Allí pasó los siguientes 10 años. Aprendió francés con acento perfecto, a tocar el piano, a montar a caballo. Las monjas la describían como una niña callada y observadora que sus compañeras se encontraban demasiado seria. Y aquí viene un detalle que cambia todo lo que viene después. Dolores creció convencida de que era fea.
Lo dijo ella en una entrevista para la revista Novedades en 1976. Contó que las otras niñas del internado la llamaban la flaca de los ojos raros. que cuando se miraba al espejo veía una nariz demasiado grande, una boca demasiado ancha, unos pómulos demasiado marcados y contó algo más que casi nadie ha repetido, que su madre le decía a menudo que tenía suerte de ser de buena familia porque con su cara nunca se habría casado.
Esa frase se la dijo su madre durante años y a Dolores se le quedó dentro. Cuando cumplió 15, Antonia decidió que ya estaba lista. empezaron a presentarle pretendientes y entre todos los nombres que pasaron por el salón de los Asún solo en aquellos meses, hubo uno que le interesó especialmente a la madre.
Un hombre culto, rico, abogado titulado, escritor aficionado, viajero. Un hombre que cuando la conoció le hizo una reverencia y le besó la mano como se hacía en las cortes europeas. Un hombre que tenía 33 años, Dolores tenía 15. Sus padres no lo dudaron ni un segundo. Era el partido perfecto.
La pidieron en matrimonio. Ella dijo que sí, pero ese sí no fue de Dolores. Fue de la niña a la que su madre le había repetido durante 10 años que con esa cara tenía suerte de tener apellido. Y lo que ni la madre ni el novio sabían entonces era que esa niña tardaría exactamente 5 años en aprender a decir lo contrario.
El matrimonio de oro y la tarde del té. Aquel hombre se llamaba Jaime Martínez del Río y Viñet. Era abogado, escritor. Había estudiado en Inglaterra. Hablaba cuatro idiomas. Conocía a media aristocracia europea. Entre sus bienes estaba el rancho La Hormiga, una finca enorme en las afueras de Ciudad de México que décadas más tarde se convertiría en la residencia oficial de Los Pinos.
La boda se celebró el 11 de abril de 1921. Dolores tenía 16 años recién cumplidos. Jaime 34. Y al cuarto día, los novios subieron a un barco con destino a Europa para empezar una luna de miel que iba a durar dos años enteros. Dos años. Eso te dice todo lo que necesitas saber sobre la fortuna de los Martínes del Río en aquel momento.
Recorrieron Francia, Inglaterra, Italia y España. Jaime le enseñó cómo se comportaba la nobleza europea de verdad. la llevó a la ópera, le compró ropa en las casas de costura más caras del momento y en una parada en Madrid, en el verano de 1922 pasó algo que merece la pena contar despacio.
A los Reyes de España, Alfonso XI y Victoria Eugenia, les llegó el rumor de que en la ciudad había una pareja mexicana exquisita y de que la esposa sabía bailar danza española como pocas. Los invitaron a una recepción privada en el Palacio Real. Después de la cena, alguien le pidió a Dolores que bailara. Dolores se levantó, pidió un mantón y se arrancó por seguidillas.
Bailó delante del rey y la reina con una compostura que dejó a los presentes en silencio. Y al terminar, Alfonso X se levantó y pidió una segunda función para los soldados heridos en la guerra de Marruecos. Era una niña de 17 años. Había tardado dos años de matrimonio en empezar a entender el efecto que tenía sobre la gente.
Pero la luna de miel terminó y cuando volvieron a México, la realidad les esperaba con los brazos cruzados. Jaime quiso hacerse cargo del negocio familiar, pero en 1923 una sequía arrasó los campos. En 1924 los precios del algodón se desplomaron en Nueva York. En menos de 2 años, Jaime pasó de hacendado rico a hombre con tierras improductivas y deudas crecientes.
Vendieron parte de la hacienda, despidieron al servicio, se mudaron a Ciudad de México, a un piso modesto y Jaime se inventó que iba a ser escritor. Escribía guiones que nadie montaba, novelas que nadie publicaba. Dolores lo vio venirse abajo durante meses y como hacían las mujeres de su clase y de su época no dijo nada hasta que llegó la tarde de un sábado de febrero de 1925.
Esa tarde estaban en una tertulia organizada por el pintor Adolfo Best Magard, una de esas reuniones capitalinas donde se mezclaba la aristocracia venida a menos con los pintores y escritores que estaban inventando la nueva identidad mexicana. Por aquellas reuniones pasaban Diego Rivera, José Clemente Orosco, Salvador Novo, varios poetas.
Y entre los invitados de aquella tarde había un americano de paso, un director de cine de Hollywood llamado Edwin Karewe. Cuando Dolores entró en la sala, carewe dejó la taza de té sobre la mesa y no la apartó de la vista durante toda la velada. Al despedirse se acercó a Jaime y le hizo una propuesta directa.
Quería llevarse a Dolores a Hollywood para convertirla en estrella de cine y de paso le ofrecía a Jaime trabajo como guionista. Era el paquete completo. Jaime aceptó esa misma tarde sin consultarlo con dolores. Le contó la noticia ya por la noche, casi como si fuera una anécdota graciosa. Le dijo que iban a probar suerte en Hollywood, que él iba a escribir guiones, que ella iba a ser la cara nueva del cine americano.
