Y en esos meses también adoptó definitivamente el nombre que lo haría inmortal, Volter. El origen exacto de ese pseudónimo sigue siendo debatido por los historiosos. La teoría más aceptada es que se trata de un anagrama latinizado de su apellido Aruet con las iniciales Li de Lejon, el joven.
Pero hay quien sugiere que viene de una pequeña propiedad familiar. Lo que importa no es el origen, sino la función. Ese nombre era una armadura y una declaración. François Marie Aruet, el hijo obediente del notario, había muerto. Volter, el escritor que no pediría permiso a nadie, acababa de nacer. Cuando salió de la Bastilla en abril de 1718, París lo esperaba con curiosidad.
Odipe se estrenó ese mismo año y fue un éxito rotundo. El público aplaudía a rabiar. El joven prodigio estaba de moda, pero la corte y las instituciones lo vigilaban. Sabían que ese ingenio afilado no iba a mantenerse quieto mucho tiempo. Tenían razón. Durante los años siguientes, Volter consolidó su reputación como el escritor más brillante de Francia.
Ganó dinero, cultivó amistades en la nobleza, frecuentó los mejores salones y escribió con una energía que parecía sobrehumana. Versos épicos, tragedias, cartas, ensayos. Todo lo que tocaba se convertía en algo que la gente quería leer. Pero la segunda catástrofe llegó en 1726 y esta vez empezó con un bastón. El caballero de Rohan Chabot era exactamente el tipo de hombre que Volter despreciaba, noble de cuna, mediocre de talento, pero investido de ese poder arrogante que la sociedad del antiguo régimen regalaba a quienes tenían el
apellido correcto. La disputa entre ambos comenzó con una escaramuza verbal en un salón parisino, el tipo de duelo de ingenio en el que Volter siempre ganaba. Y eso, precisamente eso, fue su error. Rohan Chabot no podía tolerar que un burgués con pluma lo humillara en público. Días después, mientras Volter cenaba en casa de sus amigos, los Sully, un lacayo entró a avisarle de que un carruaje lo esperaba fuera.
Bajó a ver de qué se trataba. Era una trampa. Varios hombres a sueldo del caballero lo rodearon y lo molieron a palos mientras Rohan Chabot observaba desde el carruaje a distancia prudencial, supervisando la operación. Volter quedó físicamente ileso, pero el golpe a su orgullo fue devastador.
Fue a buscar satisfacción por las vías que conocía. Retó a Roan Chabot a un duelo. En la Francia de la época, un duelo entre un noble y un burgués era algo profundamente irregular y las familias aristocráticas no iban a permitirlo. La respuesta no fue un campo de honor, fue otra letre de cachet. Volter volvió a la Bastilla.
Esta vez la estancia fue breve. apenas dos semanas, pero la condición de su liberación era el exilio. Debía abandonar Francia. Tenía 31 años. Era el escritor más famoso del país y lo echaban como si fuera un mendigo peligroso. Cruzó el canal de la Mancha y llegó a Inglaterra en el otoño de 1726. Lo que encontró al otro lado cambió su vida.
Inglaterra no era Francia. Era un país donde la nobleza no podía hacer arrestar a quien quisiera con un papel firmado. Era un país que había decapitado a un rey casi un siglo antes y que desde entonces funcionaba con una monarquía constitucional, un parlamento y unas libertades civiles que en Francia parecían cienciaficción.
Isaac Newton había muerto el año anterior y era tratado como un héroe nacional. fue enterrado en Westminster junto a los reyes porque en Inglaterra el mérito intelectual contaba algo. John Locke había formulado teorías sobre la libertad y los derechos naturales que circulaban con normalidad. La prensa era relativamente libre.
Las disidencias religiosas convivían con una tolerancia impensable en la Francia católica y absolutista. Volter absorbió todo aquello esponja. Aprendió inglés con una rapidez asombrosa, leyó a Shakespeare, le fascinó y le horrorizó a partes iguales. Tan poderoso y tan irregular según los cánones clásicos que él había mamado.
