“Freddy,” dijo el che suavemente, su voz casi un susurro. “Cuando salgas de aquí vas a escuchar los disparos. Van a ser muchos, más de los que necesitan para matar a un hombre. Y vas a pensar en este momento el resto de tu vida. Vas a ver mi cara en tus sueños. Lo siento por eso. Siento que tengas que cargar con esto.” Las palabras golpearon a Freddy como puñetazos.
No digas eso”, murmuró su voz quebrándose por primera vez. El Chello miró con algo que Freddy nunca esperó ver en los ojos de un hombre condenado a muerte. Compasión genuina, no rabia, no resentimiento, no desesperación, compasión pura hacia el fotógrafo que documentaba sus últimos momentos. No es tu culpa, compañero. Tú solo eres un testigo.
Pero ser testigo también es una carga pesada. A veces los testigos sufren más que los protagonistas. Freddy tomó otra foto, click y otra click. Estaba documentando mecánicamente ahora tratando de no pensar, tratando de no sentir, pero era imposible. Cada clic del obturador se sentía como una traición. ¿Puedo preguntarte algo?, dijo Freddy, rompiendo completamente las órdenes del coronel.
El Che asintió lentamente. ¿Tiene miedo? El revolucionario pensó por un momento largo antes de responder. No a la muerte en sí. He estado tan cerca de ella tantas veces que ya somos viejos amigos en Cuba, en Congo, aquí en Bolivia. La muerte y yo nos conocemos bien. Hizo una pausa, su mirada perdida en algún recuerdo distante.
Pero tengo miedo de lo que pasará después, de cómo me recordarán, de si mi muerte significará algo o si solo será otra ejecución olvidada. Afuera, Freddy escuchó voces alzadas, gritos. Alguien estaba discutiendo. El tiempo se estaba agotando y ambos hombres lo sabían. Tengo que preguntarte algo importante, Freddy, dijo el Che, su voz ahora más urgente.
Cuando publiquen estas fotos, van a contar una historia. Van a decir que fui un terrorista, un asesino, un fracasado, pero quiero que sepas la verdad. Freddy dejó de tomar fotos y se acercó un poco más. El Che continuó. Luché por lo que creía. Cometí errores, muchos errores, pero cada decisión que tomé fue porque creía en un mundo mejor.
Creía que los pobres merecían dignidad, que los oprimidos merecían libertad, que valía la pena morir por esos ideales. Sus ojos brillaban ahora con una intensidad que Freddy nunca había visto. No te pido que estés de acuerdo conmigo. Solo te pido que cuando veas estas fotos en el futuro, recuerdes que detrás de la imagen había un hombre que amaba a sus hijos, que extrañaba a su esposa, que sentía dolor y miedo como cualquier otro ser humano.
Freddy sintió lágrimas formándose en sus ojos. Lo recordaré, lo prometo. El Che sonrió genuinamente por primera vez, una sonrisa triste pero real. Gracias, Freddy. Eso significa más de lo que imaginas. Hubo otro momento de silencio afuera. Las voces se hicieron más fuertes. Alguien gritó una orden. “Ya casi es hora”, dijo el che.
“Toma tus últimas fotos. Hazlas buenas, hazlas honestas. Freddy levantó su cámara una vez más. Clic. Capturó al Che mirando hacia la puerta sabiendo lo que vendría. Clic. Lo capturó con la cabeza ligeramente inclinada como en oración silenciosa. Clic. Lo capturó mirando directamente a la cámara una última vez. Sus ojos llenos de una mezcla compleja de emociones que ninguna palabra podría describir.
“Esa es la buena”, dijo el che. Esa última, esa es la que el mundo va a recordar. Freddy bajó su cámara. Tengo que irme. El coronel dijo solo cinco minutos. El Che asintió. Lo sé, pero antes de que te vayas, quiero que me hagas un favor. Freddy esperó. Cuando todo esto termine, cuando me fotografíen en muerto allá afuera.
Mira, mis ojos van a estar abiertos. Quiero que notes algo. ¿Qué cosa? preguntó Freddy confundido. El Chelo miró intensamente. Quiero que notes si hay paz en ellos o no, porque si la hay, significará que al final encontré lo que estaba buscando. Si no, significará que me equivoqué en todo. Antes de que Freddy pudiera responder, la puerta se abrió violentamente.
