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La ÚLTIMA Conversación Entre el Che y Su PADRE — Lo Que Se DIJERON Esa Noche Te ROMPERÁ

 

En ese momento nadie sabía que Ernesto Guevara Lynch había tomado la decisión más difícil de su vida, dejar que su hijo se fuera a morir. Marzo de 1965, Buenos Aires, Argentina. La ciudad despierta con el ruido del tráfico y el aroma del café, recién hecho en las cafeterías del centro. Pero en una casa modesta del barrio de Palermo, un hombre de 60 y 3 años está sentado en su sala mirando fijamente la puerta de entrada.

Sus manos tiemblan ligeramente mientras sostiene una taza de mate que se ha enfriado hace horas. Ernesto Guevara Lynch, padre del hombre que el mundo conoce como el Cheegevara, está esperando. Sabe que su hijo viene. Lo sabe porque recibió un mensaje críptico dos días antes. Papá, necesito verte. Será la última vez.

 Esas palabras han estado resonando en su mente como un tambor fúnebre la última vez. ¿Qué padre quiere escuchar esas palabras de su hijo? Pero Ernesto Lynch conoce a su hijo mejor que nadie. Conoce esa mirada determinada, esa voluntad de hierro que heredó de él mismo y sabe en lo más profundo de su corazón que lo que está por venir cambiará su vida para siempre.

Son las 11 de la noche cuando finalmente escucha los golpes en la puerta. No son golpes normales, son suaves, casi imperceptibles. Ernesto Lynch se levanta lentamente, su corazón latiendo con fuerza. Cuando abre la puerta, casi no reconoce al hombre que está frente a él. Su hijo Ernesto Guevara está completamente irreconocible.

 Lleva una peluca negra mal puesta, gafas de marco grueso y un traje arrugado que parece dos tallas más grande. Su famosa barba ha desaparecido, dejando ver un rostro más delgado, más cansado. “Hola, viejo”, dice el che con una sonrisa triste. Ernesto Lynch no dice nada, simplemente abre los brazos y abraza a su hijo con toda la fuerza que sus 63 años le permiten.

 Puede sentir los huesos de su hijo bajo la ropa. Puede oler el cansancio en su piel. Permanecen así durante lo que parece una eternidad. Dos hombres unidos por la sangre y separados por destinos incompatibles. Cuando finalmente se separan, Ernesto Lynch ve algo en los ojos de su hijo que nunca había visto antes.Lo Que el Che LE DIJO a Fidel en Su ÚLTIMA Llamada --- 57 AÑOS Guardó el  SECRETO - YouTube

 Resignación, no miedo, no duda, sino la tranquila aceptación de un hombre que ya ha tomado todas sus decisiones. Se sientan en el jardín trasero, el mismo lugar donde Ernesto jugaba cuando era un niño asmático de 5 años. La luna llena ilumina las plantas que Celia, la madre del Che, solía cuidar con tanto amor antes de morir de cáncer el año anterior.

 El padre prepara mate en silencio, un ritual que han compartido miles de veces, pero que ahora se siente pesado, ceremonial, como si cada gesto tuviera un significado final. Mamá me hubiera rogado que me quedara”, dice el che de repente rompiendo el silencio. Su voz es suave pero firme. Ernesto Lynch asiente sin mirarlo, concentrado en cebar el mate.

“Tu madre era más sabia que yo,” responde finalmente. Ella sabía cuándo pelear y cuándo soltar. Pasan el mate de mano en mano. Cada sorbo un pequeño momento de normalidad. En una noche que es cualquier cosa menos normal. El che mira hacia el cielo estrellado, sus ojos perdidos en algún punto distante. “¿Recuerdas cuando me dijiste que podía hacer lo que quisiera? Pregunta.

 Yo tenía 7 años y acababa de tener un ataque de asma tan fuerte que pensaste que moriría.” Me dijiste, “Ernesto, tu cuerpo es débil, pero tu espíritu puede ser invencible. Elige quién quieres ser.” Ernesto Lynch cierra los ojos. El recuerdo tan vívido como si hubiera sucedido ayer. Recuerda a ese niño pequeño luchando por respirar, sus labios azules por la falta de oxígeno.

Recuerda cómo lo sostuvo toda la noche, prometiéndole que sería fuerte, que superaría esta debilidad. Y lo hizo, Ernesto superó el asma a pura voluntad jugando rugby, cuando los médicos decían que debía quedarse en cama viajando por toda América Latina en una moto cuando le dijeron que no viviría más allá de los 30.

 Sí, hijo responde el padre con voz quebrada. Y elegiste ser libre, elegiste ser imparable. El Che finalmente lo mira directamente. Pues bien, papá. La libertad tiene un precio y he venido a pagarlo. El silencio que sigue es abrumador. Ernesto Lynch siente como algo se rompe dentro de su pecho. No es sorpresa. Ha sabido durante años que este momento llegaría desde que su hijo dejó su carrera de medicina para unirse a un loco barbudo llamado Fidel Castro.

 Desde que participó en la revolución cubana, desde que se convirtió en el segundo hombre más poderoso de Cuba y luego renunció a todo para perseguir revoluciones en África y ahora en Bolivia. Vengo a despedirme, papá, dice el Che, y en su voz hay una certeza que hiela la sangre. Sé que no volveré de Bolivia. Ernesto Lynch quiere gritar, quiere sacudir a su hijo, quiere encerrarlo en esa casa y no dejarlo salir nunca.

 Pero en cambio pregunta con voz calmada, “¿Por qué Bolivia? ¿Por qué ahora el che se recuesta en la silla de jardín mirando las estrellas como si buscara las palabras correctas en el cielo? Porque Fidel me ha traicionado,” responde finalmente, “Porque la revolución cubana se ha convertido en exactamente lo que juramos destruir, un régimen autoritario que depende de otra potencia imperial.

 Porque si no llevo la revolución a otro lugar, todo por lo que luché no habrá significado nada. Se inclina hacia delante, sus ojos brillando con la pasión que su padre conoce también. Bolivia es el corazón de Sudamérica, papá. Si encendemos la chispa allí, todo el continente arderá. Argentina, Perú, Chile, todos se levantarán.

 Y entonces, tal vez entonces habremos creado algo verdaderamente libre. Ernesto Lynch escucha y con cada palabra siente como su corazón se parte un poco más porque reconoce esa pasión. La reconoce porque él la tuvo una vez. Hijo,” dice Ernesto Lynch lentamente, eligiendo cada palabra con cuidado. “Voy a contarte algo que nunca te he dicho.

Cuando era joven, más joven que tú ahora, yo también quise cambiar el mundo. Participé en movimientos estudiantiles, marché contra la oligarquía, soñé con una argentina diferente. Te detiene. La emoción apretando su garganta. Pero conocí a tu madre y cuando naciste tú y luego tus hermanos, entendí algo.

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