Allá arriba en las nubes, lejos del ruido, del acoso, de las exigencias, Pedro encontraba calma, encontraba silencio, encontraba una versión de sí mismo que nadie más conocía. El hombre detrás del ídolo, el ser humano detrás de la leyenda. En 1949 finalmente obtuvo su licencia de piloto aviador. Durante el examen médico le detectaron problemas de la vista, le exigieron usar lentes al volar, pero eso no lo detuvo.
Para celebrar se adquirió una segunda avioneta y luego una tercera y una cuarta. A lo largo de 11 años, Pedro llegaría a poseer siete aeronaves. Algunas las obsequió a sus maestros de aviación, otras las vendió, pero todas fueron parte de esa adicción que lo consumía. Sin embargo, Volar también trajo consigo el sufrimiento. Los accidentes comenzaron casi desde el principio.
Pequeños incidentes que con el tiempo se volvieron cada vez más graves. En Sinaloa, su avioneta se estrelló contra unos maisales. Pedro salió con vida, pero el impacto le dejó una cicatriz permanente en el lado derecho de la barbilla. Una marca que portaría el resto de su vida. un recordatorio de que el cielo cobra sus deudas.
Dos meses después de obtener su licencia, Pedro vivió el peor susto de su existencia. Fue en Sitácuaro, Michoacán. Volaba acompañado de su pareja, Lupita Torrentera. El clima se tornó turbulento y Pedro perdió el control. La avioneta comenzó a descender en picada hacia la Tierra con una velocidad aterradora e imparable. Se estrelló contra una parcela con una violencia brutal.
El aparato rebotó varias veces como una pelota de acero hasta volcarse por completo. Lupita salió prácticamente ilesa, pero Pedro no tuvo la misma suerte. El impacto le fracturó el cráneo. La herida era tan profunda que se podía ver parte de su cerebro. Los testigos creyeron que estaba muerto, que no había posibilidad de que sobreviviera.
El aperopedro infante tenía una fuerza descomunal, una voluntad de hierro. Combatió a la muerte y salió victorioso. Los médicos le preservaron la vida, pero otra cicatriz quedaría marcada en su frente, otra advertencia del destino. Después de ese accidente, Pedro prometió no volver a volar jamás.
Lo juró frente a sus seres queridos, frente a sus amigos, frente a Dios. Pero las promesas de Pedro Infante duraban poco cuando se trataba de aviones, porque el cielo lo convocaba con una voz que no podía ignorar. Y él y otra vez respondía a ese llamado. El lunes 15 de abril de 1957 amaneció como cualquier otro día en Mérida.
El aire cálido del Caribe mexicano entraba por las ventanas de la casa donde Pedro había pasado la noche. Se levantó temprano. Su ayudante doméstica le preparó unos huevos rancheros para el desayuno. Pedro comió despacio e pensativo. Tenía la mirada perdida, como si presintiera que algo estaba por cambiar, como si una parte de él anticipara lo que vendría.
Terminó de desayunar, se vistió y bajó al sótano donde resguardaba su motocicleta. Una máquina poderosa y reluciente que reflejaba perfectamente su personalidad apasionada e intensa. Pedro adoraba la velocidad, la adrenalina, el viento golpeando su rostro mientras devoraba kilómetros. subió a la moto, encendió el motor y salió disparado rumbo al aeropuerto.
No sabía que esa sería la última vez que conduciría, la última vez que sentiría ese viento, la última vez que sus pies tocarían tierra firme. Cuando llegó al aeropuerto, el mecánico marciano Bautista lo recibió con una noticia que debió haberlo hecho reconsiderar todo. El avión X- Cauca, el mismo que Pedro había jurado no volver a abordar, había presentado una falla mecánica en el cuarto motor.
Marciano había pasado toda la noche trabajando en él, reparándolo, haciendo todo lo posible para dejarlo en condiciones de volar. 706 caracteres revisando. Pero aquí está el detalle que hiela la sangre. Nadie podía confirmar con certeza que la reparación había funcionado. Marciano era un excelente mecánico, de los mejores, pero el tiempo apremiaba.
El avión tenía que despegar y Pedro tenía que estar en ese vuelo. Así que aunque las dudas existían, la resolución ya estaba tomada. El X- Kuk volaría y Pedro volaría con él. Acompañando a Pedro en la cabina estaría el capitán Víctor Vidal, uno de sus instructores de aviación, un hombre experimentado, capaz y respetado, pero que irónicamente se encontraba en incapacidad laboral por una cirugía reciente.