El coronel entró furioso. Alborta. Tiempo terminado. Sal ahora. Freddy miró al Che una última vez. El revolucionario le hizo un pequeño gesto con la cabeza como una despedida silenciosa. Freddy salió de la habitación, su corazón latiendo salvajemente. Afuera, el sol de octubre brillaba con una intensidad cruel.
¿Cómo podía el mundo seguir siendo tan brillante cuando algo tan oscuro estaba a punto de suceder? El coronel le arrebató la cámara de las manos. Dame eso. Necesitamos verificar que tomaste las fotos correctas. Freddy se quedó parado ahí, aturdido, mientras oficiales revisaban su cámara. A su alrededor, soldados se movían nerviosamente.
Algunos rezaban en voz baja. Otros simplemente miraban al suelo, incapaces de enfrentar lo que estaba por venir. Freddy escuchó a alguien llamar al sargento Mario Terán. Terán apareció desde detrás de la escuela. Freddy lo vio claramente, un hombre de unos 30 años, delgado, con ojos rojos y manos temblorosas. Estaba obviamente borracho o drogado, tratando de reunir el coraje para hacer lo que le habían ordenado.
El Che tenía razón, pensó Freddy. Sabía exactamente cómo iba a pasar. El coronel le devolvió la cámara a Freddy. Buenas fotos. Ahora aléjate de aquí. No queremos testigos para lo que sigue. Pero Freddy no podía moverse. Sus piernas se negaban a obedecerle. Se quedó parado a unos 10 m de la puerta, observando como Terán entraba a la escuela con un rifle M2.
El coronel le había dado órdenes específicas. No le dispares en la cara o el corazón. Queremos que parezca que murió en combate. Dispara al cuerpo. Freddy miró su reloj. Eran las 1:10 de la tarde. Habían pasado exactamente 5 minutos desde que salió de la habitación donde había fotografiado al Che. Cinco minutos que habían cambiado todo.
El mundo parecía estar en suspenso esperando. Freddy escuchó voces dentro de la escuela. Terán diciendo algo. El Che respondiendo con voz clara y fuerte. Entonces sucedió. El primer disparo resonó como un trueno. Luego otro y otro. Freddy contó nueve disparos en total. Cada uno lo hizo estremecerse como si la bala lo hubiera atravesado a él.
Los soldados alrededor se quedaron en completo silencio. Algunos se persignaron, otros simplemente cerraron los ojos. Terán salió de la escuela, su rostro completamente pálido, el rifle colgando débilmente en sus manos. Caminó directamente hacia los arbustos y vomitó. Nadie dijo nada. El coronel esperó un minuto completo antes de entrar a verificar.
Cuando salió, simplemente asintió. Está hecho. Freddy sintió que sus piernas finalmente cedían. Se dejó caer sobre una roca cercana, incapaz de procesar lo que acababa de presenciar. Había conocido a ese hombre, había hablado con él, había visto humanidad en sus ojos y ahora estaba muerto a solo metros de distancia. “Alborta”, gritó el coronel.
Necesitamos fotos del cuerpo. Entra y documenta. Freddy se levantó como un autómata. Sus manos ya no temblaban. Estaba en shock. Más allá del miedo, más allá de la emoción. Solo funcionando mecánicamente. Entró de nuevo a la pequeña escuela. El olor a pólvora llenaba el aire. El che yacía en el suelo, su cuerpo retorcido en una posición antinatural.
Sangre se extendía lentamente sobre la tierra. Freddy levantó su cámara y comenzó a tomar fotos. Clic. El cuerpo desde un ángulo. Clic. Desde otro. Clic. Un primer plano de las heridas. Pero entonces recordó las últimas palabras del Che. Mira mis ojos. Freddy se agachó lentamente. Los ojos del Che estaban abiertos, tal como él había predicho.
Y Freddy buscó en ellos lo que el revolucionario le había pedido que buscara. Paz o desesperación. Lo que vio lo perseguiría durante los siguientes 38 años. Había algo en esos ojos muertos que era imposible de describir. No era exactamente paz, pero tampoco era terror. Era una especie de aceptación, como si en sus últimos segundos de vida el Cheegevara hubiera encontrado algún tipo de respuesta a la pregunta que había estado haciendo toda su vida.
