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“TAXISTA JUSTICIERO” DE CÚCUTA: HERNÁN DARÍO VILLAMIZAR CAZÓ A MÁS DE 16 NARCOS DEL ELN QUE…

En Cúcuta, ciudad fronteriza donde la ley tiene límites difusos  y el ELN cobra impuestos en los barrios, un taxista conocía cada esquina, cada callejón oscuro,  cada trocha hacia Venezuela. Durante 3 años, la policía buscó a un fantasma que eliminaba milicianos sin dejar rastro. No había mensajes, no había símbolos, solo cuerpos  que aparecían en las madrugadas, siempre en los mismos sectores donde la justicia nunca llegaba.

 Cuando finalmente lo capturaron, descubrieron que el Vengador  no era un sicario entrenado ni un exmilitar. Era un hombre de 47 años que manejaba un Chevrolet spark blanco y que había perdido lo único que le importaba. Esta es la historia de Hernán Darío Villamisar. El taxista que cruzó la línea y nunca volvió.

 Hernán Darío  Villamizar. Pavón nació en Toledo, un municipio pequeño del norte de Santander, donde las montañas se tragan las carreteras y  el estado apenas existe. Llegó a Cúcuta a los 19 años con una maleta, dos mudas de ropa y el sueño de conseguir trabajo. La ciudad fronteriza le ofreció  lo que buscaba: movimiento, oportunidades, la posibilidad de hacer algo con su vida.

 comenzó  como ayudante de un taxista viejo que le enseñó las rutas, los trucos para evitar trancones, los barrios donde no convenía meterse  después de las 8 de la noche. A los 22 años, Hernán ya tenía su propia máquina, un Chevrolet Sprint  destartalado que compró con un préstamo de una cooperativa. Trabajaba 18 horas  al día, dormía cuatro, ahorraba cada peso.

 Con los  años, Hernán se convirtió en uno de esos taxistas que conocen Cúcuta como la palma de su mano. Sabía qué calles estaban  rotas, cuáles tenían retenes improvisados de la policía, cuáles eran territorio del ELN y cuáles del clan del Golfo. Conocía las  trochas que usaban los contrabandistas para cruzar hacia Venezuela, los horarios de los buses  intermunicipales en el terminal, los nombres de los vendedores ambulantes del mercado  de Santander. manejaba un Chevrolet Spark

blanco con placas de Cúcuta, un carro sencillo que pasaba desapercibido entre los miles de taxis que recorren la ciudad todos los días. No era el tipo de hombre que llamaba la atención, no hablaba mucho, no se metía en problemas. Cumplía con su trabajo, pagaba sus cuentas, llegaba a su casa en el barrio San Mateo antes de las 10 de la noche.

Los vecinos lo describían como  alguien callado, trabajador, de esos que madrugan todos los días sin  falta. Vivía en una casa modesta de dos pisos, con rejas verdes y un tanque de agua en el techo, igual a todas las demás casas del barrio. San Mateo es un sector popular al norte de Cúcuta, de calles estrechas y ladrillo a la vista, donde la gente se conoce y se cuida.

Hernán llevaba más de 20 años viviendo ahí. Nunca tuvo líos con nadie, nunca estuvo en problemas con la ley. Era invisible, uno más entre miles de taxistas que recorren la ciudad buscando el pan  de cada día. Pero en los barrios de Cúcuta, especialmente en sectores  como La Libertad, el Salado y atalaya, todo el mundo sabía que el ELN cobraba vacuna.

 Los comerciantes  pagaban, los taxistas pagaban, los dueños de tiendas, de cantinas, de talleres, todos pagaban. Quien no pagaba recibía visitas. Primero llegaban con palabras amables, con advertencias suaves. Después llegaban con amenazas y si seguía sin pagar, llegaban con  algo más. Hernán pagaba su cuota mensual como todos los demás, 50,000 pesos que entregaba a un cobrador joven que pasaba los jueves por la tarde, siempre en moto, siempre con casco puesto.

 Nunca preguntó para qué era ese dinero, nunca se quejó. Era el costo de trabajar tranquilo en una ciudad donde la frontera con Venezuela había convertido cada esquina  en territorio en disputa. Durante 25 años, Hernán vivió así. manejando su taxi, pagando su vacuna,  criando a sus hijas, soñando con terminar de pagar la casa.

No era una vida fácil, pero era su vida. Hasta que un día de marzo de 2019 todo eso se derrumbó y el taxista invisible de Cúcuta se convirtió en otra cosa, en algo que la policía tardaría más de un año en identificar, en algo que el ELN nunca vio venir. Hernán se levantaba todos los días a las 5 de la mañana, preparaba café en una greca vieja mientras escuchaba las noticias en la radio.

 A las 5:30 ya estaba en la calle con su spark blanco recién lavado, listo para comenzar la jornada. Su rutina era siempre la misma. Primero pasaba por el centro  de Cúcuta, donde recogía pasajeros que iban al terminal de transporte. Después hacía carreras cortas por los barrios, llevando gente al trabajo, a colegios, a hospitales.

 Siempre volvía a su casa al mediodía para almorzar. Su esposa Clara Inés Rojas lo esperaba con la comida lista. Arroz, frijoles, carne, plátano. Comida sencilla, pero hecha con cariño. Clara  trabajaba como auxiliar de enfermería en el hospital Erasmo Meos, uno de los hospitales  más grandes de Cúcuta.

 Se habían conocido en una parada de buses hace 23  años, cuando Hernán todavía manejaba su primer taxi y Clara estudiaba auxiliar  de enfermería en el Sena. Él le ofreció llevarla gratis. Ella aceptó, pero le pagó de todas  formas. Se volvieron a encontrar en la misma parada una semana después y después otra vez y otra, hasta que Hernán se dio cuenta de que esperaba verla todos los días.

 Se casaron dos años después en una ceremonia sencilla en la notaría del centro con 10 invitados y  una torta comprada en una panadería del barrio. No tuvieron luna de miel. Pero no les importó. Estaban juntos y eso era suficiente. Tuvieron dos hijas. Laura Daniela, la mayor, tenía 21 años y estudiaba contaduría en la Universidad Francisco  de Paula Santander.

 Soñaba con trabajar en una empresa grande,  con tener su propio apartamento, con viajar. María Camila, la menor, tenía 17  años y todavía estaba en el colegio. Era callada como su padre. buena estudiante, de las que no dan problemas. La familia vivía apretada en esa casa de dos pisos en San Mateo, pero vivían bien.

 No les sobraba nada, pero tampoco les faltaba. Hernán manejaba taxi todos los días. Clara trabajaba turnos dobles en el hospital  cuando podía. Ahorraban 200,000 pesos al mes. Llevaban ya casi 4 millones guardados en una cuenta de ahorros. El sueño de Hernán era sencillo, terminar de pagar la casa, ver a sus hijas graduarse, tal vez comprar un segundo taxi y contratar a alguien para manejarlo, para tener un ingreso extra sin tener que trabajar tantas horas.

pensaba en jubilarse a los 60, en pasar más tiempo con Clara, en viajar a San Andrés, a Cartagena, a esos lugares que siempre veían en la televisión,  pero que nunca habían visitado. Clara soñaba con abrir una tienda de ropa en el barrio, algo pequeño  pero propio, para no tener que trabajar más turnos de noche en el hospital.

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