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“La peor mujer de Pedro Infante, que marcó su vida entera”

 

Era febrero de 1954, una noche húmeda en la ciudad de México y Pedro Infante estaba sentado en la barra del bar del hotel Reforma tratando de no ser reconocido. Llevaba un sombrero fedora inclinado sobre sus ojos y una camisa simple, sin el brillo característico de sus atuendos de película. No quería firmar autógrafos esa noche.

No quería sonrisas, no quería conversaciones, solo quería un whisky tranquilo y silencio. Pero el silencio nunca duraba mucho para Pedro Infante. Señor Infante. Una voz suave con acento francés apenas perceptible cortó su soledad. Pedro levantó la vista lentamente, preparado para ser cortés, pero distante y entonces la vio Cristian Martel.

Incluso en la luz tenue del bar era imposible no reconocerla. Miss Universo 1953. La primera francesa en ganar ese título. Su fotografía había estado en cada periódico de México durante meses. El presidente Ruis Cortínez las había recibido personalmente en Los Pinos. Era la mujer más fotografiada, más admirada, más inalcanzable del país y estaba parada frente a él sonriendo.

Perdone la intrusión, continuó Cristián en español, casi perfecto. Solo quería decirle que vi los tres García la semana pasada. Lloré en el cine como una niña. Usted es extraordinario. Pedro se quitó el sombrero automáticamente, la educación venciendo su deseo de anonimato. Señorita Martel, el honor es mío.

 ¿Qué hace una mujer como usted tomando algo sola a esta hora? Ella se sentó en el taburete junto a él, sin esperar invitación. Una mujer como yo. ¿Qué significa eso exactamente? Alguien famosa, alguien hermosa, alguien que debería estar rodeada de admiradores, no bebiendo sola en un bar casi vacío. Cristian pidió un martín y con un gesto elegante al bartender.

Quizás estoy cansada de admiradores. Quizás quiero una conversación real con alguien que entienda cómo se siente ser observado constantemente, juzgado, nunca permitido ser simplemente humano. Pedro la miró más cuidadosamente. Ahora había tristeza en sus ojos, algo que las fotografías glamorosas nunca capturaban.

Entiendo perfectamente esa sensación”, respondió suavemente. Hablaron durante tres horas esa noche sobre fama, sobre soledad, sobre la prisión dorada que ambos habitaban. Pedro descubrió que Cristián no era solo una cara bonita, era inteligente, divertida, profundamente perceptiva. Ella leía filosofía francesa, amaba el cine mexicano más que Hollywood y tenía una vulnerabilidad escondida bajo su elegancia parisina.

 Cuando finalmente se despidieron a las 2 de la mañana, Pedro sabía que algo había cambiado, algo peligroso había comenzado. Lo que Pedro no sabía, lo que no podía saber todavía, era que Cristian Martel no estaba realmente disponible, no estaba realmente libre, estaba bajo la protección o quizás la posesión de alguien que no compartía.

alguien con poder suficiente para destruir carreras con una llamada telefónica, alguien que consideraba a cristianes su propiedad privada. Y Pedro Infante, el hombre más amado de México, acababa de cruzar una línea invisible, pero absolutamente letal. Los encuentros comenzaron a repetirse, siempre discretos, siempre en lugares donde la prensa no me rodeaba.

Cafeterías alejadas del centro, paseos por Chapultepec antes del amanecer, escenas en restaurantes de barrios que las estrellas de cine nunca frecuentaban. Pedro se enamoraba más cada día. Cristian era diferente a todas las mujeres que había conocido. No le impresionaba su fama. No quería fotografías con él.

 No le pedía papeles en películas ni presentaciones a productores. Solo quería su compañía, sus conversaciones, su risa genuina. ¿Por qué sigues en México? Le preguntó Pedro una tarde mientras caminaban por un mercado en Coyoacán. Eres Miss Universo, podrías estar en París, en Nueva York, firmando contratos millonarios. Cristián se detuvo frente a un puesto de flores y tocó los pétalos de una rosa suavemente.

Porque México me hizo sentir algo que no había sentido en años. Libertad. En Francia siempre fui la hija de alguien, la novia de alguien, la chica bonita en fiestas aburridas. Aquí por primera vez sentí que podía ser yo misma. Y lo eres, preguntó Pedro. ¿Eres tú misma aquí? Ella lo miró con una intensidad que lo atravesó.

Contigo sí. Contigo puedo ser solo cristián. No Miss Universo, no la francesa exótica, solo una mujer. Pedro compró todas las rosas del puesto, 20, 30 rosas. El vendedor lo miraba confundido mientras Pedro las apilaba en los brazos de Cristián. “¿Qué haces?”, río ella, enterrada bajo flores, demostrándote que algunas cosas hermosas merecen exceso.

 No medida, no cálculo, solo abundancia. Esa noche se besaron por primera vez en el coche de Pedro, estacionado en una calle oscura de San Ángel. Fue un beso que prometía todo y nada, un beso que sabía a peligro, pero el peligro todavía era invisible. Mario Moreno, Cantinflas, fue el primero en notar algo extraño.

 Estaba almorzando con Pedro en el estudio cuando vio a su amigo sonreír la nada, perdido en pensamientos que claramente no tenían que ver con el guion que sostenía. ¿Quién es?, preguntó Mario directamente. Pedro casi escupió su café. ¿Qué? ¿Quién es quién? La mujer que te tiene flotando como adolescente enamorado. Te conozco, Pedro.

Esa sonrisa idiota no aparece por el guion de una película. Pedro dudó, luego suspiró. Con Mario no había secretos. Cristiane Martel. Mario dejó su tenedor lentamente. La Miss Universo, ¿estás bromeando? No estoy bromeando, Mario. La voz de Mario cambió. Ahora seria, casi preocupada. ¿Sabes con quién está ella? ¿Sabes quién la trajo a México? ¿Quién la ha estado protegiendo? Está sola, Mario. Es una mujer libre.

Puede ver a quien quiera. No. Mario se inclinó hacia adelante bajando su voz. Escúchame con mucho cuidado. Cristian Martel no está sola, está bajo la protección de Miguel Alemán Valdés. Pedro parpadeó. El expresidente. Exactamente. Y cuando digo protección, sabes perfectamente lo que significa. Ella es su no. Pedro interrumpió firmemente.

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