle Bravo Murillo, esquivando a los jubilados que salían de misa con paso lento y decidido.

A su lado, Javi resoplaba.

Llevaba una caja de pasteles de “La Mallorquina” en la mano derecha.

La caja estaba empezando a humedecerse por la base debido al calor de la palma de su mano.

—Te digo que no va a ser para tanto —dijo Javi, aunque su voz carecía de cualquier rastro de convicción.

—Javi, tu madre tiene un radar para las debilidades humanas que ya quisiera el CNI —respondió Lucía.

Ella se ajustó la correa del bolso.

Llevaba un vestido ligero, de esos que se compran pensando en las vacaciones, pero que terminan siendo el uniforme de supervivencia en la ciudad.

—Solo es una comida de domingo —insistió él.

—No existen las “solas comidas de domingo” en tu casa.

—Ha hecho croquetas.

Lucía se detuvo un segundo.

Las croquetas de Doña Purificación eran, probablemente, el único vínculo sólido que quedaba entre ella y su suegra.

Eran piezas de ingeniería culinaria.

Crujientes por fuera, con una bechamel que desafiaba las leyes de la física por su cremosidad.

—Vale, las croquetas son un punto a favor —concedió Lucía—. Pero recuerda lo que pasó la última vez.

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