Dividido al 50%, cada uno se embolsaba entre 30 y 35 millones de dólares cada mes. Y esto era solo una fracción del imperio de Rodríguez Gacha, porque mientras construía su alianza mexicana, el mexicano estaba creando su propio feudo en Colombia. Compró extensiones masivas de tierra en los Llanos orientales, específicamente en la región de Puerto Gaitán, a unos 250 km al sureste de Bogotá.
Ahí, en esas sabanas infinitas donde el estado colombiano nunca había llegado, Rodríguez Gacha construyó su verdadero imperio. Experimentó con diferentes variedades de polvo blanco traídas de Bolivia y Perú hasta encontrar la que mejor se adaptaba al clima llanero. Levantó laboratorios clandestinos escondidos en la selva, estableció pistas de aterrizaje privadas y lo más importante, creó Tranquilandia.
Tranquilandia no era un laboratorio, era un complejo industrial del crimen. Ubicado en zona selvática entre los departamentos de Meta y Caquetá, en una región llamada El Yarí, Tranquilandia tenía 19 laboratorios de procesamiento de polvo blanco, ocho pistas de aterrizaje clandestinas, docenas de edificaciones para trabajadores y una capacidad de producción de 4 toneladas mensuales de sustancia pura.
Era la fábrica de polvo blanco más grande que el mundo había visto jamás y estaba en manos de Rodríguez Gacha, Escobar y los hermanos Ochoa. Para construirla tuvieron que aplicar su filosofía favorita, plata o plomo. Compraron o intimidaron a cada campesino de la zona. Los que aceptaron dinero se quedaron callados.
Los que se resistieron desaparecieron en la selva. Testigos que sobrevivieron declararon años después que cientos de campesinos fueron eliminados en Meta y Caquetá durante la construcción de Tranquilandia. Pero el 7 de marzo de 1984, el sueño industrial de Rodríguez Gacha se derrumbó en cuestión de horas. Un contingente de 40 policías de la Policía Nacional, apoyados por agentes de la DEA y bajo el mando del general Luis Ernesto Gilibert Vargas irrumpió en Tranquilandia después de meses de seguimiento.
Existe la teoría de que la DEA instaló un chip localizador en un bidón de acetona que se dirigía al complejo, porque la ubicación exacta del lugar era uno de los secretos mejor guardados del cartel. Cuando llegaron las autoridades, los guardias armados huyeron al ver la superioridad numérica. La operación concluyó con la destrucción total del complejo y el decomiso de 13 toneladas 800 de polvo blanco valoradas en 1200 millones de dólares.
Fue el golpe más brutal que el cartel de Medellín había recibido hasta ese momento. La furia de Rodríguez Gacha fue nuclear. Un mes después, el 29 de abril de 1984, sicarios en motocicleta acribillaron al ministro de justicia, Rodrigo Lara Bonilla en el norte de Bogotá. Era la respuesta del cartel.
Lara Bonilla había sido el principal promotor de la operación contra Tranquilandia, pero su eliminación desató algo que ni siquiera Escobar había previsto. El gobierno colombiano declaró guerra total al narcotráfico y Rodríguez Gacha, lejos de amedrentarse, tomó el control militar de esa guerra. Mientras Escobar se refugiaba en Panamá negociando posibles acuerdos de paz, Rodríguez Gacha se quedó en Colombia reorganizando la estructura.
En cuestión de meses diseminó decenas de pequeños laboratorios artesanales por las selvas del sur, replicando la producción de Tranquilandia, pero de forma descentralizada. Era imposible destruirlos todos simultáneamente. También ofreció a sus socios del cartel algo que cambiaría la ecuación, la ruta mexicana.
Con Tranquilandia destruida y el Caribe bloqueado por la TEA, México se convirtió en la autopista obligatoria y Rodríguez Gacha era el único que tenía la llave gracias a su alianza con Félix Gallardo. Los archivos de la DEA registran al menos tres reuniones entre Rodríguez Gacha y Félix Gallardo durante 1984. Una de ellas ocurrió en una casa que el capo mexicano tenía en Altata, Sinaloa, donde también estuvo presente Juan Ramón Mata Ballesteros, un hondureño que había conocido a Rodríguez Gacha años atrás en las minas de esmeraldas de Boyacá y que
ahora servía como intermediario entre los carteles colombianos y mexicanos. En esas reuniones se consolidó la arquitectura que sigue vigente hoy. Los colombianos producen, los mexicanos transportan y distribuyen en Estados Unidos. Las ganancias se dividen. Es el modelo que cuatro décadas después sigue alimentando el tráfico binacional de estupefacientes.