Freddy tomó una foto de esos ojos. Clic. la imagen más perturbadora que tomaría en toda su carrera. Después de terminar de documentar, salió de la escuela por última vez. Nunca más volvería a la higuera. Nunca más querría recordar ese lugar. Los días siguientes fueron un torbellino. Las fotos de Freddy circularon por todo el mundo. La imagen del che herido en el suelo de la escuela se convirtió en una de las fotografías más icónicas del siglo XX.
Periódicos de 50 pascalices la publicaron en primera plana. Freddy se convirtió en el fotógrafo más famoso de Bolivia de la noche a la mañana, pero la fama tenía un precio terrible. Cada noche, Freddy cerraba los ojos y veía al Che, no al Che muerto de las fotos finales, sino al Che vivo de esos 5 minutos en la escuela.
Lo veía sonriendo tristemente. Lo escuchaba hablar de sus hijos. Escuchaba esas nueve balas una y otra vez. Las pesadillas comenzaron una semana después del evento. Freddy se despertaba gritando, sudando, convencido de que escuchaba los disparos. Su esposa María, estaba preocupada. “Necesitas hablar con alguien”, le decía.
Pero Freddy no podía. Las órdenes del coronel habían sido claras. No hablar de lo que pasó dentro de esa escuela. Solo las fotos debían contar la historia. Pero las fotos no contaban toda la historia, no mostraban la conversación, no capturaban las palabras del Che sobre sus hijos, no revelaban la compasión que había mostrado hacia Freddy.
Las fotos solo mostraban a un revolucionario derrotado esperando la muerte. Durante 38 años, Freddy guardó el secreto. Rechazó cientos de entrevistas. Cuando periodistas le preguntaban sobre ese día, solo decía: “Las fotos hablan por sí mismas. Pero en 2005, cuando Freddy tenía 69 años y le diagnosticaron cáncer terminal, finalmente decidió que era hora de contar la verdad completa.
Llamó a un periodista de confianza y le dijo, “Necesito hablar antes de morir. Necesito contar lo que realmente pasó en esos 5 minutos.” La entrevista duró 6 horas. Freddy contó todo. La conversación sobre los hijos, las predicciones del Che sobre cómo moriría, la compasión en sus ojos. Las últimas palabras sobre buscar paz.
Durante casi 40 años he cargado con esto solo dijo Freddy con lágrimas en los ojos. He vivido con la imagen de ese hombre muriendo a metros de mí. He escuchado esos disparos en mis sueños miles de veces. Y lo peor es que el Che tenía razón. Ser testigo es una carga quizás más pesada que ser el ejecutado o el ejecutor.
Freddy Alborta murió 3 meses después de esa entrevista, el 18 de junio de 2005. Tenía 69 años. Sus últimas palabras a su familia fueron: “Finalmente puedo descansar. Ya no tengo que guardar el secreto.” Pero la historia no terminó con la muerte de Freddy Alborta en 2005. Lo que él reveló en esa entrevista final, desató una cadena de eventos que nadie anticipó.
Tres semanas después de su funeral, su hijo mayor, Carlos Alborta, de 45 años, estaba revisando las pertenencias de su padre cuando encontró algo extraordinario en el ático de la casa familiar. Una caja de metal oxidada, sellada con cinta adhesiva amarillenta y marcada con las palabras: “No abrir hasta mi muerte para Carlos.
” Con manos temblorosas, Carlos rompió el sello. Dentro había algo que cambiaría completamente la narrativa histórica de ese 9 de octubre de 1967, un rollo de película sin revelar escondido durante 38 años. Freddy había tomado más fotos de las que había entregado al ejército boliviano. Fotos que nunca vio la luz, fotos que capturaban momentos que el gobierno nunca quiso que existieran.
Carlos llevó el rollo inmediatamente a un laboratorio especializado en fotografía antigua. “Tengan mucho cuidado”, les advirtió, “Este rollo tiene 38 años y probablemente contiene las imágenes más importantes de la historia latinoamericana que nadie ha visto jamás. El técnico del laboratorio trabajó durante tres días para revelar cuidadosamente las imágenes.
Cuando Carlos vio las fotos reveladas, se quedó sin aliento. Había 12 imágenes adicionales que su padre nunca entregó. La primera mostraba algo sorprendente, el cheegue vara, con una expresión completamente diferente a las fotos oficiales, estaba sonriendo. No era una sonrisa de felicidad, sino algo más profundo, una sonrisa de alguien que había hecho las paces con su destino.
