Juan Gabriel estaba a mitad de querida cuando observó a un anciano desplazándose entre las filas del Auditorio Nacional, vendiendo dulces de tamarindo en una canasta de mimbre, ofreciéndolos en voz baja a la gente que intentaba concentrarse en el concierto. Los guardias de seguridad se estaban aproximando para sacarlo.
El anciano caminaba apresurado intentando vender aunque fueran unos cuantos dulces antes de ser retirado. y la mayoría del público lo ignoraba molesto por la interrupción. Pu a Perco, Juan Gabriel detuvo la canción a mitad de la estrofa. Levantó la mano para que la orquesta dejara de tocar y el silencio cayó sobre las 12,000 personas reunidas.
Señaló directamente al anciano y dijo por el micrófono, “Señor, espere ahí.” Y lo que hizo en los siguientes 15 minutos se convirtió en una de las historias más recordadas sobre su generosidad. Era el 16 de octubre de 1988 en el Paseo de la Reforma y nadie en esa audiencia olvidaría jamás esa noche. El Auditorio Nacional estaba completamente lleno para la tercera noche consecutiva de presentaciones de Juan Gabriel, parte de una serie de 10 conciertos programados para octubre tras el éxito masivo de su álbum Cosas de Enamorados,
que llevaba vendidas más de 4 millones de copias en todo México. Las entradas se habían agotado en menos de 2 horas cuando salieron a la venta con precios desde 100 hasta 6000 pesos y la energía en el auditorio era electrizante. Y con seguidores que habían aguardado meses para presenciar ese espectáculo.
Juan Gabriel había comenzado el concierto puntual a las 9 de la noche. hizo su entrada triunfal característica vestido con un traje de lentejuelas plateadas que resplandecía bajo las luces del escenario y llevaba casi una hora interpretando sus éxitos más reconocidos cuando ocurrió el incidente con el anciano.
Nadie podía imaginar lo que estaba a punto de suceder esa noche memorable. El anciano se llamaba don Ramiro Gutiérrez. Tenía 81 años y habitaba en una vecindad en la colonia obrera con su esposa enferma que requería medicinas que costaban más de lo que su pensión de jubilado podía solventar. Elaboraba dulces de tamarindo en su hogar y los envolvía en papel celofán transparente.
Los vendía por dos pesos cada uno en lugares donde hubiera mucha gente reunida. Normalmente ofrecía su mercancía afuera de iglesias, en parques y en mercados, pero esa noche había escuchado que habría un concierto grande en el Auditorio Nacional y pensó que tal vez podría vender algunos dulces a la gente que saliera.
Llegó temprano y aguardó afuera, pero cuando vio cuánta gente había y cómo los guardias vigilaban estrictamente las entradas, comprendió que nunca lograría vender nada quedándose en la calle. Así que don Ramiro hizo algo que jamás había hecho antes. Esperó a que los guardias se distrajeron con una discusión entre aficionados.
Aprovechó ese momento y se coló por una puerta lateral que alguien había dejado entreabierta. Caminó por los pasillos del auditorio con su canasta de mimbre llena de dulces, el corazón acelerado porque sabía que si lo descubrían lo sacarían y probablemente lo entregarían a la policía.
Pero necesitaba el dinero con urgencia. Su esposa había empeorado esa semana y el médico le había indicado que necesitaba una medicina nueva que costaba 500 pesos. Juan Don Ramiro solo contaba con 120 pesos ahorrados después de cubrir la renta. Halló una entrada que daba a la zona de butacas y se adentró justo cuando Juan Gabriel estaba cantando en el escenario.
El auditorio estaba oscuro, excepto por las luces del escenario, y comenzó a desplazarse entre las filas, ofreciendo sus dulces en voz baja. La gente lo miraba con fastidio. Algunos le hacían señas con la mano para que se marchara. Otros simplemente lo ignoraban. En 15 minutos solo había logrado vender tres dulces, ganando apenas 6 pesos.
Los guardias de seguridad lo detectaron finalmente. Dos hombres con uniformes negros que avanzaron hacia él desde extremos opuestos del auditorio. Don Ramiro sabía que tenía tal vez 30 segundos antes de que lo interceptaran. Intentó moverse más rápido, ofreciendo los dulces con mayor urgencia. Dos pesos nada más. Ayúdenme.
Pero el público estaba concentrado en Juan Gabriel cantando querida y nadie le prestaba atención. Y entonces Juan Gabriel lo distinguió entre la oscuridad. Un anciano delgado con ropa desgastada caminando desesperado entre las filas con una canasta. Vio también a los guardias aproximándose y tomó una decisión que cambiaría esa noche.
