monarquías seguían funcionando con la lógica de la sangre y el linaje. María Antonia contactó con diversas casas reales y finalmente los ojos de la familia se posaron en un joven archiduque austríaco que pertenecía a la familia más antigua y poderosa del continente. Su nombre era Carlos y cuando Sita lo conoció por primera vez en el castillo de Schwarzau, ninguno de los dos podía imaginar que ese encuentro lo llevaría apenas unos años después al vértice del poder europeo y luego al precipicio más profundo que una familia imperial
pudiera imaginar. Lo que comenzó como un acuerdo entre familias se convirtió en algo que las crónicas de la época describirían. repetidamente como un amor genuino, una devoción mutua que ni la guerra, ni el exilio, ni la miseria, ni la muerte serían capaces de disolver del todo.
Pero eso es avanzar demasiado rápido. Primero hay que entender de dónde venía Carlos y qué clase de mundo era aquel en el que Sita estaba a punto de entrar. Un mundo que brillaba con una intensidad extraordinaria, precisamente porque estaba a punto de desaparecer para siempre. El imperio austrohúngaro en los primeros años del siglo XX era una de las construcciones políticas más asombrosas y más frágiles que el mundo había visto jamás.
Se extendía desde los Alpes hasta los cárpatos, desde el Adriático hasta las llanuras de Galicia, y en su interior convivían, no siempre en paz, más de una docena de pueblos distintos con lenguas, tradiciones, religiones e historias propias. Alemanes, húngaros, checos, polacos, croatas, eslovenos, serbios, italianos, rumanos y muchos más compartían la misma bandera imperial.
bajo el gobierno del anciano Francisco José I, que llevaba en el trono desde 1848 y que a sus más de 80 años era ya una figura casi mitológica, un símbolo viviente de una era que el mundo moderno estaba empezando a dejar atrás a marchas forzadas. Francisco José había sobrevivido a todo. Había sobrevivido a revoluciones, a guerras perdidas, a la muerte de su hijo único en circunstancias trágicas y oscuras, al asesinato de su esposa, la legendaria emperatriz Sisí, y a la desaparición de casi todos los que habían sido sus contemporáneos.
Era un hombre vaciado por la historia que cumplía con sus obligaciones con una puntualidad mecánica. y que gobernaba un imperio cuyas costuras crujían en todas partes, aunque él prefirie no escuchar ese sonido. El heredero al trono era el archiduque Francisco Fernando, sobrino del emperador, un hombre de carácter difícil, pero de ideas reformistas, que soñaba con transformar el imperio en una federación de pueblos con iguales derechos.
Francisco Fernando se había casado por amor con una condesa checa de sangre no suficientemente imperial y esa unión morganática le había costado el respeto de buena parte de la corte de Viena, pero no la determinación de sus propias convicciones. Sus hijos, por la condición de su matrimonio, no podían heredar el trono. Por eso Carlos, sobrino de Francisco Fernando, era el segundo en la línea de sucesión.
Carlos de Absburgo, Lorena, tenía exactamente el temperamento contrario al de su tío. Era tranquilo donde Francisco Fernando era impulsivo, conciliador donde el heredero era intransigente y poseía una dulzura de carácter que los que lo conocían describían como genuina y no como calculada. Cuando conoció a Cita en el castillo de Schwarzou, tenía 19 años y ella 17.
se vieron por primera vez en junio de 1909 durante una visita familiar y la impresión que se llevaron mutuamente debió de ser suficientemente intensa porque los encuentros se repitieron y la correspondencia entre los dos jóvenes comenzó a tejer algo que iba más allá de la conveniencia dinástica. El 21 de octubre de 1911, Carlos y Sita contrajeron matrimonio en el castillo de Schwartzou, en la baja Austria.
Fue una boda de la aristocracia europea, solemne y llena de representantes de las casas reales del continente. Pero los testimonios de quienes estuvieron presentes insisten en que lo que se veía en los ojos de los novios no era la satisfacción protocolar de un deber cumplido, sino algo más difícil de fingir.
Carlos tenía 20 años, Cita tenía 19. Y delante de ellos se extendía lo que parecía ser una vida de privilegio, de representación, de viajes y recepciones en los palacios más suntuosos de Europa. Una vida en la que el poder sería eventual, pero no urgente, porque Francisco Fernando todavía era joven y su salud era buena. Nadie en aquella boda podía imaginar que en menos de 5 años todo eso cambiaría de una manera radical e irreversible.
En los primeros años de su matrimonio, Sita y Carlos vivieron en Hetsendorf y luego en el castillo de Richenau, en la baja Austria. Tuvieron su primer hijo, Oto, en noviembre de 1912 y la familia comenzó a crecer con una regularidad que contrastaba con la inestabilidad creciente del mundo que los rodeaba. Cita aprendió rápidamente los protocolos de la Corte de Viena, esa intrincada maquinaria de ceremonias, jerarquías y etiquetas que Francisco José mantenía en funcionamiento con la misma obstinación con que mantenía en funcionamiento todo
lo demás. La emperatriz joven observaba, escuchaba, aprendía y callaba. Pero quienes la trataban de cerca notaban que detrás de su compostura perfecta había una inteligencia afilada y una voluntad de acero. El 28 de junio de 1914 en Sarajebo, dos disparos cambiaron el curso de la historia.
El archiduque Francisco Fernando y su esposa Sofía fueron asesinados por un joven nacionalista serbio mientras pasaban en automóvil por las calles de la ciudad. El mundo conto el aliento por un momento y luego como una velocidad que todavía hoy asombra a los historiadores, las alianzas militares de Europa se activaron como un mecanismo de relojería al que nadie podía detener.