Dolores lo miró callada y después dijo que sí, pero ese sí otra vez no era de ella. Era de la mujer que durante 4 años había visto a su marido hundirse y que sabía perfectamente que aquel viaje a Hollywood era el último cartucho económico de un hombre arruinado que estaba usando a su esposa como salvavidas.
La familia Martínez del Río se opuso con todas sus fuerzas. La madre de Jaime amenazó con desheredarlo. Los tíos pusieron todo el empeño en impedir el viaje. La única persona que apoyó a la pareja fue Antonia. la madre de Dolores, la misma que durante años le había dicho que era fea, la misma que ahora contra todos los demás le decía que se fuera.
Subieron al tren rumbo a Los Ángeles en agosto de 1925. Antonia fue a despedirla a la estación y aunque las fuentes no recogen exactamente lo que se dijeron en aquel andén, sí queda constancia de un detalle. Antonia le metió en el bolso un sobre cerrado con instrucciones de no abrirlo hasta que el tren cruzara la frontera.
Cuando Dolores lo abrió, horas después encontró dentro una medalla de la Virgen de Guadalupe que había sido de su abuela y una nota corta. La nota decía solo esto. Acuérdate de quién eres. Dolores guardó esa medalla durante el resto de su vida. La trampa dorada de Hollywood. Llegaron a la estación de Los Ángeles el 27 de agosto de 1925 y lo primero que les pasó fue que nadie los esperaba.
Edwin Carew había prometido recibirlos en persona, pero ese día se le olvidó. mandó a un asistente que se confundió de tren. Esperó 4 horas en otro Andén y cuando por fin los encontró ya estaban Dolores y Jaime sentado sobre las maletas en mitad de la estación, sin saber a dónde ir, con el calor de agosto pegado a la ropa de viaje.
Esa primera escena resume todo lo que iba a venir. Dolores había imaginado Hollywood como una alfombra roja y Hollywood resultó ser una fábrica brutal con turnos de 14 horas. con productores que la trataban como mercancía, con un sistema que masticaba a las jóvenes hermosas y las escupía cuando dejaban de serlo.
Karwe los instaló en un hotel modesto y al día siguiente los llevó al estudio. La rodaron en pruebas, le tiñieron el pelo de un negro más intenso. Le enseñaron a fumar elegantemente delante de la cámara, a girar la cara hacia la luz buena, a moverse al ritmo del cine mudo. La presentaron al mundo como Dolores del Río, escrito en inglés con la D de DL en mayúscula y sin acento y le dieron su primer papel.
Dolores se preparó durante semanas. Le pidió a su madre desde México que le mandara un mantón antiguo de la familia. Invitó a la única conocida que tenía en Los Ángeles a la Premiere. Se sentó en la sala con el corazón a 200 pulsaciones. Cuando salió su escena fueron 30 segundos.
Lo que ella había rodado durante varias jornadas en la sala de montaje lo habían reducido a un parpadeo. Dolores salió del cine sin decir nada. Llegó al hotel, se metió en el baño y estuvo llorando una hora con la puerta cerrada. Después salió, se lavó la cara y le dijo a Jaime que se volvía a México al día siguiente.
Karewe tardó tres días enteros en convencerla de que se quedara. Le prometió que aquello era lo normal en el primer papel. Le prometió que la siguiente sería protagonista. Le prometió que él en persona se encargaría de levantar su carrera. Y mientras le prometía todo esto, Karwe estaba haciendo otra cosa que Dolores tardó varios meses en descubrir.
Estaba enamorándose de ella. Empezó a controlarle todo. La agenda, los papeles que aceptaba, los productores con los que podía hablar, las entrevistas que daba, hasta la ropa que se ponía para los estrenos. le hizo firmar un contrato de exclusividad por una década entera y orquestó una campaña de prensa que llamaba a Dolores la heredera más rica de México.
Casi nada era cierto, pero era lo que vendía. Mientras Karegue la moldeaba, Jaime se hundía. El supuesto trabajo como guionista era una tomadura de pelo. Jaime entendió en pocos meses que él no era parte del trato. El trato era Dolores. Él era solo el accesorio que había venido con ella en el mismo tren. Y entonces, en algún momento de 1926 pasó algo de lo que ni los biógrafos hablan demasiado. Dolores se quedó embarazada.
era el primer hijo, pero el embarazo terminó en aborto involuntario antes de la 16ta semana. Los médicos le dijeron que su cuerpo no estaba preparado, que había habido complicaciones, que era mejor que no volviera a intentarlo. Le recomendaron con la frialdad clínica de los años 20 que renunciara a tener hijos.

Dolores tenía 22 años. Para 1927, la carrera de Dolores había despegado. Resurrection, dirigida por Karewe, fue un éxito enorme. Después llegaron Lo que cuesta la gloria, Los Amores de Carmen y en 1928 Ramona, que la convirtió en una de las grandes estrellas de Hollywood. Llegó a recibir más de 1000 cartas de admiradores a la semana y en mitad de ese ascenso, su matrimonio se cayó por la ventana.
Jaime se marchó a Nueva York intentando rehacer su vida como escritor, lejos del peso de su esposa famosa. Después cogió un barco y se fue a Europa. Pasó por Madrid, donde había vivido feliz 4 años antes y en septiembre de 1928 ingresó en un hospital con dolores de cabeza que no se le pasaban con nada.
