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La Orquesta Preguntó: “Alguien sabe cantar?” Cuando el Cantante Faltó — Pedro Infante Hizo Esto tl

La Orquesta Preguntó: “Alguien sabe cantar?” Cuando el Cantante Faltó — Pedro Infante Hizo Esto tl

Había una noche de 1946 en la Ciudad de México en que la orquesta del salón El Patio esperaba a su cantante con la puntualidad tensa de quien lleva 15 minutos pasando del momento acordado y ya sabe que los 15 se van a convertir en 30 y que los 30 van a convertir el problema en algo que alguien tiene que resolver antes de que el salón lleno empiece a notar que el escenario sigue vacío.

El gerente del lugar caminaba entre bastidores con el paso corto de quien está midiendo opciones y descartándolas al mismo ritmo. Los músicos afinaban por segunda vez, ¿qué es lo que hacen los músicos cuando no tienen otra cosa que hacer y necesitan parecer ocupados? Y en una mesa lateral, cerca de la entrada de servicio, un joven de pelo oscuro y sonrisa fácil tomaba un vaso de agua con la calma de quien no tiene prisa porque no es su problema. Todavía no lo era.

El joven se llamaba Pedro Infante. Tenía 26 años. Había llegado a la Ciudad de México desde Huamuchil, Sinaloa, con una guitarra, un nombre que nadie reconocía y la clase de fe en uno mismo que o es delirio o es exactamente lo que parece. Y en esa noche de 1946 llevaba ya suficiente tiempo en la capital como para saber que la ciudad no regala nada, que cada puerta que se abre tiene detrás de ella otra puerta y que entre las dos puertas hay siempre un pasillo largo que nadie menciona cuando cuentan la historia del éxito. Había estado en ese

pasillo por meses y había aprendido a habitarlo sin que la espera lo doblara. Lo que Pedro Infante había traído de Gamuchil no cabía en ningún documento y no tenía ningún valor en ninguna oficina de ninguna disquera de la Ciudad de México. No era un contrato, no era una recomendación, no era el apellido de nadie que abriera puertas con solo pronunciarlo.

Era algo más difícil de inventariar y más difícil de perder. Era el resultado de años haciendo lo mismo sin que nadie estuviera mirando. Había aprendido a cantar en Guamuchil de la manera en que se aprenden las cosas en los pueblos pequeños, sin maestro formal y sin método, escuchando a quien cantaba cerca y repitiendo hasta que el sonido que salía se parecía al sonido que había entrado.

Había aprendido carpintería del mismo modo, con las manos y con la repetición, y había ejercido ese oficio durante años con la misma seriedad con que haría cualquier otra cosa, porque había entendido desde temprano que la seriedad no es una cualidad que se activa cuando llega la oportunidad grande, sino un hábito que se forma mucho antes de que la oportunidad tenga cara.

Cuando llegó a la Ciudad de México, había trabajado como carpintero para pagar el cuarto, para pagar la comida, para sostener el tiempo que necesitaba para cantar en los lugares que lo dejaran cantar. Había tocado en fondas, en fiestas de barrio, en estaciones de radio de señal corta donde el micrófono era viejo y el público era incierto y nadie garantizaba que alguien estuviera escuchando del otro lado.

Había cantado igual en todos esos lugares con la misma entrega, porque había algo en Pedro que no distinguía entre el público grande y el público pequeño de la manera en que distinguen quienes cantan para el aplauso y no para la canción. La ciudad de México de mediados de los 40 era un organismo vivo que respiraba a un ritmo que los recién llegados tardaban en aprender.

No era hostil de la manera obvia en que son hostiles las ciudades que rechazan. Era hostil de la manera más difícil, la indiferencia. ¿Qué es la forma en que una ciudad grande le dice a alguien pequeño que su llegada no ha cambiado nada y que si quiere cambiar algo tendrá que hacerlo él solo sin que nadie reorganice el mundo para facilitárselo? Pedro había llegado con esa indiferencia encima desde el primer día y había elegido responderle de la única manera que tiene sentido responderle a la indiferencia con trabajo constante y sin

drama. había golpeado puertas en XCW, la estación de radio más importante del país, con la persistencia de quién sabe que el no de hoy no es el no de siempre si uno sigue apareciendo con algo real. había cantado en audiciones donde los productores lo escuchaban con la atención dividida de quien está haciendo tres cosas al mismo tiempo y donde el resultado era siempre la misma variación del mismo mensaje, que tenía algo, pero que ese algo todavía no era suficiente para lo que ellos necesitaban en ese momento. había aprendido a escuchar esa

frase sin que lo detuviera porque había entendido que suficiente es una palabra relativa que cambia de significado dependiendo del momento en que se pronuncia y que la forma de volver suficiente lo que todavía no lo es no es esperar, sino seguir construyendo. En el salón, el patio había llegado esa noche no como artista contratado, sino como acompañante de un músico conocido que le había dicho que fuera, que nunca se sabía, que en esos lugares a veces ocurrían cosas.

Pedro había aprendido a atender ese tipo de invitaciones con la atención específica de quien sabe que las oportunidades rara vez avisan con anticipación. El gerente del patio era un hombre de apellido castellanos que había visto pasar suficientes noches complicadas como para reconocer cuando una noche complicada tenía solución y cuando no la tenía. Esta noche tenía solución.

El problema era encontrarla antes de que el salón empezara a descomponerse. Se acercó a los músicos y les preguntó en voz baja si alguno de ellos podía cubrir la voz. El pianista negó con la cabeza. El trompetista señaló su instrumento con la expresión de quien dice que la respuesta está en la pregunta.

El contrabajista dijo que cantaba, pero que cantaba mal, con la honestidad específica de quien prefiere reconocer sus límites antes de que los descubran otros. Castellanos respiró, miró el salón que empezaba a tener el murmullo inquieto de quien espera algo que no llega. Y entonces uno de los músicos, un guitarrista que había visto a Pedro en la mesa lateral, se volvió hacia Castellanos y le dijo que había un muchacho en la mesa del fondo que cantaba.

Castellanos miró en la dirección que le indicaban y vio a Pedro que en ese momento terminaba su vaso de agua sin saber todavía que alguien lo estaba evaluando desde el escenario. Castellanos caminó hacia la mesa con el paso directo de quien no tiene tiempo para rodeos y le preguntó sin preámbulo si sabía cantar.

Pedro lo miró por un segundo con esa pausa que no era duda sino algo más parecido al reconocimiento de lo que estaba ocurriendo y respondió que sí. Castellanos le preguntó que sabía cantar y Pedro respondió lo que el músico del yumurí había escuchado años antes de otro hombre en otra ciudad que dependía de lo que la orquesta supiera tocar.

Castellanos asintió con la cabeza una sola vez con el gesto de quien acaba de resolver un problema y le indicó que subiera. Pedro se levantó de la mesa con el movimiento tranquilo de quien no quiere que el momento parezca más grande de lo que es, aunque por dentro el momento era exactamente tan grande como parecía. Caminó hacia el escenario cruzando el salón de la misma manera en que había cruzado fondas y patios y estudios de radio en los años anteriores, sin apresurarse, sin detenerse, con el paso de quién sabe a dónde va, aunque no sepa exactamente qué va a encontrar cuando

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