La segunda foto mostraba las manos del Che atadas con cuerda áspera, pero con los dedos formando lo que parecía ser una señal. Carlos la estudió durante horas hasta que un historiador le explicó. Era el saludo de la internacional comunista. Un último acto de desafío silencioso. La tercera foto era la más perturbadora.
Mostraba al Che mirando directamente a la cámara y en sus ojos había algo que las fotos oficiales nunca capturaron, una mezcla de compasión y perdón, como si estuviera perdonando a todos los involucrados en su ejecución, incluyendo al fotógrafo que documentaba sus últimos momentos.
Carlos sabía que estas fotos eran dinamita histórica. Representaban una versión del cheque que el gobierno boliviano nunca quiso que el mundo viera. No un terrorista derrotado, sino un ser humano enfrentando la muerte con dignidad. Pero lo más impactante estaba escrito en el reverso de cada fotografía. Freddy había dejado notas detalladas con su propia letra, describiendo exactamente lo que estaba sucediendo en cada momento.
En la foto de la sonrisa había escrito: “18 de la tarde, acaba de preguntarme por mis hijos. Me dijo que él también tiene cinco. No puedo creer que esté sonriendo. No es la sonrisa de un loco o un fanático, es la sonrisa de un padre que extraña a sus niños.” En otra foto escribió, “1 de la tarde, me está hablando de sus ideales.
Dice que no se arrepiente de nada, que prefiere morir por sus principios que vivir sin ellos. Hay una paz en sus palabras que me asusta.” Y en la última foto que tomó antes de salir de la escuela, Freddy había escrito algo que Carlos tuvo que leer tres veces para creerlo. 110 de la tarde. Sus últimas palabras para mí fueron: “Freddy, dile al mundo que no odio a nadie, ni a los que me capturaron, ni a los que me van a matar, ni a los que ordenaron mi muerte.
El odio es una carga que ningún revolucionario debe cargar. Tengo lágrimas en los ojos mientras escribo esto. Este hombre está a punto de morir y me está dando una lección de humanidad. Carlos Alborta enfrentó una decisión imposible. Debía publicar estas fotos y notas. Por un lado, el mundo merecía conocer la verdad completa.
Por otro lado, su padre las había ocultado durante 38 años por una razón. Decidió buscar consejo de la persona que mejor podría entender el peso de esta revelación. Aleida March, la viuda del Cheevara. En marzo de 2006, Carlos viajó a La Habana. Aleida tenía entonces 69 años y vivía rodeada de recuerdos de su esposo fallecido.
Cuando Carlos le mostró las fotos inéditas, la anciana revolucionaria no pudo contener las lágrimas. “Nunca había visto estas imágenes de Ernesto”, dijo con voz quebrada. En todas las fotos oficiales se ve derrotado, herido, acabado. Pero en estas, en estas veo al hombre que amé, veo al padre que extrañaba a sus hijos. Veo humanidad.
Aleida leyó las notas de Freddy en voz alta, llorando con cada palabra. Cuando llegó a la parte donde el Che hablaba de no odiar a nadie, se derrumbó completamente. Eso es exactamente lo que Ernesto me escribió en su última carta desde Bolivia. Reveló. me dijo, “Si algo me pasa, no odies a nadie. El odio ciega y la revolución necesita ojos claros.
” Aleida tomó las manos de Carlos entre las suyas. Tu padre era un hombre bueno. Cargó con este peso durante casi 40 años para protegerse a sí mismo y a su familia. Pero ahora que ambos están muertos, Ernesto y Freddy, creo que el mundo merece ver la verdad completa. Juntos, Carlos y Aleida, organizaron una exposición especial en el Museo de la Revolución en La Habana.
Se llamaría Los últimos 5 minutos, la verdad oculta del Cheegevara. La exposición se inauguró el 9 de octubre de 2006, exactamente 30 y 9 años después de la ejecución. La respuesta fue abrumadora. Miles de personas hicieron fila para ver las fotos inéditas y leer las notas de Freddy Alborta, pero algo inesperado sucedió durante la inauguración.
Un hombre anciano de unos 70 años se acercó tembloroso a la exposición. Llevaba gafas oscuras y un sombrero que ocultaba su rostro. Cuando llegó frente a la foto donde el che sonreía, el hombre se derrumbó. Los guardias de seguridad se acercaron para ayudarlo, pero él los apartó. Necesito confesar algo”, dijo con voz ahogada.
