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El MEXICANO: El CAPO que Convirtió a COLOMBIA en una NARCODEMOCRACIA

 

un campesino de tercero de bachillerato. construyó el puente que convirtió a Colombia en la fábrica de polvo blanco más letal del planeta. Su nombre real era Gonzalo Rodríguez Gacha, pero el mundo criminal lo conoció como el mexicano y cuando murió en 1989, dejó enterrados en sus haciendas 27 barriles llenos de dólares que nunca fueron encontrados.

 Pero esa fortuna escondida es apenas una nota al pie de lo que realmente construyó. La arquitectura criminal que sigue alimentando el tráfico de sustancias entre Colombia y México tres décadas después de su muerte. Pacho, Cundinamarca. 14 de mayo de 1947. Gonzalo Rodríguez Gacha nació en una familia campesina tan pobre que ni siquiera podían pagar sus estudios completos.

 En tercero de bachillerato tomó una decisión que cambiaría la historia del crimen organizado en dos continentes. Abandonó el colegio para trabajar con Gilberto Molina, conocido entonces como el sar de las esmeraldas de Boyacá. En esas minas polvorientas del altiplano colombiano, rodeado de hombres armados que se mataban por piedras verdes, el joven Gonzalo aprendió tres lecciones que nunca olvidaría.

 que la violencia era un lenguaje universal, que la lealtad se compraba con dinero y que quien controlaba las rutas controlaba el poder. Durante años ascendió en silencio dentro de la estructura de Molina, moviéndose entre los túneles oscuros de Muso y Chibor como una sombra. La región esmeraldífera de Boyacá en los años 60 y 70 era un territorio sin ley donde pistoleros contratados resolvían disputas comerciales con balas.

Rodríguez Gacha se alquiló como sicario de tiempo completo, ganándose una reputación de frialdad que lo convertiría en el brazo ejecutor de Molina. Pero Rodríguez Gacha tenía algo que lo diferenciaba de los demás esmeralderos, visión empresarial. Mientras sus compañeros peleaban por controlar minas, él estudiaba mapas, rutas comerciales, mercados internacionales.

 A mediados de los 70, cuando el negocio de las Esmeraldas empezó a mostrar sus límites, Rodríguez Gacha ya había identificado su próximo movimiento. En la costa caribeña colombiana, específicamente en la región de Santa Marta, circulaba un rumor. La hierba que crecía en la Sierra Nevada se vendía en Estados Unidos por precios que ningún esmeraldero podía imaginar.

 Con una pequeña fortuna amasada en Boyacá, el mexicano se mudó al Caribe y comenzó a traficar hierba hacia Miami. Era 1975 y Estados Unidos vivía su época dorada de consumo de sustancias. Cada cargamento que cruzaba el mar le dejaba ganancias exponenciales, pero Rodríguez Gacha no era hombre de conformarse. En sus viajes a la costa escuchó hablar de un polvo blanco que se extraía de una planta llamada polvo blanco, procesada en laboratorios clandestinos y que generaba márgenes de ganancia cinco veces superiores a la hierba. Y ahí, en

algún punto, entre Santa Marta y Barranquilla, tomó la decisión que definiría su destino. Iba a convertirse en narcotraficante de polvo blanco. El año 1976 marcó el nacimiento del monstruo. Rodríguez Gacha se mudó a Medellín y estableció contacto con tres hombres que cambiarían la historia criminal de Colombia.

 Pablo Escobar Gaviria, los hermanos Ochoa Vázquez y Carlos Leder Rivas. La química fue inmediata. Escobar tenía la ambición y el carisma. Los Ochoa tenían las conexiones y la infraestructura. Leder tenía la locura visionaria y las rutas aéreas, pero Rodríguez Gacha tenía algo que ninguno de ellos poseía. Experiencia militar en terreno, conocimiento de guerra territorial y una frialdad que rozaba lo psicopático.

 Juntos fundaron lo que el mundo conocería como el cartel de Medellín y Rodríguez Gacha se convirtió en su brazo armado, el estratega militar, el hombre que hacía el trabajo sucio que ni siquiera Escobar se atrevía a ordenar directamente. Su obsesión con México comenzó de manera casi romántica. De niño, en el cine de pueblo de Pacho, había visto películas de Pedro Infante, Jorge Negrete, la época dorada del cine ranchero mexicano.

 Aquellos hombres de sombrero y pistola al cinto, cantando corridos sobre honor y venganza, se le quedaron grabados en el alma. Empezó a vestir como ellos, camisas norteñas, evillas de plata, botas texanas. En sus haciendas solo sonaba música ranchera. Tomaba tequila exclusivamente y a sus propiedades les puso nombres que revelaban su fascinación enfermiza.

Cuernavaca, Mimaatlán, Sonora, la Chihuahua. Sus socios del cartel se burlaban de él, pero la obsesión de Rodríguez Gacha con México iba mucho más allá de lo folkórico. Él había entendido algo que ningún otro capo colombiano comprendía en ese momento. México era la llave dorada hacia el mercado norteamericano.

 A finales de los años 70, mientras el cartel de Medellín concentraba sus esfuerzos en rutas del Caribe hacia Florida, Rodríguez Gacha estudiaba otro corredor. el territorio mexicano como puente terrestre hacia Texas, California, Arizona. Para lograrlo necesitaba un socio al otro lado de la frontera y lo encontró a través de una mujer llamada Verónica Rivera de Vargas, conocida en el bajo mundo como la reina del polvo blanco.

Rivera tenía conexiones directas con Miguel Ángel Félix Gallardo, el jefe del cartel de Guadalajara, la organización criminal más poderosa de México en esos años. Rodríguez Gacha le propuso un trato. Ella lo presentaba con Félix Gallardo y recibía un porcentaje de cada cargamento que lograra negociar.

 El primer encuentro entre el mexicano y Félix Gallardo ocurrió en algún punto de México a finales de 1978. No hay registro exacto de dónde, pero los expedientes de la DEA confirman que esa reunión existió y lo que salió de ahí fue un acuerdo que revolucionaría la economía del crimen organizado. 5050. Rodríguez Gacha suministraba el polvo blanco.

 Félix Gallardo proporcionaba la infraestructura, la protección policial y militar en México y las rutas hacia Estados Unidos. Las ganancias se dividían a partes iguales. Era un pacto de caballero sellado entre dos hombres que jamás traicionarían su palabra, porque ambos sabían que romperlo significaba guerra total. Los primeros cargamentos fueron de prueba, 200, 300 kg que cruzaban por el Pacífico Mexicano y luego subían por tierra hasta California.

 Funcionó a la perfección. Entonces, Rodríguez Gacha aumentó la apuesta. 500 kg mensuales, después 1000. Los registros de la Policía Nacional de Colombia estiman que para 1983 los embarques habían alcanzado las 5 toneladas mensuales, 5,000 kg de polvo blanco que cruzaban México cada 30 días. A un precio mayorista de entre 12,000 y 14,000 por kilogramo en la costa oeste estadounidense, eso significaba ganancias brutas de 60 a 70 millones de dólares mensuales.

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