La música se detuvo abruptamente cuando Juan Gabriel elevó la mano. Las 12,000 personas giraron sus cabezas desconcertadas, preguntándose qué había ocurrido. Y los guardias se paralizaron a medio paso sin saber si debían continuar. Juan Gabriel señaló directamente a don Ramiro, que estaba parado con su canasta apretada contra el pecho.
El anciano creyó que lo iban a reprender públicamente antes de sacarlo y sus manos temblaban mientras aguardaba lo peor. “Señor, espere ahí, por favor”, dijo Juan Gabriel por el micrófono y luego se dirigió a los guardias. Déjenlo tranquilo, él es mi invitado. Los guardias se detuvieron completamente confundidos ante las palabras del artista.
Era evidente que ese anciano no era ningún invitado, sino alguien que se había colado, pero nadie iba a contradecir a Juan Gabriel frente a toda la audiencia. Don Ramiro seguía sin comprender qué estaba ocurriendo. Solo sabía que los guardias no se acercaban y que el cantante lo miraba desde el escenario con una expresión indescifrable.
Juan Gabriel descendió del escenario mientras la orquesta aguardaba en silencio. Recorrió el pasillo central del auditorio con sus zapatos de charol resonando en la quietud absoluta. Al llegar junto a don Ramiro, pudo apreciar de cerca lo deteriorada que estaba su ropa, lo demacrado de su rostro y las manos temblorosas sobre la canasta.
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¿Cómo se llama, señor?, preguntó Juan Gabriel con voz cálida, que el micrófono inalámbrico captó y amplificó por todo el auditorio. Don Ramiro apenas pudo articular palabra. Su garganta estaba cerrada de nervios. Pá, pero logró responder. Ramiro Gutiérrez, amigo SSR. Señor, perdón por la molestia, yo solo quería vender algunos dulces.
Juan Gabriel observó dentro de la canasta los dulces de tamarindo envueltos en celofán, elaborados a mano en una cocina humilde, y preguntó, “¿Cuánto cuestan?” Don Ramiro respondió con voz temblorosa, “Dos pesos cada uno son de tamarindo. Yo los preparo en mi casa.” El artista metió la mano al bolsillo y sacó un fajo de billetes.
Eran aproximadamente 3,000 pes en billetes de 100 y 500. ¿Qué traía para emergencias? ¿Cuántos dulces tiene ahí?, preguntó don Ramiro. Miró su canasta intentando contar rápido. Como 80, señor. Juan Gabriel hizo el cálculo. 80 dulces a 2 pesos eran 160 pesos. y extendió todo el fajo hacia el anciano. “Yo llevo todos”, dijo. Don Ramiro.
Lo miró sin comprender porque el dinero que le ofrecían era casi 20 veces más de lo que valían los dulces. “Señor, es demasiado. Los dulces solo cuestan 160 pesos”, intentó aclarar. Por que Juan Gabriel insistió, “Usted está vendiendo dulces, pero también me está recordando algo importante.
Tómelo y no discuta con sus clientes.” El público comenzó a comprender lo que estaba sucediendo y empezó a aplaudir, primero despacio, luego con más fuerza. Pero Juan Gabriel no había concluido. Se volvió hacia la audiencia con don Ramiro a su lado, sosteniendo los 3,000 pesos con manos temblorosas. y tomó el micrófono para dirigirse a las 12,000 personas presentes.
“Este señor está aquí vendiendo dulces porque necesita el dinero. Probablemente necesita costear medicinas, renta o alimentos.” Y en lugar de quedarse en su casa sintiéndose vencido, salió a trabajar con dignidad. hizo una pausa dejando que las palabras resonaran en cada rincón del silencioso auditorio. Luego continuó con voz firme.
Yo crecí viendo a mi madre hacer exactamente lo mismo, vender lo que podía para darnos de comer. Y cada vez que veo a alguien como don Ramiro trabajando honestamente, me acuerdo de ella. La audiencia estaba en completo silencio. Algunas personas ya tenían los ojos llenos de lágrimas ante aquel momento tan conmovedor e inesperado.
“Aí voy a pedirles un favor”, dijo Juan Gabriel. “Si alguien aquí desea comprarle dulces a don Ramiro, que levante la mano y él pasará por su fila”. Las manos comenzaron a elevarse por todo el auditorio. Primero unas pocas, luego decenas, luego cientos, hasta que parecía que la mitad de los presentes quería comprar dulces.
Don Ramiro contemplaba incrédulo a toda esa gente levantando las manos. Ya no tenía dulces para ofrecer, pero Juan Gabriel tenía otro plan. Don Ramiro ya vendió todos sus dulces, explicó. Pero si ustedes desean apoyarlo o colocaré esta canasta en el escenario para que al terminar el show puedan dejar lo que gusten para él.