Pero la obsesión de Rodríguez Gacha con el control territorial lo llevó por caminos aún más oscuros. En 1981, cuando el M19 secuestró a Marta Nieves Ochoa, hermana de los Ochoa Vázquez, el cartel de Medellín respondió creando un grupo paramilitar llamado Más, muerte a secuestradores. Aunque el grupo se disolvió formalmente tras la liberación de Marta Nieves, Rodríguez Gacha entendió el poder de tener un ejército privado y decidió profesionalizarlo.
Mientras Escobar seguía siendo el rostro político del cartel, el mexicano se dedicó a construir la maquinaria de guerra. Sus motivaciones no eran solo ideológicas. Las FARC, que inicialmente prestaban servicios de vigilancia a los cultivos y laboratorios del cartel a cambio de impuestos, comenzaron a robar a los emisarios de Rodríguez Gacha y a destruir sus plantaciones.
El detonante específico ocurrió cuando un grupo de guerrilleros asaltó uno de sus seis laboratorios en Caquetá. robó la producción completa y eliminó a tres de sus trabajadores. Para Rodríguez Gacha, eso era una declaración de guerra. Bajo la filosofía de quien no está conmigo, está contra mí, inició una campaña de exterminio que marcaría a Colombia con sangre por décadas.
financió y organizó la creación de grupos de autodefensas en el Magdalena Medio, específicamente en Puerto Boyacá, y para entrenarlos contrató a un mercenario israelí llamado Yair Klein. Klein llegó a Colombia en 1988 con credenciales impecables. oficial del ejército israelí, experto en tácticas de contrainsurgencia, especialista en operaciones de comandos.
Oficialmente decía que había sido contratado por ganaderos y la Asociación de Ganaderos del Magdalena medio, Abdegam, para defender sus propiedades del acoso guerrillero. Pero la realidad era que su principal financiador era Gonzalo Rodríguez Gacha. En fincas como Las Tangas y la isla, propiedad del mexicano Klein entrenó a 60 hombres en manejo de armas, explosivos.
tácticas de asalto y técnicas de eliminación. Entre sus alumnos estrella estaban Fidel Castaño y su hermano Carlos, quienes se convertirían en los padres fundadores del paramilitarismo colombiano. Al finalizar el entrenamiento, Klein les dio su bendición para que iniciaran operaciones. La consigna era simple: acabar con la insurgencia y con cualquier simpatizante.
El pago 150,000 pesos mensuales más una bonificación de 200,000 pes guerrillero o campesino sospechoso eliminado. La relación entre Rodríguez Gacha y los hermanos Castaño iba más allá de lo profesional. Fidel Castaño había jurado venganza contra las FARC después de que secuestraran y eliminaran a su padre en 1981. Esa sed de venganza personal encajaba perfectamente con los objetivos militares de Rodríguez Gacha.
El capo no solo les pagaba, sino que les proporcionaba armas, logística, inteligencia y protección política a través de sus contactos con militares corruptos. Las autodefensas de Puerto Boyacá se convirtieron en el laboratorio donde se probó el modelo paramilitar que después se replicaría por todo el país. Las lecciones de Klein incluían algo particularmente siniestro.
¿Cómo armar y desarmar un carro bomba en menos de 2 horas? Esa técnica se convertiría en la firma del cartel de Medellín durante los años del narcoterrorismo. Pero lo que Klein realmente le dio a Rodríguez Gacha fue la capacidad de operar como un ejército regular. El mexicano construyó en Bogotá una red urbana de sicarios con logística militar, equipos de comunicación innovadores, teléfonos inalámbricos que la policía no podía rastrear, antenas repetidoras de bandas de radio por toda la ciudad.
La policía colombiana simplemente no tenía tecnología para seguirle el paso. El verdadero objetivo de Rodríguez Gacha, sin embargo, iba más allá de defenderse de las FARARC. Él quería eliminar cualquier amenaza política al negocio del narcotráfico y eso incluía a la Unión Patriótica el partido de izquierda que había surgido de las negociaciones de paz con las guerrillas.
Entre 1985 y 1989, más de 800 personas vinculadas a la Unión Patriótica fueron eliminadas sistemáticamente, dirigentes, candidatos, simpatizantes. Era un genocidio político. Y aunque Pablo Escobar recibe la mayor parte de la culpa histórica, los archivos judiciales señalan a Rodríguez Gacha como el principal orquestador.