Los médicos le diagnosticaron un tumor cerebral. El divorcio se firmó ese mismo año. Se reencontraron una última vez en París ya divorciados y según contó ella, años después se despidieron como amigos. Jaime Martínez del Río murió el 7 de diciembre de 1928 en un hospital de Berlín al que lo habían trasladado para una intervención que llegó tarde. Tenía 41 años.
Su hermano, que estuvo con él hasta el último día, le contó después a Dolores que Jaime había hablado de ella en sus últimas horas, que la seguía amando, que no le guardaba rencor. Dolores recibió la noticia mientras filmaba Evangelina. Se metió en su camerino, lloró media hora, se retocó el maquillaje y volvió al plató.
La industria del cine no admitía pausas para el duelo. Ella había aprendido eso muy rápido y cuando volvió a su casa esa noche, encontró a Karewe esperándola en el salón con flores. El hombre llevaba meses tramitando su propio divorcio con un plan claro. En cuanto Dolores estuviera viuda y él libre, se casarían.
Pero Dolores no se casó con Karwe, ni esa noche ni después. Le dejó claro que la respuesta era no. Y a lo largo de los meses siguientes, mientras Karegue insistía con flores, con cenas, con cartas, con propuestas cada vez más desesperadas, Dolores fue diciendo no una vez detrás de otra hasta que en 1930 lo dijo en público.
Le concedió una entrevista a una revista de Hollywood y declaró textualmente que nunca se casaría con Edwin Carewe. Fue el primer no público de su vida. tenía 26 años y lo que vino después fue el infierno. Karwe no encajó la negativa, la amenazó. Le recordó que tenía contrato de exclusividad.
Le dijo que sin él, Dolores en Hollywood no era nadie. La demandó por incumplimiento de contrato. Movió hilos para que ningún estudio importante le ofreciera papeles. Filtró rumores a la prensa sobre su supuesta inestabilidad emocional. Dolores aguantó 9 meses sin trabajar, sin papeles, sin contratos, sin titulares amables.
Y mientras aguantaba, contrató a abogados nuevos, se separó de la gente que Carwell le había impuesto y firmó con United Artists, el estudio de Charles Chaplin y Mary Pickford. En 1930, Dolores volvió a estrenar. La película se llamó The Bad One. Fue su primera cinta sonora y en el primer fin de semana recaudó más que cualquier película de Kellu en toda su carrera.
Lo que él tardó 5 años en construir, ella lo levantó otra vez en 6 meses sola. Pero no estaba sola del todo, porque mientras Karewe se quedaba atrás, otro hombre la observaba desde el otro lado del estudio. Un hombre elegante, casado con su trabajo, que dirigía el departamento artístico de la Metro Goldwin Meer y que tenía una mansión en Santa Mónica con vistas al Pacífico, el hombre que había diseñado la estatuilla del Óscar.
La diva y el desnudo que rompió Hollywood se llamaba Cedric Gibons. Cuando Dolores lo conoció en una fiesta en el castillo de San Simeón a finales de 1929, Gibons tenía 38 años. Era irlandés, alto, callado y estaba absolutamente fascinado por ella. Tardó casi un año en pedirle una cita formal y cuando lo hizo, Dolores aceptó porque era la primera vez en mucho tiempo, que un hombre la trataba como persona y no como producto.
Se casaron el 6 de agosto de 1930 en una ceremonia íntima en Santa Bárbara, sin prensa, sin fotos pagadas, sin reportajes. Gibons la llevó a vivir a una casa que él mismo había diseñado en Santa Mónica, una de las más fotografiadas de Hollywood. Ahí Dolores vivió los 7 años más estables de su vida.
Pintaba acuarelas en el jardín y por primera vez desde que había llegado a Estados Unidos dormía bien. Pero la calma no llegó sola. A los pocos meses de la boda, en finales de 1931, Dolores se desplomó. Un día, sin previo aviso, dejó de levantarse de la cama. Lloraba sin motivo. No quería ver a nadie.
Los médicos lo llamaron un colapso nervioso. La prensa de Hollywood empezó a publicar que Dolores del Río estaba acabada. Gibons se la llevó a la casa de Santa Mónica, contrató enfermeras y se dedicó él mismo a cuidarla durante meses. Tardó casi medio año en recuperarse del todo y cuando volvió al estudio lo hizo con una convicción que no tenía antes.
Si Hollywood la quería de vuelta, iba a ser en sus términos. La siguiente película fue Bird of Paradise. Se rodó en Hawaii en 1932. En mitad del rodaje, el director King Bidor decidió que habría una escena de baño nocturno en el mar. Dolores aparecía nadando completamente desnuda, fotografiada desde agua. Era 1932.
El código que iba a censurar todo el cine americano durante las siguientes tres décadas, todavía no se aplicaba con rigor y los productores aprovechaban ese margen para meter en pantalla cosas que sabían que iban a desaparecer pronto. Cuando la película se estrenó, en septiembre de 1932, fue un terremoto.
Las ligas de moralidad de Estados Unidos pidieron que se prohibiera. Los obispos católicos de Boston organizaron protestas. Varios estados intentaron censurarla. Y aquí viene el dato que pocos documentales cuentan. Dolores podía aparecer desnuda porque su personaje era una nativa. La oficina de censura de Hollywood autorizó el desnudo con un razonamiento que hoy nos parece de otra época.
