Su abdomen estaba hundido. Las costillas marcadas como teclas de piano bajo la piel cetrina. “Este hombre no comió bien durante mucho tiempo,” se dijo. Susana murió hambriento. La propaganda decía que el che era un monstruo sanguinario que aterrorizaba a los campesinos. Pero lo que Susana tenía frente a ella era el cuerpo de un hombre que evidentemente había sufrido privaciones extremas.
Cuando llegó a lavar el torso, Susana tuvo que contenerse para no llorar. Las heridas de bala eran brutales. Había un orificio grande en el costado izquierdo, justo debajo de las costillas, que parecía haber sido el disparo mortal. Otros impactos más pequeños salpicaban su pecho y sus brazos.
Pero lo que más la perturbó fueron las marcas que no eran de balas. Había moretones en sus brazos, como si lo hubieran sujetado con fuerza. Marcas de cuerdas en sus muñecas que indicaban que había estado atado durante horas, quizás días. Y en su rostro, aunque desfigurado por la muerte, Susana podía ver los rastros de golpes recientes. Lo torturaron.
susurró para sí misma sin poder evitarlo. Antes de matarlo, lo torturaron. Esa revelación cayó sobre ella como un balde de agua fría. La versión oficial decía que el Che había muerto en combate peleando heroicamente contra el ejército boliviano. Pero las heridas de ese cuerpo contaban una historia diferente. Contaban la historia de un hombre capturado, atado, golpeado y finalmente ejecutado.
No había heroísmo militar en eso, solo había crueldad calculada y un asesinato a sangre fría. Mientras Susana lavaba las manos del Che, hizo un descubrimiento que la desconcertó profundamente. Sus manos no eran las manos de un asesino, eran manos finas, con dedos largos y delgados, casi elegantes. Las uñas estaban sucias y rotas por la vida en la selva, pero la forma de sus manos revelaba algo inesperado.
“Este hombre no nació para la guerra”, pensó Susana. Estas son manos de médico, de escritor, de alguien que trabajaba con la mente más que con la fuerza. Años después, cuando Susana investigó la vida del Che, descubrió que no se había equivocado. Ernesto Guevara había sido médico antes de convertirse en revolucionario.
Había usado esas mismas manos para curar enfermos, para escribir diarios y cartas, para acariciar a sus hijos. La guerra las había maltratado, pero no había podido borrar su naturaleza original. Susana tomó esas manos entre las suyas y las lavó con un cuidado que sorprendió incluso a ella misma. Sintió que le debía ese respeto, aunque no pudiera explicar por qué.
Lo que estás viendo ahora es solo el principio, porque lo que Susana descubrió a continuación cambiaría su vida para siempre. Cuando Susana comenzó a lavar el rostro del Che, sus manos se detuvieron. Los ojos del guerrillero seguían abiertos, mirando hacia algún punto infinito que solo los muertos pueden ver.
Eran ojos oscuros, profundos, que incluso en la muerte parecían guardar secretos. La directora le había advertido que no lo mirara a los ojos, que esos ojos pertenecían a un demonio. Pero Susana no pudo resistirse. Miró directamente a esos ojos muertos. y buscó en ellos la maldad que le habían prometido. No la encontró.
Lo que encontró fue algo que la perseguiría durante las siguientes cinco décadas. Encontró tristeza, una tristeza infinita y antigua que parecía ir más allá de la muerte misma. Este hombre murió solo, pensó Susana. Murió lejos de su familia, lejos de su país, lejos de todo lo que amaba. murió sabiendo que había fracasado.
Ese pensamiento la golpeó con una fuerza inesperada. Durante años le habían dicho que el Che era un fanático peligroso, un extranjero que había venido a Bolivia a sembrar el caos. Pero mirando sus ojos, Susana solo podía ver a un hombre roto por las circunstancias que él mismo había elegido. Fue entonces cuando Susana cometió el acto que definiría el resto de su vida.