Austria-Hungría declaró la guerra a Serbia. Rusia movilizó sus tropas. Alemania declaró la guerra a Rusia y a Francia. Gran Bretaña entró al conflicto. En cuestión de semanas, el continente más poderoso del mundo estaba en llamas. Carlos se convirtió de golpe en el heredero al trono del imperio austrohúngngaro y cita que hasta ese momento era simplemente la esposa de un archiduque relativamente secundario, se encontró de pronto en el centro del escenario más peligroso y más complicado de toda la historia europea.
La guerra transformó a Carlos de una manera que quienes lo conocían antes apenas podían reconocer, no en el sentido de haberlo endurecido o deshumanizado, sino en el sentido de haber acelerado en él una madurez que en tiempos de paz habría llegado de forma más gradual y cómoda. sirvió en distintos frentes, observó la destrucción de cerca, habló con soldados de todas las nacionalidades del imperio y llegó a una conclusión que Francisco José, encerrado en su mundo de protocolos y tradiciones, se resistía a admitir con la misma obstinación con que
se había resistido a todo lo que olía a cambio durante más de seis décadas. La guerra era una locura que no tenía salida honorable para nadie. Cita, mientras tanto, gestionaba la vida familiar desde la retaguardia, criando a sus hijos en circunstancias cada vez más difíciles y siguiendo de cerca los movimientos políticos y militares con una atención que sorprendía a los diplomáticos que la trataban.
No era una mujer que se conformara con el papel ornamental que la tradición de la corte asignaba a las esposas imperiales. Leía los informes, hacía preguntas incómodas, mantenía conversaciones con ministros y generales y formaba opiniones que no dudaba en expresar cuando la situación lo requería.
Su esposo valoraba ese criterio. En los años que estuvieron juntos, Carlos y Cita funcionaron como una unidad en la que los roles se complementaban de manera notable y esa dinámica se vería en toda su dimensión cuando el peso del trono cayera sobre sus hombros. El 21 de noviembre de 1916, Francisco José I murió en Shembrun después de 68 años en el trono.
Tenía 86 años y murió trabajando tal como había vivido, con los papeles de estado sobre su escritorio y la conciencia todavía activa de sus obligaciones. La noticia sacudió a toda Europa no solo porque Francisco José era el símbolo viviente de una era, sino porque su muerte abría un capítulo completamente incierto en el peor momento posible, en plena guerra mundial, con el imperio desangrado en todos los frentes y las tensiones internas amenazando con destruir desde adentro lo que las bombas enemigas no habían podido destruir desde
afuera. Carlos fue coronado emperador de Austria en Viena el 30 de diciembre de 1916 y fue coronado rey de Hungría en Budapest 4 días después. Cita fue coronada junto a él, emperatriz y reina, con toda la solemnidad que la tradición de los Absburgos exigía. Las fotografías de aquellas ceremonias muestran a una pareja joven, él con la expresión seria y algo ausente de quien ya sabe el tamaño del problema que acaba de heredar.
Ella con una compostura serena que no permite adivinar con facilidad lo que ocurre detrás de sus ojos oscuros. Tenían 29 y 24 años respectivamente y habían heredado un imperio moribundo en medio de la guerra más devastadora que la humanidad había conocido hasta ese momento. Carlos I de Austria era un hombre que creía que la guerra era un crimen contra la humanidad, no en términos abstractos o filosóficos, sino de manera visceral y concreta después de haberla visto de cerca.
Desde los primeros meses de su reinado, comenzó a buscar la manera de negociar una paz separada que sacara al imperio austrohúngaro del conflicto, sin deshonrarlo definitivamente. Y en esa búsqueda se involucró Cita de manera activa. Los llamados intentos de paz de Sixtos, llamados así porque el hermano de Sita, el príncipe Sixto de Borbón Parma, servía como oficial en el ejército belga y podía actuar como intermediario discreto con los aliados.
Fueron uno de los episodios más audaces y más arriesgados de toda la guerra. Carlos le escribió cartas secretas a los aliados a través de Sixto, en las que reconocía las aspiraciones legítimas de Francia y se mostraba dispuesto a negociar una paz que preservara lo esencial del imperio. Fueron cartas redactadas con sumo cuidado, firmadas de puño y letra por el emperador y enviadas a través de canales completamente extraoficiales.
Durante casi un año y medio esas negociaciones se mantuvieron en secreto relativo. Pero en la primavera de 1918, el gobierno francés reveló la existencia de las cartas en un momento de tensión diplomática con Austria y el escándalo que siguió fue devastador. Alemania, aliada de Austria-Hungría, se sintió traicionada.
El canciller alemán exigió explicaciones. Carlos se vio obligado a desmentir públicamente las cartas que él mismo había firmado en una de las humillaciones más dolorosas de su reinado. Una traición a su propia palabra que le costaría la credibilidad ante sus propios aliados y ante la historia. Cita, que había apoyado los intentos de paz con plena convicción, tuvo que observar cómo aquella iniciativa honesta se convertía en una trampa de la que no había salida limpia.
Y eso no era más que el comienzo del derrumbe. El año 1918 llegó como una avalancha que nadie podía ya detener ni desviar. Los frentes militares del Imperio Austrohúngngaro se desmoronaban uno tras otro, no solo por la superioridad de los aliados en los últimos meses de la guerra, sino por algo más profundo y más difícil de combatir con bayonetas, la desintegración interna de un estado que ya no conseguía mantener unidas a las naciones que lo componían.
