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Fernando Colunga: 30 Años de MENTIRAS… El ASQUEROSO Contrato del Falso Galán.

No había cámaras, no había club de fans, no había  productores peleándose por su rostro. También trabajó lejos del glamour, administró un negocio de autopartes.  Fue bartender. Hizo trabajos de oficina, oficios normales, días normales, una vida normal. Esa clase de vida que no aparece en las portadas, pero que permite a un hombre respirar sin que nadie le exija sonreír de cierta manera.

Pero el destino no lo llamó con aplausos, lo llamó con una motocicleta. 1988,  Dulce Desafío, una telenovela juvenil de Televisa. Fernando no entra como estrella, entra desde atrás, desde el riesgo, desde el cuerpo usado para que otro brille. Lo contratan como doble de acción de Eduardo Yáñez porque sabe manejar motocicleta, porque tiene físico, porque puede caer, acelerar, girar, exponerse sin que el público sepa su nombre.

Piensa en eso. El futuro galán más famoso de las telenovelas empezó siendo una sombra, el cuerpo que protegía al protagonista,  el hombre que hacía el peligro mientras otro recibía el primer plano. Y ahí nació la primera mentira. No una mentira dicha con palabras, una mentira fabricada con imagen.

Fernando entendió que su cuerpo podía abrir puertas, que su presencia podía valer dinero, que la televisión no siempre buscaba verdad, sino una figura capaz de sostener una fantasía. Primero fue la motocicleta,  después fue el rostro, después fue la mirada, después fue  el silencio.

A principios de los años 90, Televisa lo absorbió como solo Televisa sabía absorber a sus elegidos. Lo formó, lo pulió,  lo iluminó, lo convirtió en un molde. María Mercedes en 1992 lo acercó al fenómeno Talía. María la del Barrio en 1995 lo colocó frente a una audiencia inmensa. Esmeralda en 1997 lo volvió una obsesión.

La usurpadora reforzó su nombre. Amor real en 2003 terminó de sellar el mito. Fernando ya no era solo un actor, era el novio imaginario de un continente. Tenía que  mirar como príncipe, caminar como príncipe, besar como príncipe, defender a la mujer amada como príncipe y sobre  todo no fallar nunca. Porque el galán de telenovela no envejece como un hombre común, no duda,  no tiembla, no se rompe, no tiene una vida privada que contradiga el sueño.

La máscara debía seguir intacta. Mientras más grande se hacía su fama, más pequeña se volvía su libertad. Los pasillos de Televisa lo aplaudían, pero también lo encerraban. Cada éxito era una puerta que se cerraba detrás de él. Cada portada vendía al hombre perfecto, pero el hombre real  iba desapareciendo poco a poco detrás del personaje.

Y aquí está la herida que casi nadie  mira. Fernando Colunga no fue destruido por el fracaso, fue atrapado por el éxito. Porque cuando un actor se vuelve demasiado rentable, deja de pertenecerse. Su sonrisa tiene dueño. Su silencio tiene precio. Su vida se convierte en propiedad de una industria que no perdona grietas.

Y Fernando, el muchacho que empezó como doble en una motocicleta, estaba a punto de descubrir que el verdadero accidente no ocurrió en Dulce Desafío. Ocurrió cuando aceptó convertirse en el hombre perfecto. La perfección siempre cobra renta. Y en el caso de Fernando Colunga, esa renta no se pagaba solo con trabajo, ni con horas de grabación, ni con sonrisas frente a la prensa.

Se pagaba con silencio, con puertas cerradas. con habitaciones donde nadie debía entrar, con vuelos que, según versiones difundidas durante años, nunca debían quedar escritos en ninguna agenda pública, porque detrás del hombre que Televisa vendía como el macho perfecto, detrás del rostro que juraba amor eterno en horario estelar, empezó a crecer una pregunta que nadie se atrevía a hacer de frente.

¿Quién era Fernando Colunga cuando las cámaras se apagaban? Durante décadas la respuesta fue una pared. Él no hablaba, no explicaba, no confirmaba, no desmentía con detalles, solo cerraba la puerta. Y esa puerta cerrada en el mundo del espectáculo no apaga los rumores, los  alimenta. Guarda esta imagen. Mientras millones de mujeres lo veían besar a Talía, a Leticia Calderón, a Adela Noriega, mientras el país entero lo imaginaba como el hombre que cualquier madre quería para su hija.

En los pasillos de la farándula empezaban a circular otras historias. Historias incómodas. Historias que no venían de un set de televisión, sino de un lugar mucho más peligroso, la política.  Según versiones periodísticas que sacudieron al espectáculo mexicano. El nombre de Fernando Colunga fue vinculado con Rafael Moreno Valle, exgobernador de Puebla,  un hombre de poder, ambición y estructura política.

Nunca fue confirmado públicamente por Colunga, nunca hubo  una confesión suya frente a una cámara, pero la versión corrió como corren las cosas que nadie quiere tocar, en voz baja, de programa en programa, de redacción en redacción, de boca en boca. Y aquí empieza lo inquietante.

No se hablaba de una simple amistad, se hablaba, según esas versiones, de una relación protegida por un sistema de lujo y discreción. Se habló de hoteles caros, de pisos completos reservados, de suits presidenciales preparadas para que nadie viera demasiado, de entradas privadas, de salidas calculadas, de personal que no preguntaba, de silencios comprados no con amenazas, sino con esa mezcla de dinero, poder y miedo que México conoce demasiado bien.

Piensa en eso un momento. El hombre que en pantalla parecía dominarlo todo. El  galán que entraba a una escena y hacía temblar la historia, habría tenido que moverse en la vida real como un secreto, como algo que debía ocultarse, como una pieza valiosa que no podía ser vista bajo la luz equivocada. Según esos relatos, incluso se llegó a mencionar el uso de helicópteros para trasladarlo discretamente hacia Puebla, hacia la zona de Angelópolis,  lejos del ruido de la Ciudad de México y de los ojos hambrientos de la prensa. Un

helicóptero no es un taxi. Un helicóptero no es una casualidad.  Un helicóptero es poder, es distancia. Es una forma de decir que el mundo de abajo no tiene derecho a mirar lo que sucede arriba. El galán no  podía romperse. Esa frase vuelve aquí con más peso porque si la imagen de Fernando se rompía, no se rompía solo un hombre, se rompía un negocio, se rompía una fantasía vendida durante años, se rompía el molde del varón  intocable que hacía suspirar a América Latina.

Por eso cada rumor debía quedarse flotando sin tocar el suelo. Ni verdad completa,  ni mentira comprobada, solo sombra. Y entonces llegó 2018. Rafael Moreno Valle murió junto a Marta Erika Alonso en un accidente de helicóptero que estremeció a Puebla y llenó al país de preguntas. De pronto, una figura política poderosa desaparecía entre metal retorcido, fuego, versiones oficiales y sospechas públicas.

Y con esa muerte, cualquier historia que lo uniera a Fernando quedó enterrada en un lugar todavía más oscuro. Ya no había posibilidad de respuesta, ya no había conversación pendiente, solo silencio. Pero el silencio, cuando dura demasiado, se convierte  en cárcel. Fernando siguió sin hablar, siguió cuidando cada aparición, siguió mirando al mundo desde esa distancia que había construido como defensa.

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