Mientras lavaba el cabello del che largo y enmarañado por semana sin cuidado, tomó una decisión impulsiva que no podía explicar ni entonces ni ahora. Con unas tijeras pequeñas que llevaba en el bolsillo de su uniforme, cortó un mechón de cabello de la nuca del guerrillero, donde nadie lo notaría. Lo envolvió rápidamente en un pedazo de gaza y lo escondió dentro de su sostén contra su corazón.
Sus manos temblaban mientras lo hacía. Si la descubrían, las consecuencias serían terribles. Los militares la acusarían de simpatizar con los guerrilleros. Podría perder su trabajo, ir a la cárcel o algo peor. En aquellos tiempos, en Bolivia la gente desaparecía por mucho menos. No sé por qué lo hice, confiesa Susana hoy con la voz quebrada.
No era simpatizante del Cheé ni de ningún movimiento revolucionario, pero en ese momento sentí que alguien tenía que preservar algo de ese hombre. Algo que no fuera propaganda ni mentiras, algo verdadero. Ese mechón de cabello permanecería escondido en una caja de metal durante los siguientes 56 años, guardado como el secreto más peligroso de su vida.
Mientras terminaba de lavar el cuerpo, Susana escuchó voces afuera de la lavandería. reconoció la voz del oficial de bigote que le había dado las órdenes. Hablaba con alguien más, alguien con acento extranjero. Susana agusó el oído mientras fingía concentrarse en su trabajo. El agente de la CIA quiere verlo antes de que lo exhiban, decía el oficial.
dice que necesita confirmar la identidad para el informe. Susana sintió un escalofrío. Había escuchado rumores sobre la presencia de estadounidenses en la cacería del Che, pero ahora tenía confirmación directa. Minutos después, la puerta se abrió y entraron tres hombres, el oficial boliviano, un hombre rubio de lentes que claramente no era boliviano y otro militar de alto rango que Susana no reconoció.
El hombre rubio se acercó al cuerpo y lo examinó fríamente, como un carnicero examinando una red. Tomó fotografías desde varios ángulos, levantó las manos del cadáver y las estudió con atención. Finalmente asintió satisfecho. Es él, confirmó en español con acento marcado. No hay duda. Buen trabajo. Feliciten al sargento Terán.
Susana memorizó ese nombre sin saber por qué. Terán, el hombre que había ejecutado al Che. tenía nombre. Cuando los hombres se fueron, Susana tuvo unos minutos más a solas con el cuerpo. Aprovechó para hacer algo que la atormentaría durante años. Le cerró los ojos al Che. Fue un gesto simple, casi automático para una enfermera acostumbrada a lidiar con la muerte.
Pero para Susana significó algo más profundo. Fue su forma de despedirse de aquel extraño que había cambiado su vida en apenas una hora. Descansa”, le susurró sin pensar. “Ya terminó todo.” Inmediatamente se sintió tonta por hablarle a un cadáver. Pero también sintió algo parecido a la paz, como si hubiera cumplido con un deber que nadie le había asignado, pero que ella había asumido voluntariamente.
Terminó de secar el cuerpo, acomodó su ropa lo mejor que pudo y alizó su cabello y su barba con los dedos. quería que se viera dignamente, no como un animal casado, sino como un hombre que había vivido y muerto por sus convicciones, equivocadas o no. Cuando los soldados regresaron para llevarse el cuerpo, encontraron a Susana de pie en un rincón, con las manos juntas esperando en silencio.
Ninguno notó que su corazón latía furiosamente, ni que llevaba un secreto escondido contra su pecho. Las siguientes horas fueron un caos que Susana observó desde la distancia. El cuerpo del Che fue llevado a lavandería del Hospital Viejo, un edificio más grande donde podían exhibirlo para la prensa y los curiosos.
Susana no fue requerida para esa parte del espectáculo. Su trabajo había terminado, pero no pudo evitar acercarse a ver lo que estaba pasando. Cientos de personas se agolpaban alrededor del edificio. Periodistas de todo el mundo disparaban sus cámaras. Militares bolivianos posaban orgullosos junto al cadáver como cazadores junto a su trofeo.