Los chicos querían su propio estado. Los polacos querían el suyo. Los eslavos del sur soñaban con Yugoslavia. Los húngaros exigían una autonomía mayor y los austriíacos de lengua alemana comenzaban a mirar hacia Berlín con una nostalgia de germanidad que no auguraba nada bueno para el futuro del imperio. Carlos hizo lo que pudo, que no fue suficiente porque nadie habría podido hacer suficiente en esas circunstancias.
reorganizó el gobierno, buscó fórmulas federales, intentó satisfacer parcialmente las demandas nacionales de los distintos pueblos del imperio. Y en todo ese proceso, Cita estuvo a su lado, no como figura decorativa, sino como consejera activa, como interlocutora en conversaciones difíciles, como presencia que recordaba permanentemente al emperador que lo que estaba en juego no era solo el trono, sino el destino de millones de personas.
El 3 de noviembre de 1918, Austria-Hungría firmó el armisticio con los aliados. La guerra terminaba para el imperio, pero la paz que llegaba era la paz del vencido, la paz que no salva nada, sino que simplemente pone nombre oficial a lo que ya ha sido destruido. En los días siguientes, los eventos se aceleraron con una brutalidad que no dejó tiempo para la reflexión ni para la elegancia del protocolo.
El 12 de noviembre, el día después de la derrota alemana y del fin oficial de la gran guerra en el Frente Occidental, la Asamblea Nacional Austriaca proclamó la República. Ese fue el momento, ese fue el instante exacto en que Sita comprendió que todo había terminado. No hubo una sola noche en sentido estrictamente literal.
Fue una sucesión de horas angustiosas, de reuniones urgentes, de emisarios que llegaban y partían, de decisiones que había que tomar sin tiempo para pensarlas bien, de niños que no entendían exactamente qué estaba pasando, pero que sentían en el ambiente de los adultos que algo grave e irreparable acababa de ocurrir. El palacio de Shembrun, que durante siglos había sido el corazón simbólico del poder de los asburgo, estaba lleno de una tensión que nadie sabía exactamente cómo resolver.
Carlos se negó a abdicar formalmente. Era una distinción que en el calor del momento podía parecer sutil hasta el punto de lo insignificante, pero que para él y para cita tenía una importancia moral fundamental. Abdicar era reconocer la legitimidad de quienes te destronaban. Negarse a abdicar, aunque el resultado práctico fuera el mismo, era mantener intacta una convicción que el poder no se entregaba, sino que se ejercía hasta que las circunstancias hacían imposible ese ejercicio y que las circunstancias podían cambiar. Carlos firmó, en cambio,
una proclama en la que declaraba que renunciaba a participar en los asuntos de gobierno de Austria y otra similar para Hungría. No era una abdicación, era, en sus propias palabras una retirada provisional. Cita estuvo presente durante la firma de esos documentos. Hay testimonios de personas que la vieron en esas horas finales en Shembrun y todos coinciden en describir a una mujer que mantenía la compostura con una determinación que bordeaba lo sobrehumano, que no lloraba delante de nadie, que consolaba a sus hijos. y
hablaba con la servidumbre con una cortesía intacta, como si la dignidad fuera el último territorio que nadie podía quitarle, porque dependía solamente de ella misma. La familia imperial abandonó Schembrun el 12 de noviembre. Fue un éxodo sin pompa ni ceremonia, sin discursos ni despedidas oficiales, sin la solemnidad que habría correspondido al final de una dinastía que había gobernado Europa central durante más de 600 años.
Solo maletas, niños que cargaban sus juguetes favoritos, adultos con la mirada fija en un horizonte incierto y el sonido de los pasos en los mármoles de un palacio que ya no les pertenecía, pero que seguía siendo para cada uno de ellos el único lugar del mundo que conocían como hogar. Cita salió de Shombrun llevando los brazos a su hijo más pequeño.
Llevaba también, aunque no pesara, todo lo que no se puede cargar en una maleta y que, sin embargo, no se puede dejar atrás. los recuerdos, las obligaciones, la convicción de que esto no era el fin, sino una interrupción, la certeza de que la historia no había dicho todavía su última palabra sobre la casa de Absburgo.
Esa certeza, razonable o no, sería el combustible que la mantendría en movimiento durante las décadas siguientes. El primer destino del exilio fue Suiza. parecía razonable, un país neutral que había sobrevivido a la guerra sin mancharse de sangre, un lugar con suficiente distancia de Austria como para no provocar a las nuevas autoridades republicanas, pero con suficiente proximidad geográfica como para mantener viva la esperanza de un regreso que Carlos y Sita no concebían como imposible.
Se instalaron en el castillo de Pranyan, a orillas del lago Leman, y allí, rodeados de una naturaleza apacible que contrastaba con el estado de sus vidas, intentaron reconstituir algo parecido a una rutina, a una normalidad, a la ilusión de que aquello era una pausa y no un punto final. Pero la tranquilidad suiza no duró mucho.
Carlos era incapaz de quedarse quieto cuando creía que había algo que hacer y lo que creía que había que hacer era recuperar el trono de Hungría, que era jurídicamente un caso diferente al de Austria. Hungría no había proclamado una república de manera tan tajante como Austria y el regente provisional, el almirante Miklos Horty, ocupaba el poder en nombre de una corona que formalmente seguía vacante.
Carlos razonaba, con una lógica que no era del todo absurda, que si regresaba a Budapest y se presentaba ante sus tropas leales, podría recuperar el control sin necesidad de una guerra. En la primavera de 1921 viajó en secreto hasta Budapest y se presentó ante Horti, exigiendo que le devolviera el poder. La escena que siguió fue una de las más incómodas de la historia política de la posguerra europea.