Entre las víctimas estaba Jaime Pardo Leal, candidato presidencial de la Unión Patriótica, quien fue eliminado el 11 de octubre de 1987, mientras viajaba por una carretera en Antioquia. Su guerra también se extendió contra sus antiguos aliados. La relación con el mundo de las esmeraldas, que lo había formado, se convirtió en un baño de sangre.
A mediados de los 80, Rodríguez Gacha decidió que quería controlar las minas de muso, Coscuz y Chivor. las tres regiones esmeraldíferas más ricas de Colombia. El problema era que esos territorios estaban en manos de Gilberto Molina, su antiguo mentor, y Víctor Carranza, otro peso pesado del negocio verde.
Rodríguez Gacha les hizo ofertas de compra generosas, ambos las rechazaron. Ese fue su error fatal. El 27 de febrero de 1989, en el pueblo de Sasaima, Cundinamarca, un comando de hombres disfrazados de militares irrumpió en una finca donde Gilberto Molina celebraba una reunión con 17 de sus asociados. Lo que siguió fue una masacre sistemática.
Molina y las 17 personas fueron eliminadas metódicamente, una por una. La operación había sido ordenada y pagada por Gonzalo Rodríguez Gacha, quien ofreció 200 millones de pesos por el trabajo. El único sobreviviente fue Ángel Gaitán Maecha, uno de los socios de Molina, quien logró escapar herido. Días después, cuando Gaitán comenzó a denunciar públicamente que el mexicano estaba detrás de la masacre, sicarios lo alcanzaron en la autopista norte de Bogotá y abrieron fuego contra su vehículo.
Caitán sobrevivió milagrosamente, pero su escolta murió en el ataque. Con Molina eliminado, Rodríguez Gacha giró su atención hacia Víctor Carranza. Pero Carranza era más astuto y mejor conectado. Tenía lazos con militares de alto rango y con políticos regionales. La guerra entre ambos se prolongó durante meses, dejando docenas de muertos en ambos bandos.
Finalmente llegaron a un acuerdo territorial tácito. Carranza controlaría Boyacá y Rodríguez Gacha se concentraría en los Llanos orientales y el Magdalena medio. Era una tregua frágil que solo la muerte de el mexicano haría permanente. Mientras libraba guerras en varios frentes, Rodríguez Gacha también construía un imperio personal que reflejaba su megalomanía.
En su hacienda, la Chihuahua, ubicada en los Llanos Orientales, mandó construir una caballeriza que costó más que cualquier casa de lujo en Bogotá, pero no era para cualquier caballo. Era el hogar de Tupa Camaru, un semental pura sangre que Rodríguez Gacha había comprado por millón de dólares en 1987. Tupau, nombrado así por el revolucionario Inca, era considerado uno de los mejores caballos del mundo y el mexicano lo trataba mejor que a sus propios hijos.
La caballeriza de Tupa Camaru medía 25 m². Tenía espejos en todas las paredes, piso amortiguado especial para las patas del animal, bebederos automáticos importados, un estante completo con sus trofeos y medallas y un cuarto separado con viruta fresca que se cambiaba diariamente. Rodríguez Gacha contrató un veterinario personal que estaba disponible 24 horas al día exclusivamente para el caballo.
En el cumpleaños de Tupa Camaru, el mexicano organizaba fiestas donde le llevaban yeguas escogidas personalmente para que el semental las montara a su antojo. Algunos de sus sicarios bromeaban en voz baja que el capo amaba más a ese caballo que a cualquier ser humano. La obsesión terminó en tragedia. En 1989, Tupa Camaru enfermó de un cólico intestinal severo.
A pesar de los esfuerzos del veterinario y de especialistas traídos en avión desde Bogotá, el caballo murió en cuestión de horas. Rodríguez Gacha quedó devastado. Según testigos, lloró frente al cadáver del animal durante horas y luego dio una orden que reveló la profundidad de su locura. Tupau debía ser disecado y colocado en una urna de cristal que quedaría en el centro de la caballeriza como un monumento eterno.
El proceso se llevó a cabo. Cuando la policía incautó la chihuahua meses después, encontró el cuerpo del caballo perfectamente preservado dentro de su urna de vidrio, rodeado de flores marchitas. Pero los caballos no eran la única excentricidad de Rodríguez Gacha. En total poseía 200 equinos pura sangre distribuidos en sus múltiples haciendas.