Y en medio de todo ese circo, Susana vio algo que la perturbó profundamente. Vio a mujeres del pueblo persinándose frente al cuerpo. Vio a hombres quitándose el sombrero en señal de respeto. Vio a niños mirando con curiosidad y miedo a aquel hombre barbudo que parecía dormido. La gente no lo miraba como a un monstruo, lo miraba como a algo más, algo que Susana no podía nombrar, pero que reconocía instintivamente.
Años después entendería que había presenciado el nacimiento de un mito. En esa lavandería de Vallegrande, el cheegevara dejó de ser un hombre y comenzó a convertirse en una leyenda. Esa noche, Susana llegó a su casa y se encerró en su habitación sin cenar. Sus padres notaron que algo andaba mal, pero no preguntaron.
En aquellos tiempos, era mejor no hacer preguntas sobre lo que pasaba en el hospital cuando había militares involucrados. Susana sacó el mechón de cabello de su escondite y lo miró durante largo rato a la luz de una vela. Era tan poca cosa, unos pocos cabellos oscuros envueltos en gaza médica, pero representaba todo lo que había vivido ese día.
Representaba la verdad que había visto con sus propios ojos. Frente a las mentiras que escuchaba en todas partes, lo escondió en una pequeña caja de metal donde guardaba sus tesoros de infancia, una medalla de primera comunión, una foto de sus abuelos, una carta de amor que nunca había enviado. Ahora añadía a esa colección el cabello de un hombre muerto que el mundo consideraba un demonio, pero que ella había visto como un ser humano sufriente.
Nadie puede saber de esto, se dijo a sí misma, nunca jamás. Y durante los siguientes 56 años cumplió esa promesa con una disciplina férrea que sorprendería a cualquiera que conociera a la tímida enfermera de Vallegrande. Los días siguientes fueron extraños para Susana. El pueblo de Vallegrande se llenó de periodistas, militares y curiosos de todo el mundo.
Todos querían ver el lugar donde habían exhibido al Che. Todos querían hablar con quienes habían estado cerca del cuerpo, pero nadie preguntó por la enfermera que lo había lavado. Susana era invisible, una más entre tantas mujeres de uniforme blanco que trabajaban en el hospital y ella prefería que fuera así.
No quería atención, no quería preguntas, no quería tener que mentir sobre lo que había visto y hecho. Pero aunque nadie le preguntaba, Susana no podía dejar de pensar en aquel hombre. En sus ojos abiertos, mirando la eternidad, en sus manos de médico destrozadas por la guerra, en las heridas que contaban la historia de una tortura que nadie quería admitir, y sobre todo, pensaba en el mechón de cabello escondido en su habitación.
Ese pequeño secreto que la convertía en guardiana de una verdad que el mundo no conocía. Sin saberlo, Susana se había convertido en parte de la historia. y lo que descubriría en los años siguientes sobre lo que realmente pasó en la higuera, la obligaría a cargar con un peso aún mayor. Pero esa revelación tendría que esperar porque los secretos más oscuros de aquella ejecución apenas comenzaban a salir a la luz.
Pasaron los años y Susana Usinaga construyó una vida tranquila en Valle Grande. Se casó con un maestro de escuela llamado Roberto. Tuvo tres hijos y siguió trabajando en el hospital hasta su jubilación. Desde afuera parecía una mujer común, una más entre las miles de bolivianas que vivían sin hacer ruido ni causar problemas.
Pero por dentro, Susana cargaba un peso que nadie conocía. Cada noche, antes de dormir, pensaba en aquel hombre de ojos abiertos que había lavado aquella mañana de octubre. Cada año, cuando llegaba el aniversario de su muerte, Susana sacaba la pequeña caja de metal de su escondite y miraba el mechón de cabello a la luz de una vela.
Era su ritual secreto, su forma de recordar, que ella había sido testigo de algo importante. Mi esposo nunca supo, confiesa Susana. Dormimos en la misma cama durante 40 años y jamás le conté lo que guardaba en esa caja. No porque no confiara en él, sino porque algunas verdades son demasiado peligrosas para compartirlas. Roberto murió hace 10 años sin saber que su esposa había tocado al guerrillero más famoso del siglo XX durante las primeras décadas después de la muerte del Che.