No debería estar volando, no debería estar ahí. Pero cuando Pedro le solicitó el favor, Vidal no pudo negarse, porque así era Pedro. generoso, leal, capaz de despertar en los demás una lealtad ciega e incondicional. Antes de subir al avión, el capitán Vidal inspeccionó minuciosamente la carga que transportaría la aeronave y lo que encontró lo perturbó profundamente.
La distribución del peso estaba completamente mal organizada. En un avión como el X agua. Eso era mortal. Un descuido así podía hacer que el aparato se inclinara en pleno vuelo, que perdiera estabilidad y se precipitara. Vidal ordenó a los empleados que rectificaran la carga de inmediato. Ellos acataron, pero el daño ya estaba hecho, porque aunque reordenaron todo, el avión continuaba siendo un monstruo difícil de domar.
Y ese día estaba especialmente rebelde. Pedro ascendió a la cabina, se acomodó en el asiento del copiloto. Marciano Bautista, el mecánico, también abordó para vigilar que el motor reparado funcionara correctamente durante el trayecto. Tres hombres, un avión maldito, un destino sellado. Eran las 7:40 de la mañana cuando el X Aguenzó a rodar por la pista.
Desde la torre de control, la señora Carmen Lagunas observaba el avión aproximarse a la pista número 10. Era una mañana tranquila, apenas había tráfico aéreo, todo lucía rutinario. Ella otorgó la autorización para despegar. El capitán Vidal al mando incrementó la potencia de los motores. El gigantesco tetramotor comenzó a devorar la pista.
El rugido de los cuatro motores llenaba el aire. Las llantas giraban cada vez más velozmente, el avión ganaba velocidad. Y finalmente, después de recorrer cientos de metros, el XU Kuka se elevó del suelo, pero algo estaba mal. Los testigos que observaban desde tierra notaron que la aeronave no ascendía como debería.
Se elevaba, sí, pero con una lentitud inquietante, como si una fuerza invisible lo jalara hacia abajo. Pedro, desde la cabina reportó a la torre de control que no hubo novedad en el despegue, que todo estaba en orden, pero sus palabras no coincidían con lo que sus ojos percibían, porque aunque el despegue había sido técnicamente correcto, el avión no respondía como debía.
Marciano Bautista revisaba los instrumentos con atención. El cuarto motor, aquel que había reparado durante toda la noche, parecía estar funcionando, al menos por ahora, pero el avión seguía sin ganar altitud. Pedro y el capitán Vidal intentaron hacer que el aparato ascendiera. Tiraron de los controles, ajustaron la potencia, pero el X agón Kaauca se negaba a obedecer.
Pasaron 2 minutos. El capitán Vidal comenzó a girar la aeronave para tomar rumbo al Distrito Federal, pero ese giro provocó que el avión perdiera aún más empuje en el momento más crítico del vuelo. La física es implacable. Un avión que gira pierde velocidad y un avión que pierde velocidad pierde sustentación.
El X aguk empezó a descender apenas unos metros. Pero fue suficiente para que la alarma se encendiera en la mente de ambos pilotos. Resolvieron entonces cambiar de táctica. En lugar de girar, continuarían en línea recta, ganarían más altitud, más potencia y luego, cuando estuvieran seguros, retomarían la ruta.
El avión respondió, comenzó a subir de nuevo. Pedro y Vidal respiraron aliviados. Quizás todo saldría bien. Quizás llegarían al Distrito Federal sin contratiempos. Quizás el destino les concedería una oportunidad, pero el destino no estaba de humor para otorgar favores. Esa mañana fatídica. Intentaron nuevamente girar para retomar la ruta y fue entonces cuando el infierno se desató por completo.
El avión comenzó a perder empuje otra vez. Pero esta vez no fue solo eso. El cuarto motor, aquel que Marciano había reparado, comenzó a echar humo, un humo oscuro y denso que salía de las entrañas del motor como un grito de agonía. Los testigos en tierra lo presenciaron con horror.