Corty recibió al rey, escuchó sus argumentos y luego le explicó con una frialdad burocrática que hacerlo resultaría en una intervención militar inmediata de las potencias de la entente y de los estados vecinos, que consideraban la restauración de los Absburgo una amenaza para la estabilidad del continente. Carlos regresó a Suiza sin el trono y con la humillación añadida de haber intentado recuperarlo y haber fracasado.
Cita que, según los testimonios de la época, había apoyado el intento con más entusiasmo que prudencia. tuvo que aceptar que la realidad no respondía a los deseos, con la misma diferencia con que los cortesanos respondían a las órdenes imperiales. Pero Carlos volvió a intentarlo en octubre de ese mismo año, esta vez con más preparación y con el apoyo de sectores del ejército húngaro, viajó a Hungría con cita a su lado y avanzó hacia Budapest con un pequeño contingente de tropas que se iba engrosando a medida que avanzaban.
Llegaron hasta los alrededores de la capital antes de que el ejército de Jorti, con el respaldo explícito de los aliados les bloqueara el paso. La batalla de Budaors en las afueras de Budapest fue breve, desigual y definitiva. Las tropas de Carlos fueron derrotadas, el rey y la reina fueron capturados y las potencias aliadas que llevaban tiempo perdiendo la paciencia con los intentos de restauración absburguesa, tomaron una decisión radical.
Carlos y Sita serían deportados a la isla de Madeira en el Atlántico, bajo custodia de las potencias aliadas y no podrían regresar al continente europeo. Madeira, una isla volcánica perdida en el Atlántico, a casi 1000 km de la costa portuguesa, de una belleza salvaje y verde que no le debía nada a las llanuras de Austria ni a los Palacios de Viena.
una isla a la que nadie va a gobernar ni a esperar la historia, sino a descansar o a recuperarse de alguna herida del cuerpo o del alma. Para Carlos y Sita, que viajaron en noviembre de 1921 con sus ocho hijos y un pequeño séquito de fieles, Madeira fue las dos cosas a la vez, el destino del castigo y el lugar del fin. Las condiciones en que vivieron en Madeira rozaron la indignencia para una familia imperial.
Las potencias aliadas no proporcionaron fondos suficientes. La casa que les asignaron en Funchal era húmeda y poco adecuada para una familia con niños pequeños. y el frío húmedo del invierno atlántico no tardó en hacer mella en la salud de Carlos, que llegó a la isla ya físicamente debilitado por el estrés de los años anteriores y por las privaciones de los intentos de restauración.
Cita trató de mantener al familia unida, de gestionar los escasos recursos disponibles, de crear alrededor de sus hijos un ambiente de normalidad que las circunstancias objetivas hacían casi imposible. Carlos empeoró rápidamente, lo que comenzó como un resfriado, se convirtió en neumonía y la neumonía, en un cuerpo joven, pero agotado hasta el límite se convirtió en algo de lo que no se regresa.
Cita lo atendió personalmente durante semanas, durmiendo poco, saliendo menos, concentrada en una vigilia que la presencia de ocho hijos pequeños hacía todavía más exigente y más sabotadora. Los médicos hacían lo que podían con los medios disponibles, que no eran muchos. El primero de abril de 1922, Carlos I de Austria murió en Madeira. Tenía 34 años. Sita tenía 29.
Y era viuda con ocho hijos, sin trono, sin dinero suficiente, sin hogar, en una isla del Atlántico a la que había llegado como prisionera de la historia. era objetivamente una de las situaciones más devastadoras en que podía encontrarse un ser humano. Y sin embargo, las personas que estuvieron con ella en esas horas describen a una mujer que lloró, sí, que sufrió sin ninguna duda, pero que no se rompió, que se puso de pie, que miró a sus ocho hijos y tomó una decisión que mantendría durante el resto de sus 96 años de vida. no se iba
a rendir. La muerte de Carlos dejó a Cita en una posición que ningún protocolo imperial había contemplado jamás, porque ningún protocolo imperial estaba diseñado para este tipo de catástrofes. emperatriz, viuda de un imperio que ya no existía, reina de un reino que ya no era suyo, madre de ocho hijos que iban desde los 9 años del pequeño Oto hasta los bebés más recientes.
Y lo era todo en una isla del Atlántico a la que los aliados la habían enviado para que dejara de ser un problema político. La ironía era amarga. Los Absburgo habían gobernado Europa central durante más de seis siglos y su última representante femenina estaba criando a sus hijos en una casa húmeda en madeira con recursos insuficientes y sin perspectiva clara de futuro.
Las potencias aliadas permitieron que la familia abandonara Madeira después de la muerte de Carlos, pero las restricciones sobre su regreso a Austria permanecían absolutamente vigentes. cita comenzó un peregrinaje que duraría décadas y que la llevaría por media Europa y luego por América, siempre buscando un lugar suficientemente acogedor, suficientemente seguro y suficientemente económico para una familia que tenía el apellido imperial, pero no el patrimonio imperial, porque los nuevos estados surgidos de las cenizas del imperio se
habían apropiado de los bienes de la casa de Absur. con la misma eficiencia con que se habían apropiado de los territorios. El primer destino fue España, donde el rey Alfonso XI, pariente de cita por sus vínculos con la casa de Borgón, le ofreció hospitalidad en el Palacio del Pardo.
España era una monarquía todavía funcionando en esos años y Alfonso XI tenía la generosidad característica de los reyes, que todavía se sienten seguros en sus tronos. Esa generosidad que luego, cuando el trono propio tambalea suele volverse más escasa. Sita y sus hijos pasaron tiempo en España disfrutando de una estabilidad relativa que les permitió retomar la educación de los niños y mantener viva la red de relaciones aristocráticas y diplomáticas, que era el único capital real con que contaban.