Hablar de él en Bolivia era peligroso. Los gobiernos militares que se sucedían en el poder consideraban cualquier mención favorable del guerrillero como un acto de subversión. Susana aprendió a guardar silencio no solo que había hecho, sino también sobre lo que había visto. Cuando sus compañeras del hospital comentaban sobre los guerrilleros, ella simplemente asentía y cambiaba de tema.
Cuando sus hijos ya adolescentes le preguntaban si era verdad que el Che había muerto en Vallegrande, ella respondía con evasivas, “Sí, murió aquí.” “No, yo no lo vi.” Era mentira. Pero esa mentira la protegía. Sin embargo, había algo que Susana no podía controlar, los sueños. Durante años tuvo el mismo sueño recurrente.
Estaba en la lavandería del hospital lavando el cuerpo del Che, cuando de pronto él abría los ojos y la miraba. No decía nada, solo la miraba con esa tristeza infinita que ella había visto en sus ojos muertos. Y Susana despertaba empapada en sudor, con el corazón golpeando en su pecho como un tambor de guerra. El mundo seguía girando y el che se convertía cada vez más en un icono global.
Su rostro aparecía en camisetas, en carteles, en murales de ciudades que él nunca había visitado. Jóvenes que no habían nacido cuando él murió levantaban su imagen como símbolo de rebeldía. Para Susana, esa transformación era desconcertante. El hombre que ella había lavado, el cuerpo frágil y torturado que había tenido entre sus manos, se había convertido en algo completamente diferente.
Se había convertido en un mito, en una idea, en algo más grande que cualquier ser humano de carne y hueso. A veces me da rabia, admite Susana. Veo a jóvenes con su cara en la camiseta y quiero preguntarles si saben lo que él sufrió. Si saben cómo murió realmente, si saben que era un hombre, no un símbolo, pero nunca pregunto. Me quedo callada como siempre.
Durante esos años, Susana empezó a investigar por su cuenta. Leía todo lo que encontraba sobre el Che, sobre su vida antes de Bolivia, sobre su familia, sobre los hombres que lo habían perseguido y finalmente matado. Cada dato nuevo que descubría añadía una capa más de complejidad a aquel cuerpo que ella había lavado.
En 1995, casi tres décadas después de la muerte del Che, algo cambió en Bolivia. Un general retirado reveló la ubicación de la fosa común, donde habían enterrado secretamente al guerrillero y a sus compañeros. Durante años, el gobierno había negado saber dónde estaban los restos. Ahora, finalmente, la verdad comenzaba a emerger.
Susana siguió las noticias con una mezcla de esperanza y temor. Esperanza de que finalmente se hiciera justicia con aquel hombre. Temor de que alguien de alguna manera descubriera su secreto. En 1997, un equipo de forenses argentinos y cubanos llegó a Valle Grande para buscar los restos. Susana los observaba desde lejos, sin atreverse a acercarse.
Cuando finalmente encontraron los huesos del Che y sus compañeros, todo el pueblo se conmovió. 30 años después de su muerte, el guerrillero volvía a ser noticia mundial. Susana se quedó en su casa ese día mirando la televisión con lágrimas en los ojos. Vio cómo sacaban los huesos de la tierra, como los limpiaban con cuidado, cómo los colocaban en cajas para enviarlos a Cuba y pensó en el mechón de cabello que seguía guardado en su habitación.
Lo que Susana descubrió durante esas investigaciones la marcó profundamente. Leyó testimonios de los soldados que habían estado en la higuera. leyó las confesiones del sargento Mario Terán, el hombre que había disparado al Che, y cada detalle que descubría confirmaba lo que ella había intuido mientras lavaba aquel cuerpo torturado.
El Che no había muerto en combate. Había sido capturado vivo, herido, pero consciente. Lo habían interrogado durante horas tratando de sacarle información sobre sus compañeros. Cuando quedó claro que no hablaría, la orden llegó desde la paz. O quizás desde más arriba, desde Washington, había que eliminarlo. No podían llevarlo a juicio porque eso lo convertiría en mártir.