Aquel monstruo de metal que sobrevolaba sus viviendas estaba en serios problemas y dentro de él tres hombres luchaban desesperadamente por mantenerlo en el aire. Fue entonces cuando se cree que Pedro tomó una decisión fatal. cambió de posición con el capitán Vidal y se hizo cargo de los controles porque Pedro era fuerte, musculoso, capaz de manipular las duras palancas del X a guion Cauca con una fuerza que pocos pilotos poseían.
Pedro sujetó los controles con toda su energía mientras sus nudillos se ponían blancos de la tensión. Sus músculos se tensaron al máximo. Sus manos, esas mismas manos que habían tocado guitarras, que habían acariciado rostros, que habían estampado autógrafos para miles de admiradores, ahora combatían contra un monstruo de metal que se rehusaba a obedecer.
El cuarto motor seguía expulsando humo, cada vez más, cada vez peor. Y entonces ocurrió lo que todos temían. El motor comenzó a incendiarse, las llamas brotaron como una herida abierta. El fuego se alimentaba de la gasolina que goteaba del depósito. Y el viento, ese viento que Pedro tanto amaba cuando volaba en calma, ahora era su adversario porque avivaba las llamas, las hacía crecer y las esparcía por el fuselaje.
El X agón Cauca ya no era solo un avión en apuros, era una bomba voladora. Pedro sabía que no podía continuar el viaje. Regresar al aeropuerto era la única salida posible, pero aquí fue donde cometió el error que sellaría su destino. Un error que los expertos en aeronáutica señalarían después como fatal, un error de principiante. Porque Pedro, a pesar de su experiencia, a pesar de sus años sobrevolando cielos, a pesar de su devoción por la aviación, seguía siendo humano y en instantes de pánico, hasta los más valientes cometen equivocaciones.
intentó dar la vuelta de regreso al aeropuerto, pero girar un avión pesado, con carga, con un motor incendiado y sin altitud suficiente es prácticamente una sentencia de muerte. El avión comenzó a inclinarse hacia la derecha, justo del lado donde ardía el motor en llamas. La aeronave perdió estabilidad, el equilibrio se quebró y entonces, como en cámara lenta, el X agua, comenzó a caer.
Pedro combatió con los controles, tiró de ellos con toda su fuerza, lanzó órdenes desesperadas. El capitán Vidal intentaba colaborar desde su posición. Marciano Bautista desde atrás contemplaba con horror como el suelo se aproximaba cada vez más velozmente. Los tres sabían lo que se avecinaba. Los tres comprendían que no había escapatoria, pero ninguno se rindió, porque así son los hombres que desafían el cielo.
Pelean hasta el último instante. Pedro divisó las casas abajo, vio los árboles, distinguió un patio y con el último vestigio de control que le quedaba, dirigió el avión hacia ese patio, lejos de las casas, lejos de la gente, porque si iba a morir, al menos no arrastraría a nadie más con él. Esa fue su última resolución, su postrer acto de heroísmo, inmolarse para preservar a otros.
El X- KUK se estrelló con una violencia indescriptible. El impacto fue tan brutal que el avión se volteó de cabeza. El fuego del motor se propagó por todas partes. La gasolina ardía, el metal se retorcía y en medio de ese infierno, Pedro Infante y el Capitán Vidal quedaron atrapados entre los restos. Marciano Bautista también.
Los tres cuerpos destrozados, irreconocibles, fundidos con el metal del avión, que había sido su tumba. El patio donde cayó el avión se transformó en un cementerio improvisado. Las llamas ascendían hacia el cielo, como si quisieran llevarse el alma de Pedro, de regreso a donde pertenecía, a las nubes, a la libertad, al lugar donde siempre fue dichoso.
La noticia se propagó como pólvora. Primero fueron los gritos de los vecinos que presenciaron caer al avión, luego las llamadas desesperadas a los bomberos, después los reporteros que acudieron al lugar y finalmente la confirmación que paralizó a todo México. Pedro Infante había fallecido, el ídolo de millones, el hombre invencible, el rey del cine mexicano, el cantante que hacía llorar con sus boleros, el actor que colmaba las salas, el piloto que desafiaba los cielos, había caído para siempre y esta vez no se levantaría. En el Distrito Federal,
María Luisa León recibió la noticia como un golpe devastador al corazón que la dejó sin aliento. La mujer que había aguardado a Pedro toda la noche anterior. La mujer a quien Pedro le había relatado el incidente con el X agua, meses atrás. La mujer a quien Pedro le había jurado que no volvería a subirse a ese maldito avión.
