Posted in

Isabel Perón: La Primera Presidenta… y el Poder que se le Fue de las Manos

Isabelita no se separaba de su lado. Aprendió a escribir a máquina, a llevar la agenda, a filtrar las visitas y, sobre todo, a callar. Era la antítesis de la figura femenina que el peronismo adoraba. Donde Evita era pasión y grito, Isabel era silencio y obediencia. Y quizás eso era exactamente lo que el general buscaba en el ocaso de su vida.

Paz doméstica mientras preparaba su retorno triunfal. Finalmente, el destino los llevó a España, a la famosa residencia de Puerta de Hierro en Madrid. Allí, bajo la mirada vigilante del régimen de Franco, la pareja se instaló en una rutina que parecía eterna. Fue en 1961 cuando, presionados por la moral católica de la España franquista decidieron casarse.

María Estela Martínez se convirtió legalmente en la tercera esposa de Juan Domingo Perón, pero en esa casa de Madrid no estaban solos. Por sus pasillos empezaron a transitar personajes oscuros, mensajeros de la resistencia argentina, sindicalistas y oportunistas. Entre todos ellos apareció una figura que cambiaría el destino de Isabel y de la Argentina para siempre.

Un hombre que no venía de la política, sino de las sombras de la policía y del ocultismo. Su nombre era José López Rega. Lo llamaban el brujo. No llegó con propuestas económicas ni planes de gobierno, sino con libros de esoterismo y promesas de poder espiritual. López Rega vio en Isabel algo que nadie más había visto, un vaso vacío, un recipiente moldeable.

se dio cuenta de que para llegar al general el camino más rápido era ganarse la confianza total de su joven esposa y así, entre tazas de té y lecturas astrológicas comenzó a tejerse una de las alianzas más nefastas de la historia sudamericana. La influencia de López Rega sobre Isabel creció como una enredadera venenosa en la soledad de Madrid.

Mientras Perón se ocupaba de la alta política tejiendo los hilos para su regreso, el brujo convencía a Isabel de que ella tenía una misión trascendental. Le hablaba de energías, de los astros y de la transmigración de las almas. Hay relatos, nunca confirmados del todo, pero repetidos por testigos de la época, que hablan de rituales extraños en el ático de la residencia.

Decían que López Rega intentaba transferir el carisma y el espíritu de la difunta Eva Perón al cuerpo de Isabel. La idea suena descabellada hoy, pero en el encierro de Puerta de Hierro, Isabel empezó a creer. Empezó a creer que ella no era solo la esposa, sino la heredera espiritual. López Rega se convirtió en su confidente, su protector y su voz.

Él le filtraba el mundo, le decía en quién confiar y a quién odiar. Perón, ya anciano y cansado, toleraba al extraño secretario porque le era útil, porque servía el café y porque mantenía a Isabel tranquila. No vio o no quiso ver que estaba alimentando al cuervo que le sacaría los ojos a su legado. Hacia finales de la década de 1960 y principios de los 70, la Argentina hervía.

La violencia política aumentaba, las guerrillas surgían y el clamor por el retorno del líder exiliado se hacía ensordecedor. Perón envió a Isabel como su delegada personal a la Argentina en 1965. Fue su primera prueba de fuego. La bailarina tuvo que enfrentarse a los lobos del sindicalismo y a los traidores del movimiento.

Contra todo pronóstico y siempre guionada por Perón desde Madrid, Isabel cumplió su papel. Viajó por el país, saludó a las masas y empezó a sentir por primera vez el sabor embriagador de la adoración popular. No la aplaudían a ella, aplaudían al apellido que portaba. Pero para una mujer que había vivido en las sombras, la diferencia era irrelevante.

En ese viaje, la semilla de la ambición fue plantada y López Rega estaba allí para regarla. El viaje de regreso empezó a parecer inevitable cuando la Argentina, exhausta de proscripciones y gobiernos débiles, volvió a pronunciar el nombre de Perón como si fuera una contraseña para salir del laberinto. En Madrid, el viejo líder ya no era solo un exiliado paciente, sino un jugador que movía piezas a distancia y cada mensaje que llegaba desde Buenos Aires confirmaba lo mismo.

El país se estaba quedando sin techo. Isabelita, que había probado el calor de las multitudes en aquel viaje anterior, entendió que el retorno no iba a ser una ceremonia familiar, sino una guerra por la herencia. Cuando por fin Perón pisó suelo argentino en el año 1973, el recibimiento no fue un abrazo unánime, sino una batalla a cielo abierto con facciones del propio peronismo enfrentadas en las inmediaciones de Esisa mientras el mundo miraba atónito.

La escena quedó grabada como una advertencia. El movimiento que debía traer orden traía también un conflicto interno que ya no se podía ocultar. En medio de ese ruido, Isabel se movía como quien atraviesa un pasillo lleno de puertas que se cierran solas, rodeada de hombres que hablaban de lealtad, con la misma boca con la que negociaban traiciones.

El poder, sin embargo, no espera a que alguien se sienta listo. Ese mismo año, tras la victoria electoral que abrió el camino al regreso definitivo del líder, la política argentina entró en una velocidad vertiginosa, renuncias, pactos y una sola idea dominándolo todo. Perón debía volver a la presidencia cuanto antes.

En ese tablero, Isabel no fue una protagonista por mérito propio. Fue la respuesta práctica a un problema de confianza. alguien que no cuestionaría al general y que por su sola presencia garantizaba continuidad. Así se llegó a la decisión que marcaría su destino. Juan Domingo Perón se presentó nuevamente a elecciones con María Estela Martínez como compañera de fórmula y con esa candidatura ella quedó a un paso del centro exacto del huracán.

El país la veía como un apéndice, una figura secundaria. Pero los que entendían de poder supieron leer algo más inquietante. En un sistema donde la salud del líder era frágil, la vicepresidencia no era un adorno, era una llave. El triunfo los colocó en la cima y la ceremonia de Asunción intentó vestir de normalidad lo que en realidad era una tregua breve.

A partir de entonces, cada reunión, cada saludo, cada foto pública tenía un subtexto silencioso. ¿Quién mandaba de verdad y quién mandaría cuando el general ya no pudiera sostenerse? Isabel sonreía, asentía, aprendía frases y gestos, pero dentro de ella crecía una sensación nueva, una mezcla de vértigo y de ver, como si caminara sobre una corniza mientras todos le pedían que pareciera segura.

Y López Rega seguía allí, siempre a un costado, como una sombra que no sale en la foto, pero decide el encuadre. Para Isabel, él no era solo un consejero, era el intérprete de un mundo incomprensible, el hombre que prometía orden espiritual en un país que empezaba a deshacerse en violencia. Para muchos otros era otra cosa, un operador con poder real, capaz de abrir puertas y cerrar carreras.

Read More