Una mujer blanca anglosajona desnuda en pantalla era una amenaza para la moral pública. Pero una mujer racialmente inferior podía mostrarse desnuda porque el espectador la asumía como naturaleza, no como persona. Bird of Paradise fue uno de los detonantes que aceleraron la aplicación del código H en 1934.
Después de aquella película, Hollywood se autocensuró durante tres décadas. El año siguiente, Dolores rodó la película más rentable de toda su carrera americana, Flying Down to Rio la protagonizaba ella. Pero entre los nombres del reparto había dos jóvenes prácticamente desconocidos, a los que les habían dado un número musical secundario para rellenar metraje.
Ella se llamaba Ginger Rogers, él se llamaba Fred Aster. Cuando la película se estrenó, Dolores era la estrella en los carteles, pero al salir de la sala, el público no hablaba de ella, sino de la pareja que bailaba la carioca en una azotea de río. y Rogers se hicieron tan famosos que la RKO los firmó para una serie de películas que iban a definir el cine musical de la década y la cara de Dolores empezó a quedarse sin que ella lo notara en un segundo plano.
Hollywood le había encontrado un sitio, el de la mujer exótica, intercambiable, polinesia, francesa, española, brasileña. Nunca le ofreció un papel de mujer americana, ni un papel donde su origen no fuera el chiste o la decoración. Para 1939, Cedric Gibbons llevaba meses notando que su mujer volvía cada noche a casa más callada.
Y un día cenando, Dolores levantó la vista del plato y le dijo, “Cedric, me estoy volviendo invisible.” Gibons no contestó. Sabía que tenía razón y lo que necesitaba estaba a punto de aparecer en su vida en forma de un crío de 25 años, con una voz de barítono y una arrogancia que no había visto Hollywood entera en 40 años.
Se llamaba Orson Wells. Pero antes de Wells, antes del escándalo que iba a hacer estallar su matrimonio, hay otra mujer que entra en esta historia. una mujer que vivía en Coyoacán, que tenía la columna vertebral rota desde los 18 años y que había empezado a escribirle cartas desde México pidiéndole dinero prestado.
Se llamaba Frida. Frida Diego y el cuadro de las encueraditas Frida Calo le mandó un telegrama urgente a Dolores del Río en marzo de 1940. El telegrama decía exactamente esto. Dolores linda, ruego te perdones esta molestia. ¿Podrías prestarme $250? Necesito para resolver caso urgente, pagándotelos en dos meses.
Millones gracias. Besos. Días después llegó la carta prometida. Tiene dos hojas escritas por las dos caras con la letra apretada y nerviosa que Frida tenía en los meses peores. Empieza así. Dolores linda, estoy apenadísima contigo porque no he podido mandarte los 250 del águila que tú tan bondadosamente me prestaste.
Hoy esa carta se conserva en el archivo del Centro de Estudios de Historia de México de la Fundación Carlos Slim y cualquiera que vaya hasta allí puede pedir verla. $250 águila significa 250 monedas de $10 cada una. En dinero de hoy, calculando la inflación hablamos de unos $40,000 actuales.
Para entender lo que hay detrás de ese telegrama, hay que retroceder unos años. Porque mientras Hollywood la convertía en florero exótico, Dolores tenía una vida paralela que casi nadie veía. Una vida que pasaba a 8 horas en avión hacia el sur, en Coyoacán, en la Casa Azul, en los talleres de Diego Rivera.
Era amiga íntima de Frida Calo. Se conocieron a finales de los años 20. tenían en común mucho más de lo que las separaba, familias acomodadas, francés impecable, un orgullo profundo de ser mexicanas en un mundo que no entendía México y un dolor antiguo dentro que cada una llevaba por motivos distintos. Frida tenía la columna rota desde un accidente de autobús a los 18 años.
Vivía con dolor permanente. Había sufrido tres abortos y pintaba para no enloquecer. Dolores había perdido también un embarazo. No podía tener hijos. Había sido humillada por Cargü y encasillada por Hollywood. Sabían muy bien lo que era ser deseadas y al mismo tiempo invisibles.
Empezaron a verse cada vez que Dolores volvía a México. Cenaban en la casa azul, se intercambiaban libros. Frida le mandaba a Hollywoodiles teuanos y Dolores se los ponía en las cenas elegantes de Beverly Hills. Diego Rivera, que tenía una facilidad para enamorarse de cada mujer que entraba en su taller, intentó cortejar a Dolores también.
Ella lo paró en seco. Le dijo que era amigo de su amiga y que en su escala de valores eso era sagrado. Diego respetó la línea, pero la pintó. Hizo varios retratos de Dolores a lo largo de los años. La Dolores que pintó Diego Rivera no es la Dolores glamorosa de los carteles de Hollywood.
Es una mujer mexicana de rasgos firmes, mirada seria, vestida con ropa indígena, la Dolores que ella habría querido ser, la que Hollywood nunca le dejó ser. Y entonces, en algún momento de finales de los años 30 pasó algo entre Frida y Dolores, que hoy todavía está rodeado de niebla. Frida le pintó un cuadro.
Se llama Dos desnudos en el bosque, también conocido como la tierra misma. Y en él aparecen dos mujeres morenas tumbadas en un claro selvático, completamente desnudas, abrazadas, mirándose. Una más oscura, otra más clara. La más clara se parece a Dolores, la más oscura se parece a Frida. El cuadro es de 1939.