Estudió a Newton, asistió a debates parlamentarios, habló con cuáqueros y con librepensadores. Fueron casi 3 años de inmersión total en una forma de organizar la sociedad radicalmente diferente. Cuando volvió a Francia en 1729, traía una bomba en el bolsillo. Esa bomba tenía nombre, letras filosóficas. Las escribió entre 1731 y 173 y se publicaron en 1734, primero en inglés y luego en francés.
En apariencia eran un conjunto de cartas descriptivas sobre las costumbres e instituciones inglesas. En realidad eran un espejo brutalmente incómodo puesto delante de Francia. Cada vez que Volter elogiaba la tolerancia religiosa inglesa, estaba criticando el fanatismo francés. Cada vez que describía como en Inglaterra un comerciante y un lord negociaban en pie de igualdad en la bolsa de Londres, estaba atacando el sistema de castas del antiguo régimen.
Cada vez que celebraba el empirismo de Newton y Lock estaba cuestionando la filosofía escolástica que dominaba las universidades francesas. El Parlamento de París ordenó que el libro fuera quemado públicamente. Era contrario a la religión, las buenas costumbres y el respeto a las autoridades. Volter, que había aprendido de sus errores anteriores, ya había huido de París antes de que llegaran a buscarlo.
Se refugió en Cirei, en la Lorena, en el castillo de una mujer extraordinaria que iba a ser el gran amor intelectual de su vida. Gabriel Emily Letonelier de Breteil, la marquesa Duhatelet. Emily Duatelet tenía 27 años cuando Volter llegó a su castillo huyendo de la justicia. Era casada. Su marido, el marqués, aceptó la situación con una ecuanimidad típica de la aristocracia francesa del siglo XVII y era, sin exageración, una de las mentes más brillantes de Europa.
Matemática, física, filósofa, hablaba varias lenguas y era capaz de discutir de tú a tú con los mayores científicos de su tiempo. Su traducción al francés de los Principi Matemática de Newton, completada con comentarios propios, sigue siendo a día de hoy la versión francesa de referencia de esa obra.
Vivieron juntos en Cirei durante 15 años. No fue solo una historia de amor, fue una sociedad intelectual. Volter escribía, Emilie le corregía, le discutía, le empujaba. Él reconoció siempre que ella era más inteligente que él en matemáticas y física. Juntos montaron en el castillo un laboratorio, una biblioteca de 20,000 volúmenes, un pequeño teatro donde representaban obras propias.
Mientras fuera el mundo los acusaba y los condenaba. Dentro de aquellas paredes construyeron uno de los experimentos de vida libre más extraordinarios de la Ilustración. Fueron años enormemente productivos para Volter. Escribió tragedias que llenaban los teatros de París, poemas, ensayos históricos.
Su histuar de Charles XI, publicada en 1731, era una biografía del rey guerrero de Suecia que muchos consideran el primer ejemplo moderno de historia narrativa, rigurosa pero apasionante, documentada pero viva. Y entonces, en 1749, Emilie Dushatelet murió. Tenía 42 años. Murió de fiebre puerperal tras dar a luz a una hija de otro hombre, porque la libertad en Cirei era total.
Volter, que estaba presente, quedó destrozado. Escribió a un amigo, “No he perdido a una amante, sino a la mitad de mí mismo, un alma para la que la mía estaba hecha. Tenía 55 años y todavía le quedaba casi toda su obra por escribir. Hay algo profundamente humano en lo que hizo Volter después de la muerte de Emily. Buscó un sustituto imposible.
No de ella, nadie podía sustituirla, sino de esa vida rodeada de inteligencia y poder que los dos habían construido juntos. Y el sustituto que encontró tenía corona. Federico II de Prusia, conocido en la historia como Federico el Grande, llevaba años cortejando a Volter. Se carteaban desde hacía más de una década.
Federico era un rey ilustrado, o al menos así se presentaba. Tocaba la flauta, escribía poesía en francés, admiraba a los filósofos y se consideraba a sí mismo el primer servidor del Estado. No un monarca de derecho divino. Había invitado a Voltaire a su corte de Berlín en repetidas ocasiones. Volter siempre había dudado.
