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El desván digital y el ventilador del infierno

Parte 1: El desván digital y el ventilador del infierno

Mira que yo no soy de los que se asustan fácilmente. He sobrevivido a tres mudanzas en el centro de Madrid, he aguantado cenas de Navidad con mi cuñado explicándome por qué el aceite de oliva está a precio de sangre de unicornio y, lo que es más importante, he llegado a final de mes cobrando como autónomo en este bendito país. Eso te curte. Te da una piel de rinoceronte. Pero lo que me ocurrió anoche no tiene nada que ver con la burocracia ni con el cuñadismo ilustrado. Fue algo más sutil, más afilado, de esas cosas que se te meten bajo la piel y te hacen dudar de si el suelo que pisas es sólido o simplemente una alfombra puesta encima de un agujero negro.

Todo empezó de la forma más mundana posible. Eran las once y media de un martes de esos que no sirven para nada, un día que es como un sándwich mixto sin mantequilla: cumple su función de trámite pero no te alegra la existencia. Estaba yo en mi salón, ese salón que es básicamente un sofá hundido de tanto ver series y una mesa de centro que ya tiene más marcas de vasos de cerveza que madera original. Tenía en la mano un viejo portátil, un trasto que compré en el 2012 y que suena como un avión de la Segunda Guerra Mundial a punto de despegar cada vez que intento abrir tres pestañas de Google Chrome.

—Venga, trasto, no me falles ahora —mascullé, dándole un par de golpecitos al teclado lleno de migas de patatas fritas.

Necesitaba entrar en mi antiguo correo. Uno de esos de la época de Hotmail, que te hacías cuando tenías quince años y creías que ponerte de nombre de usuario “er_javi_shulon_69″ era la cumbre de la sofisticación. Necesitaba recuperar una foto de un viaje a Benidorm para callarle la boca a un amigo en el grupo de WhatsApp, una de esas discusiones vitales que solo ocurren de madrugada.

El problema, claro, era la contraseña.

—A ver… ¿”javi123”? —Probé. Nada. “Contraseña incorrecta”. —¿”miky_el_perro”? —Nada. —¿”realmadrid_campeon”? —Tampoco.

Probé con los nombres de todas mis ex, con las fechas de nacimiento de mis padres, con el código postal de mi primer piso… y nada de nada. El ordenador bufaba, el ventilador giraba a una velocidad que me hacía temer por mi integridad física y la pantalla me devolvía ese mensaje rojo y despectivo: “Demasiados intentos. Vuelva a intentarlo en 15 minutos”.

Me levanté a por una cerveza a la cocina, maldiciendo a mi “yo” de hace quince años por no haber tenido una gestión de claves más coherente. Cuando volví, el salón estaba en silencio, solo roto por el silbido agónico del portátil. Me senté, apoyé la cerveza en la mesa y, sin pensar, por puro aburrimiento o quizá por una de esas carambolas cósmicas que te cambian la vida, puse las manos sobre el teclado y escribí lo primero que me vino a la cabeza. No fue una palabra, ni un nombre, ni una fecha. Fue una frase. Una frase larga que ni yo mismo sabía de dónde había salido.

Ni siquiera miré lo que escribía. Mis dedos se movieron solos, como si el teclado estuviera poseído por el espíritu de una secretaria de los años cincuenta. Le di al Enter con el dedo meñique, esperando el mensaje de error de siempre.

Pero no hubo error.

Hubo un silencio. Un segundo eterno en el que el ventilador del portátil se detuvo de golpe, dejando la habitación en una mudez absoluta que me puso los pelos de punta. Y entonces, la pantalla cambió. La barra de carga se llenó en un parpadeo y la bandeja de entrada se desplegó ante mis ojos.

—¿Pero qué narices…? —me quedé con la boca abierta.

Entró. A la primera. Con una contraseña que yo jamás, bajo ninguna circunstancia, habría usado. No era “er_javi”. No era un equipo de fútbol. Miré el campo de texto donde la contraseña se había quedado guardada por el gestor del navegador, pulsé el icono del ojito para ver los caracteres y sentí un escalofrío que me recorrió la columna vertebral de arriba abajo, como si alguien me hubiera pasado un cubito de hielo por la nuca.

La contraseña era una frase completa, sin espacios, con una ortografía perfecta que daba miedo.

“Nodeberíashabervueltoaquí”

Me quedé petrificado. “No deberías haber vuelto aquí”. ¿Qué clase de broma de mal gusto era esa? ¿Acaso mi subconsciente era un guionista de películas de terror de serie B? ¿O es que me estaba dando un ictus y estaba viendo cosas donde no las había? Me froté los ojos, le di un trago largo a la cerveza para ver si el alcohol me devolvía a la realidad, pero la frase seguía ahí, brillando con la luz azulada de la pantalla.

Intenté convencerme de que era una casualidad. Una mezcla de palabras que, por algún azar matemático, coincidía con el código que puse hace una década. Pero la sensación de incomodidad ya se había instalado en mi estómago. Aquello olía a chamusquina, y no era el ventilador del portátil esta vez.

Pero lo peor, lo que hizo que soltara el tercio de cerveza y casi me cayera del sofá, no fue la contraseña. Fue lo que vi en la esquina superior derecha de la pantalla, justo debajo de mi nombre de usuario.

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