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La noche que CELIA CRUZ humilló a FIDEL CASTRO y él NUNCA la perdonó

 

15 de julio de 1960, 9 de la noche, aeropuerto de Rancho Bolleros, La Habana. El calor del verano cubano se pega a la piel como segunda capa de ropa. Una mujer de 34 años camina por pista de aterrizaje con maleta pequeña. Lleva vestido sencillo, pelo recogido y en bolsillo un pasaporte que promete retorno en pocas semanas.

 Va a abordar avión hacia México con sonora matancera para gira de 15 días. 15 días. Eso dice contrato, eso le dijeron autoridades revolucionarias, eso es lo que ella misma cree en ese momento. Pero esa mujer nunca volverá a pisar su tierra. Esa mujer es Celia Cruz. Y esa noche, sin saberlo, comienza exilio más largo y doloroso de música latinoamericana.

 Para entender que la llevó a ese momento, hay que retroceder 35 años. 21 de octubre de 1925, barrio de Santo Suárez, uno de sectores más humildes de La Habana. Nace Úrsula Hilaria Celia de la Caridad Cruz Alfonso, hija de Simón Cruz, fogonero de ferrocarriles y Catalina Alfonso, a quien todos llaman ollita.

 Hay 14 bocas que alimentar en esa casa. 14 niños entre propios y de familiares. No hay lujos, no hay juguetes caros, hay hambre frecuente y hay música. Siempre música doyita canta para dormir a los pequeños. Abuela enseña canciones que vienen de generaciones. Iselia descubre que tiene voz que no se parece a ninguna otra.

Vecinos de Santo Suárez después contarán que cuando era niña cantaba con tanta fuerza que se escuchaba a tres cuadras. Madre la mandaba a arrullar bebés y terminaba despertando barrio entero. Esa voz no era normal, era instrumento de naturaleza grave y aguda simultáneamente, capaz de susurrar balada y segundos después romper aire con grito de guerra.

 Pero en Cuba de años 30, mujer negra de barrio pobre no tenía opciones. Padre quería que fuera maestra, trabajo seguro, sueldo fijo, vida sin sobresaltos. Celia estudió magisterio para complacerlo, pero música la llamaba con fuerza imposible de ignorar. 1947, programa de radio llamado La Hora del Té, organiza concurso de talentos.

 Celia se presenta, canta con todo lo que tiene, con toda rabia de crecer pobre, con toda esperanza de salir de Santo Suárez, con toda potencia de esa voz que naturaleza le regaló, gana. Premio es pastel, simple pastel. Pero ese pastel cambió historia de música cubana porque productores de radio la escucharon y no podían creer lo que oían.

 Esa presencia, esa energía saliendo de mujer tan joven. Empezaron a llamarla para programas, empezaron a pagarle por cantar. Y Celia tuvo conversación crucial con padre. Le dijo que podía ganar en día de canto lo que maestra ganaba en mes. Simón Cruz era hombre práctico, entendió números, le dio bendición y se le abandonó magisterio para dedicarse a música.

Fíjese bien en esto. Celia Cruz no heredó fama. No tenía contactos en industria, no venía de familia de artistas. Se la ganó noche tras noche, programa tras programa, canción tras canción. subió desde fondo más absoluto y eso le dio algo que ningún dictador pudo quitarle jamás. Orgullo. Orgullo de saber que todo lo que tenía se lo ganó con propia voz.

 1950 llegó oportunidad de vida. Sonora Matancera, orquesta más famosa de Cuba, buscaba cantante nueva. Habían tenido mejores voces del país. Ahora querían a Celia. Primer día que cantó con ellos en emisora CMQ Radio, oyentes llamaron furiosos. No les gustaba cambio, querían cantante anterior, pero Rogelio Martínez, director de orquesta, le dijo que aguantara, que público iba a entender que su voz era demasiado grande para ser ignorada. Tenía razón.

 En menos de 6 meses, Celia Cruz se había convertido en voz de Cuba. Durante toda década de 50, reinó sobre música cubana, grabó decenas de canciones con sonora matancera, llenó que veis más exclusivos de La Habana, Tropicana, Sanous. Montmre. Turistas americanos venían específicamente a verla. Cubanos de todas clases tarareaban sus canciones.

 Era artista más popular de isla. Y entre público que la admiraba había joven abogado con barba que soñaba con cambiar Cuba. Su nombre era Fidel Castro. Enero de 1959. Revolución Triunfa. Fulgencio Batista huye en madrugada de primer día del año. Fidel Castro entra a La Habana como héroe. Calles se llenan celebrando y Celia Cruz, como millones de cubanos tiene esperanza.

 Esperanza de que cosas mejoren, de que corrupción termine, de país más justo. No era comunista, nunca lo fue, pero tampoco era enemiga de cambios que prometía revolución. Al menos no al principio problema empezó cuando promesas se convirtieron en órdenes, cuando cambios se convirtieron en imposiciones, cuando esperanza se convirtió en miedo.

 Régimen revolucionario comenzó a controlar todo. Prensa, empresas, escuelas y, por supuesto, arte de artistas cubanos empezaron a recibir visitas de funcionarios de gobierno. Les explicaban que ahora arte tenía que servir a revolución, qué canciones tenían que tener mensaje político, qué había que cantar glorias de nuevo sistema.

 A algunos les pareció bien, a otros no les quedó más que aceptar, pero Celia Cruz pertenecía a tercera categoría, los que no estaban dispuestos a mentir. Y esto es lo crucial. Celia nunca hizo declaración política pública contra Castro en esos primeros meses. No subió a escenario a gritar consignas antirevolucionarias.

no organizó protestas, lo que hizo fue mucho más simple y mucho más devastador para ego de dictador. Simplemente siguió cantando lo que siempre había cantado. Canciones de amor, canciones de fiesta, canciones que hablaban de vida cotidiana sin consignas, sin propaganda, sin mencionar a Fidel ni para bien ni para mal y en dictadura, neutralidad, traición.

 Funcionarios llegaron a Camerinos después de presentaciones. Sugerían que incluyera canciones revolucionarias en repertorio, que dedicara números a Fidel, que usara plataforma para educar masas. Celia sonreía, decía que lo pensaría y después cantaba exactamente lo mismo. Canciones de amor, canciones de baile, nada de política presión creció.

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