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La PALABRA que CARLOS OTERO le gritó en VIVO | El humillante SECRETO de Boncó Quiñongo

 

21 de enero de 2001, Madrid. Poco después de la medianoche, el frío se mete en los huesos. En el suelo helado del vestíbulo de un cajero automático, un hombre duerme acurrucado junto a un indigente. No tiene abrigo. No tiene un solo centavo en el bolsillo. Hoy cumple 30 años y no hay nadie para felicitarlo.

Pero hay un detalle que hace esta escena incomprensible. Apenas unos meses antes, en La Habana, este mismo hombre no podía caminar por la calle sin que una multitud se le echara encima. Era el rostro más famoso de la televisión cubana, el ídolo de millones que cada sábado por la noche paralizaba el país entero con el programa Sabadazo.

 Su nombre es Conrado Cogle, pero tú lo conoces como Bonc Quiñongo. ¿Cómo es posible que una superestrella de la televisión termine en cuestión de meses durmiendo como un mendigo en un cajero al otro lado del mundo? ¿Qué lo expulsó realmente de su país? Quédate conmigo porque la respuesta no es una simple crisis económica.

 Hoy vamos a destapar la mentira más oscura de la revolución. Hoy te voy a contar la verdadera razón por la que el sistema aplastó a su estrella más brillante y la empujó al abismo. Un secreto que lo obligó a elegir entre la humillación absoluta y perderlo todo. Esto es Cuba oculta. Empezamos. Para entender cómo Bonc llegó a ese suelo helado, hay que retroceder al lugar donde todo comenzó.

 Santos Suárez, la Habana, un barrio donde las paredes sudan, donde la rumba sale de las esquinas como si el asfalto la pariera y donde ser negro no es una categoría sociológica, sino una sentencia de nacimiento. Conrado Cogle nació el 21 de enero de 1971 en un solar de ese barrio sin cuarto propio, durmiendo en un sofá que ni siquiera se convertía en cama.

 Su padre Ramón, al que todos llamaban Ramonín, y su madre Tita. Lo criaron con una máxima que repetiría el resto de su vida. En Cuba no es fácil triunfar siendo negro. El que trabaja el doble está preparado el doble. Fíjate bien en esa frase, no es un consejo motivacional, es un diagnóstico. La radiografía de un país que se vendió al mundo como el paraíso de la igualdad racial, mientras obligaba a sus hijos negros a correr el doble para llegar a la mitad.

 Pero Conrado tenía algo que ni el racismo ni la pobreza podían aplastar. Tenía ritmo, tenía lengua, esa chispa que no se enseña en ninguna academia. De niño ganó concursos de baile en la televisión cubana. Este hombre que tú conoces como comediante, por formación es ingeniero civil. Estudió construcción civil en la universidad.

 Pero en 1988 el destino le puso delante algo que cambiaría su vida, un grupo universitario de humor llamado Pagola la paga. Ahí conoció a Geonel Martínez, el futuro Gustavito. Juntos ganaron el primer premio en sketch y parodia en los festivales de humor de la FEU, 3 años consecutivos, del 89 al 91. Compartieron escenario con leyendas como Faustino Oramas, El Guayavero.

 Y de esas tablas universitarias nació el personaje que haría temblar a los burócratas del ICRT. Bon Quiñongo. El nombre viene de la rumba. Bonk es el tambor líder del guahuano. Quiñongo suena a solar, a esquina, a desafío. El personaje era un guapo de barrio habanero que hablaba como hablaba la calle, elidiendo consonantes, mezclando jerga con esa cadencia que los lingüistas llaman dialecto y que los burócratas del ICRT llamaban vulgaridad.

 Ese personaje no nació en un vacío. Nació en el momento más oscuro de la historia cubana reciente, 4 de julio de 1993. La Habana se está cayendo a pedazos. La Unión Soviética desapareció 2 años antes y Cuba está en caída libre. Periodo especial: apagones de 16 a 20 horas al día, comida racionada hasta el absurdo. Gente desmayándose de hambre en las guaguas.

 Y el régimen toma una decisión calculada. Si no puedes darle comida al pueblo, dale risas. Ese día nace Sabadazo, dirigido por Julio Pulido, presentado por Carlos Otero, ambientado en una azotea ficticia de La Habana. 30 minutos que pronto se convirtieron en una hora porque la demanda era brutal. El elenco era una radiografía de la Cuba de los 90.

 Otero como el presentador que intenta mantener el orden. Gustavito como el tipo sencillo del pueblo. Ulises Toirak con sus parodias de burócratas. Osvaldo Doime a Dios con su margot subversiva. Antolín el pichón como el guajiro perdido en la ciudad. Y en el centro de todo Boncó Quiñongo, el negro del solar, el que usaba licras ajustadas y cadenas de oro y decía, “¡Qué volá con tu cake?” y acere en horario estelar de la televisión estatal.

 ¿Te das cuenta de lo que eso significaba? En un país donde el ICRT controlaba cada palabra que salía al aire, donde existía una estética revolucionaria aprobada que era blanca, de clase media, pulida y obediente, este hombre salía cada sábado a romperlo todo. Según Carlos Otero, Sabadazo llegó a alcanzar un 82% de audiencia.

 En las giras tenían que esperar a que terminaran los juegos de pelota para actuar en los estadios, porque no había otro espacio lo suficientemente grande. Mientras el pueblo lo adoraba, los burócratas del ICRT lo miraban con desprecio y miedo. Ponte en sus zapatos. Eres funcionario del Instituto Cubano de Radio y Televisión.

 Tu trabajo es garantizar que la pantalla refleje la estética revolucionaria. Y de repente tienes a un negro de Santos Suárez hablando argot callejero, representando exactamente el tipo de cubano que el sistema prefiere que no exista y el pueblo lo ama con locura. Conrado lo dijo años después con una claridad que corta como un bisturí. Me dije a mí mismo, “Ya nunca me van a llamar para nada importante, porque yo no soy del ICRT.

 No pertenezco al grupo privilegiado de esta gente, no soy de cultura. Agarramos la fama con Sabadazo y nos presentábamos por todos lados, pero a la hora de ser una cara institucional, a mí nunca me iban a escoger. Detente un segundo. Era la cara más popular de la televisión cubana. Millones lo reconocían, pero dentro del sistema era invisible.

 Lo que Bonc vivió no era un caso aislado, era el sistema. En la televisión cubana al actor negro se le asignaban roles específicos: el esclavo con grilletes, el cimarrón azotado, el delincuente o el bufón inofensivo. Lisandra Torres, investigadora de RTV Comercial, presentó un estudio en 2023 demostrando que en los telefilmes cubanos los personajes negros y mestizos son sistemáticamente asignados a roles negativos y marginales.

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