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La Mujer Que Le Dio Su ÚLTIMA COMIDA al Che Guevara — 52 Años Después Su Nieta REVELA el SECRETO

 

En ese momento nadie sabía que Julia Cortés, una humilde campesina de la higuera, guardaría durante 52 años las últimas palabras que el Cheegevara le susurró mientras ella le entregaba un plato de sopa. Lo que él le confesó sobre sus hijos, sobre Fidel y sobre su propio miedo a morir, cambiaría para siempre la vida de aquella mujer que nunca aprendió a leer ni escribir.

Octubre de 2024, Santa Cruz. Bolivia. Carmen Cortés Villanueva, de 57 años, se sienta frente a la cámara con un rosario de madera entre sus dedos. Es la nieta de Julia Cortés, la mujer que alimentó al Cheeguevara horas antes de su ejecución. Carmen ha viajado desde su pequeño pueblo hasta la ciudad para contar una historia que su abuela le confió en su lecho de muerte.

 Mi abuela murió en 2019. A los 79 años, toda su vida, cargó con un peso que nadie conocía. Solo en sus últimos días, cuando ya no podía levantarse de la cama, me llamó y me dijo que tenía algo que contarme, algo que había guardado durante 52 años. Carmen abre un pequeño pañuelo bordado y saca una fotografía vieja y amarillenta de su abuela joven.

La fotografía muestra a una mujer de rostro moreno, ojos oscuros y profundos con el cabello negro trenzado. Julia Cortés tenía apenas 27 años en octubre de 1967, cuando su vida cambió para siempre. Era una campesina analfabeta que vivía en la higuera, un pueblo tan pequeño que ni siquiera aparecía en la mayoría de los mapas de Bolivia.

 Su mundo consistía en su casa de adobe, sus tres hijos pequeños, sus gallinas y su pequeña parcela de maíz. Nunca había salido del valle, nunca había visto un periódico, nunca había escuchado hablar de revoluciones ni de ideologías. Mi abuela no sabía quién era el Cheguevara”, explica Carmen. Para ella, los guerrilleros que andaban por las montañas eran simplemente extranjeros que causaban problemas.

 Los militares les habían dicho a los campesinos que esos hombres eran bandidos peligrosos que venían a quitarle sus tierras. Mi abuela les tenía miedo, pero lo que Julia no sabía era que en pocos días se convertiría en la última persona en alimentar al revolucionario más famoso del siglo XX. El 8 de octubre de 1967, la tranquilidad de la higuera se rompió con el sonido de helicópteros y camiones militares.Tướng Bolivia Gary Prado Salmón, người bắt Che Guevara, vừa qua đời - BBC  News Tiếng Việt

 Los soldados del ejército boliviano llegaron al pueblo arrastrando a un grupo de prisioneros. Entre ellos había un hombre que llamó la atención de Julia. Estaba herido en la pierna. Su ropa estaba destrozada. Tenía la barba larga y sucia. Pero había algo en sus ojos que Julia nunca pudo olvidar. Mi abuela me contó que ese hombre la miró directamente cuando lo llevaban hacia la escuela del pueblo.

 No era una mirada de odio ni de miedo, era una mirada de profunda tristeza, como si ya supiera lo que iba a pasar. Los soldados encerraron al prisionero en una de las aulas de la pequeña escuela de adobe. Julia observaba desde la puerta de su casa que estaba a solo 50 m de distancia. Vio como los militares entraban y salían, cómo hablaban por radio, cómo fumaban nerviosamente.

 Algo importante estaba pasando, pero ella no entendía que esa noche Julia no pudo dormir. Algo en la mirada de ese hombre la perturbaba profundamente. A la mañana siguiente, el 9 de octubre, un soldado joven tocó la puerta de Julia. El oficial al mando había ordenado que alguien del pueblo preparara comida para el prisionero.

 Los soldados no querían hacerlo ellos mismos. Quizás tenían miedo de acercarse demasiado a ese hombre. Quizás simplemente no querían la responsabilidad. El caso es que eligieron a Julia porque su casa era la más cercana a la escuela. Mi abuela me contó que su primera reacción fue negarse. Recuerda, Carmen. Tenía miedo.

 Le habían dicho que esos guerrilleros eran asesinos. Pero el soldado insistió y le ofreció unos pesos. Mi abuela era muy pobre, necesitaba ese dinero para sus hijos, así que aceptó. Julia preparó lo único que tenía disponible, una sopa de papas con un poco de charque, carne seca de llama. No era una comida elaborada, solo lo que cualquier campesina boliviana prepararía para su propia familia.

 Puso la sopa en un plato de barro y caminó hacia la escuela con las manos temblando. No sabía que estaba a punto de vivir los 15 minutos más importantes de su vida. El soldado que custodiaba la puerta del aula la dejó entrar después de revisar el plato de sopa. Julia entró en la pequeña habitación oscura y vio al prisionero sentado en el suelo con la espalda contra la pared.

 La luz que entraba por la única ventana iluminaba su rostro demacrado. Estaba más delgado de lo que parecía desde lejos. Su pierna herida estaba vendada con trapos sucios. Cuando Julia se acercó con el plato, el hombre levantó la mirada y le sonrió. “Mi abuela siempre recordaba esa sonrisa”, dice Carmen con la voz quebrada.

 Decía que era la sonrisa más triste que había visto en su vida, como si ese hombre estuviera sonriendo para hacerla sentir cómoda a ella. No a él. Julia le extendió el plato sin decir nada. El hombre lo tomó con ambas manos y murmuró algo que ella no entendió. Después, en español, claro, dijo simplemente, “Gracias, señora.” Y esas palabras pronunciadas con acento extranjero fueron el comienzo de una conversación que Julia guardaría en secreto durante más de medio siglo.

 El chegevara comenzó a comer la sopa lentamente. Julia se quedó de pie sin saber si debía irse o quedarse. Nadie le había dado instrucciones. El soldado afuera no parecía tener prisa, así que se quedó allí observando a ese hombre extraño comer su humilde comida. Mientras comía, el che la miraba de vez en cuando.

Finalmente habló. ¿Usted tiene hijos, señora Julia? Asintió, sorprendida de que le hablara. Tengo tres respondió. El hombre dejó de comer por un momento. Sus ojos se humedecieron visiblemente. Yo también tengo hijos. Cuatro. No los veo hace mucho tiempo. Julia no supo qué responder.

 Este hombre, este supuesto bandido peligroso, estaba hablando de sus hijos con la misma ternura con que cualquier padre lo haría. ¿Cómo se llaman sus hijos, señora Julia? Le dijo los nombres. María, Pedro y José. El Che asintió lentamente. Los míos se llaman Aleida, Camilo, Celia y Ernesto. Aleida tiene 7 años.

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