Posted in

Lo Que la ASISTENTE de Fidel ESCUCHÓ Detrás de la Puerta — 12 HORAS Llorando por el CHE

 

En ese momento nadie sabía que la asistente personal de Fidel Castro había pasado toda la noche del 9 de octubre de 1967 con su oído pegado a la puerta, escuchando como el comandante más poderoso de Cuba repetía una y otra vez, “Lo maté yo.” Yo lo maté. Lo que María González descubrió esa noche cambiaría para siempre su comprensión de la relación entre Fidel y Elche.

 Octubre de 2023. La Habana, Cuba. María González Herrera, de 89 años, se sienta frente a la cámara por primera vez en su vida. Sus manos tiemblan mientras sostiene un cuaderno gastado de 1967. “He esperado 56 años para contar esto”, dice con voz firme. A pesar de los años. Esperé a que todos murieran. Fidel murió en 2016, el Che en 1967.

Ya no queda nadie a quien pueda dañar con la verdad. Pero yo estuve allí. Yo escuché lo que nadie más escuchó. Y antes de irme de este mundo, la gente merece saber qué pasó realmente esa noche. Pero lo más impactante era que María no solo escuchó las confesiones de Fidel, también fue testigo de algo que ningún historiador, ningún biógrafo, ningún familiar conoce.

 El momento exacto en que el hombre más poderoso de Cuba se derrumbó completamente al darse cuenta de que había destruido al único hermano verdadero que tuvo en su vida. Y todo quedó documentado en las notas que María escribió obsesivamente durante aquellas 12 horas interminables. María González conoció a Fidel Castro en 1964 cuando tenía apenas 30 años.

 Ella trabajaba como secretaria en el Ministerio del Interior cuando fue seleccionada personalmente por Fidel para ser su asistente administrativa personal. Era un honor enorme. Recuerda María. Fidel confiaba en muy pocas personas. Yo me encargaba de organizar sus documentos, sus reuniones privadas, su agenda personal.El Che Guevara en Punta del Este: el “no” a los Estados Unidos y una bala  que era para él y mató a un profesor de historia - Infobae

 Tenía acceso a lugares donde ni los ministros podían entrar. Durante tres años, María vio a Fidel casi todos los días. Lo vio trabajar hasta el amanecer. Lo vio tomar decisiones que cambiarían el rumbo de Cuba y lo vio con Ernesto Cheegevara en múltiples ocasiones, antes de que el argentino partiera hacia el Congo en 1965.

La relación entre Fidel y Ernesto era complicada”, explica María cuidadosamente eligiendo las palabras. Había amor genuino, respeto profundo, pero también había tensión. Ernesto era demasiado puro, demasiado idealista. Y Fidel, Fidel era un político, un revolucionario, sí, pero también un político que entendía que gobernar requiere compromisos.

 María presenció la última reunión privada entre Fidel y El Che en marzo de 1965, dos semanas antes de que Ernesto partiera definitivamente hacia África. Estuve organizando documentos en la oficina contigua. Recuerda, escuché voces elevadas, no las palabras exactas, pero el tono era inconfundible. Era una discusión seria, dolorosa.

 Cuando el che salió de esa reunión, María lo vio pasar por el pasillo. Su rostro estaba rojo, sus ojos húmedos. Cuida bien de él”, le dijo el che a María sin detenerse. Es un buen hombre que está tomando malas decisiones. María nunca olvidaría esas palabras. Y justo en este punto todo cambió porque después de esa reunión el Chegueevara desapareció de Cuba y María notó algo perturbador en el comportamiento de Fidel.

 Durante los siguientes 2 años, desde 1965 hasta 1967, María observó como Fidel se volvía más distante cuando alguien mencionaba al Che. En las reuniones del gobierno, si algún ministro preguntaba por Ernesto, Fidel cambiaba el tema abruptamente. Era como si Ernesto se hubiera convertido en un fantasma, dice María, un fantasma del que nadie podía hablar.

 Pero había algo más que María notó. En los archivos personales de Fidel, María ocasionalmente veía telegramas, mensajes cifrados provenientes del Congo y luego de Bolivia. Eran del Che, explica. Pedía ayuda, armas, hombres, suministros médicos. Y yo veía como Fidel los leía, los guardaba en un cajón especial, pero nunca respondía con la urgencia que esos mensajes requerían.

 ¿Por qué Fidel no enviaba más ayuda? María no lo entendía. Entonces solo sabía que había una distancia creciente, un silencio deliberado que le parecía extraño para dos hombres que supuestamente eran hermanos revolucionarios. Todavía no sabes lo que está por venir, porque lo que sucedió el 9 de octubre de 1967 fue solo el comienzo de una noche que María González jamás podría olvidar.

 Era un lunes. María recuerda el día exacto porque era su cumpleaños número 33. estaba en su pequeña oficina adyacente al despacho privado de Fidel, organizando documentos de una reunión del Consejo de Ministros programada para el día siguiente. Eran las 6:47 de la tarde cuando entró el general Arnaldo Ochoa, el rostro pálido, con un telegrama en la mano.

 Necesito ver al comandante inmediatamente, le dijo a María con voz temblorosa. María tocó el intercomunicador. Comandante, el general Ochoa necesita verlo urgentemente. ¿Qué pase? Respondió Fidel. El general entró al despacho. María escuchó la puerta cerrarse. Siguió trabajando, pero algo en el tono del general la había inquietado.

 2 minutos después escuchó un grito. No un grito de ira. Era algo peor. Era un aullido de dolor, como el de un animal herido. María dejó caer los papeles que tenía en las manos. corrió hacia la puerta del despacho, pero se detuvo antes de tocar. Escuchó la voz de Fidel, quebrada, casi irreconocible. ¿Cómo? ¿Cuándo? Ayer, comandante. Lo capturaron en la higuera.

 Esta mañana lo ejecutaron. María sintió que el mundo se detenía. Sabía de quién hablaban. Solo había una persona cuya muerte podría provocar esa reacción en Fidel Castro. El chegue estaba muerto. Salga escuchó que Fidel le decía al general, “Déjeme solo. No quiero ver a nadie, a nadie.” La puerta se abrió bruscamente. El general Ochoa salió con lágrimas en los ojos, miró a María y solo negó con la cabeza. “No lo molestes”, le dijo.

“Nadie debe molestarlo esta noche.” El general se fue. María se quedó allí de pie frente a la puerta cerrada del despacho de Fidel. escuchó un soyoso, luego otro, y entonces algo que la heló completamente, la voz de Fidel Castro, el comandante en jefe de Cuba, llorando como un niño pequeño.

Read More