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Lo que NUNCA te contaron sobre el CONFLICTO entre Che y Kabila

 

Existe una historia que nunca te han contado sobre el cheegue vara, una historia que no aparece en los libros escolares ni en los documentales tradicionales. Es la historia de un enfrentamiento silencioso librado en el corazón de la selva africana entre un revolucionario legendario y un hombre que despreciaba profundamente, un hombre que décadas después se convertiría en presidente de todo un país.

 En 1965 el cheegue vara desapareció del mapa. abandonó Cuba en secreto, dejó atrás su puesto, su poder, su comodidad. Cruzó el Atlántico rumbo al Congo, convencido de que exportaría la revolución a África. Creía que repetiría allí el milagro de la Sierra Maestra, pero lo que encontró destruiría su fe revolucionaria para siempre.

 El hombre que el Chen enfrentó se llamaba Lawrent de Siré Cabila, un líder guerrillero congoleño, carismático, astuto, político nato. Cabila dirigía el movimiento que el Che había venido a apoyar, pero desde el primer día algo andaba mal, muy mal. Esta es la historia de un conflicto que cambió el destino de dos hombres. Uno saldría derrotado, enfermo, quebrado por dentro.

 El otro ascendería al poder décadas después, gobernando a millones de personas. Y lo que sucedió entre ellos en la selva del Congo permaneció oculto durante años. Hasta hoy, muy pocos conocen la verdad completa. El cheev vara llegó al Congo convencido de que iba a salvar África. Tenía la experiencia. Había derrocado dictadores, construido revoluciones.

 Traía consigo un grupo selecto de guerrilleros cubanos entrenados y disciplinados. Llegaba con mapas, estrategias, manuales de guerra revolucionaria. Llegaba como un profesor dispuesto a enseñar a los africanos cómo vencer, pero la realidad lo golpeó de frente desde los primeros días. La guerrilla congoleña no se parecía en nada a lo que conocía.Joseph Kabila: Ex-DR Congo president returns to the country, party says

 No había disciplina militar ni jerarquía clara. Los combatientes desaparecían durante días, regresaban cuando les daba la gana. Y en el centro de ese caos estaba Cabila, el líder ausente. El che esperaba encontrar un comandante firme, presente, dedicado, alguien que viviera para la causa que respirara revolución, alguien dispuesto a morir por la libertad de su pueblo.

 En cambio, encontró a un hombre que llegaba tarde a las reuniones. Un hombre que desaparecía días enteros sin avisar a nadie. La primera impresión del chef sobre Kabila fue devastadora. Anotó en su diario observaciones que traicionaban su frustración creciente. “Este hombre no actúa como un revolucionario, escribía, actúa como alguien que juega un juego político, mientras otros mueren de era el comienzo de una ruptura que solo empeoraría con él.

 Tiempo del Ched desembarcó en la orilla del lago Tanganica, el 24 de abril de 1965. Había viajado disfrazado con documentos falsos, ocultando su identidad bajo el nombre de Ramón Benítez. El plan era entrenar a los guerrilleros conoleños y transformarlos en una fuerza revolucionaria. Creía que con la disciplina cubana podría cambiar el curso de la guerra, pero desde su llegada comprendió que algo estaba profundamente mal.

 La base guerrillera un caos absoluto. Armas esparcidas por todas partes, municiones en desorden, soldados sin mando claro, hombres bebiendo alcohol en plena zona de combate, otros practicando rituales místicos llamados Dawaa. Convencidos de que estaban protegidos de las balas por fuerzas sobrenaturales. Creían que las balas enemigas los atravesarían sin hacerles daño que el Che, acostumbrado al rigor militar cubano, quedó en shock.

Convocó inmediatamente una reunión con los responsables locals. Quería entender la estructura de mando, los objetivos estratégicos. Quería saber quién mandaba, quién obedecía, cómo funcionaba la cadena de órdenes. Pero descubrió que no había ninguna estructura. Cada comandante Rel hacía lo que quería y Cabila, el líder supremo del movimiento, no estaba allí.

 El Che preguntó dónde estaba el líder de la revolución. Le respondieron que estaba resolviendo asuntos políticos en otra ciudad, que volvería pronto. El Che esperó un día, dos días. Una semana, cuando Cabila finalmente apareció, llegó sonriendo, relajado, hablando en voz alta, saludando a todos como si nada hubiera pasado. El Chelo miró fríamente.

 Estamos en guerra. ¿Dónde estaba usted? Cabila se rió haciendo política, comandante, sin apoyo político no hay revolución. Esa respuesta irritó profundamente al Che. Para él la revolución era sacrificio, presencia en la línea de fuego, no hacer discursos en la ciudad mientras hombres morían en la selva. El Che comenzó a ver a Cabila como un político, no como un guerrero.

 Y en la visión del Che, los políticos no hacen revoluciones. Durante las semanas siguientes, el patrón se repitió una y otra vez. El Che organizaba entrenamientos, sesiones de estrategia, planificaba ofensivas. Cabila desaparecía de nuevo. Cuando volvía, traía promesas de apoyo, de armas, de refuerzos, promesas que nunca se materializaban.

 El Che registraba todo en su diario. Describía la ausencia sistemática de Cabila, la falta de compromiso, el desorden generalizado. “Es imposible hacer la revolución con alguien que no está”, escribía. La frustración se transformaba en rabia. Los guerrilleros cubanos también lo notaban. Veían al Che cada vez más tenso, más duro en sus palabras.

 Veían al comandante argentino perder la paciencia día tras día. “Ya no confía en Cabila, decían entre ellos. Y Cabila no lo respeta. La tensión explotó durante una reunión de planificación crítica. El Che propuso un ataque coordinado contra una base gubernamental estratégica. Necesitaba que Cabila movilizara a sus hombres, que coordinara la acción con precisión militar.

 Era una operación que podría cambiar el rumbo de la guerra. Cabila escuchó, asintió con la cabeza, dijo que lo haría, pero el día señalado no apareció. El che esperó horas en posición de ataque. Sus hombres estaban listos, armados, en posición. Esperaron la señal de Cabila y sus tropas. La señal nunca llegó. El Che tuvo que cancelar la operación, exponiendo inútilmente a sus hombres al peligro.

Esa noche el Che escribió palabras muy duras en su diario. Cavila no es un revolucionario, es un burócrata armado. No puedo construir una revolución con alguien que no está dispuesto a luchar. Este hombre va a destruir todo lo que hemos intentado aquí. Era la primera señal de que la misión estaba condenada al fracaso, pero lo que vendría después sería mucho peor, porque el conflicto entre el Che y Kabila apenas estaba comenzando y las consecuencias de ese enfrentamiento cambiarían para siempre el destino de ambos hombres. Lo que El

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