La lluvia golpeaba las ventanas del autobús mientras Lucía apretaba el teléfono entre las manos. Granada desaparecía lentamente detrás de la neblina nocturna, y el conductor parecía cada vez más incómodo conforme avanzaban por aquella carretera vacía.
—¿Segura de que alguien vive por aquí? —preguntó el conductor mirando por el espejo.
—Eso decía el anuncio.
—No me gusta esta zona.
Lucía soltó una pequeña risa nerviosa.
—Solo es una mansión antigua. Tengo que cuidar la casa por una noche.
El hombre negó con la cabeza.
—La gente del pueblo evita este lugar.
—¿Por qué?
El conductor dudó unos segundos.
—Porque hace años desapareció una familia entera allí.
Lucía sintió un escalofrío.
—Eso es imposible.
—Tal vez. Pero nadie volvió a comprar la propiedad… hasta hace unos meses.
El autobús finalmente se detuvo frente a un enorme portón negro.
—Llegamos.
Lucía bajó con su mochila y observó la mansión a lo lejos, iluminada apenas por algunos faroles amarillos. El edificio parecía salido de otro siglo: paredes de piedra oscura, balcones enormes y ventanas demasiado altas.
Antes de subir nuevamente al autobús, el conductor habló con voz seria.
—Si algo raro pasa… no esperes hasta la mañana.
El autobús desapareció en la lluvia.
Lucía tragó saliva.
—Perfecto… maravilloso.
Abrió el mensaje que había recibido aquella mañana.
“Solo debes pasar la noche en la casa. Alimentar al perro a las nueve. No entrar al sótano. Pago: 2.000 euros.”
Dos mil euros por una noche.
Necesitaba el dinero desesperadamente.
Su madre debía tres meses de alquiler y el hospital seguía llamando por las facturas médicas de su hermano menor.
Lucía caminó hasta el portón.
Este se abrió lentamente solo.
—Muy normal todo…
Entró.
El jardín estaba completamente descuidado. Las estatuas tenían grietas y las fuentes estaban secas.
Al llegar a la puerta principal encontró una llave pegada con cinta adhesiva.
“Pasa la noche. No abras la puerta roja del segundo piso.”
Lucía frunció el ceño.
—¿Qué clase de gente deja instrucciones así?
Entró lentamente.
La puerta se cerró detrás de ella con un golpe seco.
El interior era aún más extraño.
Todo estaba impecablemente limpio, pero había algo incómodo en el silencio. No se escuchaban relojes, ni viento, ni tuberías… nada.
Solo silencio absoluto.
Entonces apareció un enorme perro negro al final del pasillo.
Lucía se sobresaltó.
—¡Dios mío!
El perro simplemente la observó.
—Hola…
El animal comenzó a mover la cola lentamente.
—Bueno… tú debes ser el famoso perro.
En la cocina encontró comida preparada y más instrucciones.
“No salgas después de medianoche.”
“No mires por las ventanas del ala norte.”
“Si escuchas pasos arriba, ignóralos.”
Lucía soltó una carcajada nerviosa.
—Esto parece una película de terror barata.
Intentó llamar a su amiga Clara.
Sin señal.
—Genial.
Subió al segundo piso.
El pasillo era larguísimo.
Retratos antiguos cubrían las paredes. En todos aparecía la misma familia: un hombre elegante, una mujer muy pálida y una niña de ojos claros.
En el último cuadro, la niña tenía el rostro rayado violentamente.
Lucía se detuvo.
—Qué perturbador…
Entonces escuchó un golpe.
TOC.
TOC.
TOC.
Venía de arriba.
Lucía levantó lentamente la mirada hacia el techo.
—No puede ser…
Recordó la nota.
“Si escuchas pasos arriba, ignóralos.”
Intentó convencerse de que era el viento.
Pero entonces comenzaron los pasos.
Lentos.
Pesados.
Arrastrándose.
Lucía retrocedió.
El perro empezó a gruñir.
—Tranquilo… tranquilo…
Los pasos se detuvieron de repente.
Silencio otra vez.
Lucía respiró hondo.
—No voy a asustarme por una casa vieja.
Entró a la habitación principal.