Cita se había autoproclamado regente del patrimonio dinástico en nombre de su hijo mayor Oto, el heredero teórico de un trono inexistente, y esa función la tomaba con la misma seriedad con que Carlos había tomado la suya como emperador en tiempos de guerra. Oto tenía 10 años cuando murió su padre y Cita se propuso prepararlo para una responsabilidad que quizás nunca llegaría, pero que debía estar lista por si la historia decidía dar otro de sus giros inesperados.
Lo educó en los idiomas, en la historia, en el protocolo, en la política, con la convicción de que un Absburgo debía estar preparado para reinar, aunque el mundo no le hubiera dejado un trono donde hacerlo. De España, la familia se trasladó a Bélgica, donde los reyes belgas también ofrecieron asilo y donde los niños pudieron proseguir su educación en instituciones adecuadas.
Los años en Bélgica fueron relativamente estables en la medida en que algo puede llamarse estable cuando vives en el exilio permanente con ocho hijos y sin certeza de que las condiciones de mañana serán las mismas que las de hoy. Cita mantenía contacto con los círculos monárquicos de toda Europa, participaba en las conversaciones sobre el futuro político del continente y seguía de cerca los desarrollos en Austria y en Hungría.
con la esperanza de que algún cambio político abriera una puerta que hasta entonces permanecía cerrada. Esa puerta nunca se abrió de la manera que Cita esperaba, pero otras, más ominosas y más peligrosas, sí que se abrían en el horizonte europeo de los años 30. En Alemania, un partido que predicaba el odio racial y el dominio continental había llegado al poder en 1933.
Adolf Hitler no ocultaba su desprecio por los Absburgo, a quienes consideraba representantes de un orden multiétnico y cosmopolita que contradecía en cada uno de sus principios la doctrina de pureza racial y nacionalismo absoluto, que era el núcleo de su ideología. Los Absburgo, con su historia de reyes que hablaban una docena de idiomas de emperadores que gobernaban pueblos de todas las razas y confesiones, eran precisamente lo contrario del modelo del nuevo orden que Hitler quería imponer en Europa.
Austria fue anexionada por Alemania en marzo de 1938 en el Angelus que convirtió la patria de los Absburgos en una provincia del tercer reich. Cita y sus hijos, que en ese momento residían en Bélgica, comprendieron que su situación había cambiado de manera radical. Ya no eran simplemente los herederos de un trono perdido que molestaban a los políticos de la nueva Austria Republicana.
Eran ahora objetivos potenciales del régimen más brutal que Europa había visto en la era moderna. un régimen que no tenía escrúpulos a la hora de eliminar a quienes consideraba amenazas para su poder. Oto, el hijo mayor de Cita, se había convertido en un joven activo y políticamente comprometido que había hecho campaña abiertamente contra la anexión de Austria por Alemania y que mantenía contactos con líderes políticos europeos y americanos en busca de resistencia al nazismo.
Hitler lo consideraba, no sin cierta razón, desde su perspectiva, como uno de sus enemigos más activos entre la aristocracia europea. La Gestapo tenía Oto en sus listas y cita madre de Oto y símbolo viviente de la dinastía que el nazismo había jurado destruir, estaba en riesgo evidente. Cuando en mayo de 1940 los ejércitos alemanes invadieron Bélgica y los Países Bajos, Sita y sus hijos se encontraron de pronto en territorio ocupado por el enemigo.
La huida de Bélgica en mayo de 1940 fue uno de los episodios más dramáticos y físicamente agotadores de toda la vida de Sita, y eso es decir mucho para una mujer que hasta ese momento había cruzado el Atlántico en un barco como de portada y había criado ocho hijos en el exilio sin hogar permanente. Los ejércitos alemanes avanzaban con una velocidad que dejaba pocas opciones y menos tiempo.
Yita tuvo que organizar la evacuación de su familia, que ya incluía no solo a sus hijos, sino también a las esposas e hijos de algunos de ellos en condiciones de caos completo. Atravesaron Francia en automóvil durante las semanas del derrumbe francés. En las mismas carreteras atestadas de refugiados civiles que huían hacia el sur bajo bombardeos aéreos que no distinguían entre soldados y familias imperiales en fuga.
Fue un viaje que duró días con paradas nocturnas en casas de simpatizantes o en hoteles donde el apellido de la huésped generaba una mezcla de respeto y alarma, porque acoger a los asburgo en aquellas circunstancias era un gesto generoso que podía tener consecuencias muy desagradables si los alemanes llegaban.
Llegaron finalmente a España, que bajo Franco se mantenía formalmente neutral. Aunque sus simpatías con los regímenes fascistas europeos no eran un secreto para nadie. Desde España, Sita y sus hijos cruzaron el Atlántico hacia América, embarcándose en un viaje que ponía entre ellos y la persecución nazi la barrera de un océano.
Llegaron a los Estados Unidos en 1940 y luego se trasladaron a Canadá, donde las condiciones eran algo más económicas y donde la comunidad de exiliados europeos, entre los que había ministros, generales, aristócratas y simples ciudadanos que habían huído del nazismo o del comunismo, era lo suficientemente grande como para ofrecer una red de solidaridad.
América fue para cita algo muy distinto de todo lo que había conocido antes. No había allí palacios ni protocolos, ni la red de relaciones aristocráticas que en Europa le daba a su existencia una estructura reconocible. En América, el apellido Habsburgo no abría puertas de manera automática, ni generaba el tipo de deferencia que todavía existía en los círculos conservadores europeos.
