El cuello de su camisa blanca estaba desilachado y amarillento por el uso y los lavados. Sus pantalones grises lucían lustrosos de tanto desgaste en las rodillas y el trasero. Pero lo que más impactó a Pedro fueron los zapatos. Zapatos negros gastados cuyo cuero se había resquebrajado en múltiples lugares. Consuelas tan delgadas que Pedro podía ver un trozo de cartón doblado asomándose por el zapato derecho, colocado ahí para tapar un agujero en la suela.
Y esos lentes oscuros, gruesos, del tipo que usan las personas con problemas severos de visión. Don Jacinto mantenía la cabeza ligeramente inclinada hacia arriba, como si estuviera escuchando el mundo en lugar de verlo, como si sus oídos hubieran tenido que compensar lo que sus ojos ya no podían hacer. Pedro se arrodilló frente a él en el piso del teatro, sin importarle que su traje blanco de 800 pesos rozara el piso polvoriento que no había sido barrido adecuadamente antes del show.
Sus rodillas tocaron el suelo con un sonido sordo que el micrófono inalámbrico prendido en su solapa captó y amplificó. Don Jacinto”, dijo Pedro con voz entrecortada, que emergía más como un gemido que como palabras. “Don Jacinto, ¿qué le sucedió? ¿Por qué porta esos lentes? ¿Por qué está así?” Su voz salía quebrada, cargada de una emoción que no intentaba disimular, y el micrófono inalámbrico recogía cada palabra, cada respiración entrecortada, transmitiéndola a todo el teatro a través de los altavoces. Don Jacinto
extendió una mano temblorosa, con dedos nudosos y manchados, buscando el rostro de Pedro en el aire frente a él. Sus dedos se desplazaban con incertidumbre. palpando el espacio vacío hasta que finalmente hallaron la mejilla de Pedro. Cuando lo tocó, sus dedos se detuvieron ahí temblando, reconociendo los contornos de ese rostro con la ternura de alguien que reencuentra algo que creía perdido para siempre.
“Me quedé ciego hace 8 años, muchacho.” dijo don Jacinto con voz ronca por la edad y la emoción. Diabetes. Primero fue el ojo izquierdo. Se nubló paulatinamente durante 6 meses hasta que solo distinguía sombras. Luego el derecho. Ese se fue más rápido. En tres meses. Los médicos dijeron que no había nada que hacer.
Pedro sintió que algo se fracturaba dentro de su pecho. Era una sensación física, real, como si una mano invisible le estuviera comprimiendo el corazón. Sus ojos se llenaron de lágrimas que comenzaron a descender por sus mejillas sin que hiciera nada por detenerlas. “¿Y por qué no me buscó?”, preguntó Pedro con voz desesperada.
“¿Por qué no me mandó a avisar? ¿Por qué no me escribió? Yo hubiera venido. Yo hubiera sufragado los médicos. Yo hubiera don Jacinto lo interrumpió con una sonrisa triste que mostraba dientes amarillentos y desiguales. Negó con la cabeza lentamente mientras sus dedos todavía reposaban sobre la mejilla húmeda de Pedro.
“Buscarte”, repitió con una risa amarga que no tenía nada de alegría. Pedro, tú eres Pedro Infante, el hombre más célebre de México, el ídolo de millones. apareces en las películas, en las revistas, en todos los periódicos. Habitas en un mundo completamente distinto al mío. Hizo una pausa tragando saliva con dificultad.
¿Cómo iba yo, un viejo músico ciego de Guamuchil que apenas puede pagar su renta a encontrarte? ¿Cómo iba a sortear los guardias, los secretarios, los managers? toda esa gente que resguarda a las estrellas de la gente común como yo. Su voz se quebró aún más. Ni siquiera sabía si te acordabas de mí. Han pasado tantos años.
Pensé que quizás ya me habías olvidado, que yo solo había sido uno más de los tantos que cruzaron por tu vida antes de que fueras famoso. Las palabras cayeron como piedras sobre Pedro. Cada una era un golpe directo a su conciencia, a su culpa, a su vergüenza de haber permitido que esto ocurriera. Toda la audiencia escuchaba en silencio absoluto, tan denso que se podía percibir la respiración colectiva de 18 personas conteniendo el aliento.
Algunas mujeres en las primeras filas ya lloraban abiertamente sin conocer todos los detalles de lo que acontecía. pero sintiendo el peso emocional del momento como si fuera una ola que las arrastraba. Hombres que habían asistido al concierto únicamente para acompañar a sus esposas se encontraban limpiándose los ojos sin percatarse.
Pedro se incorporó lentamente, apoyándose en el respaldo de la butaca frente a él. se volvió hacia el público sin soltar el hombro huesudo de don Jacinto. Su maquillaje estaba arruinado por las lágrimas. Su traje blanco tenía manchas de polvo en las rodillas, pero no le importaba nada de eso. Su voz emergió fuerte, aunque cargada de una emoción cruda, cuando habló por el micrófono.
