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Un director de Hollywood HUMILLÓ a Pedro Infante en vivo… sin saber quién era.

 

Un director de cine norteamericano desafió a un hombre vestido de charro en los corredores de los estudios Churubusco, sin imaginar que acababa de escoger al actor más grande de México para demostrarle lo que era el verdadero cine. Lo que ocurrió en los siguientes minutos dejó al director sin palabras y a todo el equipo técnico mexicano con una sonrisa que él no comprendió hasta que alguien le reveló el nombre de ese hombre.

 Y para ese momento ya era demasiado tarde para retractarse de todo lo que había expresado. Era 1956 y los estudios Churubusco estaban en plena actividad. con tres producciones rodándose simultáneamente en diferentes sets. El ambiente olía a pintura fresca de utilería, a café recalentado y a ese polvo particular que solo existe en los estudios de cine antiguos, mezclado con el humo de los cigarrillos que todos fumaban entre toma y toma.

 Los pasillos estaban repletos de técnicos mexicanos transportando equipos pesados. actores repasando diálogos en las esquinas y asistentes corriendo de un lado a otro con papeles en las manos y expresiones de urgencia permanente. Entre toda esa actividad había llegado esa mañana Richard Colman, un director norteamericano de 52 años que había rodado tres películas moderadamente exitosas en Hollywood y que ahora se encontraba en México como parte de una coproducción que buscaba aprovechar los costos más reducidos de producción y la experiencia técnica mexicana, que según

le habían comentado, era aceptable, aunque limitada. Coleman había llegado con la actitud de alguien que viene a instruir más que a colaborar. Convencido de que el cine mexicano era pintoresco, pero inferior, entretenimiento local, sin la sofisticación técnica ni artística del cine estadounidense. Caminaba por los pasillos de Churubusco con su asistente personal, un joven inquieto llamado Thomas, que cargaba el portapapeles del director y anotaba cada comentario que Colman hacía sobre lo que observaba a su alrededor. Y Coleman

tenía muchas opiniones. Miraba los sets con expresión crítica, señalaba detalles de iluminación que consideraba inadecuados y murmuraba observaciones sobre lo rudimentario del equipo que veía, comparándolo constantemente con lo que tenían en los estudios de California. Los técnicos mexicanos lo observaban pasar con expresiones neutras que ocultaban exactamente lo que pensaban de ese hombre que había llegado hacía 3 horas y ya actuaba como si fuera dueño del lugar.

Algunos intercambiaban miradas breves cuando Coleman pasaba cerca, pero nadie decía nada porque todos necesitaban ese trabajo y porque la experiencia les había enseñado que era preferible dejar que ciertos hombres hablaran hasta agotarse. Coleman se detuvo frente a uno de los sets principales donde su equipo preparaba las luces para la primera escena que filmarían esa tarde.

 Era una escena sencilla que requería extras mexicanos vestidos de época, algo que según Coleman sería fácil de dirigir porque no demandaba actuación compleja, solo presencia y capacidad de seguir instrucciones básicas. contempló el set con los brazos cruzados mientras Thomas aguardaba a su lado con el portapapeles listo para registrar cualquier cosa que el director considerara relevante.

En ese instante, por el pasillo lateral que conectaba con los camerinos, apareció un hombre vestido con traje de charro completo, pantalones negros con botonadura de plata a los costados, chaqueta corta bordada, camisa blanca y ese sombrero ancho que identificaba de inmediato el atuendo tradicional mexicano.

El hombre caminaba con serenidad, sin apuro, con las manos en los bolsillos y una expresión relajada de alguien completamente cómodo en ese espacio. Se detuvo cerca de una columna a unos metros del set de Colman. se recargó contra la pared y sacó un cigarrillo que encendió con un movimiento casual mientras observaba el movimiento del equipo técnico.

 Colman lo vio de reojo y asumió de inmediato que era uno de los extras contratados para su producción, probablemente aguardando instrucciones sobre dónde debía ubicarse. La forma en que el hombre estaba vestido, su postura relajada y el hecho de que estuviera simplemente esperando en el pasillo confirmaban la suposición de Coleman de que se trataba de alguien sin relevancia en la jerarquía del estudio.

 El director lo examinó con la expresión de alguien evaluando ganado y entonces tomó una decisión que cambiaría completamente el resto de su jornada. se aproximó hacia donde estaba el hombre del traje de charro con pasos decididos, seguido de cerca por Thomas, que ya había levantado su portapapeles, anticipando que necesitaría anotar algo.

Colman se plantó frente al hombre y lo miró de arriba a abajo con una evaluación rápida que no intentaba disimular su naturaleza crítica. El hombre del traje de charro levantó la vista hacia Colman. con una expresión serena, dio una calada a su cigarrillo y esperó sin decir nada, con esa paciencia particular de alguien acostumbrado a que la gente se le acerque.

 Coleman notó que el hombre tenía una presencia física que no había captado desde la distancia, algo en la forma en que sostenía la mirada que sugería más seguridad de la que un extra debería mostrar. Pero el director interpretó esto como el tipo de arrogancia inútil que a veces desarrollan las personas cuando usan vestuarios llamativos.

¿Usted habla inglés? preguntó Colman en un tono que ya anticipaba la respuesta negativa. El hombre del traje de charro sonrió ligeramente. Una sonrisa que no llegaba a ser burla, pero que tampoco era completamente amistosa. Un poco, respondió en inglés con acento marcado, pero comprensible. Colman asintió satisfecho porque eso facilitaba las cosas y significaba que no requeriría un traductor para lo que estaba a punto de hacer.

 “Mire”, dijo Colman señalando el set detrás de él. “Voy a filmar una escena esta tarde y necesito que los extras comprendan algo fundamental antes de que comencemos. El cine estadounidense tiene ciertos estándares que tal vez ustedes no manejan aquí y necesito que quede claro desde el principio qué espero de las personas que van a aparecer en mi película.

 El hombre del traje de charro no respondió nada, simplemente continuó fumando su cigarrillo con esa expresión tranquila que podía interpretarse como atención o como completo desinterés. dependiendo de qué también lo conocieras. A su alrededor, algunos técnicos mexicanos que transitaban cerca habían comenzado a reducir la velocidad de sus pasos, no deteniéndose del todo, pero sí lo suficiente para escuchar lo que decía ese director estadounidense al hombre que todos conocían perfectamente bien.

 Coleman prosiguió sin notar o sin importarle la pequeña audiencia que se estaba congregando. En Hollywood trabajamos con actores preparados, con personas que han estudiado el oficio durante años en academias profesionales. Aquí en México sé que las cosas son más informales, más improvisadas y eso está bien para el cine local. hizo una demán con la mano como quien concede un punto menor.

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