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HECTOR ”MACHO“ CAMACHO: POR ESTO ACABARON CON SU VIDA Y 5 HOMBRES SIGUEN LIBRES

El termómetro marcaba 2 gr bajo cer y al niño, según contó él mismo décadas después en una entrevista con Showtime, le dolieron tanto las manos del frío que se puso a llorar dentro del taxi que los llevaba hacia la calle 118. María Matías nunca le explicó al niño por qué se iban de Puerto Rico. Ese taxi de aeropuerto cargado con dos abrigos prestados, una bolsa de plástico con toda la ropa de los dos y un niño puertorriqueño que lloraba de frío.

Iba a depositar al futuro campeón mundial del boxeo en una de las cuadras más peligrosas de Spanish Harlem en aquellos  años. Y lo que el niño iba a ver, oír y sufrir en esa cuadra durante los siguientes 8 años iba a marcar todas las decisiones de su vida adulta. La calle 118 entre Lexington Avenue  y la tercera avenida en el corazón de Spanish Harlem era a principios de los años 70 uno de los lugares más violentos de la ciudad de Nueva York.

Cinco edificios de cinco pisos en la cuadra, tres de ellos con problemas estructurales serios. Dos con calefacción que funcionaba solo a medias durante los inviernos. María Matías rentó un apartamento de una sola habitación en el segundo piso del número 322. Pagaba 62 al mes. Trabajaba en una cafetería en la esquina de  la tercera avenida con la calle 117 y dejaba al niño durmiendo solo en el apartamento desde las 5 de la mañana hasta las 3 de la tarde todos los días.

Mientras ella cumplía con el turno del desayuno,  Héctor Luis Camacho aprendió a sobrevivir solo desde los 4 años. Sabía calentar leche en la estufa de gas. Sabía cerrar las cinco cerraduras de la puerta. Sabía no abrirle a nadie, ni siquiera al vecino del piso de arriba. A los 7 años, el niño empezó a salir a la calle 118 sin permiso de su madre.

Lo que vio en esa cuadra durante los siguientes años marcaría para siempre su carácter. Vio peleas entre pandillas puertorriqueñas  y dominicanas. Vio personas inyectándose heroína en los portales de los edificios. Vio policías golpeando muchachos por  hablar español en voz alta.

vio cuerpos sin vida los lunes por la mañana después de fines de semana violentos en el barrio. A los 9 años, Héctor Luis Camacho ya tenía la mirada de un adulto. A los 10 ya había dado su primera puñalada.  A los 11 su madre lo metió por primera vez a un gimnasio de boxeo en la calle 114, un gimnasio modesto regentado por un entrenador puertorriqueño  llamado Bobby Lee Véz.

El gimnasio se llamaba Big Time Boxing y entre las paredes de ese local, en el sótano de un edificio del barrio, María Matías depositó a su hijo de 11 años con una sola frase pronunciada en la puerta.  Le dijo a Bobby Lee Vel con el niño parado al lado, “Si no lo arregla usted, lo arregla la cárcel.” Esa frase de María Matías, pronunciada en el sótano de un gimnasio de Spanish Harlem en 1973, fue el inicio de la carrera más espectacular  del boxeo puertorriqueño moderno, pero también fue el inicio de una doble vida que el

muchacho de la calle 118 iba a esconder de su entrenador durante los siguientes  35 años. Una doble vida que terminó por costarle la propia vida. A los 12  años, Héctor Luis Camacho ya peleaba en torneos Amateur del estado de Nueva York. A los 14  ganó su primer guantes dorados de Nueva York en la categoría de 55 kg.

A los 15 ganó el  segundo, a los 16 el tercero y a los 17 ganó  el cuarto guantes dorados consecutivo, lo que ningún boxeador puertorriqueño  americano había hecho en la historia del torneo más importante del boxeo amateur estadounidense. Bobby Leeles lo apodó el macho durante un combate a Mateur en el 2079.

El muchacho había noqueado a su rival en 32 segundos del primer asalto y al subir el árbitro la mano del ganador, Boby Lee gritó desde la esquina una sola frase que se quedó pegada al apellido del joven para siempre. Gritó, “¡Ese es el macho, ese es el macho Camacho.” El apodo le quedó.

Y dos años después, el 13 de septiembre del 1980,  el macho Camacho hizo su debut profesional en el Madison Square Garden de Nueva York contra un boxeador llamado David Brown. La pelea duró un asalto y 18 segundos. El macho ganó por knockout  técnico y entre el público de aquella primera función profesional había una mujer puertorriqueña de 40 años sentada en la cuarta fila llorando en silencio mientras veía a su hijo levantar el primer cinturón  profesional de su carrera.

Era María Matías Pizarro, la madre que 17 años antes había salido de Bayamón con  una bolsa de plástico negra. Durante los siguientes 3 años, Héctor Luis Camacho ganó 18 peleas consecutivas,  todas por knockout, y en agosto del 1983, a los 21 años de edad,  se convirtió en campeón mundial del boxeo.

Pero esa misma noche,  en el camerino del Madison Square Garden, el campeón puertorriqueño tomó por primera vez algo que iba a destruirlo durante las siguientes tres décadas. Era el 7 de agosto del 1983,  Madison Square Garden de Nueva York. El macho Camacho enfrentaba al mexicano Rafael Bazuca Limón por el campeonato super  pluma del Consejo Mundial de Boxeo.

La pelea fue una guerra de 12 asaltos.  El macho lo derribó en el octavo, lo cortó en el décimo y le ganó por decisión dividida cuando la última campana sonó. A las 11:40 de la noche, Héctor Luis Camacho levantó su  primer cinturón mundial. María Matías lo abrazó dentro del cuadrilátero. Bobby Leles lloró delante de las cámaras y a la 1 de la madrugada,  ya solo en el camerino del Madison Square Garden, según contó él mismo años después, en una entrevista con HBO, el campeón puertorriqueño  aceptó por primera vez una raya de cocaína que

le ofreció un conocido del entorno. No era una decisión planeada, tampoco era una decisión informada,  era una raya, pequeña, discreta, servida en el dorso del marco de un espejo del baño.  El campeón mundial superpluma del Consejo Mundial de Boxeo se acercó al espejo, se inclinó. Número  contar. Número capa.

Aspiró por la fosa nasal derecha y se enderezó con los ojos cerrados. Esa noche durmió 3  horas. Y al día siguiente, en la conferencia de prensa post pelea del Madison Square Garden, ningún periodista pudo notar nada raro en el campeón. La sonrisa estaba ahí, las respuestas estaban ahí. El cinturón verde del Consejo Mundial estaba colgado del hombro derecho.

Lo único que había cambiado esa madrugada del 8 de agosto del 83 era que el muchacho de Spanish, Harlem, que había prometido a su madre no caer nunca en lo que vio  en los portales de la calle 118, había caído y nadie iba a saberlo durante los siguientes 8 años. Esa primera raya del Madison Square Garden, ofrecida en el dorso de un espejo del baño por un conocido del entorno, marcó el inicio de la  doble vida del macho Camacho.

una doble vida que iba a sostenerse en secreto absoluto  durante toda la década del 80, mientras el campeón puertorriqueño se convertía en el boxeador  más famoso del mundo hasta el día en que un policía de Nueva York lo detuvo en una autopista en 1991 con una bolsa de cocaína en el bolsillo del pantalón.

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