Era enorme y demasiado fría.
Dejó su mochila sobre la cama y decidió revisar el baño.
Cuando volvió…
La mochila estaba abierta.
Lucía se congeló.
—No… no… yo la cerré.
Revisó rápidamente.
Todo seguía allí.
Pero había una fotografía encima de la cama.
Una foto antigua de la mansión.
Y detrás alguien había escrito:
“NO TE DUERMAS.”
Lucía sintió un vacío en el estómago.
Corrió hacia la puerta.
Cerrada.
Intentó abrirla.
Nada.
—¿Qué demonios?
Forcejeó otra vez.
No se movía.
Golpeó la puerta.
—¡¿Hola?!
Nadie respondió.
El perro ladró violentamente desde el pasillo.
Lucía abrió la puerta con dificultad y salió.
El animal estaba mirando fijamente hacia el final del corredor.
Había una mujer parada allí.
Muy quieta.
Vestida completamente de blanco.
El cabello cubría su rostro.
Lucía dejó escapar un grito.
La mujer desapareció.
—¡NO!
El pasillo estaba vacío.
Lucía comenzó a respirar agitadamente.
—Estoy cansada… eso es todo…
Intentó bajar las escaleras.
Pero la puerta principal tampoco abría.
Ni las ventanas.
Ni la puerta trasera.
Corrió desesperadamente de una habitación a otra.
Todas cerradas.
Desde afuera.
Lucía comenzó a golpear la puerta principal con fuerza.
—¡ABRAN! ¡¿HAY ALGUIEN?!
Nada.
Entonces escuchó una voz detrás de ella.
—No sirve.
Lucía se dio vuelta sobresaltada.
Un anciano estaba sentado en la oscuridad del comedor.
Ella casi cayó al suelo.
—¡¿Quién es usted?!
—Yo hacía el mismo trabajo que tú.
Lucía retrocedió lentamente.
—¿Cómo entró aquí?
El hombre soltó una risa seca.
—La pregunta correcta es… por qué nadie puede salir.
El perro comenzó a gruñir otra vez.
—No se acerque.
—Ya es tarde para eso.
Lucía tomó un cuchillo de la cocina.
—Voy a llamar a la policía.
—No hay señal aquí.
—¿Qué quiere?
El anciano levantó lentamente la cabeza.
Tenía los ojos completamente blancos.
—La casa eligió otra vez.
Lucía sintió que las piernas le temblaban.
—Usted está loco.
Corrió escaleras arriba.
El hombre comenzó a reír detrás de ella.
Una risa horrible.
Al llegar al segundo piso, todas las luces comenzaron a apagarse una por una.
Tac.
Tac.
Tac.
Hasta quedar completamente oscuro.
Lucía encendió la linterna del móvil.
Su respiración sonaba demasiado fuerte.
Entonces escuchó algo justo detrás de ella.
Una respiración.
Lenta.
Helada.
Giró rápidamente la linterna.
Nada.
Pero en el espejo del pasillo apareció reflejada la mujer de blanco.
Justo detrás suyo.
Lucía gritó y dejó caer el teléfono.
Cuando volvió a mirar…
La mujer ya no estaba.
Entonces una puerta se abrió sola.
La puerta roja.
Lucía recordó la advertencia.
“No abras la puerta roja.”
Pero ahora estaba abierta.
Y desde dentro venía el sonido de una niña llorando.
—Ayúdame…
Lucía tragó saliva.
—¿Hola?
—Por favor…
La voz sonaba aterrorizada.
Lucía avanzó lentamente.
El cuarto estaba lleno de juguetes antiguos cubiertos de polvo.
En el centro había una pequeña cama.
Vacía.
Pero el llanto seguía escuchándose.
—¿Dónde estás?
Entonces la puerta se cerró de golpe detrás de ella.
Lucía corrió.
No abría.
—¡NO!
Las luces comenzaron a parpadear.
Y una voz infantil susurró cerca de su oído:
—Él no deja salir a nadie.
Lucía giró aterrada.
Una niña estaba sentada en la esquina.
Era exactamente la misma del retrato.
—¿Quién eres?
—Sofía.
—¿Qué está pasando aquí?