También había invertido en el fútbol profesional. Era dueño del 30% de las acciones del Club Millonarios de Bogotá, uno de los equipos más populares del país. Sus propiedades incluían 116 fincas, casas y apartamentos a lo largo de Colombia, desde la costa hasta Los Llanos. La revista Forbes calculó su fortuna personal en 1300 millones de dólares en 1989, convirtiéndolo en uno de los 100 hombres más ricos del planeta.
Su vida personal era igualmente compleja. Su primer hijo, Freddy Gonzalo Rodríguez Celades, nació de una relación pasajera con Luz Mary Celades, una mujer que trabajaba en un bar de Pereira. Freddy heredó la obsesión de su padre por los caballos y se convirtió en jinete profesional. Tras dos matrimonios fracasados, Rodríguez Gacha se casó con Gladis Dilma Álvarez Pimentel, una niña de apenas 14 años, 15 años menor que él.
Con Gladis tuvo tres hijos más: Douglas Gonzalo, José Fabián y Justo David. La propia Gladis declaró años después que en un principio no era consciente de las actividades criminales de su esposo, que él le peleaba hasta por el dinero del mercado y que cuando Rodríguez Gacha murió, ella no conocía la magnitud de la fortuna que había heredado.
Mientras consolidaba su imperio criminal y personal, Rodríguez Gacha también estaba en guerra con el cartel de Cali. Los hermanos Rodríguez Orejuela, que lideraban la organización caleña, operaban con un perfil bajo y métodos empresariales sofisticados. Despreciaban la violencia ostentosa de Escobar y Rodríguez Gacha. Las diferencias filosóficas se convirtieron en enfrentamientos violentos.
Sicarios de ambos bandos se eliminaban mutuamente en Bogotá, Cali y Medellín. Esa guerra fraticida debilitó a ambas organizaciones y facilitó el trabajo de las autoridades, pero nada selló el destino de Rodríguez Gacha como el magnicidio del 18 de agosto de 1989. Luis Carlos Galán Sarmiento era el candidato presidencial del nuevo liberalismo, un hombre que había hecho de la lucha contra el narcotráfico su bandera política.
Las encuestas lo daban como favorito para ganar las elecciones y tanto Escobar como Rodríguez Gacha sabían que un presidente galán significaría extradición masiva hacia Estados Unidos, confiscación total de bienes y guerra sin cuartel. En reuniones secretas entre los dos capos se decidió su eliminación. Los primeros intentos fracasaron.
Hubo un atentado frustrado antes del definitivo. El oficial de policía Valdemar, Franklin Quintero, quien había salvado a Galán en ese primer intento, fue eliminado la misma mañana del 18 de agosto. Era una advertencia de lo que venía. Esa noche, Galán llegó a Soacha, Cundinamarca, para un miting político. A las 7:30 de la noche, mientras subía a la tarima de madera para pronunciar su discurso, un hombre llamado Jaime Eduardo Rueda Rocha se deslizó debajo de la plataforma.
Sacó una subametralladora miniatlanta calibre 9 mm. Disparó cinco balas. Dos impactaron contra el chaleco antibalas de Galán. Dos fallaron. Una atravesó su ahorta abdominal. El candidato presidencial más popular de Colombia colapsó casi instantáneamente. Murió minutos después. El país estalló. El presidente Virgilio Barco declaró estado de sitio.
Se reinició la extradición de narcotraficantes hacia Estados Unidos y la cacería contra el cartel de Medellín se convirtió en prioridad nacional. Escobar, Rodríguez Gacha y los hermanos Ochoa respondieron creando los extraditables, una organización terrorista con un lema que reveló su desesperación. Preferimos una tumba en Colombia que una cárcel en Estados Unidos.
Lo que siguió fueron los meses más violentos en la historia de Colombia. Rodríguez Gacha y Escobar desataron una campaña de terror sin precedentes. Carros bomba explotaban semanalmente en Bogotá, Medellín y Cali. Jueces, periodistas, políticos y policías caían eliminados diariamente. El objetivo era simple, forzar al gobierno a cancelar la extradición, pero cada atentado solo endurecía la posición del Estado y de la sociedad colombiana.