Tras la muerte de Emily, aceptó. Llegó a Berlín en julio de 1750. El rey lo recibió con honores. Le asignó un sueldo generoso, un apartamento en el palacio de San Susí y el título de Chambelán de la corte. Volter tenía todo lo que un escritor podía desear, protección, dinero, un mecenas poderoso y brillante con quien conversar. Lo que no tenía era libertad real y eso tardó poco en hacerse evidente.

La relación entre ambos era fascinante y explosiva. Se admiraban y se necesitaban, pero también se usaban. Federico quería el prestigio internacional que daba tener al escritor más famoso de Europa en su corte. Volter quería la seguridad que solo podía darle un soberano, pero Volter tenía demasiado temperamento para ser un cortesano dócil y Federico demasiado orgullo para tolerar que su huésped se comportara como un igual.
Los roces empezaron pronto. Volter se metió en un conflicto financiero con un banquero de la corte, Hirsel, que acabó en los tribunales y dejó a Volter en evidencia. Federico se enfadó, pero el golpe definitivo llegó por un asunto literario. Volter aprovechó su posición para conseguir de manera irregular una obra del presidente de la Academia de Berlín, Pierre Luis Morer Twist, con quien tenía una disputa intelectual y la atacó en un panfleto demoledor.
Federico, amigo de Moper Twist, ordenó quemar el panfleto públicamente. La humillación era total. En marzo de 1753, Voltaire pidió permiso para abandonar la corte. Federico lo concedió. La separación fue fría con ese tono glacial que adquieren las relaciones cuando dos personas inteligentes comprenden que se han decepcionado mutuamente.
Volter le devolvió la orden y el título. Federico, años después le enviaría una carta desde la que arrancó una nueva amistad epistolar. Eran demasiado parecidos para odiarse del todo. Pero el problema de Volter era que ahora no tenía dónde ir. Francia seguía sin perdonarle. Luis X no quería saber nada de él.
Pasó casi un año dando vueltas por ciudades alemanas, luego se instaló brevemente en Colmar, en Alsa, y finalmente llegó a Ginebra en 1754. Ginebra era una república, lo que la hacía atractiva. Compró una finca en las afueras que llamó lesdélices y creyó haber encontrado por fin su hogar definitivo. Se equivocó.
Los calvinistas que gobernaban la ciudad eran tan intransigentes como los católicos que había dejado atrás. Cuando publicó en la Enciclopedia un artículo sobre el teatro de Ginebra, los pastores protestaron, las tensiones se acumularon. Así que en 1758 dio el paso definitivo. Compró una finca en Ferney, un pequeño pueblo en la frontera francoiza.
El detalle geográfico era crucial. Si las autoridades francesas venían a buscarlo, cruzaba a Suiza. Si los suizos se ponían difíciles, cruzaba a Francia. Nadie podía atraparlo. A los 64 años, después de décadas huyendo, Volter había construido su propio estado soberano en miniatura y desde esa fortaleza personal escribió Candid.
Candide, o optimisme se publicó en enero de 1759 y es probablemente el texto más importante de la literatura francesa del siglo XVII. Oficialmente, Volter lo negó siempre. Ese librito tonto no puede ser mío, decía con esa sonrisa que todos le conocían. Claro que era suyo. La novela narra las desventuras de Cándido, un joven ingenuo educado en la filosofía optimista del Dr. Pangloss.
Una caricatura brutal de Lidnit y su idea de que vivimos en el mejor de los mundos posibles, que recorre el mundo siendo testigo de guerras, inquisiciones, esclavitud, terremotos y toda la catástrofe imaginable. El libro es a la vez una obra cómica, una sátira filosófica y un grito de rabia. Su detonante había sido real, el terremoto de Lisboa de 1755, que mató a entre 30 y 60,000 personas en minutos un día de fiesta religiosa.
Volter no podía aceptar que ese horror encajara en ningún plan divino benevolente. Candide era su respuesta. El mundo no es bueno ni malo por naturaleza es indiferente. Y frente a esa indiferencia la única respuesta posible es la acción. El libro termina con la frase más famosa que Volter escribió jamás, pronunciada por Cándido después de todo lo sufrido.