Ahora ese mismo aparato le había arrebatado al hombre que amaba. La ironía del destino era cruel, despiadada, inapelable. Irma Dorantes también se enteró. La mujer por quien Pedro viajaba con tanta urgencia. La mujer que había llamado angustiada solicitando ayuda. La mujer que temía ser detenida. Ahora sus problemas legales parecían insignificantes frente a la magnitud. de la pérdida.
Pedro había muerto intentando llegar a ella, intentando resguardarla, intentando resolver un conflicto que al final no importaba, porque nada importa cuando la muerte llega a cobrar sus deudas. El hermano de Pedro, ángel infante, tuvo que realizar la tarea más desgarradora que un ser humano puede enfrentar, reconocer los restos de su hermano.
Llegó al lugar del accidente y contempló los escombros. Vio el metal retorcido, observó las cenizas y entre todo eso tuvo que identificar lo que quedaba de Pedro. fragmentos, pedazos, nada que se asemejara al hombre vital, fuerte y sonriente que había sido. El fuego había sido implacable, el impacto había sido devastador.
Pedro Infante, el hombre más apuesto de México, ahora era irreconocible. Los restos fueron trasladados al Distrito Federal el miércoles 17 de abril, dos días después del accidente. Dos días en los que México entero lloró como nunca antes lo había hecho en toda su historia reciente. Porque Pedro no era solo un actor, no era solo un cantante, era parte del alma nacional, era el orgullo de un pueblo, era el símbolo de toda una época.
Y ahora ese símbolo yacía en un ataúd. El cortejo fúnebre que recorrió las calles del Distrito Federal fue algo nunca antes visto. Miles, cientos de miles de personas salieron a despedirlo. Mujeres que lloraban desconsoladas. Hombres que retiraban sus sombreros en señal de respeto, niños que apenas comprendían lo que ocurría, pero sentían el peso del dolor colectivo.
Las calles se llenaron de flores, fotografías y carteles que proclamaban: “Pedro, nunca morirás.” Y tenían razón, porque la muerte física de Pedro Infante no significó su desvanecimiento del mundo, al contrario, lo inmortalizó para siempre y lo convirtió en leyenda, en mito, en algo más grande que la vida.
¿Por qué Pedro abordó ese avión? Esa es la interrogante que ha atormentado a historiadores, fanáticos y familiares durante décadas, porque Pedro tenía alternativas. Podría haber esperado un día más. Podría haber viajado en autobús. Podría haber usado sus contactos para conseguir un boleto de última hora en algún vuelo comercial, pero no lo hizo.
Eligió abordar el X AU Cauca, el mismo avión que había jurado no volver a pilotar. ¿Por qué? Algunos afirman que fue la urgencia, que el problema legal con Irma Dorantes lo tenía tan perturbado que no podía razonar con claridad, que necesitaba llegar de inmediato para resolverlo todo antes de que fuera demasiado tarde.
Y es cierto, Pedro soportaba una presión enorme en ese momento. La amenaza de arresto pendía sobre su cabeza como una espada afilada dispuesta a caer en cualquier instante. Pero era razón suficiente para arriesgar su vida en un avión que sabía era peligroso. Otros sostienen que fue orgullo que Pedro, siendo accionista de Tamsa, no podía permitirse evidenciar temor ante su propio equipo.
que abordar el XUI KUK era una forma de demostrar confianza en la empresa, demostrar que los aviones de Tamsa eran seguros, aunque él mismo supiera que no era verdad. El orgullo puede llevar a un hombre a tomar decisiones fatales. Y Pedro tenía orgullo en abundancia. Pero quizás la verdadera razón fue más simple, más profunda, más trágica.
Pedro amaba volar, no podía existir sin ello. Le había confesado a Ismael Rodríguez que volar era lo que más amaba en la vida, que sin los cielos se sentía vacío e incompleto. 740 caracteres revisando que necesitaba esa adrenalina, esa libertad, esa conexión con algo superior a él mismo para sentirse vivo.
Y quizás, solo quizás Pedro sabía que el X- KUK era peligroso. Sabía que podía morir, pero eligió abordar de todas formas porque prefería fallecer volando que existir sin volar. Hay algo poético en eso, algo desgarrador, pero también hermoso. Porque Pedro Infante no murió en una cama de hospital, no murió anciano y olvidado.