La niña tenía lágrimas negras bajando por el rostro.
—Mi padre nos encerró aquí.
—¿Qué?
—Nadie puede salir cuando la casa tiene hambre.
Lucía sintió un escalofrío.
—Esto no es real.
—Él sigue abajo.
—¿Quién?
La niña comenzó a temblar.
—No hagas ruido.
Entonces pasos pesados comenzaron a subir las escaleras.
BOOM.
BOOM.
BOOM.
Lucía miró hacia la puerta aterrada.
—¿Quién viene?
La niña susurró:
—Mi padre.
Los pasos se acercaban lentamente.
Lucía intentó contener la respiración.
La sombra de un hombre apareció debajo de la puerta.
Muy alta.
Inmóvil.
Luego una voz grave habló desde afuera.
—Sofía… abre la puerta.
La niña comenzó a llorar desesperadamente.
—No le abras… no le abras…
La manija comenzó a moverse lentamente.
Lucía miró alrededor buscando otra salida.
Había una pequeña puerta detrás del armario.
La abrió rápidamente.
—Ven conmigo.
La niña negó.
—Yo no puedo salir.
—¿Qué dices?
—La casa no me deja.
La puerta principal del cuarto empezó a romperse.
BAM.
BAM.
BAM.
Lucía entró por el pasadizo justo cuando la puerta explotó detrás de ella.
Corrió por un túnel estrecho y oscuro.
Escuchaba pasos persiguiéndola.
Respiraciones.
Susurros.
Finalmente cayó dentro de otra habitación.
El sótano.
Recordó inmediatamente la advertencia.
“No entrar al sótano.”
Pero ya era tarde.
Había fotografías pegadas por todas las paredes.
Fotos de personas diferentes.
Todas jóvenes.
Todas sonriendo frente a la mansión.
Y debajo de cada foto había una fecha.
Lucía comenzó a entender.
—Todos cuidaron esta casa…
Entonces vio la última fotografía.
La suya.
Tomada esa misma noche frente al portón.
Lucía retrocedió horrorizada.
—¿Cómo…?
Una televisión antigua se encendió sola.
En la pantalla apareció el hombre del retrato.
Sonriendo.
—Bienvenida, Lucía.
Ella comenzó a llorar del miedo.
—¿Qué quiere de mí?
—Solo una noche.
—¡Déjeme salir!
—Todos dicen eso.
La imagen se distorsionó.
Entonces apareció otra escena.
Una mujer intentando abrir desesperadamente la puerta principal mientras alguien la arrastraba por el suelo.
Lucía reconoció al anciano.
Pero más joven.
—Dios mío…
La pantalla cambió otra vez.
Ahora mostraba a Sofía encerrada en una habitación.
Golpeando la puerta y gritando.
La voz del hombre sonó nuevamente.
—Una familia debe permanecer unida para siempre.
La televisión explotó.
Todo quedó oscuro.
Lucía escuchó pasos otra vez.
Muy cerca.
Corrió entre las sombras del sótano hasta encontrar una puerta metálica.
La abrió.
Dentro había esqueletos.
Docenas.
Lucía vomitó inmediatamente.
Todos tenían cadenas en los tobillos.
Y sobre la pared alguien había escrito con sangre:
“ÉL SIGUE VIVO.”
Entonces escuchó la voz del anciano detrás de ella.
—Ya lo viste todo.
Lucía se giró temblando.
—¿Quién eres realmente?
—Fui el primero.
—¿Qué significa eso?
—Hace cuarenta años acepté cuidar esta casa… igual que tú.
—¡Entonces ayúdeme!
El anciano comenzó a llorar.
—No puedo salir.
—¿Por qué?
—Porque morí aquí.
Lucía sintió que el corazón casi se detenía.
El anciano levantó lentamente la camisa.
Había una enorme herida atravesando su pecho.
—La casa nos mantiene.
Lucía retrocedió horrorizada.
—No…
—Escúchame. Antes del amanecer debes encontrar la llave negra.
—¿Dónde?
—Él la lleva consigo.
—¿Quién?
Los ojos blancos del anciano se movieron lentamente hacia la oscuridad detrás de ella.
Lucía giró.