Este señor que ven aquí sentado en primera fila es don Jacinto Medina. Él fue mi primer maestro de música cuando yo era un niño pobre en Guamuchil, Sinaloa. Tenía 11 años y trabajaba en la carpintería de mi padre desde las 6 de la mañana hasta las 8 de la noche, fabricando sillas y mesas de madera de pino para vender en el mercado.
Pedro hizo una pausa para dominar su voz que amenazaba con quebrarse completamente. Mi padre deseaba que yo aprendiera el oficio de carpintero porque decía que era un trabajo honesto y seguro. Pero yo detestaba ese trabajo. Detestaba el olor a barniz, el dolor en las manos llenas de astillas, la monotonía de lijar durante horas.
Yo quería hacer algo distinto, pero no sabía qué. Señaló a don Jacinto con la mano que tenía libre. Un sábado, don Jacinto llegó a nuestro barrio con un violín bajo el brazo. Buscaba estudiantes para impartir clases de música. Cobraba dos pesos al mes por alumno, que en ese tiempo era casi nada, pero para mi familia era muchísimo.
2 pesos era lo que costaba un kilo de frijoles y medio de arroz. La audiencia escuchaba cada palabra como si estuviera hipnotizada. Yo le dije a don Jacinto que quería aprender, pero que no tenía dinero. Y él me miró directo a los ojos con esa forma que tienen los maestros de ver más allá y me dijo, “No importa el dinero, si tienes ganas de aprender, yo tengo ganas de enseñar.
” Pedro se secó las lágrimas con el dorso de la mano, manchando aún más su maquillaje. Durante dos años completos, don Jacinto vino cada sábado a las 3 de la tarde a mi casa. me prestó un violín de madera de cedro que era su segundo instrumento. Me enseñó las notas, los acordes, las escalas, todo desde cero.
Y nunca, nunca en esos dos años me cobró un solo centavo. La voz de Pedro se elevó con emoción creciente. Pero don Jacinto no solo me instruyó en música, me enseñó algo más valioso. me enseñó que yo valía algo, que poseía un talento especial, que no estaba destinado a pasarme la vida lijando sillas en un taller oscuro de Guamuchil.
Hizo una pausa dejando que las palabras resonaran en el teatro. Después de año y medio de clases, don Jacinto me reveló algo que transformó mi vida para siempre. Y me dijo, “Pedro, tú no estás hecho para ser carpintero. Tienes algo especial en la voz, algo que no se puede enseñar y tú lo tienes.” Pedro dirigió su mirada a la audiencia barriendo desde el balcón hasta las primeras filas.
Cuando cumplí 17 años, le comuniqué a mi padre que quería ir a la Ciudad de México a intentar ser actor o cantante. Mi padre se enojó muchísimo. Me gritó que era un soñador idiota, que terminaría muerto de hambre en las calles de la capital. Mi madre lloró durante tres días, suplicándome que no me marchara.
Su voz se suavizó, pero don Jacinto me respaldó. vino a mi casa y conversó con mis padres durante dos horas. Les dijo que yo poseía un talento genuino, que sería un desperdicio quedarme en Guamuchil. Les prometió que si fracasaba, él mismo pagaría mi pasaje de regreso. La audiencia estaba completamente absorta. Mis padres finalmente se dieron porque confiaban en don Jacinto.
Y el día que partí, don Jacinto me obsequió 20 pesos de sus propios ahorros, 20 pesos que probablemente necesitaba para su propia familia. me abrazó en la terminal de autobuses y me dijo, “Cuando seas famoso, no olvides de dónde vienes.” Pedro bajó la cabeza, incapaz de mirar a don Jacinto por un instante. Le prometí que regresaría a visitarlo.
Le prometí que cuando triunfara volvería a agradecerle. Le prometí que jamás lo olvidaría. El silencio en el teatro era tan denso que parecía sólido. “Pero nunca regresé”, confesó Pedro con voz desgarrada. “me extravié en la ciudad. Al principio batallé muchísimo. Dormía en cuartos de azotea. Comía una vez al día.
Iba audiciones donde me rechazaban, pero poco a poco conseguí papeles pequeños, luego más grandes. Y mientras yo habitaba esa vida, subiéndome a escenarios cada vez más grandes, acumulando dinero, haciéndome famoso, mi maestro, el hombre que hizo todo esto posible, permanecía en Guamuchil sin que yo supiera nada de él, sin que hiciera esfuerzo alguno por buscarlo, sin cumplir la promesa que le había hecho frente a ese autobús hace 22 años.
Pedro volvió la mirada hacia don Jacinto, que continuaba sentado con lágrimas brotando por debajo de sus lentes oscuros, completamente ajeno al tumulto emocional que su presencia había desatado. Y ahora resulta que don Jacinto está ciego, que perdió la vista hace 8 años por diabetes, que probablemente ha vivido en pobreza todo este tiempo, mientras yo habito una casa grande, conduzco coches caros y cobro 10,000 pesos por concierto.