Era un continente que no había sido moldeado por el sistema monárquico y que contemplaba a los exiliados europeos con una mezcla de simpatía y perplejidad. Sin embargo, Sita no se permitió hundirse en el victimismo ni en la nostalgia. Mientras vivió en América, se implicó activamente en los esfuerzos de la resistencia europea contra el nazismo dentro de las posibilidades a su alcance.
recaudó fondos y alimentos para enviar a Austria, mantuvo correspondencia activa con figuras políticas y militares y apoyó en los esfuerzos de Oto, que desde América realizaba una labor diplomática notable, intentando convencer al gobierno de los Estados Unidos de que los pueblos de la Europa central ocupada debían ser tratados como aliados potenciales y no como poblaciones del enemigo.
La campaña de Oto en Washington fue parcialmente exitosa. Logró que el gobierno norteamericano no tratara a los austríacos de manera equivalente a los alemanes en los campos de prisioneros de guerra y participó en los debates sobre el futuro de Europa central una vez terminada la guerra. Debates en los que la posibilidad de una restauración monárquica en Austria o en Hungría no era completamente descartada por algunos sectores.
Cita seguía creyendo, o al menos actuaba como si creyera, que la historia todavía podía girar en la dirección que ella esperaba. No giró. Cuando la guerra terminó en 1945 con la derrota de Alemania y el reparto de Europa entre los aliados occidentales y la Unión Soviética, el mapa del continente quedó configurado de una manera que cerraba definitivamente cualquier posibilidad de restauración absburguesa en los territorios del antiguo imperio.
Austria quedó bajo ocupación aliada cuatripartita y luego se convirtió en una república neutral. Hungría cayó en la órbita soviética y se transformó en un estado comunista donde la sola mención del nombre Absburgo tenía el sabor de la traición de clase. Los nuevos estados de Europa central, Checoslovaquia, Yugoslavia, Rumanía, Polonia, quedaron dentro del bloque soviético o bajo fuerte influencia de Moscú.
El sueño de la restauración que Sita había mantenido encendido durante casi 30 años se extinguía ahora no porque sus enemigos inmediatos hubieran ganado, sino porque el mundo había reorganizado sus filas de una manera que no dejaba espacio para la clase de monarquía que ella representaba. Pero Sita tenía 53 años y la vida de una persona no termina cuando termina la esperanza que la ha sostenido durante décadas.
O al menos la de Sita no terminó, se transformó. La posguerra trajo a Sita una forma diferente de existencia, menos urgente que los años anteriores, pero no menos cargada de sentido. En 1952 pudo regresar a Europa instalándose en Luxemburgo, un pequeño país que le ofrecía la ventaja de estar en el corazón del continente sin pertenecer a ninguna de las grandes potencias que habían remodelado el mapa.
Desde allí, Sita reanudó los lazos con la red de familias reales europeas que seguían funcionando en los países que habían sobrevivido a la guerra con sus monarquías intactas: España, Bélgica, Los Países Bajos, Dinamarca, el Reino Unido. Sus hijos se habían dispersado por el mundo. Algunos habían encontrado sus propios caminos, se habían casado, habían construido vidas en distintos países europeos y americanos.
I cita la gran matriarca de la casa de Absburgo Lorena en el exilio se convertía cada vez más en la figura central de una familia que seguía siendo numerosa e históricamente significativa, aunque ya no tuviera poder político. la memoria viviente de un mundo desaparecido. La última persona que había estado presente en la corte de Francisco José, la única que había visto con sus propios ojos cómo se gobernaba uno de los imperios más complejos de la historia.
Oto, el hijo mayor, se había convertido en una figura política relevante por méritos propios. Había estudiado, había publicado libros, había participado activamente en los debates europeos de la posguerra y se convirtió en uno de los primeros y más apasionados defensores de la idea de una Europa unida, una Europa que superara los nacionalismos, que habían provocado dos guerras mundiales y que construyera una comunidad de estados basada en valores compartidos.
Era, en cierto modo, una versión modernizada y adaptada a los tiempos de la vieja idea asburguesa de una comunidad de pueblos diferentes bajo un techo común. Cita observaba la evolución política de su hijo con una mezcla de orgullo y de esa melancolía particular que sienten quienes ven en sus hijos la continuación de algo que ellos no pudieron completar.
Oto no iba a sentarse en un trono imperial, pero quizás a través de su trabajo político en favor de la integración europea estaba contribuyendo a construir algo que se parecía en su lógica profunda, a lo que el imperio austrohúngaro había intentado ser en sus mejores momentos, una tasa grande para muchos pueblos distintos.
La vida de Sita, en esos años de madurez y vejez se organizó en torno a la religión con una intensidad que siempre había estado presente, pero que en la vejez se profundizó. Se había instalado finalmente en Suiza, en el convento de Casers, en el cantón de Grisones, donde vivía con una austeridad que contrastaba de manera ta caricaturesca con la pompa de los palacios imperiales de su juventud.

La mujer que había dormido en Shombrun y en el palacio de Buda, que había sido coronada con la corona de hierro de los lombardos y la corona de San Esteban de Hungría, vivía ahora en una habitación sencilla. Rezaba regularmente y recibía las visitas con la misma dignidad serena que había mantenido los momentos más oscuros de su vida.
No era pobreza en el sentido material absoluto. Sus hijos se ocupaban de sus necesidades básicas. Y las donaciones de familias católicas y monárquicas de todo el mundo le proporcionaban lo suficiente. Pero era una austeridad muy real para alguien de su historia. Y Cita no la vivía como una humillación ni como una injusticia, sino como una elección que se correspondía con sus convicciones más profundas.
