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JOAN SEBASTIAN Explicó el OSCURO MENSAJE que hay detrás de su CANCIÓN “DISEÑAME”

Joan Sebastián nunca quiso que esta canción saliera a la luz y cuando finalmente lo hizo, prohibió que se interpretara en ciertos lugares porque sabía exactamente qué demonios estaba invocando con cada verso. Había algo en Diséñame que perturbaba incluso a quienes la escuchaban por primera vez. No era solo la melodía hipnótica ni la voz quebrada del poeta del pueblo, recorriendo cada sílaba como si arrastrara cadenas invisibles.

Era lo que Joan Sebastian confesó años después en una entrevista privada que jamás se transmitió completa. Esta canción no la escribió para una mujer de carne y hueso. La escribió para algo que llevaba persiguiéndolo desde la muerte de trigo. Algo que se aparecía en los espejos de su rancho cruz de la sierra cuando todos dormían.

Algo que le susurraba al oído mientras cabalgaba solo por las montañas de Juliantla. Disetéñame tal como yo deseo. Diseéñame tal y como siempre te soñé. Las palabras parecen inocentes, románticas, incluso hasta que entiendes que Joan Sebastián estaba rogándole a la muerte que tomara la forma de sus hijos asesinados.

Hasta que descubres que cada noche después del tercer coñac, Joan se encerraba en su estudio y hablaba con las fotografías de trigo y Juan Sebastián como si pudieran responderle. Y según varios trabajadores del rancho que juraron en silencio nunca revelar lo que vieron, a veces las fotografías sí le respondían. La historia real de Diseéñame comenzó en 2007, un año después de sostener el cuerpo ensangrentado de trigo en sus brazos, mientras la vida se le escapaba en aquel estacionamiento de Texas.

Joan regresó a Juliántla destrozado, con el alma hecha pedazos y el cáncer rolléndole los huesos con más furia que nunca. Los médicos le habían dado apenas un año de vida tras la segunda recurrencia del mieloma múltiple. Su familia esperaba que se rindiera, que aceptara su destino y pasara sus últimos meses en paz. Pero Joan Sebastian nunca fue un hombre de paz y mucho menos de rendición.

Una noche de octubre, Alina Espino encontró a Joan sentado frente a su escritorio con la guitarra entre las manos y los ojos perdidos en un punto inexistente de la pared. No había bebido, no había fumado, simplemente estaba ahí inmóvil, con una expresión que ella nunca le había visto antes. No era tristeza, no era dolor, era hambre.

Hambre de algo que no podía nombrar. pero que lo consumía desde adentro como si su propio esqueleto estuviera tratando de escapar de su cuerpo. “¿Qué haces despierto?”, le preguntó a Lina. Y Juan no respondió de inmediato. Siguió mirando ese punto invisible, los dedos acariciando las cuerdas de la guitarra sin producir sonido, hasta que finalmente habló con una voz que no parecía suya.

Estoy diseñando algo que no debería existir, pero necesito que exista. Esas palabras helaron la sangre de Alina. Le preguntó qué significaba eso y Joan simplemente sonrió. Una sonrisa torcida, extraña, que no llegaba a sus ojos. Ya lo verás. Todos lo verán y cuando la escuchen algunos entenderán, pero espero que tú nunca lo hagas.

Tres días después, Joan citó a su equipo de producción en el estudio JS de Cuernavaca a las 3 de la mañana. No dio explicaciones, no permitió preguntas. Cuando llegaron, encontraron a Joan con una botella de coñac vacía a su lado, papeles arrugados esparcidos por el suelo y una guitarra con 13 corazones pintados en la tapa, uno por cada uno de sus hijos y sus madres.

Pero había algo más pintado ahí que nadie reconoció. Una figura pequeña, casi imperceptible, escondida entre los corazones. Una figura que parecía estar observando hacia afuera. “Vamos a grabar algo ahora mismo,”, anunció Joan sin saludar. “Y no quiero que nadie haga preguntas, solo graben lo que voy a cantar, una sola toma, sin repeticiones, porque esto solo se puede decir una vez.

Si lo digo dos veces, no sé qué puede pasar. El ingeniero Dennis F. Parker, quien había trabajado con Joan en docenas de grabaciones, sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Había algo profundamente equivocado en el ambiente de ese estudio. Las luces parpadeaban sin razón aparente. El aire se sentía pesado, como si algo invisible estuviera respirando junto a ellos.

Y cuando Joan comenzó a tocar los primeros acordes de disñame. Parker juró que escuchó voces susurrando en los audífonos. Voces que no venían de ningún micrófono. Disetéñame tal como yo deseo. Disetñame tal y como siempre te soñé. Disetéñame con esos ojos tan inmensos y esa boca y esa piel. Joan cantaba con los ojos cerrados, las lágrimas resbalando por sus mejillas, pero su voz no temblaba.

Era firme, casi desafiante, como si estuviera reclamándole algo a alguien que solo él podía ver. Y en la grabación, si prestas mucha atención, puedes escuchar algo más, algo que respira, algo que susurra junto con él. Cuando terminó la canción, Joan abrió los ojos y miró directamente a la cámara de seguridad del estudio.

Parker revisó la grabación después y lo que vio lo hizo jurar que nunca volvería a trabajar de noche. En el reflejo del vidrio detrás de Joan había alguien más, una silueta que no estaba ahí cuando grababan. Una silueta que parecía estar sonriendo. ¿Escucharon eso?, preguntó Joan cuando terminó. Escucharon la respuesta.

Nadie supo qué contestar porque nadie había escuchado nada fuera de lo normal, pero Joan insistió. Me respondió, aceptó el diseño. Ahora viene lo difícil. Días después, José Manuel Figueroa visitó a su padre en el rancho y lo encontró quemando hojas de papel en el ruedo, donde solía practicar con sus caballos.

Cuando le preguntó qué hacía, Joan le mostró uno de los papeles antes de lanzarlo al fuego. Estaba lleno de nombres, docenas de nombres, y todos ellos estaban tachados, excepto tres trigo, Juan Sebastián y uno más que José Manuel no reconoció. “Papá, ¿qué es esto?”, preguntó su hijo. Pero Joan no respondió, solo siguió quemando los papeles mientras murmuraba la letra de diseñame una y otra vez, como si fuera un mantra, como si fuera una oración o como si fuera un hechizo.

Esta canción es un pacto confesó Joan finalmente, mirando las llamas consumir el último papel. Le pedí a la muerte que tomara otra forma, que dejara de venir por mí con garras y colmillos, que se diseñara como algo que pudiera amar, como algo que pudiera abrazar sin miedo. José Manuel sintió que el suelo se movía bajo sus pies.

Papá, ¿qué estás diciendo? Joan se dio vuelta y sus ojos brillaban con una intensidad que su hijo nunca había visto. Estoy diciendo que si la muerte quiere llevarme, que al menos tenga la decencia de parecerse a lo que perdí, que tenga la cara de trigo. La sonrisa de Juan Sebastián. Y si no puede darme eso, que me deje en paz hasta que yo decida irme.

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