Se quitó las gafas y el sombrero. Carlos Alborta lo reconoció inmediatamente por las fotos históricas. Era Mario Terán, el hombre que había ejecutado al Cheegue vara. Un silencio absoluto cayó sobre el museo. Mario Terán, el ejecutor, estaba parado frente a las últimas fotos del hombre que había matado 39 años atrás.
He vivido en el infierno durante casi 40 años”, comenzó a decir Terán con voz temblorosa. “Cada noche veo su cara, cada noche escucho mis propios disparos, pero nunca supe que él había dicho esas palabras sobre no odiar a nadie.” Terán se volvió hacia Leida March. “Señora, yo maté a su esposo.
Fui yo quien apretó el gatillo nueve veces y durante todos estos años pensé que él me odiaba, que me maldecía mientras moría.” Aleida se acercó lentamente a Terán. Todos en el museo esperaban una explosión de rabia, un grito, tal vez incluso violencia. Pero lo que sucedió dejó a todos sin palabras. Aleida abrazó a Mario Terán, el ejecutor y la viuda del ejecutado, abrazados frente a las fotografías que documentaban ese momento terrible.
Ernesto no te odiaba, le susurró a Leida. Y yo tampoco te odio. Eras un soldado siguiendo órdenes. El verdadero enemigo era el sistema que nos puso a todos en esa posición. Teranzo como un niño en los brazos de la mujer cuyo esposo había asesinado. Esa escena fue fotografiada y se volvió viral alrededor del mundo.
La imagen de Aleida March abrazando a Mario Terán frente a las fotos del Che, apareció en la portada de cientos de periódicos. Se convirtió en un símbolo poderoso de perdón y reconciliación. Pero la historia aún tenía más capas por revelar. Tres días después de la inauguración, Carlos Alborta recibió una llamada inesperada.
Era de un archivo militar en La Paz, Bolivia. Señor Alborta, después de ver su exposición, nuestro departamento decidió desclasificar algunos documentos relacionados con ese día. Creemos que usted y la señora March deberían verlos. Carlos y Aleida viajaron juntos a La Paz. Lo que les mostraron en los archivos militares completó el rompecabezas final de esa historia.
Había transcripciones de comunicaciones de radio entre el coronel en la higuera y los comandantes en La Paz. Y una de esas transcripciones revelaba algo explosivo. A las 12:45 de la tarde del 9 de octubre, el coronel había preguntado, “¿Proedemos con la ejecución del prisionero?” La respuesta desde La Paz había sido clara. Negativo.
Esperamos órdenes directas desde nivel superior. Había una nota al margen escrita a mano, esperando confirmación desde Langley, una referencia obvia a la CIA en Estados Unidos. Las transcripciones mostraban que durante 25 minutos hubo comunicaciones frenéticas entre Bolivia y Estados Unidos. La CIA quería al Che vivo para interrogarlo.
El gobierno boliviano quería eliminarlo rápidamente. Finalmente, a la 1:10 de la tarde llegó la orden final. Proceder con eliminación inmediata. No puede salir vivo de Bolivia. Esos fueron exactamente los 25 minutos en los que Fredy Alborta estuvo dentro de la escuela fotografiando al Che.
La demora no fue casualidad, fue el resultado de una negociación internacional. sobre el destino de un hombre. El Cheegevara había pasado sus últimos momentos vivos atrapado en un tira y afloja burocrático entre gobiernos. Y mientras tanto, había usado ese tiempo para hablarle a un fotógrafo nervioso sobre sus hijos, sobre sus ideales, sobre la humanidad.
“Ernesto sabía exactamente lo que estaba pasando”, dijo Aleida mientras leía los documentos. “Por eso estuvo tan tranquilo, por eso fue tan amable con tu padre. sabía que cada minuto extra de vida era un regalo robado al sistema que quería matar y decidió usar ese regalo para conectar como ser humano con otro ser humano.
Carlos entendió entonces por qué su padre había guardado esas fotos durante 38 años, no solo para protegerse, sino porque capturaban algo demasiado puro, demasiado humano para el mundo cínico de la política internacional. En los meses siguientes, la historia de Freddy Alborta y sus fotos ocultas generó un movimiento inesperado. Veteranos de guerras de toda Latinoamérica comenzaron a contactar a Carlos.