El 27 de noviembre de 1989, los extraditables ejecutaron su ataque más audaz y brutal. El vuelo 203 de Avianca despegó del aeropuerto El Dorado de Bogotá a las 7:11 de la mañana con destino a Cali. A bordo iban 101 pasajeros y seis tripulantes. Entre los pasajeros debía estar César Gaviria Trujillo, el candidato presidencial que había reemplazado a Luis Carlos Galán tras su eliminación.
Gaviria era la nueva amenaza para el cartel, pero en el último momento su jefe de seguridad le recomendó no viajar en vuelos comerciales. Gaviria canceló su boleto minutos después de despegar, cuando el Boeing 727 sobrevolaba Soacha, el mismo municipio donde habían eliminado a Galán 3 meses atrás, una bomba explotó dentro de la aeronave.
El avión se desintegró en el aire. 110 personas murieron. 101 pasajeros. seis tripulantes y tres personas en tierra que fueron alcanzadas por escombros. No hubo sobrevivientes. La autoría se atribuyó a Pablo Escobar y Gonzalo Rodríguez Gacha. El dispositivo había sido construido según las técnicas que Yair Klein había enseñado a los paramilitares.
El encargado de colocar la bomba fue Dandeni Muñoz Mosquera, alias Laquica, uno de los sicarios más letales de Escobar. Pero la orden había venido de los dos capos máximos del cartel. Era un mensaje brutal. Nadie estaba a salvo. Si querían eliminar a un candidato presidencial, estaban dispuestos a volar un avión completo. El atentado fue contraproducente.
La presión internacional se multiplicó. Estados Unidos ofreció recompensas millonarias por Escobar y Rodríguez Gacha. El gobierno colombiano movilizó todos sus recursos para capturarlos y la sociedad colombiana harta de la violencia se volcó en apoyo a las autoridades. Escobar y Rodríguez Gacha se volvieron los hombres más buscados de Colombia.
Pero mientras Escobar jugaba al gato y al ratón con las autoridades desde sus escondites en Medellín, el mexicano cometió el error que le costaría todo. El 3 de diciembre de 1989, su hijo Freddy Rodríguez Helades fue capturado por la policía en un operativo en Bogotá. Freddy tenía 17 años y era el hijo preferido de Rodríguez Gacha, un muchacho obsesionado con los caballos pura sangre igual que su padre.
Su captura desató la furia final del capo. El 6 de diciembre, solo tr días después de la detención de su hijo, Rodríguez Gacha ordenó un ataque masivo contra las oficinas del D en Bogotá. Un carro bomba con 110 kg de dinamita explotó frente al edificio principal, matando a decenas de personas y dejando cientos de heridos.
Era un mensaje desesperado. Liberen a mi hijo o Colombia arderá. Pero ese ataque fue su sentencia de muerte. El gobierno colombiano, con apoyo de la DEA, concentró todos sus recursos en encontrarlo y gracias a un infiltrado llamado Jorge Velázquez, alias el navegante, que trabajaba para el cartel de Cali, pero se había ganado la confianza de Rodríguez Gacha, la policía finalmente consiguió su ubicación exacta.
El navegante recibió un millón de dólares por la información. El cartel de Cali tenía sus propios motivos para querer muerto a el mexicano. Eliminarlo debilitaría al cartel de Medellín y abriría espacio para su propia expansión. El 15 de diciembre de 1989, 22 policías, 17 de ellos comandos de élite, abordaron dos helicópteros artillados.
El objetivo era una finca llamada El Tesoro, ubicada en Coveñas y Tolú, en la costa caribeña del departamento de Sucre. Al mediodía, los helicópteros sobrevolaron el lugar. A través de altoparlantes, la policía exigió rendición, pero Rodríguez Gacha y sus hombres, disfrazados de trabajadores agrícolas, esperaron hasta que los helicópteros iniciaran el descenso.
Entonces abrieron fuego con fusiles de asalto. Lo que siguió fue una persecución cinematográfica. Rodríguez Gacha, su hijo Freddy y varios escoltas escaparon en un camión por las vías sucreñas. Los helicópteros lo siguieron desde el aire. En algún punto de la carretera, el camión fue alcanzado por ráfagas de ametralladora.
Freddy y varios escoltas cayeron abatidos. Rodríguez Gacha abandonó el vehículo y corrió hacia un platanal cercano. Un helicóptero lo siguió. Los policías abrieron fuego con ametralladoras calibre 50. El primer disparo le impactó en un pie. Cayó. El segundo disparo le destrozó la cabeza. Esa es la versión oficial, pero Jorge Velázquez, el navegante, quien estaba en uno de los helicópteros, cuenta una historia diferente.
