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La Historia SECRETA de NANANINA | La Víctima OLVIDADA de LA TREMENDA CORTE

 

En la radio todos la conocían. No podía caminar por las calles de La Habana sin que la gente le gritara su nombre con cariño y admiración. Era la mujer más famosa de toda Cuba. Pero en aquel asilo de ancianos de Miami, nadie vino jamás a visitarla. No tenía hijos que se preocuparan por ella. El hombre con quien estuvo casada durante 16 largos años, tres patines, o sea, Leopoldo Fernández, ya había rehecho completamente su vida sentimental con otra mujer mucho más joven.

 Aquella sobrina querida de la que hablaba constantemente en la radio, Ángela Toribia, era completamente ficticia, una fantasía inventada por el dionista Castor Bispo para darle más profundidad al personaje. En la vida real no quedaba una sola persona en este mundo que la amara, que la cuidara, que se preocupara genuinamente por su bienestar.

 Y aquí viene la parte más venenosa de toda esta historia. En ese preciso momento, mientras ella esperaba la muerte en los fríos pasillos de aquel asilo olvidado, a miles de kilómetros de distancia, desde México hasta Argentina, en cientos de estaciones de radio de todo el continente, resonaba la voz juvenil y vibrante de esa misma mujer.

 Millones de personas se reían acarcajadas con sus ocurrencias. Los anuncios comerciales giraban sin parar, generando fortuna. El dinero fluía constantemente a las cajas registradoras de los ejecutivos y productores. Pero, en el bolsillo de Mimical, ¿qué había realmente? Solo la pensión mínima que le daba el gobierno estadounidense por ser residente legal, porque el sistema le había hecho un pago único décadas atrás y nada más.

 El día que entró al estudio de grabación, recibió unos cuantos pesos miserables y a cambio entregó todos los derechos del futuro sin saberlo. Mientras los productores y sus herederos se hacían millonarios generación tras generación, la verdadera dueña de esa voz inolvidable moría en la miseria más absoluta y degradante.

 Esta es la historia de uno de los mayores robos de la industria del entretenimiento en toda la historia de América Latina. La historia no contada de la otra gran víctima de la tremenda corte. Quédate conmigo porque hoy vamos a destapar una tragedia que lleva décadas oculta detrás de las carcajadas inocentes.

 Prepárate un café bien largo porque este viaje va a doler mucho más de lo que imagina. Para entender la magnitud de esta injusticia histórica, primero tienes que conocer a la mujer real detrás del personaje. Manuela Cal Fariñas nació el 12 de enero de 1900 en La Habana, justo cuando Cuba acababa de liberarse del dominio colonial español y trataba desesperadamente de construir su propia identidad nacional.

 Aquella habana de principios de siglo era un herbidero cultural absolutamente impresionante, donde se mezclaba la tradición costumbrista local con el bodevil español importado y las nuevas influencias norteamericanas que llegaban constantemente del norte. Y en ese ambiente efervescente y lleno de posibilidades, nació una niña que cambiaría para siempre la historia de la comedia en toda América Latina.

 Mimikal no era la típica actriz de su época ni por asomo. Si tú piensas en las mujeres del teatro cubano de los años 20, te imaginas figuras meramente decorativas, mujeres hermosas, pero completamente pasivas, simples adornos visuales del escenario mientras los hombres se llevaban todas las risas y los aplausos del público.

 Pero Mimí era otra cosa completamente distinta desde el principio. A los 16 años apenas cumplidos, en 1916 ya estaba trabajando profesionalmente en la legendaria compañía teatral de Arquimedes Pou, uno de los padres fundadores indiscutibles del teatro vernáculo cubano. Allí pasó 10 años completos de su juventud, aprendiendo pacientemente cada secreto del difícil oficio.

 No solo técnicas de actuación y proyección de voz para llenar los teatros. Aprendió a dominar magistralmente el argot de la calle Habanera. El ritmo particular del habla popular cubana, los chistes que hacían reír por igual al guajiro humilde del campo y al habanero más sofisticado de la capital. Fíjate bien en esto porque es absolutamente clave para entender todo lo que viene después en esta historia.

 En una época donde la comedia era territorio exclusivo y cerrado de los hombres, donde las mujeres solo servían para lucir bonitas y quedarse calladas en segundo plano, Mimikal se abrió paso valientemente con su talento puro, su lengua afilada como navaja y su carácter dominante que no se dejaba pisotear por absolutamente nadie. Se convirtió en una de las primeras mujeres en conseguir un contrato exclusivo en la radio cubana.

 Eso significaba, en términos prácticos, que los ejecutivos de las emisoras la consideraban tan inmensamente valiosa, tan capaz de mover audiencias masivas con solo su voz, que estaban dispuestos a pagarle una fortuna solo para que no trabajara jamás con la competencia. Pero aquí entramos en el terreno más jugoso de toda la historia.

En algún momento de los años 30, en los pasillos de algún teatro habanero lleno de humo de tabaco y rumores de pasillo, Mimikal conoció a un hombre que cambiaría su vida para siempre de maneras que ella jamás pudo imaginar. Se llamaba Leopoldo Fernández Salgado. Todavía no era el famoso tres patines que todo el mundo conocería después.

Todavía no era el comediante más famoso y querido del mundo hispanohablante. Era simplemente un actor joven con mucho talento natural y una ambición absolutamente desbordante que no conocía límites. Entre ellos surgió algo que iba mucho más allá de lo meramente profesional, algo químico e inexplicable, algo inevitable que ninguno de los dos pudo controlar.

 Se enamoraron perdidamente como adolescentes, se casaron llenos de ilusiones y comenzaron a construir juntos lo que eventualmente se convertiría en el fenómeno más grande de la radio latina en toda la historia del medio. En 1942 arrancó en RHC cadena azul, un programa que absolutamente nadie imaginaba que duraría décadas enteras y cruzaría todas las fronteras del idioma español. La tremenda corte.

El concepto era aparentemente simple, pero tremendamente genial en su ejecución práctica. Una corte judicial ficticia donde un juez casca rabias y perpetuamente confundido intentaba poner orden mientras un sinvergüenza incorregible llamado José Candelario Tres Patines convertía cada audiencia judicial en un circo absoluto de malentendidos hilarantes y juegos de palabras ingeniosos que nadie más podía igualar.

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