Hay que cultivar nuestro jardín. No es un consejo de retiro ni de resignación. Es una filosofía entera en cinco palabras. Deja de buscar explicaciones metafísicas al sufrimiento y ponte a trabajar para mejorar lo que está a tu alcance. En Ferny, Volter hizo exactamente eso. Ferny se convirtió en algo que no tiene nombre exacto en ningún idioma.
Una mezcla de laboratorio intelectual, tribunal de última instancia para los oprimidos, editorial clandestina y pequeño reino ilustrado, donde el rey no era un rey, sino un viejo de pelo blanco que escribía con una velocidad sobrehumana y recibía visitas de toda Europa porque Volta no se retiró del mundo en Ferney. el contrario.
Desde aquella finca convertida la mitad de su tiempo en una pequeña manufactura de relojes que creó para dar empleo a los habitantes del pueblo, desde aquella posición fronteriza que lo hacía casi intocable, se convirtió en la conciencia moral de su tiempo y las causas que eligió no eran abstractas, tenían nombre, apellido y rostro.
La primera fue la de Jin Calas. En octubre de 1761 en Tuluz apareció muerto Mark Antoine Kalas. el hijo mayor de una familia protestante. La hipótesis que circuló inmediatamente, alimentada por el fanatismo religioso de la ciudad, fue que su padre Jan Calas lo había asesinado para impedir que se convirtiera al catolicismo.

No había pruebas, había prejuicio. Tuluz era una ciudad donde el odio hacia los protestantes era antiguo y estaba perfectamente cultivado. El juicio fue una parodia. Jan Kalas, de 64 años, fue condenado a muerte y ejecutado en la rueda en marzo de 1762. Antes de morir protestó su inocencia hasta el final.
Voltaire se enteró del caso semanas después. No conocía a los Calas. No tenía ninguna razón personal para involucrarse, pero se involucró con una energía que asombraría incluso en un hombre de 30 años. Tenía 67. Escribió panfletos, cartas, artículos. apeló a la opinión pública europea. Consiguió que el caso llegara al Consejo del Rey.
En 1765, 3 años después de la ejecución, el Consejo Real anuló la condena y rehabilitó la memoria de Jen Kalas. La familia recibió una indemnización. No devolvía la vida al ejecutado, pero era algo que en la Francia del antiguo régimen parecía imposible. El estado reconociendo que se había equivocado, no fue la única causa.
El mismo año de la rehabilitación de Calas, Volter asumió el caso del caballero de la Barre, un joven noble de 19 años de Abevil, que había sido acusado de blasfemia, de no descubrirse ante una procesión religiosa, de cantar canciones irreverentes, de tener en su posesión un ejemplar del diccionario filosófico de Voltaire.
fue torturado, decapitado y quemado junto al libro del filósofo. El año era 176. Europa llevaba un siglo hablando de razón e ilustración y en Francia quemaban personas junto a libros. Volter no pudo salvar a la barre. Llegó demasiado tarde, pero el caso lo obsesionó hasta el final de su vida. Lo convirtió en símbolo, lo escribió, lo agitó.
Cuando décadas después la Revolución Francesa construyó el panteón laico de sus héroes, la barre estaba entre ellos, porque eso era lo que hacía Voltér, convertir el caso individual en argumento universal. Cada injusticia concreta era la demostración empírica de un sistema podrido. No argumentaba desde la filosofía abstracta, sino desde los hechos, desde los nombres reales, desde la sangre real.
Al mismo tiempo, seguía escribiendo con una productividad que dejaba atónitos a sus contemporáneos. El Dictioner Philosophic, publicado en 1764, era un libro de bolsillo pensado para ser fácil de esconder y de transportar, organizado alfabéticamente como si fuera una enciclopedia inofensiva, pero cada entrada era un artefacto explosivo.
El artículo sobre Dios cuestionaba el dogma desde la razón. El artículo sobre fanatismo era un documento de acusación contra toda religión que usara la violencia. El libro fue condenado y quemado en varios países. Lo quemaban, se vendía más. Eso también era Volter. Entendía que la censura es la mejor publicidad.