Según su testimonio, cuando el mexicano vio el cuerpo de su hijo Freddy tirado en la carretera, levantó la mirada hacia el helicóptero con rabia absoluta. Después sacó algo pequeño, más pequeño que una granada, se lo puso frente a la cara y lo activó. La explosión le voló la cabeza instantáneamente. Prefirió eso antes que ser capturado.
Nunca sabremos cuál versión es verdadera. Lo que sí sabemos es que al mediodía del 15 de diciembre de 1989, Gonzalo Rodríguez Gacha dejó de existir. Tenía 42 años. La policía incautó 116 propiedades a su nombre: haciendas, casas, apartamentos, lotes. En tres de sus fincas principales, Cuernavaca, Mimazatlán y la Chihuahua, encontraron 27 barriles enterrados con un total de 26 millones de dólares en efectivo.
También había 200 caballos pura sangre, incluido el cuerpo disecado de Tupa Camaru en su urna de cristal y el 30% de las acciones del Club de Fútbol Millonarios de Bogotá quedaron a disposición de la Dirección Nacional de Estupefacientes. Su viuda, Gladis Álvarez, fue arrestada 11 años después por Testaferrato.
Intentó negociar con el Estado ofreciendo 300,000 millones de pesos en bienes a cambio de inmunidad. Pero el gobierno rechazó el trato. Fue condenada a 6 años de prisión, aunque solo cumplió dos en el buen pastor. Años después rehzo su vida. Se casó con un abogado de la familia, tuvo dos hijos más y se fue a vivir fuera de Colombia.
Pero los habitantes de Pacho, pueblo natal de Rodríguez Gacha, siguen creyendo que la mayor parte de su fortuna sigue bajo tierra en alguna de sus propiedades. Hablan de carros llenos de lingotes de oro, bolsas con millones de dólares, esmeraldas del tamaño de puños escondidas en caletas que nadie encontrará jamás.
Su verdadero legado, sin embargo, no está en el dinero enterrado, está en la estructura que construyó. La alianza entre los carteles colombianos y mexicanos que Rodríguez Gacha creó a finales de los 70 sigue siendo la columna vertebral del tráfico de sustancias hacia Estados Unidos. Las rutas que él diseñó, el modelo de reparto 5050, la técnica de saturación de fronteras que implementó, todo sigue operando.
Miguel Ángel Félix Gallardo, su socio mexicano, fue capturado el 8 de abril de 1989, 8 meses antes que Rodríguez Gacha, y cumple condenas que suman 52 años. Pero los herederos de ambos, los nuevos carteles mexicanos como Sinaloa y Jalisco Nueva Generación y las bandas criminales colombianas continúan utilizando exactamente la misma arquitectura que esos dos hombres construyeron hace más de 40 años.
El mexicano también fue pionero del paramilitarismo. Los grupos de autodefensa que financió, los mercenarios extranjeros que contrató, la estrategia de eliminar sistemáticamente a la oposición política de izquierda, todo eso se convirtió en el manual operativo de las Autodefensas Unidas de Colombia que surgirían en los años 90.
Fidel Castaño, su alumno directo bajo el entrenamiento de Yair Klein, fundó las AUC junto a su hermano Carlos. Fidel fue eliminado en 1994. Pero Carlos expandió el fenómeno paramilitar por todo el país, sumergiendo a Colombia en dos décadas adicionales de violencia que dejaron decenas de miles de muertos.
El genocidio de la Unión Patriótica que Rodríguez Gacha orquestó sigue siendo una herida abierta en la democracia colombiana y fue él quien introdujo el narcoterrorismo como estrategia política. Los carros bomba, los atentados masivos contra instituciones del Estado, el lema de plata o plomo aplicado a escala nacional.
Todo eso tiene la firma de Gonzalo Rodríguez Gacha. Aunque Pablo Escobar es el rostro mediático de esa época, los historiadores y analistas de seguridad coinciden en que el verdadero estratega militar, el cerebro táctico detrás de la guerra contra el estado, era el mexicano Joe Tof, quien fue jefe de la DEA en Bogotá durante los 80, llegó a calificar a Colombia como una narcodemocracia, porque hombres como Rodríguez Gacha no solo traficaban sustancias, compraban congresistas, financiaban campañas políticas, infiltraban la policía y el
ejército cootaban jueces y magistrados convirtieron el Estado en un instrumento al servicio del crimen organizado.
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