Frida se lo regaló a Dolores ese mismo año. Era una declaración de amor. Sobre eso se ha discutido mucho. Frida tuvo relaciones con mujeres durante toda su vida y en una de sus cartas menciona explícitamente el cuadro de las encueraditas y se lo recuerda a Dolores con un tono que va más allá de la amistad.
Lo que pasó realmente entre ellas en privado no se sabe. Dolores nunca habló del tema en su vida y cuando le preguntaban en entrevistas por Frida, respondía siempre con la misma frase, “Era mi hermana, hermana.” Esa palabra en boca de dolores podía significar muchas cosas. Frida y Diego se divorciaron en 1939.
Frida se quedó sin marido y sin dinero en la Casa azul, con la salud rota y los gastos médicos disparados. y le mandó a Dolores aquel telegrama urgente. Dolores los envió al día siguiente, sin pedir plazo, sin condiciones, sin contrato. Mandó el cheque por correo desde Beverly Hills a la calle Londres 127, Coyoacán.
Dolores nunca habló de ese dinero con nadie, no lo mencionó en entrevistas, no lo cobró cuando Frida se hizo famosa después de su muerte y los cuadros empezaron a valer fortunas. La existencia del préstamo solo se conoció después, cuando los herederos de su último marido donaron al archivo un paquete de cartas que ella había guardado durante toda su vida.
Y aquí viene el detalle que cierra el círculo. En 2016, dos desnudos en el bosque. El cuadro que Frida había regalado a Dolores en 1939 salió a subasta en Christ de Nueva York. Lo vendieron por más de 8 millones de dólares. Marcó el récord histórico de la pintura latinoamericana. Es decir, el cuadro que Frida regaló a la mujer que la salvó económicamente terminó valiendo décadas después, 2000 veces lo que había costado el préstamo original.
Esa es la Dolores que casi nadie conoce. la que ayudaba a Frida en silencio mientras Hollywood la disfrazaba de gitana española, la que llevaba dos vidas a la vez, una que veía la prensa y otra, la verdadera, que solo veían sus iguales. Y mientras esa doble vida se sostenía en el otoño de 1940, alguien estaba a punto de irrumpir y arruinarle la segunda.
Orson Wells y el telegrama sin respuesta. Para entender lo que pasó entre Dolores del Río Yorson Wells, hay que empezar por la foto. Wells tenía 16 años, vivía en un internado de Illinois y un día de 1932 fue al cine a ver Bird of Paradise. Salió de la sala con una idea fija, recortó una foto de Dolores de una revista y la pegó en la pared de su cuarto.
la tuvo allí durante años y la llevó consigo en cada mudanza hasta que la sacó para colgarla en su despacho cuando la RKO le firmó. A los 24 años el contrato más generoso que se le había dado a un director debutante en Hollywood. Era marzo de 1940. Coincidieron en una fiesta organizada por la RKO. Welles llegó tarde.
Cuando entró en el salón y la vio, paró en seco. Llevaba 8 años imaginándose ese momento y lo único que se le ocurrió decirle con su voz de barítono que se oía en todo el salón fue que llevaba media vida esperando para conocerla. Dolores se rió, pero esa misma noche Wells consiguió su número de teléfono y al día siguiente la llamó.
Y a las dos semanas estaban viéndose a escondidas. Dolores llevaba 10 años casada con Cedric Gibons. Dolores se enamoró como no se había enamorado en su vida y Wells también. Pero los dos sabían desde la primera cita que aquello no iba a poder vivirse en público.
A finales de 1940, Wells terminó Citizen Kane. La película era un retrato apenas disimulado de William Randolphur HST, el hombre más poderoso de la prensa americana. Herst lo descubrió antes del estreno y montó en cólera. Sus periódicos prohibieron mencionar Citizen Kane y sus reporteros recibieron orden de buscar trapos sucios sobre Wells.
Entre los trapos sucios que encontraron, el más jugoso era el que ya casi todo Hollywood sospechaba, pero nadie había confirmado, que Orson Wells tenía una aventura con la mujer de Cedric Gibons. Para entonces, Dolores ya había dado el paso. El 27 de febrero de 1941, antes incluso de que Citizen Kan se estrenara, había firmado el divorcio con Cedric Gibbons.
Cuenta que cuando Dolores se sentó frente a él una noche en la casa de Santa Mónica y le dijo que había conocido a alguien, Gibons no le hizo ni una sola pregunta. Le tomó la mano y le dijo que la entendía. Fue hasta el último día del matrimonio. Exactamente el caballero que había sido toda su vida. En octubre de 1941, Wells voló a Ciudad de México con la intención de formalizar el matrimonio con dolores.
Todo apuntaba al final feliz que ninguno de los dos había tenido. 4 meses después, en febrero de 1942, Welles aterrizó en Río de Janeiro y todo se hundió. El gobierno americano había financiado su siguiente película, una historia sobre el carnaval brasileño. La idea era convertirlo en embajador artístico contra la propaganda nazi en Sudamérica y se hundió en cuanto Wells aterrizó, porque Río en febrero es carnaval.