Tenían que matarlo en silencio y presentarlo como caído en batalla. Susana leyó como Terán había entrado en la escuelita donde tenían al Che, como el guerrillero lo había mirado y le había dicho sus últimas palabras, cómo Terán había temblado tanto que no podía apuntar, cómo finalmente había disparado, una vez, dos veces, hasta que el hombre dejó de moverse.
Todo eso había pasado antes de que el cuerpo llegara a sus manos. Todo eso estaba escrito en las heridas que ella había lavado. Los años siguientes trajeron más revelaciones. Documentos desclasificados de la CIA confirmaron lo que muchos sospechaban. Estados Unidos había participado activamente en la cacería del Che. Agentes de inteligencia habían entrenado al ejército boliviano, habían proporcionado información, habían estado presentes durante los interrogatorios.
El hombre rubio de lentes que Susana había visto en la lavandería no era un fantasma de su imaginación. Era Félix Rodríguez, un agente cubano americano de la CIA que se había encargado de coordinar la operación. Susana recordaba perfectamente su rostro, su acento extranjero, su frialdad mientras examinaba el cadáver.
Ahora tenía un nombre para ese fantasma. Félix Rodríguez incluso escribió un libro donde se jactaba de haber estado presente en los últimos momentos del Che. Contaba cómo le había quitado el reloj al guerrillero como trofeo, cómo había dado la orden final de ejecución, cómo había confirmado la muerte y enviado el informe a sus superiores en Washington.
Para Susana leer esas palabras fue como recibir un golpe en el estómago. El hombre que había ayudado a matar al Che escribía libros y daba entrevistas. Ella, que solo lo había lavado, guardaba silencio aterrorizada. En 2007, 40 años después de aquel día, algo extraordinario sucedió. Un periodista boliviano llegó a Vallegrande buscando testimonios de personas que hubieran estado cerca del Cheé durante sus últimas horas.
Alguien le mencionó a Susana, la enfermera que había lavado el cuerpo. El periodista la buscó y le pidió una entrevista. Susana se negó rotundamente. No tengo nada que decir, le respondió cerrándole la puerta en la cara. Pero el periodista insistió. Volvió al día siguiente y al siguiente y al siguiente y al siguiente.
Finalmente, Susana aceptó hablar, pero con condiciones. Nada de cámaras, nada de grabadoras, solo una conversación entre dos personas. El periodista aceptó. Se sentaron en el patio de la casa de Susana bajo un árbol de mango que ella misma había plantado décadas atrás. Y por primera vez en 40 años, Susana contó su historia.
Habló del cuerpo que había lavado, de las heridas que había visto, de los ojos que la perseguían en sueños, pero no mencionó el mechón de cabello. Ese secreto seguía siendo solo suyo. Todavía no estaba lista para revelarlo al mundo. La entrevista nunca se publicó. El periodista murió en un accidente de tránsito pocas semanas después, llevándose consigo las notas de su conversación con Susana.
Ella se enteró de la noticia por el periódico local y sintió una mezcla de alivio y culpa que la atormentó durante meses. ¿Había sido realmente un accidente o este alguien había silenciado al periodista antes de que pudiera revelar lo que sabía? Susana nunca lo supo con certeza, pero el miedo que había mantenido dormido durante décadas despertó con fuerza renovada, quemó todas las notas que ella misma había tomado sobre el che, escondió la caja de metal en un lugar aún más seguro y decidió que no volvería a hablar con
nadie sobre aquel día de octubre. Pero el destino tenía otros planes. Los hijos de Susana crecieron, se casaron, tuvieron sus propios hijos. La familia se expandió y Susana se convirtió en abuela. Luego en bisabuela, el tiempo que le quedaba se acortaba con cada año que pasaba y el peso de su secreto se volvía más insoportable con cada cumpleaños que celebraba.
Fue en 2020 media edad, durante la pandemia cuando Susana tomó la decisión de hablar. Estaba sola en su casa, aislada del mundo por el virus que había paralizado al planeta. Tenía 75 años y su salud comenzaba a fallar. Pasaba los días mirando por la ventana, recordando su vida, haciendo cuentas de lo que había hecho y dejado de hacer.
