Posted in

La Hija del Che Guevara CONOCIÓ al Hijo del Hombre Que MATÓ a Su Padre — 50 Años Después

 

En ese momento nadie sabía que Miguel Terán había vivido 50 años con una pregunta que lo destruía por dentro. Los hijos heredan los pecados de sus padres. Su padre Mario Terán fue el soldado que ejecutó al Cheeguevara en Bolivia. Ahora, medio siglo después, Miguel estaba a punto de encontrarse cara a cara con Aleida Guevara, la hija del hombre que su padre mató.

 Esta es la historia de dos familias destruidas por una sola bala, de dos hijos que cargaron durante décadas con el peso de una ejecución que cambió la historia del mundo y de un encuentro secreto que nadie creyó posible. Miguel Terán López era apenas un adolescente cuando su padre regresó de la higuera, Bolivia, convertido en el hombre más odiado por millones de personas y el más celebrado por otras tantas.

 No entendía por qué algunos lo llamaban héroe y otros lo llamaban asesino. Solo sabía que su padre ya no era el mismo hombre que había partido semanas antes hacia las montañas bolivianas. Algo se había roto dentro de Mario Terán. Algo que ningún médico podría reparar jamás. Mario Terán nunca habló abiertamente de lo que hizo en la higuera.

 Durante los primeros años después de la ejecución, el gobierno boliviano lo presentó como un soldado valiente que había eliminado a un peligroso guerrillero comunista. Le dieron medallas, lo ascendieron de rango, le prometieron reconocimientos, pero Mario no celebraba ninguno de esos honores. Cada noche, cuando la casa quedaba en silencio y su esposa dormía, Mario se sentaba en la cocina oscura con una botella de aguardiente y miraba fijamente la pared durante horas.

 Miguel lo espiaba desde el pasillo tratando de entender qué le pasaba a su padre. Una noche de diciembre, apenas dos meses después de la ejecución, Miguel escuchó algo que nunca olvidaría. Su padre estaba llorando en la cocina. No era un llanto suave de tristeza pasajera, era un soyoso profundo y desgarrador que parecía arrancarle el alma desde lo más hondo.Che Guevara: quienes son los hijos del excomandante de la Revolucion Cubana  | LRTM | Mundo | La República

 Miguel se acercó lentamente y vio a su padre sosteniendo algo en sus manos temblorosas. Era un recorte de periódico con la fotografía del che muerto. Esa imagen que había dado la vuelta al mundo entero. Mario Terán levantó la vista y vio a su hijo parado en la puerta de la cocina. Sus ojos estaban rojos, hinchados, completamente derrotados por algo invisible.

 Por un momento largo y pesado, padre e hijo se miraron en silencio absoluto. Entonces Mario dijo algo que Miguel grabó en su memoria para siempre. mi hijo, me ordenaron matarlo, no tuve opción. Pero cuando entré a ese cuarto y lo vi sentado allí, amarrado, herido, esperando la muerte, me miró con unos ojos que no eran de odio.

 Eran ojos de compasión, de lástima, como si él me tuviera lástima a mí, al hombre que iba a matarlo. Miguel no entendió completamente esas palabras aquella noche. Era demasiado joven y su mundo era todavía simple y ordenado. Los buenos contra los malos, los soldados contra los guerrilleros, Bolivia contra los invasores comunistas.

 Pero con el paso de los años, esas palabras fueron cobrando un peso terrible en su mente. Su padre no se sentía como un héroe nacional, se sentía como un hombre atormentado eternamente por la mirada compasiva de su víctima. Los años siguientes fueron un descenso lento y cruel hacia el infierno para toda la familia Terán.

 Mario comenzó a beber cada vez más, a dormir cada vez menos, a alejarse de todos los que lo amaban. Desarrolló un insomnio severo que ningún médico podía curar. Tenía pesadillas constantes, de las que despertaba gritando en medio de la noche, empapado en sudor frío, murmurando palabras sobre ojos que lo miraban desde la oscuridad.

En varias ocasiones intentó quitarse la vida. La primera vez se cortó las venas en el baño mientras la familia dormía. Fue Miguel quien lo encontró inconsciente en un charco de sangre y lo llevó al hospital. Los doctores hablaron de depresión severa, de trauma de guerra, de culpa del sobreviviente. Pero Miguel sabía que era algo más profundo y oscuro que cualquier diagnóstico médico.

Su padre estaba siendo devorado lentamente por dentro, consumido por el fantasma del Cheeguevara, que nunca lo abandonaba. Cada día que pasaba, Mario se parecía menos al hombre fuerte que Miguel recordaba de su infancia. La madre de Miguel, doña Carmen, también fue víctima silenciosa de aquella bala que atravesó el pecho del cheeguevara en la higuera.

 Su matrimonio con Mario se desintegró lentamente bajo el peso aplastante de un secreto que él no podía compartir y ella no lograba comprender. Finalmente, Carmen se fue de la casa llevándose a los hijos menores. No pudo más con la situación. Antes de partir, le dijo a Miguel con lágrimas en los ojos, “Tu padre murió en la higuera junto con ese hombre.

 Lo que vive en esta casa ahora es solo su fantasma, solo su cuerpo vacío. Miguel se quedó solo con su padre, cuidándolo, protegiéndolo del mundo exterior y de sí mismo. Abandonó sus propios sueños y planes para dedicarse a mantener vivo a un hombre que ya no quería vivir. Vio como sus amigos de la infancia se alejaban cuando descubrían quién era su padre.

 escuchó los insultos susurrados en las calles del pueblo, las miradas de desprecio absoluto, los escupitajos ocasionales de algún simpatizante del Che, que lo reconocía como el hijo del verdugo. Mientras tanto, al otro lado del continente, en La Habana, Cuba, otra familia vivía su propio calvario paralelo. Aleida Guevara March era apenas una niña pequeña cuando mataron a su padre en Bolivia.

 Recordaba solo fragmentos borrosos de él, su olor característico a tabaco, sus manos grandes y ásperas que la levantaban en el aire haciéndola reír, su risa ronca cuando jugaban juntos en el jardín de la casa familiar. Recordaba también con claridad dolorosa el día exacto en que su madre, también llamada Aleida, la sentó junto a sus hermanos y les dijo con voz quebrada por el llanto que papá no iba a volver nunca más, que había muerto peleando muy lejos por lo que creía justo, que ahora era un héroe eterno de la revolución cubana y que

todos debían estar orgullosos de llevar su apellido glorioso. Pero la pequeña Aleida no quería un héroe de póster, ni un mártir de la revolución. Quería simplemente a su papá de vuelta. Quería que la llevara al parque como antes, que le leyera cuentos antes de dormir. Que le enseñara a andar en bicicleta. Durante los años siguientes, Aleida creció inevitablemente a la sombra gigantesca de un mito más grande que cualquier hombre real de carne y hueso.

Read More