Y Wells con 26 años se metió en aquel carnaval como un toro en una cristalería. Empezó a beber, a desaparecer del rodaje durante días enteros y a acostarse con todas las mujeres que le pasaban por delante. Las revistas brasileñas publicaron fotos. Los cables llegaron a Beverly Hills.
Mientras todo esto pasaba, Dolores le mandó cartas, le mandó telegramas, lo llamó por teléfono al hotel. Wells no contestó ninguno. Pasaron 6 meses, casi medio año en el que Wells se acostó con media ciudad de río y Dolores le escribía desde la otra punta del continente sin recibir nunca una respuesta.
A mediados de 1942, después de leer un nuevo cable sobre las correrías de Wells, Dolores fue a una oficina de telégrafos. mandó un telegrama corto dirigido a Orson Wells, a la habitación que él tenía en el hotel Gloria de Río de Janeiro. El telegrama decía, “Esto se acabó. Adiós.” Wells lo recibió y nunca contestó.
Durante los siguientes 40 años hasta su muerte en 1985, Wells habló de Dolores del Río con un respeto reverencial. Cuando le preguntaban quién había sido la mujer más bella que había conocido en su vida, contestaba sin dudar ella, cuando le preguntaban si había amado de verdad alguna vez, decía que sí y siempre era ella.
Iba a México de tanto en tanto, intentaba verla. Ella nunca lo recibía. Mandaba a sus hijos a visitarla y a esos sí los recibía. Y cuando Rebeca, su hija, llegó a México por primera vez para conocer a Dolores, salió de aquel encuentro y le dijo a su padre, “Papá, sigue queriéndote.” Wells no contestó, solo se quedó callado.
En el verano de 1942, Dolores compró un billete de tren a Ciudad de México. No volvió a Hollywood durante años. La vetaron por roja, pero México la recibió peor de lo que la había despedido. La prensa mexicana, durante los años de su triunfo en Hollywood se había acostumbrado a tratarla como traidora.

La llamaban la chica rica que se había ido al norte a hacerse famosa mientras el país sangraba. Le reprochaban dos divorcios, una aventura con un hombre casado y ahora volvía con la cola entre las piernas. Los titulares de los primeros días fueron crueles. Una revista popular publicó en portada una caricatura de Dolores Volviendo a México, vestida de Adelita y con los ojos llorosos.
El titular decía, “Vuélvela duranguense. La queremos.” Dolores no respondió a la prensa. Se instaló en una casa pequeña en la colonia Roma y empezó a hacer lo único que sabía hacer, trabajar. El primer hombre que apostó por ella en México fue Emilio Fernández. El indio Fernández no era un director cualquiera, era un veterano de la revolución que había peleado con Pancho Villa.
Había sido encarcelado en Estados Unidos por matar a un hombre en una pelea. Había trabajado años en Hollywood como extra y había vuelto a México con una idea fija, hacer un cine mexicano que mirara a los indígenas, a los campesinos, a la tierra. Un cine que el mundo no había visto antes. El indio llevaba años con una foto de Dolores recortada de una revista en su cartera.
Cuando supo que ella había vuelto a México, se presentó en su casa con un guion bajo el brazo. La película se iba a llamar Flor Silvestre y el papel principal era para ella. Era la historia de una campesina mexicana en plena revolución. Era el tipo de papel que Hollywood nunca le había ofrecido.
Una mujer mexicana compleja, hablando español, vestida con ropa de campo, sufriendo de verdad, aceptó al día siguiente. Flor Silvestre se rodó en la primavera de 1943 en localizaciones reales del estado de Hidalgo. Y el resultado fue una película que México no había visto antes y que Dolores tampoco había hecho antes.
Cuando se estrenó, las mismas revistas que la habían recibido con caricaturas tuvieron que reconocer que estaban delante de algo grande. Dos meses después, el indio le ofreció el siguiente papel. La película se llamaba María Candelaria. María Candelaria es la Dolores del Río que el mundo entero terminó conociendo.
Una indígena de Sochimilco que vende flores en una canoa, enamorada de un campesino interpretado por Pedro Armendaris, perseguida por un cacique que la odia porque ella no se entrega. Es una tragedia rural rodada con una luz que pintaba volcanes en cada plano. Y cuando se estrenó en 1944, primero en México y después en KS, donde ganó la palma de oro en 1946 por delante de cintas firmadas por Roberto Roselini y David Lin, Dolores del Río se convirtió en otra cosa.
Se convirtió en el rostro internacional de México. ganó el premio Ariel, el Óscar mexicano, en 1946. La invitaron a festivales en Europa. Carlos Fuentes, que entonces tenía 20 años, la describió con la frase que después quedaría como su retrato, una diosa que se sabía mujer. Y entonces, en 1945, Dolores decidió que quería volver a Hollywood, no para vivir allí, solo para rodar una película.
demostrarse a sí misma que el norte ya no podía con ella. Pero cuando llamó a su agente americano, su agente americano no le devolvió la llamada hasta que un amigo americano en una cena en Ciudad de México le explicó lo que estaba pasando. Su nombre estaba en una lista.
El FBI llevaba años vigilándola. Los agentes habían registrado sus relaciones con figuras de la izquierda mexicana, su amistad con Diego Rivera, que era miembro declarado del Partido Comunista, su amistad con Frida Calo, que también lo era, su asistencia a actos del Sindicato de Trabajadores de la Industria Cinematográfica, su apoyo público a la República Española durante la Guerra Civil.