Había visto el poder en su forma más brillante y más desnuda, y sabía mejor que nadie cuánto pesaba y cuánto destruía. Una de las cosas que le importaban enormemente en esos años era la causa de beatificación de su esposo Carlos. La Iglesia Católica había abierto el proceso de beatificación del último emperador de Austria y Cita se volcó en apoyar ese proceso con toda la energía que le quedaba, proporcionando testimonios, documentos y el relato de primera mano de una vida que según ella, había sido la de un hombre que había
intentado gobernar según los principios del evangelio, en circunstancias en que Eso tenía un coste personal devastador. Cuando Carlos fue beatificado en el año 2004, 15 años después de la muerte de Sita, fue en parte gracias al trabajo que ella había realizado en silencio durante décadas.
Pero había una herida que seguía abierta, una prohibición que con el paso de los años se había convertido en el símbolo de la injusticia que Sita sentía más profundamente. Desde 1918, los Asburgos tenían prohibida la entrada en Austria. Era una ley que el nuevo estado austríaco había mantenido como afirmación de su naturaleza republicana.
una línea en el suelo que separaba el presente democrático del pasado imperial. Para cita, esa prohibición era algo más que política. Era la negación del derecho a caminar sobre la tierra donde habían nacido sus hijos, donde había reinado, donde estaba enterrado el corazón de Carlos en la capilla de Hernal Sena, era el exilio llevado a su expresión más literal y más personal.
En 1966, Austria derogó la ley que prohibía la entrada de Losasburgos en el país, pero con una condición que Oto rechazó durante años, porque implicaba renunciar formalmente a cualquier pretensión dinástica y reconocer explícitamente la Constitución Republicana de Austria. Era una condición que en su formulación legal no pedía gran cosa en términos prácticos, pero que en términos simbólicos representaba una capitulación que muchos en la familia consideraban inaceptable.
Oto firmó esa renuncia en 1961 y pudo regresar a Austria en 1966, pero Cita no. La razón era que SIT se negaba a firmar ningún documento que interpretara como una renuncia a la legitimidad histórica de la casa de Absburgo. No era obstinación ciega ni incapacidad para adaptarse a la realidad. Era la expresión de una coherencia que había mantenido durante 50 años y que no iba a abandonar ahora que tenía 80.
La convicción de que reconocer formalmente algo como legítimo, cuando no lo considerabas legítimo, era una forma de mentira que violaba la integridad más básica de una persona. El resultado fue que durante décadas adicionales, Sita siguió sin poder entrar en Austria. Sus hijos podían ir, sus nietos podían ir, ella no.
La solución llegó finalmente gracias a una intervención diplomática de naturaleza casi novelesca. El rey Juan Carlos I de España, cuya relación con cita venía de lejos a través de los lazos que habían unido a sus familias durante generaciones, medió ante el canciller austríaco Bruno Kissky para buscar una fórmula que permitiera a la emperatriz viuda regresar a su país sin exigirle la renuncia formal que ella consideraba imposible.
Ky, un socialdemócrata con pragmatismo político suficiente como para no hacer del asunto una cuestión de principios absolutas, encontró la manera de facilitar el regreso sin que ninguna de las partes tuviera que renunciar públicamente a sus posiciones. En el año 1982, cita de Borgón Parma, última emperatriz de Austria y reina de Hungría, viuda de Carlos Io, madre de ocho hijos, abuela de numerosos nietos, superviviente de dos guerras mundiales, de la caída de un imperio, del exilio perpetuo y de la persecución nazi, regresó a Austria por
primera vez después de 63 años de ausencia. Tenía 90 años. Las imágenes de este regreso son de una intensidad casi insoportable. Una mujer anciana de pie, erguida con una postura que décadas de vejez no habían conseguido doblar, atravesando la frontera austríaca en el mismo cuerpo que había abandonado ese territorio cuando era una joven madre de 26 años con el mundo derrumbándose a su alrededor.
Los austríacos que salieron a recibirla eran una mezcla desconcertante de curiosidad histórica y emoción genuina. Para la generación más joven, Sita era una figura de libro de texto, un personaje de una era tan remota como los dioses griegos. Para los más mayores, algunos de los cuales la habían visto de niños, era algo más difícil de definir, un puente viviente entre dos mundos que el siglo XX había separado con una brutalidad que todavía dolía.
Sita visitó los lugares que habían marcado su vida. el palacio de Shembrun, donde había vivido como emperatriz y del que había salido como exiliada aquella noche de noviembre de 1918, la cripta de los capuchinos, donde descansaban los restos de los emperadores de la casa de Asburgo, los mismos restos que ella había venerado desde niña y que ahora podía visitar en persona después de seis décadas de ausencia impuesta.
La catedral de San Esteban, el corazón simbólico de Viena, donde algún día descansarían también los suyos propios. El regreso de cita no despertó en Austria el tipo de agitación política que los republicanos más intransigentes habían temido durante décadas. El tiempo había hecho su trabajo y había convertido a la emperatriz en algo diferente de lo que sus enemigos políticos habían temido y de lo que sus partidarios más entusiastas habían esperado.
Ya no era una amenaza para la República, ya no era una posibilidad de restauración, era algo más extraño y más conmovedor que todo eso. era la última testigovido, la memoria encarnada de un mundo que el siglo XX había borrado con una violencia que sus propios protagonistas habían tardado décadas en comprender del todo. Visitó Austria varias veces más en los años siguientes.
Cada visita era un acontecimiento que los medios de comunicación austriíacos seguían con una atención que oscilaba entre el respeto y la fascinación antropológica. Era una anciana que hablaba seis idiomas con fluidez, que recordaba con precisión detalles de conversaciones ocurridas 70 años antes, que había conocido personalmente a figuras que el resto del mundo conocía solo a través de los libros.
