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Edwin Valero no Murió por Accidente.. | ESTA es la REALIDAD

Edwin Valero no simplemente murió, aunque la versión oficial así lo dijera. Según el informe policial, el 19 de abril de 2010 apareció colgado con un trozo de ropa en la celda donde estaba detenido tras confesar que había matado a su esposa y con eso las autoridades intentaron cerrar el caso.

 Sin embargo, si uno repasa lo que ocurrió en las semanas previas, todo se convierte en una cadena de señales ignoradas, advertencias pasadas por alto y decisiones erróneas. En apenas 24 días, desde el 25 de marzo hasta esa madrugada fatídica, Valero pasó de ser un campeón invicto, orgullo nacional y símbolo del chavismo, a convertirse en el protagonista del crimen más sonado de Venezuela.

 Y menos de 24 horas después de ingresar en prisión apareció muerto bajo custodia, lo que desató aún más dudas. ¿Qué sucedió realmente durante ese mes? Sé por qué. Si ya existían tantas señales de alarma, nadie fue capaz de detenerlo. ¿Y quién tenía algo que perder si Valero llegaba a enfrentar un juicio público? Para entenderlo, hay que retroceder y mirar al hombre detrás del mito.

 Un boxeador que subió 27 veces al ring y las 27 noqueó a sus rivales. Un guerrero idolatrado en Venezuela que llevaba tatuado el rostro de Hugo Chávez en el pecho. Un fenómeno que parecía indestructible, pero esa imagen ocultaba las grietas. Un accidente de moto que lo dejó con una placa en la cabeza. Problemas neurológicos que Estados Unidos detectó y por los que le negó licencia, episodios de violencia fuera del ring encubiertos por su familia y por el sistema, y una fama que lo blindaba ante cualquier consecuencia.

Muchos lo veían como un mito viviente, un hombre hecho para el combate, pero lo cierto es que sus demonios personales crecían al mismo ritmo que su fama. Ese cóctel fue el verdadero inicio de la tragedia que explotó en abril de 2010, cuando el ídolo nacional terminó convertido en una de las historias más oscuras que ha dejado el boxeo.

 Una historia donde el deporte, la política y la violencia se entrelazaron de la peor manera posible. La historia de Edwin Valero dentro del ring parecía sacada de una película. Nació en Valencia, Venezuela, en un barrio humilde donde la violencia y las carencias eran parte del día a día.

 Desde muy joven encontró en el boxeo una salida y un refugio, rápidamente los entrenadores que lo veían reconocieron en él una agresividad natural que no se podía enseñar. Cuando debutó como profesional en 2002, dejó claro que no era un boxeador cualquiera. En su primera pelea ganó por knockout en menos de 3 minutos y ese fue el inicio de una racha que lo catapultó hacia la fama.

 Sus primeros 17 combates terminaron antes del segundo asalto, algo que recordaba inevitablemente a la ferocidad con la que Mike Tyson irrumpió en los años 80. No era solo la fuerza de sus golpes, sino la forma en que sus peleas se convertían en un espectáculo brutal. La campana sonaba y antes de que el público pudiera acomodarse, el combate ya había terminado.

 Los narradores y periodistas hablaban de él como de una tormenta, un boxeador que entraba al ring decidido a destruir lo que tuviera enfrente. Esa imagen de destructor, acompañada de su carácter volcánico, lo convirtió rápidamente en el peleador más temido de América Latina. En 2006 dio el gran salto al pelear en Panamá contra Vicente Mosquera por el título mundial superpluma de la AMB.

 Aquella noche fue diferente porque por primera vez se encontró con un rival que lo hizo sufrir, que incluso lo puso en aprietos en los primeros asaltos. Pero lejos de asustarse, Valero mostró otra faceta. La capacidad de resistir castigo y seguir adelante con la misma ferocidad. En el décimo round, Mosquera ya no podía soportar la presión y el árbitro detuvo la pelea.

 Ese triunfo no solo le dio un cinturón mundial, también confirmó que Valero no era únicamente un noqueador rápido, sino un guerrero dispuesto a morir en el ring. Desde entonces, cada vez que se anunciaba una de sus peleas, los aficionados sabían que no verían una larga batalla táctica, sino un espectáculo de violencia pura.

La trágica vida de Valero vista por Don Stradley - Boxeo Plus

Su fama crecía, su aura de invencible se consolidaba y en Venezuela comenzaba a ser tratado como un héroe nacional, alguien que representaba la fuerza del pueblo y que además, con el rostro de Chávez tatuado en el pecho, se presentaba como el símbolo vivo de una nación que quería demostrar orgullo y poder en los cuadriláteros del mundo.

Tras conquistar el título mundial, Edwin Valero comenzó a expandir su leyenda en nuevas divisiones. En 2009 viajó a Austin, Texas, para enfrentar a Antonio Pitalúa por el cinturón ligero del Consejo Mundial de Boxeo, en apenas dos asaltos lo fulminó, dejando claro que su pegada era igual de devastadora sin importar la categoría.

 Ese triunfo le abrió definitivamente las puertas del público estadounidense, que empezaba a preguntarse si estaban viendo al futuro gran fenómeno del boxeo mundial. Menos de un año después, en febrero de 2010, defendió ese mismo título contra el mexicano Antonio de Marco en una pelea que mostró el lado más salvaje y a la vez más inquietante de Valero.

 Desde el inicio presionó sin descanso, pero en un choque accidental sufrió un profundo corte en la frente que lo bañó de sangre durante el resto de la contienda. Para cualquier otro pugil, aquella herida habría sido motivo de freno, incluso de abandono. Pero para Valero fue como una chispa que encendió aún más su instinto de guerrero.

 Cubierto de sangre, con la cara desfigurada, siguió avanzando hacia su rival hasta que el rincón de De Marco decidió detener la pelea en el noveno asalto. Esa imagen, la de un valero sangrando y a la vez atacando sin descanso, recorrió el mundo como símbolo de su fiereza. A esas alturas, en Venezuela ya no era simplemente un campeón, era un ídolo intocable, un hombre que representaba la resistencia, el orgullo y la fuerza de un país que veía en él a su gladiador moderno.

 Sus combates no solo se celebraban por lo deportivo, sino por lo que transmitían. La sensación de que era indestructible, de que nada podía frenarlo. Sin embargo, esa misma aura de invencibilidad escondía algo mucho más peligroso. Detrás de la figura del campeón había un hombre cada vez más descontrolado, con una agresividad que ya no se limitaba al ring y que comenzaba a filtrarse en su vida privada.

 Los testimonios de entrenadores y compañeros de Sparring coincidían en lo mismo. Entrenar con Valero no era preparación, era sobrevivir. No medía los golpes, no diferenciaba entre práctica y combate real. Esa línea que separa el deporte de la violencia en él simplemente no existía. Y si dentro del gimnasio ya era alarmante, fuera de él empezaban a surgir las primeras denuncias y episodios de violencia que anunciaban un desenlace mucho más oscuro que cualquier derrota en un cuadrilátero.

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