Soldados que habían ejecutado órdenes que los atormentaban. Guerrilleros que habían cometido actos de violencia que lamentaban. Todos querían contar sus historias. Todos buscaban el mismo perdón que Mario Terán había encontrado en el abrazo de Aleida March. Carlos creó una fundación llamada Los testigos silenciosos, dedicada a documentar las historias no contadas de personas comunes atrapadas en momentos históricos extraordinarios.
La fundación organizó encuentros entre antiguos enemigos, soldados y guerrilleros, víctimas y perpetradores, familias divididas por ideologías. Uno de los encuentros más emotivos fue en octubre de 2007, en el 40 aniversario de la muerte del Cheé. Se realizó en la higuera. En la misma escuela donde todo había sucedido, asistieron más de 200 personas, veteranos bolivianos que habían participado en la captura, exguerrilleros que habían luchado junto al Cheé, familiares decaídos de ambos lados y periodistas de todo el mundo.
Mario Terán estaba allí de pie frente a la pared donde había ejecutado al Che cuatro décadas atrás. “Este lugar me ha perseguido durante 40 años”, dijo Terán ante la multitud. Pero hoy finalmente puedo mirarlo sin sentir solo culpa. Puedo verlo como lo que realmente fue. Un lugar donde seres humanos se encontraron en las peores circunstancias posibles y aún así encontraron formas de mantener su humanidad.
Uno de los exguerrilleros que había sobrevivido con el Che en Bolivia se levantó. Comandante Guevara me enseñó que la revolución más importante no es cambiar el gobierno, sino cambiar los corazones. Hoy aquí veo esa revolución sucediendo. Aleida March, ahora de 71 años, tomó el micrófono. Su voz era firme, pero emocionada.
Ernesto murió aquí hace 40 años. Pero lo que estas fotos de Freddy Alborta nos mostraron es que incluso en sus últimos momentos Ernesto estaba tratando de conectar, de enseñar, de amar. Esa es su verdadera revolución. No las armas o las batallas. sino la capacidad de mantener la humanidad incluso frente a la muerte. Carlos Alborta reveló algo más ese día.
En la caja donde encontró las fotos, su padre también había dejado una carta final. La leyó en voz alta por primera vez. A quien lea esto. Fui testigo de algo que cambió mi comprensión del bien y el mal para siempre. Vi a un hombre condenado mostrar más compasión que sus ejecutores. La carta de Freddy continuaba.
Durante 38 años guardé estas fotos porque tenía miedo. Miedo de las repercusiones políticas, miedo de ser juzgado, miedo de revivir ese trauma. Pero ahora, al final de mi vida, entiendo que el miedo es exactamente lo que mantiene a los hombres divididos. El Che no tenía miedo en esos últimos momentos. Tenía claridad, y esa claridad le permitió ser amable incluso con el fotógrafo que documentaba su muerte.
Si hay una lección en todo esto es esta. La verdadera valentía no es morir por tus ideales, sino vivir con humanidad incluso cuando sabes que vas a morir. El Che me enseñó eso en 5 minutos. Me tomó 38 años entenderlo completamente. Carlos terminó de leer con lágrimas corriendo por su rostro.
Mi padre quería que estas palabras se leyeran aquí en este lugar con antiguos enemigos escuchándolas juntos. Porque la única forma de sanar las heridas de la historia es enfrentándolas juntos con honestidad y sin odio. El evento terminó con algo extraordinario. Mario Terán y Harry Villegas, uno de los pocos guerrilleros que sobrevivió con el Che, se dieron la mano frente a la escuela.
Dos hombres que en 1967 habrían intentado matarse el uno al otro, ahora conectando como seres humanos que habían sobrevivido el mismo trauma. Los años siguientes trajeron más revelaciones. En 2010 se publicó un libro basado en las notas de Freddy y las investigaciones de Carlos. 5 minutos que cambiaron la historia.
El libro se convirtió en bestseller en toda América Latina y fue traducido a 23 idiomas. Hollywood se interesó en hacer una película, pero Aleida y Carlos rechazaron todas las ofertas. “Esta historia no es entretenimiento”, dijo Carlos. Es un testimonio sagrado de humanidad en medio de horror. En 2012, las Naciones Unidas invitaron a Carlos y a Leida a hablar en una conferencia sobre reconciliación postcflicto.
