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Cuando Pedro Infante Fue Humillado en Público, Pedro Armendáriz Hizo Algo que NADIE Esperaba

Era 15 de marzo de 1952,  un viernes por la noche en el Palacio de Bellas Artes y la ceremonia de los premios Ariel estaba llegando a su momento más esperado.  Las luces brillaban sobre vestidos de seda y smoking impecables. La élite  del cine mexicano había llegado para celebrar otro año triunfal de su industria.

En las primeras filas estaban las estrellas más grandes, Dolores del Río,  María Félix, Jorge Negrete y, por supuesto, Pedro Infante.  Pedro estaba sentado junto a su esposa incómodo en su traje formal,  a pesar de haberlo usado docenas de veces. No era el traje lo que lo incomodaba, era la anticipación.

Estaba  nominado a mejor actor por su papel en Los hijos de María Morales. Y aunque todos los periódicos predecían su victoria, Pedro  nunca se acostumbraba a estos momentos. La atención, las expectativas, la presión de ser lo que  todos querían que fuera. Tres filas detrás. Pedro Armendaris observaba a su amigo con una sonrisa.

Conocía esa tensión en los hombros de infante, esa forma de  apretar la mandíbula cuando estaba nervioso. Habían trabajado juntos en  varias películas. Habían bebido tequila en cantinas hasta el amanecer. Se habían confiado  miedos que nunca compartirían con la prensa. Armendaris sabía algo que pocos sabían.

Detrás de esa imagen de Galán Seguro, Pedro era profundamente inseguro sobre su talento como actor.  La categoría de mejor actor fue anunciada. El presentador abrió el sobre  con dramatismo calculado y el ganador es Pedro Infante  por los hijos de María Morales. El teatro explotó en aplausos.

Pedro  se levantó, besó a su esposa, caminó hacia el escenario con esa gracia natural que lo caracterizaba.  Recibió el Ariel, esa estatuilla dorada que representaba el máximo reconocimiento del cine mexicano. Su discurso fue breve, emotivo, humilde.  Agradeció al director, a sus compañeros de reparto, al público mexicano  que lo había apoyado desde sus inicios.

Todo era perfecto hasta que dejó de serlo. Cuando Pedro terminó su discurso y comenzó a bajar del escenario, una voz cortante  atravesó el aplauso. Señor infante, un momento, por favor. Pedro  se detuvo. El aplauso se apagó gradualmente. Todos giraron hacia la voz. Era Julián Soler,  un crítico de cine español que había sido invitado especialmente para esta ceremonia.

Soler tenía reputación en  toda Latinoamérica, brillante, culto, despiadado. Sus artículos  podían hacer o destruir carreras. Estaba de pie en la sección de prensa, micrófono en mano.  “Sí, don Julián”, respondió Pedro educadamente, sin saber qué esperar. “Tengo una pregunta para usted”,  continuó Soler su acento español cortando cada palabra con precisión quirúrgica.

¿No le da vergüenza aceptar un premio de actuación cuando usted no es realmente un actor? El silencio  que siguió fue absoluto, mortal. Nadie respiraba. Pedro  se quedó congelado en los escalones del escenario. El Ariel apretado entre  sus manos. Su rostro perdió. Color.

“Disculpe”, logró decir  su voz apenas audible. Lo que escuchó, respondió Soler con frialdad calculada. Usted es un cantante de rancheras,  señor infante. Un cantante muy talentoso, sin duda. Pero actor. Actor es otra cosa completamente diferente.  El teatro estalló en murmullos indignados.

Algunos gritaban a Soler que se callara, otros  abucheaban abiertamente, pero Soler continuó alimentado por la reacción. He revisado  su filmografía completa”, dijo elevando la voz sobre el ruido. 32  películas. En 32 películas usted interpreta exactamente el mismo  personaje, el charro guapo que canta canciones románticas.

No hay rango dramático, no hay transformación, no hay técnica actoral real, solo Pedro Infante siendo Pedro Infante con diferentes sombreros.  Dolores del Río se levantó de su asiento furiosa. Esto es un insulto. Exijo que Pero Soler  la interrumpió. Con todo respeto, señora del Río, usted es una actriz  formidable porque estudió su oficio.

Tiene entrenamiento formal. Ha trabajado en Hollywood con los mejores directores  del mundo. ¿Usted sabe diferenciar entre talento natural y trabajo artístico serio?  Pregúntese honestamente, ¿este hombre merece el mismo reconocimiento que  usted? La trampa era perfecta. Si Dolores defendía a Pedro, parecería condescendiente.

Si guardaba silencio, validaría la acusación. Soler giró nuevamente hacia  Pedro, quien seguía paralizado en el escenario. No tiene entrenamiento en el método Stanislavski. No ha estudiado  en ninguna academia de arte dramático. Nunca ha pisado un escenario de teatro legítimo.

Simplemente canta bonito,  sonríe para la cámara y la industria mexicana lo llama actor porque vende boletos. Pero vendedor de boletos y actor son dos cosas  muy diferentes. María Félix se puso de pie. Ya es suficiente.  Esto es una ceremonia de premiación, no un tribunal inquisidor. Tiene razón, respondió Soler sin  inmutarse.

Por eso debí expresar mi opinión antes de que le dieran  un premio que francamente no merece. El Ariel debe reconocer excelencia  actoral, no popularidad. Y señor infante, con todo el respeto  que merece su éxito comercial, usted no es un actor excelente, es un fenómeno de marketing brillantemente  ejecutado.

Cada palabra era un cuchillo. Cada frase diseñada para herir donde más dolía  y funcionaba. Pedro Infante, el hombre que había conquistado México con su carisma,  que hacía llorar a multitudes con sus canciones, que representaba todo lo que el pueblo mexicano  amaba, estaba completamente destruido.

Sus manos temblaban alrededor del Ariel.  Sus ojos buscaban desesperadamente algún lugar donde esconderse. La humillación estaba pintada  en cada centímetro de su rostro. Entonces, desde la tercera  fila, Pedro Armendaris se levantó, no gritó, no corrió, simplemente se puso  de pie y su sola presencia comandó atención.

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