El hombre del retrato estaba parado allí.
Alto.
Pálido.
Sonriendo.
—Buenas noches.
Lucía gritó y corrió.
El hombre caminaba lentamente detrás de ella.
Sin apurarse.
Como si supiera que ella jamás escaparía.
Lucía subió las escaleras del sótano desesperadamente.
Las luces explotaban a su paso.
Escuchaba la voz del hombre por toda la casa.
—No deberías correr.
Ella llegó al comedor.
Las puertas estaban abiertas.
Por primera vez.
Corrió hacia la salida principal.
Sonrió aliviada.
Pero justo antes de tocar la puerta vio algo afuera.
Docenas de personas inmóviles observando la mansión desde el jardín.
Todas tenían los ojos completamente blancos.
Lucía retrocedió aterrada.
Los muertos.
El hombre apareció detrás de ella.
—Ellos también quisieron irse.
Lucía tomó un candelabro y lo golpeó.
El hombre ni siquiera reaccionó.
—¡¿QUÉ ERES?!
Él sonrió lentamente.
—El dueño de esta casa.
La temperatura comenzó a caer.
Las ventanas explotaron.
Las sombras del techo parecían moverse.
Lucía vio entonces una pequeña llave negra colgando del cuello del hombre.
Recordó las palabras del anciano.
“Antes del amanecer…”
El hombre comenzó a acercarse lentamente.
Lucía fingió tropezar.
Cuando él se inclinó…
Ella arrancó la llave de su cuello.
El hombre gritó con una voz inhumana.
Toda la casa comenzó a temblar violentamente.
Lucía corrió hacia la puerta principal.
Detrás de ella los gritos eran ensordecedores.
El hombre ya no parecía humano.
Su piel se rompía mientras avanzaba arrastrándose por el suelo.
—¡DEVUÉLVELA!
Lucía encontró una pequeña cerradura negra junto a la entrada.
Metió la llave.
Nada.
—¡NO, NO, NO!
El hombre estaba a pocos metros.
Entonces Sofía apareció frente a Lucía.
—La otra puerta.
—¿Qué?
—La puerta del jardín.
Lucía corrió siguiendo a la niña.
Atravesaron corredores oscuros mientras la mansión literalmente se deshacía alrededor.
Cuadros cayendo.
Paredes rompiéndose.
Gritos por todas partes.
Llegaron a una puerta vieja cubierta por cadenas.
La llave encajó.
Las cadenas cayeron.
La puerta se abrió lentamente mostrando el exterior.
El amanecer.
Lucía comenzó a llorar.
—Gracias…
Sofía sonrió por primera vez.
—Ahora podemos descansar.
Detrás de la niña comenzaron a aparecer decenas de figuras.
Las víctimas.
Todas observando en silencio.
El hombre gritó furioso desde dentro de la casa.
Pero ya no podía acercarse a la luz.
Lucía salió corriendo.
Y en el instante en que el sol iluminó completamente la mansión…
Toda la casa comenzó a derrumbarse.
Las paredes explotaron hacia adentro.
Las ventanas estallaron.
Y finalmente todo desapareció bajo una nube enorme de polvo.
Lucía cayó de rodillas en el jardín, llorando desesperadamente.
Cuando levantó la mirada…
Las figuras habían desaparecido.
Solo quedaba el silencio.
Horas después la policía llegó al lugar.
Un oficial observó las ruinas confundido.
—Aquí no había ninguna casa desde hace veinte años.
Lucía lo miró sin entender.
—¿Qué?
—Este terreno estuvo abandonado desde el incendio de 2006.
Ella sintió el cuerpo helarse.
—No… yo estuve ahí dentro…
El policía frunció el ceño.
—Señorita, aquí murieron cinco personas hace décadas. Nadie vive aquí.
Lucía miró hacia las ruinas.
Entonces vio algo entre las piedras.
La fotografía que encontró en su habitación.
La recogió lentamente.
Pero ahora había otra frase escrita detrás.
“Gracias por abrir la puerta.”
Lucía levantó la cabeza aterrorizada.
A lo lejos, entre la niebla de la mañana, creyó ver a la niña observándola una última vez.
Y luego desapareció.