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Un zapatero Pobre reparó las botas de El Mencho sin saberlo y lo que recibió después cambió todo

 

Hay un sonido que Lucio Paredes conoce mejor que su propio nombre. Es el sonido de la suela despegándose del cuero con ese chasquido seco, casi triste, como si el zapato se rindiera después de demasiados kilómetros. Ese sonido lo despertó a los 9 años cuando su padre le puso en la mano una lesna por primera vez y le dijo, “Hijo, un zapato roto no es una tragedia, es una oportunidad.

” Lucio tiene ahora 63 años y ese sonido sigue siendo lo primero que escucha cada mañana antes que los pájaros. antes que los camiones de la basura, antes que los gritos de los niños en la vecindad, lo escucha porque su cuerpo lo busca, porque sin ese sonido el día no tiene sentido.

 Su taller mide 4 m de largo por tr de ancho. Está en la planta baja de la vecindad Morelos, en la colonia Oblatos, al oriente de Guadalajara. La puerta es de madera con un vidrio en la mitad que tiene un letrero pintado a mano con letras desiguales. Reparación de calzado. Don Lucio, trabajo garantizado. Lleva ese letrero ahí desde 1987. El vidrio se quebró dos veces, pero el letrero siempre regresó igual con las mismas letras desiguales, porque Lucio considera que cambiarla sería una forma de mentira, una forma de pretender ser algo diferente a lo que siempre fue.

Adentro del taller hay un orden que solo Lucio entiende. Pilas de zapatos esperando reparación junto a la pared izquierda ordenadas no por fecha de llegada, sino por urgencia emocional. Lucio sabe distinguir el zapato de alguien que tiene otros pares y el zapato de alguien que no tiene más que ese.

 Los segundos van primero sobre el banco de trabajo hay lesnas, martillos pequeños, pegamento de contacto, hilo de nylon encerado, trozos de cuero en distintos tonos y grosores y una radio de pilas que solo sintoniza una estación de música ranchera con mucha estática. Lucio nunca ha intentado buscar otra estación.

 Le gusta la estática, le da compañía sin exigirle atención. Vive solo desde hace 11 años. Su esposa Consuelo murió de un derrame cerebral un martes por la tarde mientras preparaba arroz. Lucio llegó del taller y la encontró en el piso de la cocina con la cuchara todavía en la mano. Eso es lo que más lo persigue, no la ausencia, sino la cuchara, el detalle pequeño que contiene toda la enormidad de la pérdida. Tuvieron dos hijos.SANDALIAS DE CUERO elaboradas A MANO con herramientas de antaño. El  cuidadoso oficio del ZAPATERO

El mayor Ernesto vive en Ciudad Juárez con su familia y llama los domingos a veces. La menor Patricia emigró a Estados Unidos hace 8 años y manda dinero cada mes, $100 puntuales como un reloj. Lucio siempre los guarda sin tocarlos, no los necesita. Con lo que gana en el taller le alcanza para comer, pagar la renta de 200 pesos mensuales que nunca subió el dueño del inmueble por respeto a los años.

 y comprar el tabaco de pipa que fuma cada noche sentado en el umbral de la puerta viendo pasar la calle. Es un hombre pequeño de 1 met2 con espalda encorvada de tanto inclinarse sobre el banco. Manos grandes para su cuerpo, dedos gruesos con callos en lugares específicos que ningún guante cubre bien.

 Cabello blanco, casi transparente, peinado hacia un lado con agua. Bigote gris recortado con tijeras cada domingo. Usa siempre el mismo tipo de ropa, pantalón de mezclilla oscuro, camisa de cuadros, delantal de cuero café que perteneció a su padre y que ha remendado tantas veces que ya no queda nada original excepto la forma.

 En la colonia Oblatos lo conocen todos, no porque sea famoso ni importante, sino porque lleva 40 años reparando los zapatos de todos. Conoce los pies de la colonia mejor que el médico. Sabe que doña Esperanza tiene el dedo gordo izquierdo torcido hacia adentro y necesita que le ensanche el zapato con la orma de madera.

 Sabe que el señor refugio usa una talla más grande de la que le corresponde porque sus pies se hincharon con la diabetes. Sabe que los niños de la escuela primaria rompen siempre la misma costura, la que une la lengüeta con el cuerpo del tenis, porque patean con el emprine en lugar de la punta. Ese conocimiento acumulado es su único capital.

No tiene ahorros, no tiene propiedades, no tiene pensión. Tiene 40 años de saber exactamente que necesita cada par de zapatos que entra por esa puerta y eso en su mundo pequeño y preciso es suficiente. El lunes 7 de noviembre llegó como todos los lunes con neblina baja sobre los tejados de oblatos y olor a tortillas quemadas saliendo de algún departamento del segundo piso.

 Lucio abrió el taller a las 8 de la mañana como siempre, corrió la cortina metálica, acomodó el banco, encendió la radio y se sentó a terminar unos botines de mujer que le habían dejado el viernes. Eran botinés negros de tacón bajo con la suela separándose en la puntera. Los había dejado una señora joven que los usaba para trabajar en una oficina.

 Los necesitaba para el miércoles sin falta. Lucio los tendría listos el martes por la tarde, un día antes. Siempre entregaba antes de lo prometido. Era su única forma de lujo. A las 10:15 de la mañana escuchó pasos en la entrada, pasos pesados, seguros, de alguien que no duda al caminar. Levantó la vista. En el umbral de la puerta había un hombre que no era de la colonia.

Lucio llevaba 40 años viendo entrar gente por esa puerta y había desarrollado un sentido casi animal para distinguir a los vecinos de los extraños. Este hombre era un extraño completo. Tenía unos 50 años. Complexión robusta, cuello ancho, manos grandes. Vestía ropa de trabajo, jeans oscuros, camisa negra de manga larga, botas de piel que incluso cubiertas de polvo del camino se veían caras.

 Llevaba una bolsa de plástico negra en la mano derecha. Su rostro era cuadrado, con barba de varios días y una cicatriz pequeña sobre la ceja izquierda. Sus ojos eran oscuros e intensos, del tipo que no parpadean con la frecuencia normal, del tipo que evalúan todo antes de decidir cualquier cosa.

 “Buenos días”, dijo el hombre con voz grave y pareja. “¿Usted es el zapatero?” Lucio asintió sin dejar los botinés. El mismo. El hombre entró, miró alrededor del taller con una mirada rápida que registraba todo sin parecer que miraba nada. Sacó de la bolsa negra un par de botas y las puso sobre el banco. Lucio las examinó sin tocarlas primero, como hacía siempre.

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