No murió extinguiéndose lentamente. Murió haciendo lo que amaba. Murió en los cielos. murió siendo Pedro infante y eso, de alguna manera retorcida, es lo que lo preservó vivo en la memoria colectiva. Porque los héroes que mueren jóvenes jamás envejecen, nunca pierden su resplandor, nunca se vuelven irrelevantes. Pedro tenía 39 años cuando falleció.
Estaba en la cima de su belleza, su talento y su fama. Y así se quedó para siempre, congelado en el tiempo, perfecto, inmortal, eterno en el corazón de México. Las teorías conspirativas no tardaron en surgir. Algunos aseguraban que Pedro no había muerto, que había simulado su fallecimiento para escapar de sus problemas, que vivía oculto en algún poblado perdido de México, que alguien lo había reconocido en cierto lugar.
Pero todas esas especulaciones nacían del mismo sitio. La negación, la incapacidad de aceptar que alguien tan grande, tan vivo, tan presente pudiera simplemente desvanecerse. Sin embargo, Pedro sí murió. Los restos fueron identificados. El funeral fue real, las lágrimas fueron genuinas y el vacío que dejó fue absolutamente real.
Un vacío que México resintió profundamente durante muchos años y que jamás ha podido ser llenado por ningún otro artista nacional. Nadie ha logrado ocupar el espacio que dejó en el alma de un pueblo que lo adoró sin reservas ni límites. Si analizamos con frialdad la cadena de eventos que condujeron a la tragedia, hallamos una secuencia escalofriante de decisiones y coincidencias.
Cada una por sí sola podría haber resultado insignificante, pero entre lasadas tejieron el destino fatal de Pedro Infante. Primero, el conflicto legal con Irma Dorantes. Si María Luisa León no hubiera logrado anular el matrimonio, Pedro no habría tenido la urgencia de viajar ese día. Habría aguardado, habría tomado un vuelo comercial días después.
Segundo, la Semana Santa. Si no hubiera sido temporada alta de viajes, Pedro habría conseguido un boleto en cualquier aerolínea. Tercero, la disponibilidad del X aka. Si ese día no hubiera existido ningún vuelo de Tamsa, Pedro habría tenido que esperar sin más remedio. Cuarto, la falla del cuarto motor.
Si Marciano Bautista hubiera contado con más tiempo para verificar la reparación, quizás habría detectado que algo seguía mal. Pire, pero el tiempo no alcanzó y el motor falló en el peor momento posible. Quinto, la deficiente distribución de la carga. Si los empleados hubieran desempeñado bien su labor desde el inicio, el avión habría tenido mayor estabilidad, pero no lo hicieron.
Y aunque Vidal corrigió el error, el perjuicio ya estaba ocasionado. Sexto, la incapacidad laboral del capitán Vidal. Si Vidal hubiera acatado su reposo médico, otro piloto habría comandado ese vuelo ese día. Quizás alguien con mayor fortaleza física, quizás alguien que hubiera tomado decisiones más acertadas en el instante crítico.
Séptimo, la determinación de Pedro de tomar los controles. Si hubiera permitido que Vidal continuara piloteando, quizás el desenlace habría sido diferente. Pero Pedro era Pedro. confiaba en su vigor, en su destreza y esa confianza lo condujo a la muerte. Octavo, el intento de retornar al aeropuerto. Si Pedro hubiera continuado adelante, si hubiera buscado un terreno más lejano para un aterrizaje de emergencia, quizás habría tenido más margen para estabilizar la aeronave, pero el pánico lo llevó a tomar la decisión equivocada
y en el aire no existe vuelta atrás. Cada pieza se encajó con precisión siniestra. en el rompecabezas de la tragedia, como si el destino hubiera orquestado cada detalle desde el amanecer de aquel funesto día, como si desde el momento en que Pedro despertó esa mañana, su muerte ya estuviera inscrita y únicamente faltaba que se consumara.
Hay quienes creen en el destino, hay quienes sostienen que todo está predeterminado, que sin importar las decisiones que tomemos, el desenlace siempre será el mismo. Y al contemplar la historia de Pedro Infante, resulta difícil no compartir esa creencia, porque todos los senderos lo conducían al XU Kuka. Todas las elecciones lo aproximaban a ese avión maldito, como si el firmamento lo estuviera convocando, como si hubiera llegado la hora de retornar a casa.