La culpa en su voz era palpable, dolorosa de escuchar. El público estaba en completo silencio, pero la emoción colectiva en el teatro era casi tangible, como electricidad en el aire antes de una tormenta. Don Jacinto negó con la cabeza y levantó una mano temblorosa. No, Pedro, expresó con voz firme a pesar de las lágrimas. No te culpes.
Yo jamás te culpé por nada, ni un solo día. Pedro se arrodilló nuevamente frente a él, tomando esa mano temblorosa entre las suyas. Pero don Jacinto, el anciano, lo interrumpió apretando la mano de Pedro con más fuerza de la que parecía posible en alguien tan frágil. Escúchame bien, muchacho. Cada vez que te veía en una película en el cine del pueblo, cada vez que escuchaba tus canciones en la radio, me sentía orgulloso, tan orgulloso, que mi pecho se hinchaba como si fuera a explotar.
Su voz se quebró, pero continuó. Yo les decía a todos en el pueblo, ese muchacho fue mi alumno. Yo le enseñé las primeras notas. Yo le dije que tenía talento y la gente me observaba como si estuviera inventando historias, como si fuera un anciano presumiendo de cosas que no eran ciertas. Pero a mí no me importaba.
Yo conocía la verdad. Don Jacinto se limpió las lágrimas con el dorso de su mano huesuda. Nunca aguardé que me buscaras, Pedro. Nunca esperé recompensa ni reconocimiento. Yo te enseñé porque era lo correcto. Las palabras del anciano hicieron que Pedro llorara con más intensidad. Varios hombres y mujeres en la audiencia sozaban abiertamente.
El maestro Jiménez se limpiaba los ojos con un pañuelo. Incluso los técnicos tras el escenario estaban conmovidos. “¿Y cómo perdió la vista, don Jacinto?”, preguntó Pedro con voz delicada. La diabetes me la diagnosticaron hace 15 años. El doctor del pueblo me indicó que debía cuidar mi alimentación, adquirir insulina, realizarme análisis frecuentes, pero carecía de dinero para eso.
Seguí dando clases mientras pude, pero con el tiempo la enfermedad se agravó. Empecé a perder peso, a sentirme agotado constantemente y luego mi vista comenzó a deteriorarse. Al principio creí que solo necesitaba lentes más potentes, pero el médico me explicó que era retinopatía diabética, que mis ojos se dañaban por dentro. Había tratamientos, operaciones que quizás podían auxiliarme, pero costaban miles de pesos.
de dónde iba a obtener yo ese dinero. Así que solo observé como mi vista se apagaba poco a poco. El día que perdí la vista por completo, estaba impartiendo una clase a la hija del panadero. Tocábamos la barca de oro. ¿Recuerdas esa canción, Pedro? Te costó tanto trabajo aprenderla. Pedro asintió, aunque sabía que don Jacinto no podía verlo.
La recuerdo perfectamente. Me hizo repetirla 50 veces hasta que la ejecuté bien. Don Jacinto sonrió débilmente. Eras terco, pero talentoso. Ese día tocaba con la niña y de pronto todo se volvió negro. Me asusté tanto que solté el violín. Me llevaron con el médico y confirmó lo que ya sabía. Tuve que abandonar las clases.
No podía enseñar música sin ver las partituras, sin verificar si los dedos de mis alumnos estaban en la posición correcta. Mi único ingreso desapareció de la noche a la mañana. Mi esposa, mi Carmela, que en paz descanse, se enfermó 3 años después. Cáncer. Necesitaba medicamentos costosísimos. Tuvimos que vender todo lo de valor.
El violín bueno que me regaló mi padre, el ropero antiguo de mi abuela, las pocas joyas de plata de Carmela. Mis hijos tuvieron que irse al norte a buscar trabajo. Pero, ¿sabes qué fue lo más arduo de perder la vista, Pedro? No fue la oscuridad, no fue depender de otros, no fue la pobreza, fue no poder contemplar las cosas hermosas del mundo, no ver los atardeceres, los rostros de quienes amo, las flores en el parque.
Y sobre todo fue no poder leer música escrita jamás, no poder descifrar las partituras que tanto amaba. Pedro ya no podía contener las lágrimas y nadie en esa audiencia lo juzgaba. Al contrario, lloraban junto a él, unidos por una emoción que los había convertido en uno solo.
Y cómo llegó aquí esta noche, don Jacinto. No conseguí boleto, Pedro. Me colé. Escuché en la radio que darías un concierto en el teatro Iris y sentí una urgencia que no había experimentado en años. Ahorré cada centavo que pude. No comí algunos días. Conseguí 35 pesos para el pasaje de Guamuchil a la Ciudad de México.
Viajé dos días en ese autobús viejo con el cuerpo doliéndome, sin comer más que unos tacos que una señora bondadosa me regaló. Necesitaba escucharte cantar en persona al menos una vez antes de partir de este mundo.