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“Pedro Infante no quería subirse a ese avión — México nunca volvió a ser el mismo”

 

Hay decisiones que modifican el rumbo de una vida en cuestión de segundos. Decisiones tan pequeñas, tan aparentemente insignificantes, que uno jamás imaginaría que están sellando un destino. El lunes 15 de abril de 1957, Pedro Infante Cruz tomó una de esas decisiones, una que no le correspondía tomar, una que nadie esperaba, una que lo transformaría todo para siempre.

 Esa mañana Pedro despertó en su casa de Mérida. Yucatán. El sol entraba por las ventanas con esa luz dorada del Caribe Mexicano. Tenía 39 años. Estaba en la cima de su carrera. Era el hombre más querido de México, el ídolo indiscutible, el actor que llenaba cines, el cantante que hacía llorar a multitudes, el piloto aviador que desafiaba los cielos con la misma pasión con la que interpretaba un bolero.

 Pero esa mañana Pedro no era el hombre invencible que millones admiraban. Era un hombre angustiado, preocupado, desesperado por llegar al Distrito Federal cuanto antes, porque sobre su cabeza pendía una amenaza legal que lo tenía contra las cuerdas, una posible orden de arresto por Vigamia. Su esposa legítima, María Luisa León, había logrado anular el matrimonio que Pedro contrajo con Irma Dorantes al demostrar que el divorcio entre ellos fue fraudulento, que Pedro había falsificado su firma, que todo había sido un engaño. Irma estaba aterrada.

Temía que la policía llegara en cualquier momento a detenerla. El día anterior había llamado a Pedro suplicándole que regresara de inmediato, que resolviera todo, que usara sus influencias. Pedro le prometió que así sería, que hablaría con quien fuera necesario, incluso con el mismísimo presidente de la República, si hacía falta.

 Pero para eso necesitaba estar allá, necesitaba volar y ahí estaba el problema. Era Semana Santa. Los vuelos comerciales estaban saturados. Pedro había intentado conseguir un boleto en cualquier aerolínea, pero no había espacios. Todos los aviones iban llenos. Familias que viajaban a ver a sus seres queridos, turistas, peregrinos. No había lugar para él.

 No había forma de llegar a tiempo, a menos que volara en uno de los aviones de la empresa. Pedro era accionista de transportes aéreos mexicanos, SA, mejor conocida como Tamsa. La compañía tenía varios aviones de carga que cubrían rutas regulares por todo el país. Y esa mañana uno de esos aviones despegaría desde Mérida rumbo al Distrito Federal.

 Un Consolidated Ca87 Liberator Express matrícula X AU- KUK. Un tetramotor pesado, difícil de maniobrar, con fama de problemático. Un avión que Pedro conocía muy bien, demasiado bien, porque ese avión, ese maldito avión, ya le había dado varios sustos antes. Antes de continuar, no olvides suscribirte al canal.

 Si te está gustando la historia del ídolo de millones, Pedro Infante, deja tu like y comenta qué te pareció. Meses atrás, Pedro había piloteado ese mismo avión, el X aguyón Kauka, un monstruo de metal con cuatro motores y una reputación siniestra entre quienes lo conocían. Los pilotos de Tamsa sabían que ese aparato era caprichoso, que sus mandos eran duros y difíciles de manipular.

Sabían que el cuarto motor tenía tendencia a fallar, que era, en pocas palabras, un avión traicionero. Pedro lo había experimentado en carne propia aquella tarde, volando de regreso al Distrito Federal. Se preparaba para aterrizar cuando de pronto el tren de aterrizaje se atascó. Los neumáticos no bajaban, el sistema no respondía.

 Pedro intentó una y otra vez, pero nada. El pánico comenzó a invadirlo. Una aeronave de ese tamaño, intentando aterrizar sin tren de aterrizaje, podía terminar en tragedia. Podía derrapar, estrellarse, explotar. Pedro comenzó a volar en círculo sobre la ciudad mientras luchaba con los mandos. El combustible se agotaba, el tiempo se acababa, los minutos se volvieron eternos.

pensó en su familia, en sus hijos, en todo lo que había edificado con tanto esfuerzo a lo largo de su vida, en todas las promesas que había hecho y roto, como aquella vez que le prometió a Ismael Rodríguez, su gran amigo y director, que no volvería a volar, que los aviones eran demasiado peligrosos, que ya había tenido suficientes accidentes.

Incluso le firmó un contrato donde se comprometía a no subirse nunca más a una aeronave. Pero Pedro rompió esa promesa porque volar no era solo una afición para él, era una necesidad, una pasión que corría por sus venas como la sangre. Le confesó a Ismael que simplemente no podía dejarlo, que sin volar se sentía vacío, incompleto, que los cielos eran su verdadero hogar.

 Y ahí estaba atrapado en el aire con el tren de aterrizaje atascado y la muerte acechándolo. Hasta que milagrosamente el sistema se desatascó. El tren bajó y Pedro pudo aterrizar sano y salvo. Llegó a casa temblando, pálido, con el semblante desencajado. María Luisa lo vio entrar y supo que algo terrible había ocurrido.

 Cuando Pedro le contó lo sucedido, terminó su relato con una frase que quedaría grabada para siempre. “Ese maldito avión ya me ha dado varios sustos. Viejita. No me vuelvo a trepar a él, te lo juro. Pero los juramentos de Pedro Infante tenían fecha de caducidad, porque esa mañana del 15 de abril de 1957, cuando llegó al aeropuerto de Mérida en su motocicleta, descubriría que el único avión disponible para llevarlo al Distrito Federal era precisamente el X AU KUKA, el mismo que había jurado no volver a abordar. El mismo que casi lo

mató, el mismo que en unas horas cumpliría su amenaza. Pedro se quedó observando aquel gigante de metal con la mirada fija y el corazón encogido. Sabía lo que representaba, conocía el riesgo, pero también sabía que no tenía alternativa. Tenía que llegar, tenía que resolver el conflicto legal, tenía que proteger a Irma.

 El destino, con su ironía cruel lo ponía frente a frente con su peor pesadilla. Y Pedro, siendo Pedro, decidió enfrentarlo. La historia de amor entre Pedro Infante y los aviones comenzó mucho antes de ese fatídico día. Fue una pasión que nació cuando apenas tenía 28 años, cuando la fama empezaba a sonreírle y el dinero finalmente le permitía cumplir sueños que de niño parecían imposibles.

Su primer gran sueño no fue adquirir una mansión, no fue un automóvil de lujo, fue una avioneta, un pequeño aparato que le permitiría tocar el cielo con las manos. Pedro tomó clases de aviación con una obsesión casi enfermiza desde el primer día. Pasaba horas estudiando manuales, practicando maniobras, sintiendo como el viento jugaba con las alas de su aeronave.

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