Su presentación titulada Cuando el testigo habla inspiró programas similares en países desde Colombia hasta Ruanda. En 2015, Mario Terán murió en La Paz a los 78 años. Sus últimas palabras, según su familia fueron. Finalmente puedo ver al Che de nuevo sin sentir vergüenza. Gracias a Freddy por mostrarme que él me perdonó antes de morir.
Su funeral fue sorprendentemente atendido por exguerrilleros y miembros de la fundación los testigos silenciosos. Aleida March envió flores con una nota. Para Mario, quien encontró redención en la verdad, descansa en paz. La historia había completado su círculo de perdón. En 2017, en el 50 aniversario de la muerte del Che, se realizó la exposición más grande jamás dedicada a ese evento histórico.
Se tituló Más allá del icono, la humanidad del Cheegevara. Incluía no solo las fotos famosas y las inéditas de Freddy Alborta, sino también cartas del Cheé a sus hijos, testimonios de campesinos bolivianos que lo conocieron y grabaciones de audio de soldados que participaron en su captura. Pero la pieza central de la exposición era algo que nadie anticipó.
Los hijos del Cheegevara y los hijos de Mario Terán decidieron crear juntos una instalación de arte. Se llamaba Dos Familias, un momento. Mostraba fotografías de ambas familias lado a lado. Los hijos del Che creciendo sin padre, los hijos de Terán viviendo con un padre traumatizado. La similitud era impactante.
Ambas familias habían sufrido. Ambas habían perdido algo ese día en la higuera. “Mi padre quitó una vida ese día”, dijo Miguel Terán, hijo del ejecutor. Pero al hacerlo, algo en él también murió. Nuestras familias están conectadas para siempre por ese momento de violencia y solo encontramos paz cuando decidimos conectarnos por elección, no por tragedia.
Camilo Guevara, hijo del Che, abrazó a Miguel frente a las cámaras. Nuestros padres estaban atrapados en fuerzas históricas más grandes que ellos, pero nosotros no tenemos que estarlo. Hoy en 2024, más de 50 y 7 años después de ese 9 de octubre de 1967, las fotos de Freddy Alborta siguen siendo algunas de las imágenes más poderosas del siglo XX, pero ahora se ven de manera diferente, no solo como documentación de la muerte de un revolucionario, sino como testimonio de humanidad, persistiendo incluso en las circunstancias más oscuras. La pequeña
escuela en la higuera se ha convertido en un museo y centro de paz. Miles de visitantes llegan cada año, no solo admiradores del Cheé, sino personas de todas las ideologías, buscando entender cómo el perdón puede trascender la violencia. En una pared del museo están grabadas las palabras que El Che le dijo a Freddy.
Ser testigo es una carga, pero también es un regalo, porque los testigos son los que pueden contar la verdad cuando los protagonistas ya no están. Carlos Alborta, ahora de 63 años, sigue dirigiendo la fundación Los testigos silenciosos. Ha documentado más de 500 historias similares de personas comunes atrapadas en momentos históricos extraordinarios.
Mi padre pasó 38 años atormentado por lo que vio, dice Carlos, pero al final su testimonio ayudó a sanar heridas que parecían incurables. Eso convirtió su carga en un regalo para todos nosotros. Y así termina la historia de Freddy Alborta, el fotógrafo que tomó las últimas fotos del Cheguevara vivo. Una historia que estuvo oculta durante 38 años, esperando el momento correcto para ser contada.
Una historia que nos enseña que incluso en los momentos más oscuros de la historia, la humanidad puede brillar, que el perdón es más poderoso que la venganza, que los testigos cargan pesos terribles, pero sus testimonios pueden cambiar el mundo hoy. Las fotos originales de Freddy se exhiben permanentemente en el Museo de la Paz en la higuera.
Junto a ellas está la cámara Pentax Spotmatic, que usó ese día ahora una reliquia sagrada de testimonio histórico. Y cada 9 de octubre personas de todo el mundo se reúnen allí, no para celebrar la muerte o glorificar la violencia, sino para recordar que en esos 5 minutos finales, dos hombres, un revolucionario y un fotógrafo, encontraron una conexión humana que trascendió la política, la ideología y el miedo.
Esa fue la verdadera revolución del Chegueevara. No murió odiando, murió enseñando. Y Freddy Alborta, el testigo silencioso durante 38 años, finalmente le dio voz a esa lección, una lección que seguimos necesitando hoy, más de medio siglo después, que nuestra humanidad compartida es más fuerte que cualquier ideología que nos divida. Yeah.