Y una noche, mientras miraba las noticias sobre las miles de personas que morían cada día, tuvo una revelación. Todos esos muertos se van sin contar sus historias, pensó. Yo no quiero ser una de ellos. No quiero morirme, llevándome este secreto a la tumba. Al día siguiente llamó a su hija mayor y le pidió que viniera a verla.
Cuando su hija llegó, Susana la sentó en la sala y le contó todo. Le contó sobre el cuerpo que había lavado, sobre las heridas que había visto, sobre los ojos que la perseguían. Y finalmente, por primera vez en 53 años, le contó sobre el mechón de cabello que guardaba en una caja de metal escondida en el fondo de su armario.
La reacción de su hija fue de incredulidad total. “Mamá, eso no puede ser verdad”, le dijo con los ojos muy abiertos. Susana no respondió con palabras, simplemente se levantó, caminó hasta su habitación y regresó con la pequeña caja de metal que había guardado durante más de medio siglo. La abrió lentamente como si temiera que el contenido se evaporara al contacto con el aire.
Adentro, envuelto en la misma gaza médica de 1967 Mo, estaba el mechón de cabello del Chegueevara. Su hija se quedó mirándolo sin poder hablar. Las hebras estaban oscuras. secas, pero perfectamente conservadas. Eran el testimonio silencioso de un momento que había cambiado la historia. “Nadie más lo sabe”, dijo Susana con voz temblorosa.
“He cargado con esto toda mi vida y ahora necesito que alguien más lo sepa antes de que me muera. Necesito que alguien más entienda lo que vi ese día, lo que ese hombre sufrió antes de morir. Madre e hija se abrazaron y lloraron juntas durante largo rato. 53 años de silencio se rompieron en esa sala pequeña de Vallegrande.
Los siguientes 3 años fueron de lenta liberación para Susana. Hablar con su hija fue como abrir una válvula que había estado cerrada demasiado tiempo. Poco a poco fue contándole más detalles las heridas de tortura que había visto. El agente de la CÍA que había confirmado la identidad del cadáver, las mujeres del pueblo que se persignaban frente al cuerpo como si fuera un santo.
Cada recuerdo que compartía le quitaba un poco de peso de los hombros. Pero también sabía que su historia merecía ser contada más allá de su familia. merecía ser documentada para la historia. En 2023, Pferes, su hija, contactó a un documentalista que estaba trabajando en un proyecto sobre los últimos días del Che.
Le explicó que su madre tenía un testimonio único, algo que nadie más podía ofrecer. El documentalista viajó a Vallegrande y se reunió con Susana. Esta vez ella no se negó a hablar. Esta vez aceptó las cámaras, las grabadoras, las preguntas. Ya no tenía miedo. ¿Qué podían hacerle a una mujer de 78 años que ya había vivido más de lo que esperaba? La entrevista duró 3 días. Susana contó todo.
Desde el momento en que la directora la llamó a su oficina hasta la noche en que escondió el mechón de cabello en su caja de tesoros. Describió cada herida que había visto en el cuerpo del Che. Repitió cada palabra que había escuchado de los soldados y de la gente de la CIA. y finalmente mostró el mechón de cabello ante las cámaras.
El secreto que había guardado durante 56 años. El documentalista estaba asombrado. “Esto es evidencia histórica”, le dijo con la voz entrecortada por la emoción. “Esto podría confirmar detalles que los historiadores han debatido durante décadas.” Susana asintió lentamente. “¡Lo sé”, respondió. “Por eso lo guardé. No sabía para qué, pero sabía que algún día sería importante.
Pero hay algo más que quiero decir, algo que he pensado durante todos estos años. El Che no era un monstruo, era un hombre, un hombre que cometió errores, que hizo cosas cuestionables, que causó dolor a mucha gente, pero también era un hombre que sufrió y murió solo, lejos de todo lo que amaba. Cuando el documentalista le preguntó qué quería que el mundo recordara de su testimonio, Susana guardó silencio por un largo momento.
Sus ojos, cansados por los años, pero todavía brillantes, miraron hacia la ventana como buscando las palabras correctas. “Quiero que recuerden que yo vi la verdad”, dijo finalmente. No la verdad de los libros de historia ni la de los documentos desclasificados. Vi la verdad escrita en el cuerpo de un hombre muerto.
