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Raúl Castro vs. los Herederos de Fidel — Las Grabaciones que los Destruyeron en 72 Horas

 

2 de marzo de 2009, lunes 2:30 pm. Palacio de la revolución, La Habana. Los 15 hombres más poderosos de Cuba están sentados en la sala del buró político. Raúl Castro preside. A su izquierda, Carlos Lace Dávila, 57 años, vicepresidente del Consejo de Estado, el primer ministro de facto de Cuba. A su derecha, Felipe Pérez Roque, 43 años, ministro de Relaciones Exteriores, el más joven del gabinete revolucionario.

Raúl hace una señal, las luces se apagan. Una pantalla se enciende en la pared, comienza a sonar un audio. Es la voz de Carlos Lague, pero no está en esa sala, está en una grabación. El viejo está acabado. Ya no puede ni leer sus propios artículos sin perderse. Risas de fondo, copas que chocan. Otra voz se une. Es Felipe Pérez Roque.

 Raúl no tiene la capacidad, nunca la tuvo. Fidel era el cerebro. Raúl es solo el músculo, más risas, música de fondo. En la sala del buró político el silencio es absoluto. Carlos Laje se pone pálido. Felipe Pérez Roque mira al suelo. Los otros 13 hombres en la mesa observan sin moverse y Raúl Castro, sin expresión alguna en el rostro, deja que la grabación siga. 3 horas completas.

 sus propias voces burlándose de Fidel, criticando a Raúl, hablando de Cuba después de los Castro, como si ya fueran los dueños del país. Cuando el audio termina, Raúl finalmente habla. Parece que ustedes tienen problemas de memoria. Yo les voy a ayudar a recordar. Y vuelve a darle play.

 Quédate conmigo porque lo que pasó en esa sala ese día activó el operativo más brutal de la historia revolucionaria moderna. El plan pijama montó la purga silenciosa. La noche en que Fidel y Raúl Castro borraron a sus propios hijos espirituales del mapa sin juicio, sin defensa, sin cárceles, solo con un botón de play y 72 horas para destruir dos carreras políticas que parecían intocables.

Esta es la historia de cómo en Cuba las paredes tienen oídos y cómo una finca de lujo con piscina se convirtió en el estudio de grabación más caro de la historia política cubana. Pero para entender cómo dos de los hombres más poderosos de Cuba terminaron fumigando mosquitos en policlínicos de barrio, primero tenés que conocer quiénes eran antes de caer. Carlos Lague.

 Dávila no era el típico burócrata revolucionario. Si pensás en los líderes del 59, te imaginas a barbudos bajando de la Sierra Maestra con fusiles. Pero Laje era otra cosa. pediatra de formación, traje siempre impecable, lentes de intelectual, hablaba de PIB, de balanza comercial, de reformas estructurales y, sobre todo, salvó a Cuba del colapso.

Cuando la Unión Soviética se derrumbó en 1991 y Cuba perdió el 85% de su comercio exterior de la noche a la mañana, fue Carlos Lague quien legalizó el dólar, abrió el turismo, permitió los mercados libres campesinos, el arquitecto del periodo especial, el tecnócrata, que negoció con Hugo Chávez el acuerdo petróleo por médicos que salvó la economía cubana en los 2001 a Sus 57 años en 2009, Carlos Laje era vicepresidente del Consejo de Estado, secretario ejecutivo del Consejo de Ministros, el hombre que controlaba cada

cifra económica del país, el que negociaba con jefes de Estado extranjeros, el heredero obvio cuando la generación histórica muriera. Y había otro nombre que brillaba con la misma intensidad, Felipe Pérez Roque, nacido en 1965, el único miembro del gabinete cubano nacido después de la revolución. Durante 10 años de 1991 a 1999 fue el secretario personal de Fidel Castro. Lo acompañaba a todas partes.

Viajaba con él, tomaba notas en cada reunión. Fidel lo llamaba mi hijo. En mayo de 1999 con apenas 34 años, Pérez Roque fue nombrado ministro de Relaciones Exteriores, el más joven en la historia revolucionaria y se ganó un apodo en los pasillos diplomáticos. El pitbull de Fidel, agresivo, incisivo, defensor a muerte del antiperialismo.

En la ONU, Pérez Roque daba discursos de 2 horas defendiendo a Cuba contra Estados Unidos. Estos dos hombres no eran simplemente funcionarios, eran los herederos, los príncipes, los hijos espirituales que Fidel y Raúl habían criado para tomar las riendas de Cuba cuando la generación histórica finalmente muriera.

Imagínate ser Carlos Laje en 2008. Llevas 22 años manejando la economía cubana. Sos el hombre que mantuvo el país vivo cuando todo parecía perdido. Y sabes que cuando Raúl se retire, el puesto es tuyo. Imagínate ser Felipe Pérez Roque. Pasaste una década al lado del hombre más poderoso del Caribe.

 Conocés sus secretos y creés que ese legado es tuyo por derecho. Pero aquí viene lo más oscuro. 31 de julio de 2006. Fidel Castro cae gravemente enfermo. Perforación intestinal, cirugía de emergencia, hospitalización prolongada en el hospital Simec. Fidel transfiere temporalmente el poder a Raúl. Y durante casi 2 años Fidel está entre la vida y la muerte.

 Es durante esos 2 años cuando todo empieza a desmoronarse. Porque mientras Fidel agoniza, mientras Cuba entera contiene la respiración esperando noticias, hay hombres que empiezan a hacer planes, hombres que empiezan a hablar demasiado, hombres que se olvidan de que en Cuba incluso el silencio tiene micrófonos. Aquí entramos en la carne viva del asunto.

Al este de La Habana existía una finca, le decían la finca, nada más. Arcos de Canasí, provincia de Matanzas, unos 100 km de la capital. Propiedad de Conrado Hernández, empresario cubano español, delegado de la SPRI, Sociedad para la Promoción y Reconversión Industrial del País Vasco en Cuba.

 Amigo de la infancia de Carlos Lage. Hombre de negocios con contactos en Madrid, en La Habana, en todas partes y según la seguridad del estado cubana, espía del CNI, el Centro Nacional de Inteligencia Español. La finca tenía piscina olímpica, jardines, privacidad absoluta. Se dice que hasta desviaron un río para regar esa propiedad y ahí, en esa finca, Carlos Laje y Felipe Pérez Roque se sentían seguros.

 Organizaban fiestas los fines de semana, bebían whisky importado, hablaban sin filtros, discutían el futuro de Cuba, planeaban reformas económicas, imaginaban Cuba después de Fidel. Pero lo que no sabían es que el G2, la inteligencia cubana, había convertido esa finca en un estudio de grabación. Las paredes, los muebles, incluso el baño. Todo estaba intervenido.

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