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La MAESTRA Que VIO MORIR al Che — 50 Años CALLADA — Lo Que Le DIJO Te ROMPERÁ El CORAZÓN

 

En ese momento nadie sabía que una joven maestra de 22 años guardaría durante 50 años el secreto más íntimo sobre los últimos momentos de Cheegevara. Lo que ella finalmente reveló en 2017 cambiaría para siempre la forma en que entendemos las últimas palabras del revolucionario más famoso del siglo XX, 2017, la higuera, Bolivia.

 Una mujer de 72 años se sienta frente a la cámara. Sus manos tiemblan ligeramente, no por la edad, sino por el peso de lo que está a punto de decir. Durante medio siglo ha guardado silencio sobre lo que vio el 9 de octubre de 1967. Su nombre es Julia Cortés y esta es la primera vez que cuenta toda la verdad. Me llamo Julia Cortés.

 En 1967, tenía 22 años. Era la única maestra de la higuera, un pueblo tan pequeño que ni siquiera aparecía en la mayoría de los mapas. Mi escuela era un edificio viejo con paredes de adobe y un techo que goteaba cuando llovía, pero era mi escuela. Mis alumnos eran hijos de campesinos, niños descalzos, que caminaban kilómetros cada mañana para aprender a leer y escribir.

 Yo les enseñaba con orgullo, era mi mundo, mi vida sencilla. Y entonces llegó ese día 8 de octubre de 1967. Era una tarde cualquiera. Estaba en el aula explicando las vocales a un grupo de niños cuando escuchamos el ruido. Un ruido que nunca habíamos oído en la higuera. El sonido de un helicóptero. Los niños corrieron a las ventanas.

 Yo también. Y lo que vi el o la sangre. Soldados. Muchos soldados. Y entre ellos un hombre delgado, sucio, con las manos atadas. Lo arrastraban. Su ropa estaba desgarrada. Tenía el pelo largo y enmarañado. Parecía enfermo. Un soldado gritó a los campesinos que se habían acercado a mirar. Dijo un hombre que todos habíamos escuchado en la radio, en los periódicos, en las conversaciones susurradas de los adultos.Lo Que el Che Le CONFESÓ a Esta MAESTRA --- 56 Años Después DESTRUYE La  Historia Oficial - YouTube

 Cheegevara, el guerrillero, el revolucionario, el enemigo. Yo había visto su fotografía, pero la realidad era distinta. No parecía peligroso, solo parecía cansado, terriblemente cansado. Los soldados lo llevaron directamente a mi escuela. Entraron al aula de al lado, la que usábamos como bodega. Un oficial me ordenó que me fuera, que enviara a los niños a casa, que la escuela estaba cerrada hasta nuevo aviso.

 Obedecí, pero no me fui lejos. Me quedé en mi casa, que estaba a solo 50 m de la escuela. No podía dejar de pensar en ese hombre. En sus ojos cuando pasó frente a mí, por un segundo nuestras miradas se cruzaron. Y lo que vi no fue odio ni violencia, solo vi agotamiento y quizás aceptación. Esa noche no pude dormir.

 Sabía que algo terrible iba a pasar. Los soldados no traen a un hombre importante, a un pueblo olvidados una razón. La higuera no tenía hospital, no tenía cárcel, no tenía nada, solo teníamos silencio. Y el silencio es perfecto para cosas que nadie debe ver. La mañana del 9 de octubre amaneció fría. Me levanté temprano como siempre.

 Mi madre me preparó café. Me dijo que no fuera a la escuela, que los soldados eran peligrosos, que ese hombre Chegevara era un terrorista comunista, que si lo mataban era justicia. Pero yo no podía pensar en justicia, solo podía pensar en que había un hombre herido a 50 m de mi casa, un hombre que probablemente no había comido ni bebido agua en horas.

Caminé hacia la escuela. Los soldados estaban afuera fumando, conversando. Uno me vio y me hizo una seña de que me alejara, pero en ese momento escuché una voz desde adentro. Débil, ronca. Decía una sola palabra: “Agua, por favor, agua.” No lo pensé. Corrí a mi casa, llené un vaso con agua fresca del pozo y regresé.

 El soldado me miró con fastidio, pero me dejó pasar. Creo que no le importaba. Creo que pensaba que de todas formas ese hombre estaría muerto en unas horas. Entré al aula. Olía a sudor, a tierra, a sangre. Chegevara estaba sentado en el suelo, la espalda contra la pared, las manos todavía atadas. Tenía una herida en la pierna. Su rostro estaba sucio, pero sus ojos estaban abiertos.

 Me miró entrar y entonces hizo algo que jamás olvidaré. Sonrió. Fue una sonrisa pequeña, cansada, pero real. me dijo, “Gracias, señorita.” Le di el agua. Bebió despacio, como si cada sorbo fuera un regalo. Luego me preguntó si yo era la maestra. Asentí. Entonces dijo algo que me sorprendió. Dijo que los maestros eran los verdaderos revolucionarios.

 No los hombres con fusiles, no los discursos en las plazas, los maestros, las personas que enseñaban a leer a los niños. Me preguntó mi nombre, se lo dije Julia Cortés. Él repitió mi nombre en voz baja como probándolo. Dijo que era un hombre bonito. Y entonces, justo cuando el soldado entraba para echarme, Sheegevara dijo algo más, algo que no entendí en ese momento, pero que cambiaría mi vida para siempre.

 Me dijo que les dijera a los niños que la revolución empieza en los libros, no en las montañas, no en las armas, en los libros, en las palabras, en enseñar a pensar. Me quedé mirándolo confundida. El soldado me empujó hacia afuera, pero antes de salir me volteé. Che me estaba mirando y en sus ojos vi algo que me rompió por dentro.

 Vi que sabía sabía que iba a morir y aún así me había hablado con amabilidad, con esperanza, como si creyera que sus palabras importaban, como si yo importara. Salí de esa aula sintiendo que el mundo se había vuelto más pesado. No sabía qué hacer, no sabía qué pensar, solo sabía que algo dentro de mí había cambiado y que nunca jamás olvidaría esa mirada.

Volví a mi casa caminando despacio. Mis piernas temblaban. Mi madre me esperaba en la puerta con el rostro tenso de preocupación. me preguntó qué había pasado. Le dije que solo le había dado agua, qué había hablado conmigo. Ella negó con la cabeza asustada. Me dijo que no debía acercarme más, que los soldados podían pensar que yo era simpatizante de los guerrilleros, que podían arrestarme, pero yo no podía dejar de pensar en esa voz, en esas palabras.

 La revolución empieza en los libros. Me senté junto a la ventana de mi casa. Desde ahí podía ver la escuela. Los soldados iban y venían. Algunos entraban al aula donde tenían h, otros se quedaban afuera vigilando. El ambiente era tenso, nervioso. Yo conocía a esos soldados. Algunos eran de pueblos cercanos, muchachos jóvenes casi de mi edad.

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