Todo ese dinero se lo entregaré personalmente a don Ramiro mañana. Se volvió hacia el anciano y preguntó, “¿Dónde vives, señor?” Don Ramiro proporcionó su dirección en la colonia obrera con voz temblorosa, todavía sin asimilar lo que estaba ocurriendo. Juan Gabriel llamó a un asistente de producción y le encomendó una tarea especial.
le entregó la canasta de mimbre vacía y le indicó que la colocara al frente del escenario con un letrero que dijera para don Ramiro. Luego acompañó al anciano hacia una butaca vacía en la quinta fila que alguien había dejado libre y le pidió que se quedara a disfrutar el resto del concierto como su invitado especial esa noche. 30.
Don Ramiro intentó declinar diciendo que no quería ocasionar más molestias, pero Juan Gabriel insistió con firmeza y afecto hasta que el anciano se acomodó en esa butaca que probablemente valía más de lo que él ganaba en un mes vendiendo dulces. Cuando el artista regresó al escenario, la música volvió a llenar el auditorio entero.
Todo el auditorio estalló en una ovación de pie que se prolongó casi 3 minutos, no por la canción que estaban a punto de escuchar, sino por lo que acababan de presenciar. Durante el resto del concierto, Juan Gabriel podía ver a don Ramiro en la quinta fila llorando en silencio mientras escuchaba música que nunca había podido costear antes.
Al terminar el concierto, casi dos horas después, cientos de personas se detuvieron frente al escenario donde estaba la canasta con el letrero y comenzaron a dejar dinero. billetes de 20, 50, 100 e incluso 500 y 1000 pesos se fueron acumulando. La fila se extendió por todo el pasillo y los asistentes tuvieron que traer otra canasta adicional.
Cuando todos salieron y se contó el dinero, había más de 120,000 pesos reunidos entre las dos canastas. Don Ramiro aguardaba en el backstage porque Juan Gabriel le había pedido que no se marchara y al mostrarle el dinero que el público había dejado para él, el anciano se derrumbó llorando. Era más de lo que había visto junto en su vida.
Juan Gabriel cumplió su promesa al día siguiente. Llegó a la vecindad en la colonia obrera acompañado de su manager y un fotógrafo. Encontró a don Ramiro y doña Mercedes viviendo en un cuarto pequeño con paredes agrietadas, un solo foco colgando del techo y sin calefacción. La señora estaba en cama envuelta en cobijas por su enfermedad.
Juan Gabriel se sentó en la única silla disponible, conversó con ellos más de una hora y escuchó sus vivencias y padecimientos. Al retirarse les dejó los 120,000 pesos donados por la audiencia, más 50,000 pesos adicionales de su propio patrimonio, pues también les dio su teléfono personal y se comprometió a cubrir las medicinas de doña Mercedes.
La historia se difundió en todos los periódicos al día siguiente. Los reporteros escribieron sobre el gesto de Juan Gabriel como prueba de que la fama no había alterado su esencia, que seguía siendo el niño humilde de Parácuaro, que comprendía lo que significaba luchar por sobrevivir.
Algunos críticos lo tildaron de truco publicitario calculado, pero que quienes estuvieron esa noche en el auditorio sabían que era imposible simular la emoción genuina que Juan Gabriel demostró, ni la forma en que trató a don Ramiro con respeto y dignidad, sin una pisca de lástima condescendiente. Don Ramiro vivió 6 años más, pudiendo pagar las medicinas de su esposa y vivir sin desesperación económica.
Juan Gabriel jamás habló en detalle de aquel episodio en entrevistas. Cuando los periodistas preguntaban, respondía, “Hice lo que cualquiera hubiera hecho.” Y cambiaba de tema. Sin embargo, quienes trabajaban con él notaron que desde esa noche siempre consultaba si había vendedores ambulantes antes de que la seguridad los retirara de sus conciertos.
En varios conciertos posteriores interrumpió el programa para asistir a personas que vendían algo o que requerían ayuda, nunca con la misma visibilidad de aquella primera vez, pero siempre con idéntica generosidad genuina. La historia se volvió legendaria entre sus seguidores como ejemplo del verdadero carácter que se revela en momentos inesperados.
Más de 30 años después, quienes estuvieron esa noche aún narran la historia de don Ramiro y la canasta de dulces. Algunos conservaron los tamarindos como recuerdo de haber presenciado algo extraordinario. Otros recuerdan la sensación de ser parte de algo superior a un concierto, ser testigos de humanidad auténtica en un mundo que premia el egoísmo. Ah.