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Dolores del Río, la mexicana que le dijo NO a Hollywood, a Welles y al FBI.

Allí pasó  los siguientes 10 años. Aprendió francés con acento perfecto, a tocar el  piano, a montar a caballo. Las monjas la describían como una niña callada y observadora que sus compañeras se encontraban demasiado seria. Y aquí viene  un detalle que cambia todo lo que viene después. Dolores creció convencida de que era  fea.

Lo dijo ella en una entrevista para la revista Novedades en 1976. Contó que las otras niñas del internado la llamaban la flaca de los ojos raros. que cuando se miraba al espejo veía una nariz demasiado grande, una boca demasiado ancha,  unos pómulos demasiado marcados y contó algo más que casi nadie ha repetido, que su madre le decía a menudo que tenía suerte de ser de buena familia  porque con su cara nunca se habría casado.

Esa frase se la dijo su madre durante años y a Dolores se le quedó dentro. Cuando cumplió  15, Antonia decidió que ya estaba lista. empezaron a presentarle pretendientes y entre todos los nombres que pasaron por el salón de los Asún solo en aquellos meses, hubo uno que le interesó especialmente a la madre.

Un hombre culto,  rico, abogado titulado, escritor aficionado, viajero. Un hombre que cuando la conoció le hizo una reverencia y le besó la mano como se hacía en las cortes europeas. Un hombre que tenía 33 años, Dolores tenía 15. Sus padres no lo dudaron ni un segundo.  Era el partido perfecto.

La pidieron en matrimonio. Ella dijo que sí, pero ese sí no fue  de Dolores. Fue de la niña a la que su madre le había repetido durante 10 años que con esa cara tenía suerte de tener apellido. Y lo que ni la madre ni el novio sabían entonces era que esa niña tardaría exactamente 5 años en aprender a decir lo contrario.

El matrimonio de oro y la tarde  del té. Aquel hombre se llamaba Jaime Martínez del Río y Viñet. Era abogado, escritor.  Había estudiado en Inglaterra. Hablaba cuatro idiomas. Conocía a media aristocracia europea. Entre sus bienes estaba el rancho La Hormiga, una finca enorme en las afueras de Ciudad de México  que décadas más tarde se convertiría en la residencia oficial de Los Pinos.

La boda se celebró el 11 de abril de 1921. Dolores tenía 16 años recién cumplidos. Jaime 34. Y al cuarto  día, los novios subieron a un barco con destino a Europa para empezar una luna de miel que iba a durar dos años enteros. Dos años. Eso te dice  todo lo que necesitas saber sobre la fortuna de los Martínes del Río en aquel momento.

Recorrieron Francia, Inglaterra,  Italia y España. Jaime le enseñó cómo se comportaba la nobleza europea de verdad.  la llevó a la ópera, le compró ropa en las casas de costura más caras del momento y en una parada en Madrid, en el verano de 1922 pasó  algo que merece la pena contar despacio.

A los Reyes de España, Alfonso XI y Victoria Eugenia, les llegó el rumor de que en la ciudad había una pareja mexicana exquisita  y de que la esposa sabía bailar danza española como pocas. Los invitaron a una recepción privada en el Palacio  Real. Después de la cena, alguien le pidió a Dolores que bailara. Dolores se levantó,  pidió un mantón y se arrancó por seguidillas.

Bailó delante del rey y la reina  con una compostura que dejó a los presentes en silencio. Y al terminar, Alfonso X se levantó  y pidió una segunda función para los soldados heridos en la guerra de Marruecos. Era una niña de 17 años. Había tardado dos años de matrimonio en empezar a entender el efecto que tenía sobre la gente.

Pero la luna de miel terminó y cuando volvieron a México, la realidad les esperaba con los brazos cruzados. Jaime quiso hacerse cargo del negocio familiar,  pero en 1923 una sequía arrasó los campos. En 1924 los precios del algodón se desplomaron en Nueva York. En menos de 2 años, Jaime pasó de hacendado rico a hombre con tierras improductivas  y deudas crecientes.

Vendieron parte de la hacienda, despidieron al servicio, se mudaron a Ciudad de México, a un piso modesto y Jaime se  inventó que iba a ser escritor. Escribía guiones que nadie montaba, novelas que nadie publicaba.  Dolores lo vio venirse abajo durante meses y como hacían las mujeres de su clase y de su época no dijo nada hasta que llegó la tarde de un sábado de febrero de 1925.

Esa tarde estaban en una tertulia organizada por el pintor Adolfo Best Magard, una de esas reuniones capitalinas  donde se mezclaba la aristocracia venida a menos con los pintores y escritores que estaban  inventando la nueva identidad mexicana. Por aquellas reuniones pasaban Diego Rivera,  José Clemente Orosco, Salvador Novo, varios poetas.

Y entre los invitados de aquella tarde había un  americano de paso, un director de cine de Hollywood llamado Edwin Karewe. Cuando Dolores entró en la sala,  carewe dejó la taza de té sobre la mesa y no la apartó de la vista durante toda la velada. Al despedirse se acercó  a Jaime y le hizo una propuesta directa.

Quería llevarse a Dolores a Hollywood para convertirla en estrella de cine y de paso le ofrecía a Jaime trabajo como guionista. Era el paquete  completo. Jaime aceptó esa misma tarde sin consultarlo con dolores. Le contó la  noticia ya por la noche, casi como si fuera una anécdota graciosa. Le dijo  que iban a probar suerte en Hollywood, que él iba a escribir guiones, que ella iba a ser la cara nueva del cine  americano.

Dolores lo miró callada y después dijo que sí, pero ese sí otra vez no era de ella. Era de  la mujer que durante 4 años había visto a su marido hundirse y que sabía perfectamente que aquel viaje a Hollywood era el último  cartucho económico de un hombre arruinado que estaba usando a su esposa como salvavidas.

La familia Martínez del Río se opuso con todas sus fuerzas. La madre de Jaime amenazó con desheredarlo. Los tíos pusieron todo el empeño en impedir el viaje. La única persona que apoyó a la pareja fue Antonia.  la madre de Dolores, la misma que durante años le había dicho que  era fea, la misma que ahora contra todos los demás le decía que se fuera.

Subieron al tren rumbo a Los Ángeles en agosto de 1925.  Antonia fue a despedirla a la estación y aunque  las fuentes no recogen exactamente lo que se dijeron en aquel andén, sí queda constancia de un detalle. Antonia le metió en el bolso un sobre cerrado con instrucciones de no abrirlo hasta que el tren cruzara la frontera.

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