Pedro no era únicamente un artista, era una fuerza que desafiaba los límites entre lo terrenal y lo eterno, entre lo posible y lo que parece imposible. Era un hombre que vivía con una intensidad tan desbordante que el mundo ordinario le resultaba demasiado pequeño. Hay una frase que resuena una y otra vez cuando se evoca a Pedro Infante.
Pedro nunca murió. Y es verdad. Porque la muerte solo se vuelve real cuando alguien cae en el olvido, cuando su nombre deja de pronunciarse, cuando sus películas dejan de proyectarse, cuando sus melodías dejan de entonarse, cuando su historia deja de narrarse. Y nada de eso ha sucedido con Pedro. Décadas después de su partida, Pedro Infante continúa siendo un icono imperecedero.
Sus filmes se siguen transmitiendo en televisión. Sus canciones se siguen entonando en cantinas, celebraciones y serenatas. Su rostro persiste en murales, camisetas y altares. Su nombre permanece como sinónimo de México, de talento, de pasión y de vida auténtica. Porque Pedro no era solo un hombre, era una fuerza de la naturaleza que transformaba todo lo que tocaba.
Era alegría en movimiento, era carisma en estado puro, era la clase de persona que iluminaba cualquier espacio con solo aparecer, que arrancaba carcajadas a quienes lo rodeaban, que cantaba con el alma expuesta, que actuaba volcando su corazón entero, que vivía cada segundo de su existencia con una intensidad arrolladora.
Y quizás por esa razón tuvo que partir joven, porque alguien con esa vitalidad, con esa pasión, con ese fuego interno tan poderoso, no estaba hecho para la vejez ni para el ocazo lento. Estaba destinado a brillar con toda su fuerza y consumirse en un destello de luz cegadora. Y eso fue exactamente lo que ocurrió.
Su partida no fue un apagón, sino una explosión de luz que iluminó para siempre la memoria de su nación. Pedro Infante no se apagó. Se convirtió en una llama eterna que ningún viento ha podido extinguir jamás. El día que Pedro ascendió al X a guion Cauca, conocía los riesgos. Sabía que ese avión era peligroso.
Sabía que podía morir, pero subió de todas formas. Porque esa era su esencia, confrontar el peligro, perseguir la adrenalina, habitar el límite entre la vida y la muerte. Y al final fue precisamente esa naturaleza la que lo mató, pero también fue esa misma naturaleza la que lo preservó eternamente vivo en la memoria de quienes lo amaron.
Hay algo profundamente humano en la historia de Pedro Infante, porque todos nosotros en algún momento hemos debido tomar decisiones difíciles. Hemos tenido que escoger entre la seguridad y la pasión, entre lo prudente y lo que verdaderamente anhelamos. Y la mayoría optamos por la seguridad. Elegimos lo sensato, sin dudarlo.
Pero Pedro eligió de manera distinta. Eligió volar, eligió la pasión, eligió existir plenamente, aunque eso le costara la vida. Y por esa razón su historia continúa resonando con fuerza en cada generación, porque nos recuerda que la existencia no se mide por cuánto tiempo vivimos, sino por la intensidad con que lo hacemos. No se trata de esquivar los riesgos, sino de perseguir lo que amamos con determinación.
No se trata de sobrevivir, sino de vivir de verdad. Pedro Infante no le correspondía volar ese día. Había 1000 motivos para no abordar ese avión, pero lo hizo. Y aunque esa resolución le costó la vida, también lo inmortalizó para siempre. Porque murió siendo fiel a su esencia. Murió haciendo lo que amaba. murió siendo Pedro infante.
Y por esa razón, aunque su cuerpo reposa en un campo santo, su espíritu continúa surcando los cielos allá arriba en las nubes, donde siempre quiso estar, libre, eterno, inmortal. Pedro infante nunca murió, simplemente ascendió a otro plano, del terrenal al celestial, y ahí permanece sonriendo, cantando, volando para siempre entre las estrellas.
Su legado trasciende generaciones, su voz sigue estremeciendo corazones, su imagen sigue encendiendo la memoria de un pueblo que lo eligió como su ídolo más entrañable. Porque algunos seres no nacen para existir entre nosotros de manera ordinaria. Nacen para transformarse en leyenda, en símbolo, en espejo, donde una nación entera se reconoce y se enorgullece.
Pedro fue, es y será México para siempre. M.