El Papa Benedicto X, el presidente Wilson, los reyes de España e Inglaterra, los generales de la gran guerra y que seguía hasta el final, negándose a considerar que lo que había ocurrido en noviembre de 1918 era definitivo. El 14 de marzo de 1989, cita de Borbón Parma murió en el convento de Cicers, en Suiza, a los 96 años.
era la última superviviente directa de un mundo que había muerto antes que ella por más de 70 años. La última persona que recordaba desde dentro cómo se veía Europa desde el trono de los asburgo, cómo sonaban los pasillos de Shombrun cuando el imperio todavía respiraba. ¿Cómo era el silencio de Madeira aquella madrugada de abril en que Carlos cerró los ojos por última vez? Austria le concedió en la muerte lo que la política le había regateado durante la vida, una despedida imperial.
Sus restos fueron trasladados a Viena y velados en la catedral de San Esteban, la misma catedral donde los Asburgos habían celebrado sus grandes ceremonias durante siglos y donde la ciudad entera se reunió para despedirla con una solemnidad que nadie había organizado, pero que todos parecían sentir como necesaria. El 1 de abril de 1989, en el aniversario de la muerte de Carlos, fue sepultada en la cripta imperial del convento de los capuchinos de Viena, en el Panteón de los Emperadores de la Casa de Absburgo.
Era el regreso definitivo, el que ninguna ley, ningún canciller y ninguna frontera podían ya impedir. Su vida había abarcado casi un siglo de historia europea, desde el mundo aristocrático y ordenado del siglo XIX hasta el umbral de la caída del muro de Berlín, que ocurriría apenas 8 meses después de su muerte.
Había nacido en un mundo donde los imperios gobernaban el continente y donde el mapa de Europa llevaba los nombres de las dinastías que lo habían dibujado durante siglos. murió en un mundo donde esas dinastías eran recuerdo de museo y donde los estados que habían nacido de sus ruinas estaban ellos mismos a punto de vivir otra transformación radical.
Lo que sí te representó no fue solo la continuidad de una familia o la fidelidad a una causa dinástica, representó algo más difícil de categorizar y más difícil también de criticar con justicia. representó la posibilidad de mantener la dignidad cuando todo lo demás ha sido arrebatado, de seguir siendo reconociblemente la misma persona después de décadas de pérdidas acumuladas, de no dejar que la amargura, que habría sido perfectamente comprensible, se convirtiera en el eje alrededor del cual girara una existencia.
Hay un detalle que los biógrafos de cita mencionan con frecuencia y que vale la pena contemplar con detenimiento. Durante todos los años de su exilio, incluso en los momentos de mayor precariedad económica, incluso en los peores años de la guerra, cuando la persecución nazi era una amenaza real y el futuro era completamente incierto, cita nunca habló en público con rencor de sus enemigos políticos.
Nunca usó el lenguaje de la víctima para describir su situación y nunca, ni en una sola entrevista documentada expresó arrepentimiento por haber sido quien era o por haber vivido como vivió. No era insensibilidad, era la convicción arraigada desde la infancia en esa familia de nobles sin trono, que educaba a sus hijos en la dignidad como primera obligación de que la historia te puede quitar todo, excepto lo que decides no entregar.
Carlos fue beatificado por Juan Pablo II en el año 2004, cumpliendo así uno de los deseos más profundos que Cita había expresado en los últimos años de su vida. CTO, el hijo que ella había preparado para un trono que nunca llegó, se convirtió en eurodiputado y en uno de los arquitectos más comprometidos de la integración europea, viviendo hasta los 98 años y dejando tras de sí una obra política que en muchos sentidos superó en alcance e influencia a la del propio imperio que su madre había representado.
La historia de los Absburgo no terminó en noviembre de 1918, simplemente cambió de forma. Pero es Sita quien permanece como la figura más poderosa de ese capítulo final. No porque fuera la más brillante ni la más poderosa en sentido político, sino porque fue la que soportó más y la que se dio menos.
Fue [resoplido] emperatriz durante 2 años y exiliada durante 70. fue reina de dos reinos que dejaron de existir y madre de ocho hijos a los que sacó adelante sola en los peores años del siglo XX. Fue perseguida por los nazis, ignorada por los aliados, bloqueada por la ley austríaca y despojada de casi todo lo que una persona puede perder.
Y aún así, cuando regresó a Viena en 1982 con 90 años cumplidos, no entró como una anciana resignada que venía a hacer las paces con el pasado. entró como la última emperatriz con la misma postura, con la misma mirada, con la misma convicción de que la historia de su familia no era un capítulo cerrado, sino algo que el tiempo, siempre impredecible e irónico, podía todavía reescribir de maneras que nadie era capaz de imaginar.
Quizás esa convicción era una ilusión, quizás era simplemente el mecanismo de defensa más elaborado y más elegante que una persona puede construir para sobrevivir a la magnitud de lo que ella tuvo que sobrevivir. O quizás era algo más sencillo y más humano que todo eso, la terquedad particular de quienes se niean a aceptar que el mundo tiene la última palabra sobre quiénes son y qué significan.
Cita [resoplido] de Borgón Parma perdió un imperio en una sola noche. Pasó el resto de su vida construyendo con los únicos materiales que nadie puede confiscar la certeza de que lo que una persona es no depende de lo que la historia le ha dado ni de lo que le ha quitado. Esa es la lección más extraña y más duradera de su extraordinaria y devastadora vida.
No la lección del poder, ni la del lujo, ni siquiera la del sacrificio, sino la de la permanencia de lo que se decide ser cuando ya no queda nada más. Yes.