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Entregando comida para sobrevivir, interrumpe una boda de lujo y reconoce en el novio adinerado al gran amor perdido de su antigua vida noble

Entregando comida para sobrevivir, interrumpe una boda de lujo y reconoce en el novio adinerado al gran amor perdido de su antigua vida noble

Parte 1

A las cuatro y diecisiete de la tarde, justo cuando Toledo empezaba a ponerse de ese color dorado que hace que los turistas se queden mirando las piedras como si les fueran a contar un secreto, Lucía Aparicio estaba metida en un portal ajeno, con el casco de repartidora debajo del brazo, intentando convencer a su móvil de que no se muriera.

—No me hagas esto, cariño —le susurró a la pantalla, como quien habla con una mascota vieja—. Aguanta. Te prometo que mañana te compro un cable nuevo. O pasado. O cuando Hacienda deje de respirar en mi nuca.

El móvil, como respuesta, bajó del tres al dos por ciento.

Lucía cerró los ojos. Inspiró. Espiró. Pensó en su casero, en la factura de la luz, en el préstamo que había pedido para pagar otro préstamo, lo cual era una jugada financiera tan brillante como apagar un incendio con gasolina, y en la llamada que había recibido esa mañana del banco.

“Señorita Aparicio, necesitamos regularizar su situación.”

Regularizar su situación. Qué frase tan elegante para decir: “O pagas, o te hundimos con papeles hasta que tengas que pedir permiso para respirar.”

Tenía veintinueve años, dos carreras empezadas y ninguna terminada, una moto que sonaba como una lavadora con piedras, y un uniforme amarillo de la aplicación de reparto que le quedaba una talla grande porque, según el encargado, “mejor que sobre a que falte”. Lo que le sobraba a Lucía, desde luego, no era dinero.

El pedido de la tarde era raro. No era comida normal. No eran hamburguesas frías, ni sushi sudando dentro de una bolsa térmica, ni pizzas con el queso pegado al techo de la caja porque algún semáforo se le había cruzado con mala intención. Era un pastel de boda. Un pastel enorme, delicado, blanco, con flores de azúcar, guardado dentro de una caja rígida que costaba más que la mesa de su cocina.

La dirección era: Castillo de San Aurelio, carretera vieja de Toledo, acceso privado.

—Acceso privado —murmuró Lucía, mirando el mapa—. Claro. Porque “entrada por donde no entra la gente pobre” quedaba largo.

La pastelería le había dado instrucciones como si estuvieran mandando una reliquia al Vaticano.

—No lo inclines.

—No lo agites.

—No frenes brusco.

—No lo expongas al calor.

—No respires encima.

—¿Puedo mirarlo o también se descompone con contacto visual? —había preguntado ella.

El pastelero no se rio.

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