Su posición religiosa merece una aclaración porque suele malentenderse. Volter no era ateo. Era deísta. Creía en un creador, en una inteligencia organizadora del universo que podía deducirse de la maravillosa complejidad de la naturaleza. Lo que rechazaba era la religión organizada, el clero que usaba la fe para controlar a la gente, la superstición vestida de teología, su grito de guerra, ecras linfame, que significa aplastemos al infame.
No apuntaba a Dios, sino a la Iglesia institucional como instrumento de poder y oscurantismo. Esa posición lo ponía en una zona de fuego cruzado. Los clérigos lo odiaban por hereje. Los ateos más radicales, como el varón Dolbach, lo criticaban por tibio. A Volter le daba exactamente igual. Nunca buscó el aplauso uniforme, buscaba la verdad o al menos la versión más honesta de la verdad que podía alcanzar. Mientras tanto, Ferny crecía.
El pueblo que cuando llegó Volter era una aldea de unas pocas decenas de habitantes en condiciones miserables, se convirtió en un centro manufacturero próspero. Los relojes de Ferney se vendían por toda Europa. Volter gestionaba el negocio con la misma energía que ponía en sus libros, escribiendo cartas comerciales, negociando precios, buscando mercados.
Era rico, había gestionado bien su dinero toda su vida y ahora ese dinero servía para dar trabajo a cientos de personas. Los visitantes llegaban de todas partes para verlo. Ingleses, alemanes, rusos, españoles. La emperatriz catalina, la grande de Rusia, le escribía cartas aduladoras. El rey Gustavo Icero de Suecia lo visitó.
Jóvenes escritores y filósofos hacían la peregrinación a Ferney como si fuera un santuario laico, que en cierto sentido lo era. James Boswell, el biógrafo de Samuel Johnson, llegó en diciembre de 1764 y dejó un retrato inolvidable. Un hombre anciano y delgado, con una bata de seda y un gorro de dormir que cuando empezaba a hablar se transformaba, que brillaba con una intensidad que hacía olvidar los años y la enfermedad.
Volter se quejaba constantemente de sus achaques. En eso también era teatral, pero escribía 10 o 12 horas al día. 20 años en Ferne, dos décadas construyendo desde ese pequeño rincón fronterizo lo que ningún ejército ni ninguna corte había podido construir. Una reputación que cruzaba fronteras, idiomas y siglos.
Y entonces a los 83 años decidió volver a París. Hacía 28 años que Volter no pisaba París. 28 años de exilio voluntario, de fronteras cruzadas, de ciudades que nunca terminaban de ser el hogar. Y sin embargo, en febrero de 1778 subió a un carruaje enferney con el cuerpo destrozado por la edad y la enfermedad y emprendió el camino hacia la ciudad que lo había expulsado, lo había encarcelado y lo había quemado en efigie.

Sus amigos intentaron disuadirlo. Era un viaje larguísimo para un hombre de su edad y su estado. El invierno era duro. Él no quiso escuchar. Tenía una obra nueva que estrenar Irén y quería verla en el escenario. Había también algo más profundo. La necesidad de cerrar el círculo, de volver. Entró en París el 10 de febrero de 1778.
Lo que ocurrió a continuación fue algo que Francia no había visto nunca y que quizás no ha vuelto a ver. una ciudad entera rindiéndose ante un escritor. Las noticias de su llegada se extendieron como un incendio. La gente se congregó en las calles para verlo pasar. Su carruaje avanzaba entre multitudes.
En la comedie francés, donde Irén se estrenó en marzo, el público se puso en pie durante la representación y coronó su busto con una corona de laureles mientras él, visible desde el palco, lloraba. no estaba actuando, estaba recibiendo a los 83 años algo que ningún poder político había querido darle nunca, el reconocimiento unánime de su pueblo.
En esos mismos días fue admitido como miembro de la logia masónica de las nueve hermanas en una ceremonia en la que lo iniciaron el astrónomo Lalande y Benjamin Franklin, que estaba en París negociando el apoyo francés a la revolución americana. La imagen de Volter y Franklin dándose la mano en aquella logia masónica es uno de esos momentos en que la historia parece compuesta por un novelista.