Había llamadas telefónicas grabadas y había una carpeta con su nombre en la portada que en los años 50, cuando empezó la casa de brujas del senador McCarthy, iba a engrosarse hasta llegar a las 400 páginas. Dolores no había firmado nunca un manifiesto comunista. No había militado en ningún partido, no había pagado cuota a ninguna organización, pero en la lógica del FBI de los años 40, eso no importaba.
Lo que importaba era con quién comía y Dolores comía con la izquierda mexicana. El veto fue silencioso. Nunca le mandaron una notificación oficial. Nunca le explicaron por qué los estudios habían dejado de querer trabajar con ella. Pero entre 1945 y 1960, durante 15 años, Dolores del Río, la primera estrella latinoamericana de Hollywood no rodó una sola película en Estados Unidos cuando le ofrecieron hacia 1948 la posibilidad de limpiar su nombre firmando un documento de lealtad y dando
los nombres de sus amigos comunistas a un comité del Congreso. Dolores escribió una carta de respuesta de tres líneas. La carta decía solo esto. Yo no nombres de mis amigos. Si esa es la condición para volver a Hollywood, prefiero no volver. Fue el tercer no de su vida.
El primero había sido a Edwin Killw, que había intentado poseerla. El segundo había sido a Orson Wells, que la había traicionado. El tercero fue al gobierno de Estados Unidos, que le pedía que vendiera a sus amigos a cambio de su carrera. Y Dolores no vendió a nadie. Mientras Hollywood la borraba, México la consagraba. Entre 1943 y 1958, Dolores del Río rodó más de 20 películas mexicanas.
trabajó con Roberto Gabaldón en la otra, una historia de dobles que algunos críticos consideran mejor que cualquier cosa que hizo en Estados Unidos. Trabajó con Luis Buñuel y en 1958, en un duelo de actrices que la prensa mexicana esperaba con Morvo, compartió pantalla con María Félix en la cucaracha. Terminó siendo un encuentro de respeto absoluto entre las dos divas.
Cuando le preguntaban en entrevistas si guardaba rencor a Hollywood, respondía siempre con la misma frase. Hollywood no me debe nada. Yo a Hollywood tampoco. La diosa que se sabía mujer, cuando Dolores del Río volvió a México en el verano de 1942, hizo dos cosas con el dinero que tenía ahorrado.
La primera fue mandarle a Frida los $250. La segunda fue comprarse una casa. La compró en Coyoacán. No muy lejos de la casa azul, era un antiguo rancho de cantera local con un portón de madera y herrería y un predio que abarcaba casi una manzana entera rodeado de arbustos. La casa ella la bautizó con un nombre que decía exactamente lo que ella quería que dijera, la escondida.
Ahí vivió los siguientes 40 años de su vida. Las paredes blancas, los suelos de barro cocido, los patios con bugambillas y las habitaciones llenas de cuadros de Diego Rivera, Frida Calo, Orosco, Tamayo. Al fondo del jardín, un pequeño estudio con luz cenital donde Dolores pintaba acuarelas los domingos por la mañana.
A finales de los años 40, en una de las cenas que su amigo Salvador Novo organizaba con regularidad, Dolores conoció al hombre que iba a acompañarla durante los siguientes 35 años de su vida. Se llamaba Lewis Riley. Era americano, había nacido en Pasadena, era productor de teatro y estaba de paso por México buscando obras para llevarse a Broadway.
Tenía 30 y pocos años, era casi 15 más joven que Dolores. Vestía de manera discreta, hablaba poco, escuchaba mucho. Y aquella noche, cuando la cena terminó y los invitados empezaron a despedirse, le pidió a Dolores que le permitiera acompañarla en el coche hasta su casa. Ella aceptó, pero solo si le dejaba conducir a ella. Leis no insistió.
se sentó en el asiento del copiloto durante todo el trayecto y la dejó conducir por el paseo de la reforma sin abrir la boca. Cuando bajó del coche delante de la casa de Coyoacán, le dio la mano y le dijo que había sido un placer y se marchó. Dolores se quedó en el porche varios minutos, viendo como el coche de Leis se perdía calle abajo.
Y según le contó después a su amiga Lola Álvarez Bravo, esa noche, antes de dormir pensó por primera vez en mucho tiempo que tal vez todavía tenía derecho a algo bueno. Se casaron formalmente el 24 de noviembre de 1959 en Nueva York. Sin prensa, sin flores, sin invitados. Solo dos testigos en una pequeña ceremonia civil.
Dolores tenía 55 años, Luis 46. Y aquel matrimonio iba a durar 23 años más hasta el último día de Dolores. Mientras la mayoría de las divas de su generación se desvanecían, ella se reinventó. Fundó una compañía de teatro junto a Luis. Produjo y protagonizó obras que recorrieron México y cuando el cine mexicano entró en su declive, se volcó en algo que casi nadie cuenta cuando se habla de Dolores del Río.
Algo que para entender quién fue de verdad importa más que las películas. se metió en política sindical dentro de la Asociación Nacional de Actores, exigiendo elecciones limpias y derechos laborales para todos los trabajadores del cine. La trataron otra vez de comunista, pero junto a sus compañeros consiguió dos cosas que cambiaron la vida de cientos de personas.
