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Thalía OCULTÓ ESTO de Tommy Mottola por 25 Años… Los Archivos de Epstein lo Revelaron TODO

El apellido Sodi pesaba en México. Familia conocida, respetada, con linaje intelectual. Cinco hermanas bajo el mismo techo. Laura Zapata, la mayor, criada por la abuela Eva Mange. Ernestina, escritora, que años después escribiría un libro sobre el peor momento de su vida. Y la menor de todas, la yuya, la yuyita, como le decían porque la comparaban con una Calandria, un pájaro que canta sin parar desde que amanece.

Talía. Pero adentro de esa casa la historia era otra. Laura Zapata contó años después en Ventaneando con Patti Chapoy que Ernesto Sodi, el padre de Talía, era alcohólico y agresivo, que ese matrimonio fue un infierno, que la presencia de Sodi en esa casa era de terror. Pero para Talía su padre era otra cosa.

Era el hombre que le puso nombre de diosa griega. Porque a su madre le encantaban las historias de la mitología. Era el único hombre en una casa llena de mujeres. Y un día, cuando Talía tenía 5 años, ese hombre empezó a desaparecer. Imagina eso. Una niña de 5 años caminando por un pasillo, empujando una puerta, entrando a un cuarto lleno de máquinas que hacen ruidos que no entiende, tubos que salen de todos lados y un hombre en una cama que ya no parece su padre.

La propia Talía contó en una entrevista que la última vez que vio a su padre estaba en su habitación conectado a muchas máquinas y que su madre le dijo que se despidiera. Pero ella no entendía de qué se estaba despidiendo. No sabía que despedirse significaba para siempre. Ernesto Sodi Pallares murió en abril de 1977. Talía tenía 5 años y el dolor fue tan grande, a tan imposible de procesar para una niña de esa edad, que hizo algo que los psicólogos llaman mutismo selectivo.

Dejó de hablar un año, 12 meses, 365 días sin pronunciar una sola palabra. La niña, que después cantaría para mil millones de personas, se quedó muda de dolor a los 5 años. Imagina a Yolanda Miranda, la madre, viendo a su hija menor dejar de hablar de un día para otro, llamándola por su nombre y recibiendo silencio, sentándola a comer y viendo cómo mastica sin abrir la boca para nada que no sea tragar.

Y aquí viene algo que nadie ha contado de esta forma. La propia Talía dijo en una entrevista que su madre le pidió que se despidiera de su padre, pero que ella no entendió de qué se estaba despidiendo. No sabía que despedirse significaba para siempre. Esa fue su herida. No fue un golpe, no fue un insulto, fue algo peor.

La primera persona que amó en este mundo desapareció sin que ella pudiera entender por qué. Y su respuesta fue callarse, dejar de emitir sonido, como si hablar doliera más que el silencio. Guarda esa reacción porque es la misma reacción que va a tener 47 años después, cuando el nombre de su esposo aparezca en los archivos de Epstein.

La misma silencio absoluto. Y lo que le pasó después conecta directamente con la primera revelación que te prometí. Cada día más fuerte. Esa es la frase que define la vida de Talia. Es el título de su autobiografía publicada en 2011. Suena como un mantra de motivación, como algo que te pondrías en la pared del gimnasio.

Pero cuando conoces la historia completa, esa frase deja de ser inspiradora y empieza a sonar como lo que realmente es. una estrategia de supervivencia, porque la mujer que escribe cada día más fuerte es la misma mujer que dejó de hablar durante un año, que perdió a su padre a los cinco, que vio a su familia fracturarse una y otra vez, que perdió a su madre y a su hermana por la misma enfermedad y que terminó viviendo a 3000 km de México, casada con un hombre 23 años mayor que ella, cuyo nombre aparece 600 veces en los archivos del pedófilo más

poderoso de la historia. Cada día más fuerte no es un eslogan, es un escudo. A lo mejor tú también conoces a alguien así, alguien que siempre sonríe, que siempre dice que está bien, que siempre pone buena cara, aunque por dentro se esté cayendo a pedazos. Alguien que aprendió desde niño que mostrar dolor es peligroso, que pedir ayuda es debilidad, que aguantar es la única opción.

Después de la muerte de su padre, Yolanda Miranda se convirtió en todo para esa familia. madre, padre, manager, escudo, brújula, ejército de una sola mujer. Y decidió algo que iba a cambiar la historia de la familia Sodi para siempre. Iba a apostar todo al talento de la hija menor. Talia había mostrado ese talento desde que era prácticamente un bebé.

Con un año de edad apareció en un comercial de refrescos. Pero lo que Yolanda vio no era solo talento, era esa cosa intangible que tienen ciertas personas, eso que hace que no puedas dejar de mirarlas cuando entran a un cuarto. A los 9 años, Talía ya era parte de un grupo infantil llamado Dindin. Y a los 14, en 1986, después de que Sasha Socol dejó el grupo, Talia entró a Timbiriche 14 años.

Una niña que 7 años antes no podía pronunciar una palabra, ahora estaba cantando en escenarios enormes, grabando discos o apareciendo en televisión nacional. Grabó tres álbumes con Timbiriche. Pero dentro de esa experiencia que parecía un sueño, Talía ya estaba aprendiendo algo que la definiría para siempre, que el precio de la fama es entregar pedazos de ti misma a cambio de algo que brilla mucho, pero que no te pertenece.

El escenario no era suyo, la música no era suya, las decisiones no eran suyas. Y su madre, Yolanda Miranda, observaba cada movimiento tomando notas mentales, entendiendo cómo funcionaba la máquina, preparándose para cuando llegara el momento de poner a su hija al frente de todo, sola. Pero no te vayas todavía, porque lo que le pasó después de Timbiriche es lo que conecta todo con las cuatro revelaciones que te prometí.

En 1989, a los 18 años, Talía dejó Timbiriche. Tenía la decisión tomada. Quería ser solista. viajó a Los Ángeles para estudiar actuación, canto y baile. Se preparó como si estuviera armando un ejército de una sola persona. Regresó a México en 1990. Publicó su primer disco como solista que vendió bien en territorio mexicano, seguido de mundo de cristal y love.

Pero el verdadero fenómeno, lo que convirtió Atalía, en algo que el entretenimiento latino había producido jamás, no vino por la música, vino por las telenovelas y vino con una fuerza que todavía hoy es difícil de dimensionar. En 1992, Talía protagonizó María Mercedes, la historia de una vendedora de billetes de lotería callejera que se casa con un millonario.

Un productor visionario llamado Valentín Pimstein la eligió y Yolanda Miranda negoció el contrato. En 1994 vino Marimar a la historia de una huérfana criada por sus abuelos en una playa remota que se enamora de un hombre rico. Y en 1995, María la del Barrio, la historia de una joven que vive entre la basura y termina convertida en señora de sociedad.

La trilogía de las Marías. Tres telenovelas que fueron vistas por más de 1000 millones de personas en más de 100 países. Pon eso en perspectiva. 1000 millones más que la población de Europa entera, más que la de toda América junta, más que la audiencia del Super Bowl multiplicada por 10. En Filipinas había protestas callejeras si no pasaban marimar a la hora acostumbrada.

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