Los dos grandes representantes del racionalismo ilustrado a un lado y al otro del Atlántico, juntos por un instante antes de que ambos mundos cambiaran para siempre. Pero el cuerpo de Volter se estaba acabando. La emoción, los fríos del viaje, los actos interminables a los que asistía a pesar del agotamiento. Todo pasaba factura.
En mayo empeoró gravemente. Se le diagnosticó, entre otras cosas, una retención urinaria que le causaba un dolor continuo. Murió en París el 30 de mayo de 1778, pocas semanas después de su triunfal regreso. Lo que vino después de su muerte fue casi tan revelador como su vida. La Iglesia, que nunca lo había perdonado, se negó a darle sepultura cristiana.
En París no podía ser enterrado. Un sobrino suyo, el Abad Miñot, se las ingenió para trasladar el cuerpo a la abadía de Esquelier en Champagne, donde fue enterrado apenas unas horas antes de que llegara la prohibición eclesiástica. Incluso muerto, Volter conseguía irritar a los que le habían perseguido en vida y ellos seguían llegando tarde.
13 años después, en 1791, la Revolución Francesa lo reclamó como uno de sus padres intelectuales. Sus restos fueron trasladados con una pompa extraordinaria al panteón de París, el templo laico que la República dedicaba a sus grandes hombres. El cortejo fúnebre recorrió la ciudad. Se calcula que un millón de personas salió a las calles y aquí habría que detenerse un momento porque la relación entre Volter y la revolución es más compleja de lo que parece.
Él había criticado la injusticia, la arbitrariedad, el fanatismo, había defendido la libertad de expresión y la tolerancia religiosa. Pero Volter no era un revolucionario en el sentido violento. No era Robespier. Nunca predicó el derrocamiento del sistema, sino su reforma desde dentro. con la razón como herramienta, habría mirado con horror el terror que llegó después, los miles de guillotinados en nombre de los mismos principios que él había defendido.
La historia tiene esa ironía brutal. Los que forjan las ideas no siempre controlan para qué se usan. ¿Qué queda hoy de Volter? Más de lo que podría parecer en una primera lectura superficial. Sus obras son difíciles en algunos casos, datadas en otros. Nadie lee hoy sus tragedias ni sus poemas épicos, pero Candid sigue siendo un texto perfectamente legible en el siglo XXI con esa energía satírica que no envejece porque los objetivos de la sátira, la hipocresía, el fanatismo, el poder arbitrario, tampoco han envejecido.
El diccionario filosófico sigue siendo una lectura estimulante y las cartas, miles de cartas a reyes, filósofos, amantes, editores y desconocidos, forman uno de los retratos más completos de un ser humano que haya dejado ningún escritor europeo. Pero la herencia más duradera de Volter quizás no esté en ningún texto concreto, está en un método, en la idea de que los intelectuales tienen la obligación de salir de sus despachos y meterse en los asuntos del mundo, de que la injusticia que afecta a un individuo concreto importa tanto como cualquier
sistema filosófico, de que el poder, el poder político, el poder religioso, cualquier poder debe ser sometido continuamente al escrutinio de la razón. Eso no es un valor del siglo XVII, es un valor de todos los siglos. La vida de Volter no fue heroica en el sentido clásico del término. No murió en el campo de batalla ni subió al patíbulo.
Fue más bien una larga carrera de obstáculos. La cárcel, el exilio, la censura, la persecución, las pérdidas. Y frente a cada obstáculo la misma respuesta. escribir, pensar, no callarse. Hay un tipo de valentía que no consiste en no tener miedo y escribir de todas formas, en ser encerrado en la Bastilla y salir de allí con un manuscrito bajo el brazo, en que quemen tu libro y publicar uno nuevo, en llegar a los 80 años con el cuerpo roto y subirse a un carruaje para volver a la ciudad que te dio y te quitó todo.
Franis María Arué pasó por esa Bastilla de noviembre de 1717. Volter salió de ella convertido en una de las mentes más libres que ha producido la historia humana. Y esa pluma que tanto miedo daba, resultó que tenía razón en todo. Gracias por ver el video. Te invito a suscribirte para que puedas disfrutar de próximos videos y a compartirlo.
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