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La ÚLTIMA FOTO del Che Vivo — Lo Que Le DIJO 5 Minutos Antes Lo PERSIGUIÓ 38 Años

 

En ese momento nadie sabía que Freddy Alborta, parado en esa pequeña escuela de la higuera con su cámara, estaba a punto de fotografiar los últimos 5 minutos de vida del hombre más buscado de América. Lo que el cheegue vara le dijo mientras posaba herido, lo que Freddy vio en sus ojos y lo que escuchó afuera de esa puerta cuando sonaron los disparos.

 Lo perseguiría durante 38 años hasta que finalmente decidió revelar el secreto que nunca debió guardarse. 9 de octubre de 1967. La higuera, Bolivia, Fredy Alborta tenía 31 años y llevaba apenas 6 meses trabajando como fotógrafo para la Agencia Estatal Boliviana. Esa mañana un oficial del ejército lo despertó a las 6 a con una orden urgente.

 Prepara tu cámara. Vamos a la higuera. Capturaron al Cheegevara. Freddy sintió que su corazón se detuvo. Durante meses. Toda Bolivia había estado buscando al revolucionario argentino. Ahora lo tenían. Y Freddy sería el único fotógrafo autorizado para documentar lo que vendría después. No sabía que esas fotografías cambiarían su vida para siempre.

 El viaje en helicóptero militar duró 45 minutos. Freddy miraba por la ventana a las montañas bolivianas. Su cámara Pentax Spot Matic, descansando en su regazo. No era un fotógrafo de guerra. Antes de este trabajo había fotografiado bodas, bautizos, eventos sociales en La Paz. Nunca había visto un cadáver, mucho menos había estado cerca de una ejecución.

 ¿Qué voy a fotografiar exactamente?, le preguntó al oficial sentado a su lado. El militar lo miró con frialdad. Lo que te ordenemos fotografiar, nada más, nada menos. Cuando el helicóptero aterrizó en el campo cerca de la higuera, Freddy vio decenas de soldados rodeando una pequeña escuela de adobe. Algunos limpiaban sus rifles, otros fumaban cigarrillos con manos temblorosas.

 Había una tensión extraña en el aire, como si todos estuvieran esperando algo terrible pero inevitable. Un coronel se acercó a Freddy con expresión seria. “Vas a entrar ahí y vas a fotografiar al prisionero. Tienes 5 minutos. No hables con él. No le hagas preguntas, solo toma las fotos y sal. ¿Entendido? Freddy asintió, su boca completamente seca.

Freddy caminó hacia la escuela con pasos lentos, sus piernas temblaban. Dos soldados abrieron la puerta de madera desgastada y lo empujaron adentro. El olor lo golpeó primero. Sangre, sudor, tierra húmeda. La habitación era pequeña, tal vez 4 m por 3 m. No había ventanas, solo una puerta y paredes de adobe agrietado.Che Guevara: la soledad de sus últimos días en el monte y sus palabras  finales | TN

 En el suelo de tierra, sentado con la espalda contra la pared, estaba Ernesto Cheegevara. Freddy había visto su foto mil veces en periódicos, en carteles de Se busca en la televisión, pero nada lo preparó para verlo en persona. El Che tenía 39 años, pero parecía mayor. Su uniforme verde estaba roto y manchado de sangre seca. Tenía heridas visibles en las piernas.

Su cabello largo y enmarañado caía sobre su frente. Su barba estaba sucia y descuidada. Pero lo que más impactó a Freddy fueron sus ojos, oscuros, penetrantes, completamente tranquilos. No había miedo en ellos, solo una especie de resignación serena, casi filosófica. El che lo miró directamente y sonrió levemente. Ah, el fotógrafo.

Adelante, compañero. Haz tu trabajo. Freddy levantó su cámara con manos temblorosas, miró a través del visor y enfocó. El che seguía mirándolo directamente, sin apartar la vista. “¿Cómo te llamas?”, preguntó el revolucionario con voz ronca pero firme. Freddy recordó la orden del coronel, no hablar, pero algo en la mirada del Che lo hizo responder.

 Freddy, Freddy alborta. El Che asintió lentamente, como si estuviera guardando ese nombre en su memoria. Freddy, un buen nombre. ¿Tienes hijos, Freddy? La pregunta lo tomó completamente por sorpresa. Sí, dos, un niño de 7 años y una niña de cuatro. El che cerró los ojos por un momento largo. Cuando los abrió de nuevo, había algo diferente en ellos. Tristeza profunda.

Yo también tengo hijos. Cinco. Aleida, Camilo, Celia, Ernesto, Omar. Los extraño todos los días, cada minuto. Hubo un silencio pesado que llenó la pequeña habitación. Freddy presionó el obturador. Clic. La primera foto. El che herido sentado en el suelo mirando hacia arriba con esos ojos inquietantes. La imagen quedaría grabada en la historia para siempre, pero también en la mente de Freddy.

 ¿Sabes por qué estás aquí, Freddy? Preguntó el Che, su voz sonando extrañamente educada a pesar de las circunstancias. Para documentar este momento, para que el mundo vea lo que me van a hacer, para que haya prueba. Freddy no respondió. Tomó otra foto. Clic. El flash iluminó brevemente la habitación oscura. Está bien, continuó el che con calma inquietante.

 Es tu trabajo. No te culpo. Todos hacemos lo que debemos hacer para sobrevivir. Yo elegí la revolución. Tú elegiste la fotografía. Ambos estamos aquí por nuestras elecciones. Freddy se movió hacia la izquierda, buscando otro ángulo. El Chelo seguía con la mirada, observando cada movimiento. ¿Sabes lo que va a pasar después de que salgas de aquí?, preguntó el revolucionario.

Freddy tragó saliva. No quería saberlo. No quería ser parte de esto. Pero ya era demasiado tarde. Ya estaba involucrado. Van a entrar y van a dispararme, dijo el Che con una calma. que eló la sangre de Freddy. Probablemente el sargento Terán. Escuché su nombre afuera. Está borracho. Tiene miedo. Por eso va a disparar mal.

Freddy bajó su cámara, incapaz de continuar por un momento. ¿Cómo sabe eso? El che sonrió con tristeza, una sonrisa que no llegó a sus ojos. Porque he visto morir a muchos hombres. Cientos. He estado en batallas, en ejecuciones, en emboscadas. Sé cómo funciona esto. Si quisieran hacerlo rápido y limpio, ya estarían aquí.

 Me están haciendo esperar. Eso es tortura psicológica. ¿Quieren que piense? Que sufra mentalmente antes del final físico. Freddy levantó la cámara de nuevo con manos que temblaban aún más. Clic. Otra foto. Esta vez capturó algo en la expresión del Che que lo perseguiría para siempre. una mezcla de aceptación, dolor y una extraña paz interior.

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