La primera fue La Casa del Actor, un centro de retiro digno para los actores y actrices que habían trabajado toda su vida y se quedaban sin pensión. La segunda fue la estancia infantil de la Anda, una guardería que atendía a los hijos de las trabajadoras del cine. Maquilladoras, costureras, extras, taquilleras, acomodadoras.
Mujeres que durante décadas habían trabajado en plató sin nadie que les cuidara a sus niños mientras ellas vestían a las divas. La guardería se inauguró en 1974 y Dolores fue nombrada presidenta honoraria. Iba dos o tres tardes por semana hasta los últimos años de su vida. Conocía a cada niño por su nombre.
Y cuando hizo testamento, dejó instrucciones de que sus cenizas fueran llevadas un día a aquella estancia para que los niños le rindieran un homenaje. Y así se hizo en abril de 1983, antes incluso de que sus restos llegaran al panteón. Esa fue la vida discreta de la última Dolores, la que nadie veía en las revistas.
Y aquí entra el cuarto, ¿no?, del que hablaba el inicio de este video, porque en algún momento de los años 70, varios productores de cine internacional se acercaron a Dolores con una propuesta. Querían rodar una película biográfica sobre su propia vida, una superproducción internacional con financiación americana, con reparto estelar.
Le ofrecieron mucho dinero, le ofrecieron control total sobre el guion, le ofrecieron dirigir ella misma algunas escenas si quería y lo plantearon como un homenaje, como la película que iba a fijar para siempre la leyenda de Dolores del Río. Dolores dijo que no. Lo dijo en una carta corta que mandó por correo a uno de los productores.
Una carta que solo se conoció años después de la muerte de Dolores cuando Lewis decidió que el mundo merecía leerla. La carta decía, “Mi vida no es para que la cuente otra persona. Las películas que yo quería hacer las hice, las que no, no se hicieron. Y en cuanto a mis amores, mis silencios y mis derrotas, prefiero que se pierdan conmigo cuando me toque.
Una mujer también tiene derecho a desaparecer. Una mujer también tiene derecho a desaparecer.” Esa frase es la que casi nadie sabe qué dijo. Esa es la cuarta negativa que estuvo guardada durante años, la que solo se conoció cuando Lewis decidió compartirla. Dolores del Río, que se había pasado la vida diciendo no a hombres poderosos que querían poseerla, dirigirla, casarse con ella o usarla como bandera política.
Decidió en el último tramo de su vida decirle también no al instinto humano más antiguo, el de querer ser recordada. el de querer dejar huella. En 1978, los médicos le diagnosticaron osteomielitis, una infección crónica del hueso que la obligó a varios ingresos hospitalarios. 3 años después, durante uno de esos ingresos, le pusieron una inyección de vitaminas para fortalecerla.
La inyección estaba contaminada. Le contagió hepatitis B. La hepatitis empezó a destruir el hígado lentamente y en los meses finales, cuando el órgano dejó de funcionar por completo, Leis la trasladó a una clínica de Newport Beach en California, donde tenían acceso a un tratamiento experimental. No funcionó.
Dolores entró en coma a principios de abril de 1983 y el 11 de abril a las 3 de la tarde Luis cogió su mano y notó que dejaba de apretar. Tenía 78 años. Las cenizas viajaron primero a la estancia infantil de la Anda, donde los niños de las trabajadoras del cine le rindieron el homenaje que ella había pedido después al Panteón Civil de Ciudad de México y en 2006, 23 años después de su muerte, las trasladaron con honores oficiales a la rotonda de las personas ilustres.
Pero la noche que ella murió en la habitación de aquella clínica de California no hubo discursos, no hubo prensa, no hubo cámaras, solo Luis Riley sentado al borde de una cama sosteniendo una mano que ya no apretaba y un rosario que se quedaría guardado en el bolsillo del traje del marido durante 18 años.
Esa fue la última imagen de Dolores del Río, una imagen que ella había elegido, privada, sin público, sin testigos, sin cámara, exactamente como había elegido vivir todo lo importante de su vida. En 1981, dos años antes de morir, Dolores aceptó una entrevista para una revista mexicana que casi nadie recuerda.
La periodista, una mujer joven, le preguntó al final consejo le daría a las mujeres jóvenes de México. Dolores se quedó callada un rato largo, tan largo que la periodista pensó que no iba a contestar. Y entonces, sin levantar la vista de la taza de té que tenía entre las manos, dijo una frase que la periodista apuntó tal cual y que se publicó perdida en la página 6 del reportaje.
Una frase que ningún periódico repitió, que ninguna biografía recogió. La frase decía esto, que aprendan a decir que no antes de aprender a decir que sí, lo demás viene solo. Esa frase no se la inventó Dolores aquella tarde. La había aprendido viendo a otras mujeres mexicanas mucho antes que ella y se la pasó, casi sin saberlo, a las que vinieron detrás.
Porque la historia real de México del siglo XX, la que de verdad cambió el país por dentro, no la escribieron los presidentes con sus discursos ni los generales con sus tropas. La escribieron mujeres que tuvieron que decir que no muchas veces antes de poder decir lo que querían. Dolores fue una de ellas, pero no fue la primera y desde luego no fue la última.
En el próximo video, otra de esas mujeres. Otra historia que México prefirió contar a medias. Si esta historia de Dolores te llegó, suscríbete al canal y déjame en los comentarios qué mujer mexicana del siglo XX te gustaría que contara la próxima vez.