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Queipo de Llano: amenazas de violación en directo y miles de muertos

Manuel Azaña, presidente del gobierno republicano, confiaba en él y Keipo le devolvió esa confianza exactamente como era de esperar, esperando a ver de qué lado soplaba el viento. En febrero de 1936, el Frente Popular ganó las elecciones. La tensión en España era insoportable. Los militares conspiraban abiertamente y Keipo de Llano, que había sido republicano por conveniencia, decidió que había llegado el momento de ser otra cosa. Se unió a la conspiración de Mola.

No por ideología, no porque creyera en el fascismo, ni en la pureza racial, ni en el nacional catolicismo, sino porque los conspiradores le ofrecieron algo que para él valía más que cualquier ideología. poder real sobre un territorio real con una radio y un ejército a sus órdenes. El 17 de julio de 1936, cuando el golpe comenzó en Marruecos, Keipo de Llano estaba en Sevilla con un puñado de oficiales leales, sin apenas tropas en una ciudad que era profundamente republicana y que no tenía ninguna intención de rendirse. Cualquier

hombre razonable habría reconocido que la situación era desesperada. Keipo de Llano vio una oportunidad. Lo que Keipo de Llano hizo en Sevilla el 18 de julio de 1936 fue desde cualquier punto de vista militar. Una locura. Tenía consigo menos de 4,000 soldados para controlar una ciudad de cientos de miles de habitantes.

Muchos de ellos armados y organizados en sindicatos. y milicias obreras. El barrio de Triana, al otro lado del Guadalquivir, era un bastión anarcosindicalista. La Macarena, Puerta Osario, San Bernardo, barrios enteros de trabajadores que habían votado al Frente Popular, que habían celebrado la República y que no estaban dispuestos a rendirse sin luchar.

Pero Keipo tenía algo que los defensores de la República no tenían, una radio y sabía usarla. Esa misma tarde del 18 de julio, el general se presentó en los estudios de Unión Radio Sevilla en la calle García de Vinuesa y tomó el control de las instalaciones. Lo que hizo a continuación fue pura psicología del terror aplicada con instinto genial y absoluta frialdad.

se sentó ante el micrófono y comenzó a mentir, a mentir de forma sistemática, metódica, casi científica. anunció que columnas enteras del ejército nacional marchaban sobre Sevilla desde todos los puntos cardinales. Anunció que las guarniciones de toda Andalucía se habían sumado al alzamiento. Anunció que la resistencia era inútil, que los que se rindieran serían tratados con generosidad y que los que siguieran luchando serían exterminados hasta el último hombre.

Todo era mentira. Pero en el caos de aquellas primeras horas, cuando nadie tenía información fiable, cuando los rumores se multiplicaban y el miedo paralizaba, aquellas mentiras funcionaron. Mientras tanto, en las calles, sus tropas y los grupos de falangistas que se habían unido al alzamiento comenzaban a matar. El método era simple y brutal.

entrar en los barrios obreros, disparar a todo el que opusiera resistencia, detener a los dirigentes sindicales y políticos y fusilarlos sumariamente. No había juicios, no había pruebas necesarias. Bastaba con que alguien dijera tu nombre, con que tuvieras un carnet del sindicato, con que tu vecino te señalara.

Triana resistió durante días. Sus habitantes construyeron barricadas con adoquines y muebles. Se parapetaron en los tejados. Lucharon calle por calle con escopetas de casa y pistolas viejas contra soldados entrenados y tropas marroquíes de los regulares. Veteranos de las guerras coloniales que habían aprendido en el RIF que la brutalidad contra la población civil no tenía consecuencias.

Cuando Triana cayó, la represión fue de una ferocidad que dejó sin palabras incluso a algunos de los propios oficiales nacionales. Y todas las noches, mientras Sevilla se teñía de sangre, Keipo de Llano volvía a la radio. Sus intervenciones eran cada vez más largas, más personales, más delirantes.

Bebía durante las emisiones, eso era un secreto a voces. Su voz se volvía más pastosa según avanzaba la noche. Cuéntanos en los comentarios de qué ciudad eres. Nos encanta saber de dónde nos ven. Y sus palabras se volvían más obscenas, más explícitas, más cargadas de una violencia sexual que iba mucho más allá de la propaganda de guerra convencional.

En una de sus intervenciones más infames, dirigiéndose directamente a las mujeres republicanas, describió con detalle lo que las tropas marroquíes les harían cuando llegaran a sus casas. No usó eufemismos, no fue ambiguo, fue explícito, clínico y satisfecho, como un hombre que disfruta del miedo que está sembrando, como alguien que sabe que sus palabras llegarán a cada rincón de Andalucía y que cada mujer que las escuche pasará la noche temblando.

Esas palabras no han desaparecido. están en las emerotecas, en los archivos de la brigada internacional, que las transcribió para mandarlas a Londres y París como evidencia de los métodos fascistas. Están en los testimonios de los corresponsales extranjeros que las escucharon con incredulidad. Están en la memoria de las familias andaluzas que las oyeron en directo y nunca pudieron olvidarlas.

Keipo de Llano tomó Sevilla en tres días. Tres días que costaron entre 3000 y 5000 vidas solo en la ciudad. Y eso fue solo el principio. Hay una imagen que resume mejor que ninguna otra lo que fue Gonzalo Keipo de Llano en el verano de 1936. No es una fotografía de batalla, no es un parte militar, es una descripción que dejó un periodista británico corresponsal del News Chronicle, que consiguió acceder a los estudios de Radio Sevilla en agosto de ese año.

Lo que encontró le dejó sin palabras. El general estaba sentado ante el micrófono con una copa en la mano en mangas de camisa, con el pelo revuelto. Sobre la mesa una botella de brandy a medias y estaba hablando, hablando con la comodidad de alguien que cuenta un chiste a sus amigos en un bar sobre lo que les iba a pasar a los rojos, sobre lo que les iba a pasar a sus mujeres.

El periodista escribió en su crónica que nunca en su vida había visto a un hombre disfrutar tanto del miedo ajeno. Eso era Keipo de Llano a los 60 años. Pero para entender cómo había llegado hasta allí, hay que entender lo que pasó en las semanas posteriores a la toma de Sevilla. Porque una cosa era controlar el centro de la ciudad, otra muy distinta era controlar toda Andalucía.

Y eso fue exactamente lo que Keipo se propuso hacer con una velocidad y una brutalidad que sorprendieron incluso a sus propios aliados. La lógica era sencilla y terrible. Andalucía era la región más desigual de España, una tierra donde el latifundio llevaba siglos aplastando a los jornaleros, donde las familias de terratenientes controlaban cientos de miles de hectáreas, mientras los braseros morían de hambre durante los meses en que no había faena.

La República había intentado reformar eso. La reforma agraria había dado tierras a miles de familias que nunca habían tenido nada. Y esas familias, esos jornaleros, esos sindicalistas de la CNT y de la UGT eran ahora el enemigo a exterminar. Keap lo entendió desde el primer momento. Esto no era solo una guerra política, era una guerra de clases y la única forma de ganarla de manera definitiva era asegurarse de que los que habían tenido la audacia de creer que merecían tierra, salario digno y derechos nunca más volvieran a

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