Vi las marcas de la tortura que nadie quería admitir. Vi los ojos de alguien que sabía que iba a morir y aceptó su destino. Y vi la crueldad de los que lo mataron y luego lo exhibieron como un trofeo de casa. Su voz se quebró ligeramente antes de continuar. También quiero que sepan que yo no era nadie especial.
Era solo una enfermera joven haciendo su trabajo, pero la vida me puso en ese lugar en ese momento y tuve que elegir qué hacer con lo que vi. Elegí guardar silencio durante décadas porque tenía miedo, pero también elegí preservar algo de ese hombre, algo que nadie más preservó. Y ahora elijo hablar porque el silencio ya pesaba demasiado.
Antes de terminar la entrevista, Susana tomó una decisión que había estado considerando durante meses. Sacó la caja de metal con el mechón de cabello y se la entregó al documentalista. “Quiero que esto llegue a su familia”, dijo con voz firme. “A sus hijos, a sus nietos. Ellos merecen tener algo de él, algo que no esté manchado por la política ni por la propaganda.
solo un pedazo del hombre que fue su padre, su abuelo. El documentalista aceptó la responsabilidad con solemnidad. Prometió que el mechón llegaría a manos de Aleida Guevara, la hija del Che que vivía en Cuba. Susana asintió satisfecha durante 56 años. Había sido la guardiana de ese pequeño tesoro. Ahora finalmente podía dejarlo ir.
Esa noche, por primera vez en décadas, Susana durmió sin soñar con los ojos abiertos del Che. El fantasma que la había acompañado durante más de medio siglo finalmente había encontrado paz y ella también. El peso que había cargado durante toda su vida adulta se había levantado de sus hombros, dejándola ligera, libre, lista para lo que viniera después.
Hoy en 2024, Susana Oinaga Villarroel tiene 79 años. Vive sola en la misma casa de Valle Grande, donde crió a sus hijos y guardó su secreto. Su salud es frágil, pero su mente sigue clara. Cada mañana se levanta temprano, prepara su café y se sienta en el patio bajo el árbol de mango a ver cómo amanece sobre las montañas. A veces, cuando el viento sopla de cierta manera, le parece escuchar ecos del pasado, voces de soldados, motores de helicópteros, el murmullo de las multitudes que vinieron a ver el cuerpo del guerrillero muerto. Pero ya no le
causan miedo esos recuerdos. Ahora son simplemente parte de su historia. La historia de una mujer ordinaria que vivió un momento extraordinario. Cuando le preguntan si se arrepiente de algo, Susana niega con la cabeza. Me arrepiento de haber guardado silencio tanto tiempo. Admite, pero no me arrepiento de lo que hice ese día.
No me arrepiento de haberlo lavado con cuidado, de haberle cerrado los ojos, de haber guardado ese mechón de cabello. Fueron los únicos actos de humanidad que alguien le ofreció en sus últimas horas. Alguien tenía que hacerlo. La historia de Susana o Sinaga nos recuerda que la historia no la hacen solo los grandes hombres y las grandes batallas.
La hacen también las personas invisibles, las enfermeras que lavan cuerpos, las madres que guardan secretos, las mujeres que eligen la compasión, cuando todos a su alrededor eligen la crueldad. Susana no cambió el curso de la historia, pero preservó una verdad que de otra manera se habría perdido para siempre. Y al hacerlo, nos enseñó algo importante sobre lo que significa ser humano en tiempos inhumanos.
Cuando pienso en ese día, dice Susana como reflexión final, no pienso en el Che como un héroe ni como un villano. Pienso en él como un hombre que murió solo, lejos de su familia, torturado por sus enemigos y que mereció al menos un poco de dignidad en la muerte. Yo no pude darle mucho, solo un baño, unos ojos cerrados y un mechón de cabello guardado con amor.
Pero a veces las cosas pequeñas son las que más importan. A veces un acto de compasión silenciosa vale más que 1000 discursos sobre la revolución. Y esa es la lección que Susana, la enfermera que lavó al Che, quiere dejarnos antes de partir.