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La Enfermera Que LAVÓ al Che Guevara — 56 Años Después REVELA Lo Que VIO en Su Cuerpo

 

Le dijeron que iba a lavar el cuerpo de un monstruo. Le advirtieron que no lo mirara a los ojos. Pero cuando Susana Osinaga, una enfermera de 22 años, vio el cuerpo del Cheegevara en aquella lavandería de Vallegrande, descubrió algo que contradecía todo lo que le habían contado. Durante 56 años cayó. Hoy habla octubre de 2023, Santa Cruz, Bolivia.

 Susana Osinaga Villarroel tiene 78 años. Sus manos, que una vez lavaron el cuerpo del guerrillero más buscado del mundo, ahora tiemblan ligeramente mientras sostiene una fotografía amarillenta. En la imagen aparece ella, joven, delgada, con el uniforme blanco del Hospital Señor de Malta de Vallegrande. La foto fue tomada tres días antes de que su vida cambiara para siempre.

 He guardado este secreto durante más de medio siglo.” Dice con voz pausada, pero firme. “Mis hijos no lo saben, mis nietos no lo saben, pero ya estoy vieja y la verdad pesa demasiado para llevarla a la tumba. Lo que voy a contar cambiará lo que el mundo cree saber sobre los últimos momentos del cheegue vara. Para entender lo que Susana vivió aquella mañana de octubre de 1967, Pier Saventer.

 Hay que comprender quién era ella antes de ese día. Susana había nacido en una familia humilde de Vallegrande, un pueblo pequeño enclavado en las montañas del sureste boliviano. Su padre era carpintero, su madre lavaba ropa ajena para ayudar con los gastos. Desde niña, Susana soñaba con ser enfermera. Quería ayudar a la gente, aliviar el sufrimiento, hacer algo útil con su vida.

 A los 18 años ingresó a la escuela de enfermería del Hospital Señor de Malta. Era una estudiante dedicada, callada, que nunca causaba problemas. Sus superiores la consideraban confiable. Por eso, cuando necesitaron a alguien para una tarea especial aquella mañana de octubre, pensaron inmediatamente en ella. Yo no sabía nada de política, confiesa Susana.Muere la enfermera que lavó el cuerpo del “Che” Guevara | La Teja

 En mi casa no se hablaba de guerrilleros ni de revolución. Mi padre decía que esas cosas eran para los ricos que tenían tiempo de pelear por ideas. Nosotros solo teníamos tiempo de trabajar para comer. Esa ignorancia política sería, paradójicamente lo que la convertiría en testigo de uno de los momentos más importantes de la historia latinoamericana.

 La mañana del 10 de octubre de 1967 comenzó como cualquier otra para Susana. Llegó al hospital a las 6 de la mañana, se puso su uniforme blanco recién planchado y comenzó sus tareas rutinarias. Pero a las 9 de la mañana, la directora de enfermería la llamó a su oficina. La mujer, una religiosa de rostro severo, estaba visiblemente nerviosa.

 “Onaga, tenemos una tarea especial para usted”, le dijo sin mirarla a los ojos. “Van a traer un cuerpo. Necesitamos que lo lave y lo prepare para ser exhibido.” Susana asintió sin comprender la magnitud de lo que le pedían. Había lavado cuerpos antes, era parte de su trabajo. Pero entonces la directora añadió algo que la desconcertó.

Este cuerpo es diferente. Es el del guerrillero argentino que mataron ayer en la higuera. Le advierto, Oinaga, ese hombre era un monstruo, un asesino. No sienta compasión por él. Haga su trabajo y no haga preguntas. Susana sintió un escalofrío recorrer su espalda, pero asintió obedientemente. En aquel entonces, las enfermeras no cuestionaban las órdenes, simplemente obedecían y callaban lo que veían.

 La llevaron a lavandería del hospital, un cuarto pequeño y húmedo. En la parte trasera del edificio, había una pileta grande de cemento, jabón de barra, trapos limpios y baldes con agua. Todo muy básico, muy precario. Susana esperó sola durante casi una hora. Podía escuchar ruidos afuera, voces de hombres, motores de vehículos militares, un helicóptero que aterrizaba en algún lugar cercano.

 El pueblo entero parecía haberse transformado en un campamento militar de la noche a la mañana. Finalmente, la puerta se abrió y entraron cuatro soldados cargando una camilla improvisada. Sobre ella había un cuerpo cubierto con una manta sucia y ensangrentada. Los soldados dejaron la camilla sobre la pileta sin ningún cuidado, como si estuvieran descargando un costal de papas.

 Uno de ellos, un oficial de bigote espeso, se acercó a Susana y la miró de arriba a abajo con desprecio. “Lávelo bien”, ordenó. “El presidente quiere exhibirlo para que todos vean que está muerto y no le corte el pelo ni la barba. Queremos que lo reconozcan. Tiene una hora. Susana asintió en silencio con el corazón latiendo furiosamente en su pecho.

Cuando los soldados salieron y la puerta se cerró, Susana se quedó sola con el cuerpo. Durante varios minutos no pudo moverse. Estaba paralizada por una mezcla de miedo y curiosidad que nunca había experimentado. Finalmente, con manos temblorosas, retiró la manta que cubría el cadáver. Lo que vio la dejó sin aliento.

 No era un monstruo, era un hombre. un hombre delgado, casi frágil, con barba descuidada y cabello largo y enmarañado. Tenía los ojos abiertos, mirando hacia el techo con una expresión que Susana no podía descifrar. No era miedo, no era dolor, era algo parecido a la paz o quizás a la resignación. Su cuerpo estaba cubierto de heridas. Susana contó al menos nueve orificios de bala, aunque algunos eran difíciles de distinguir entre la sangre seca y la tierra que cubría su piel.

 Sus manos, atadas con una cuerda áspera, estaban maltratadas y sucias. Sus pies descalzos mostraban ampollas y cortes de semanas caminando por la selva. “Este no es un monstruo,” pensó Susana. Este es un hombre que sufrió mucho antes de morir, pero todavía no sabía la sorpresa que encontraría a continuación. Susana comenzó su trabajo con profesionalismo, como le habían enseñado.

 Llenó un balde con agua tibia, tomó el jabón y un trapo limpio y empezó a lavar el cuerpo empezando por los pies. Era la forma correcta de hacerlo. De abajo hacia arriba para que la suciedad corriera hacia la pileta. Mientras trabajaba, no podía evitar observar cada detalle de aquel hombre que el mundo consideraba un demonio.

 Sus pies estaban destrozados, las plantas mostraban capas de callos gruesos, ampollas reventadas y heridas infectadas. Este hombre caminó cientos de kilómetros, pensó Susana. Caminó hasta que sus pies se deshicieron. Sus piernas estaban flacas. Con los músculos consumidos por el hambre y el esfuerzo, podía ver los huesos de sus rodillas sobresaliendo bajo la piel.

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