—No puedes hacerme esto… —susurró Lucía con la voz rota mientras apretaba el sobre contra su pecho.
El despacho estaba en silencio. Un silencio raro. Pesado. De esos que hacen que el aire parezca más frío.
Frente a ella, Alejandro Ferrer ni siquiera pestañeó.
Traje oscuro. Reloj de lujo. La mirada dura de un hombre acostumbrado a comprarlo todo. Incluso el silencio de los demás.
—Sí puedo —respondió él—. Y sabes perfectamente por qué.
Lucía sintió un nudo en el estómago.
Abrió el sobre otra vez, aunque ya lo había leído tres veces. La cifra seguía allí. Ochenta mil euros. La deuda médica de su madre. El ultimátum del hospital privado. El tratamiento experimental que podía salvarle la vida… o dejarla morir antes de Navidad.
Ochenta mil euros.
Ella ganaba mil doscientos al mes limpiando oficinas.
Era ridículo siquiera imaginar que podría conseguir ese dinero.
Pero Alejandro Ferrer sí podía.
El problema era el precio.
—Casarte conmigo durante un año —repitió Lucía, mirándolo como si estuviera viendo a un desconocido—. ¿Eso es una broma enferma?
—No tengo sentido del humor para estas cosas.
La lluvia golpeó las ventanas del piso cuarenta y dos. Madrid brillaba abajo como una ciudad indiferente al dolor ajeno.
Lucía tragó saliva.
—Hay miles de mujeres en este país. Mujeres elegantes. Modelos. Empresarias. ¿Por qué yo?
Alejandro apoyó lentamente las manos sobre la mesa.
Y entonces dijo algo que la dejó helada.
—Porque necesito una esposa que sepa obedecer.
El corazón de Lucía se disparó.
No por miedo exactamente.
Por rabia.
De esa rabia silenciosa que conocen muchas personas humildes cuando alguien rico cree que puede comprar su dignidad.
—Pues búscate otra —escupió ella.
Alejandro sonrió apenas. Pero no fue una sonrisa amable.
Fue peor.
—Tu madre tiene cuarenta y ocho horas antes de que cancelen el tratamiento.
Lucía dejó de respirar un segundo.
Eso fue un golpe bajo.
Muy bajo.
Y él lo sabía.
Voy a decir algo que mucha gente piensa pero casi nadie admite: cuando tienes dinero, el tiempo vale distinto. Los ricos compran tranquilidad. Los pobres compran días. Horas. A veces minutos.
Lucía conocía perfectamente esa sensación.
Llevaba años viviendo así.
Contando monedas para el autobús. Fingiendo que ya había cenado para que su madre comiera un poco más. Sonriendo en el trabajo mientras por dentro se estaba rompiendo.
Y ahora aquel hombre acababa de ponerle un precio al sufrimiento.
—Eres un monstruo —dijo ella.
Alejandro desvió la mirada hacia la ventana.
Por primera vez pareció cansado.
No arrogante.
Cansado.
—Tal vez.
Eso desconcertó a Lucía más que cualquier otra cosa.
Porque esperaba crueldad. No honestidad.
—¿Por qué necesitas casarte tan rápido?
Él tardó varios segundos en responder.
—Mi abuelo va a morir.
Lucía frunció el ceño.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
—Todo.
Alejandro caminó despacio hacia un mueble bar y se sirvió whisky.
—Mi abuelo fundó Ferrer Global. Toda la fortuna familiar. Pero hay una cláusula en su herencia.
—Claro… porque los millonarios siempre tenéis cláusulas raras.
Él ignoró el comentario.
—Si no estoy casado antes de su muerte, perderé el control de la empresa.
Lucía soltó una risa incrédula.
—¿Y pretendes solucionar eso comprando una esposa?
—Pretendo sobrevivir.
La frase quedó flotando en el aire.
Y por extraño que parezca, Lucía entendió algo en ese instante.
Los ricos también tienen jaulas.
Más caras. Más elegantes. Pero jaulas al fin y al cabo.
Ella lo vio en sus ojos.
Había algo roto allí.
Algo que no cuadraba con la imagen fría del empresario perfecto que salía en las revistas.
—¿Y por qué yo? —preguntó otra vez, más despacio.
Alejandro bebió un trago.
—Porque eres invisible.
Aquello dolió más de lo que debería.
Porque era verdad.
Invisible limpiando mesas mientras otros hacían reuniones millonarias.
Invisible cuando los hombres trajeados pasaban junto a ella sin mirarla.
Invisible cuando necesitaba ayuda.
Invisible incluso estando destrozada.
—No sabes nada de mí.
—Sé suficiente.
—¿Qué significa eso?
Alejandro la observó fijamente.
—Sé que nunca robaste ni un euro aunque podrías haberlo hecho mil veces. Sé que trabajas horas extras sin cobrarlas. Sé que llevas cinco años cuidando sola de tu madre. Y sé… —hizo una pausa— que eres la única persona en esta empresa que todavía me mira a los ojos.
Lucía sintió un escalofrío extraño.
Porque no esperaba eso.
Ni siquiera sabía que él se había fijado en ella.
Y ahí está el problema con ciertas personas poderosas. A veces observan más de lo que uno cree. Mucho más.
—No soy un perro para obedecer órdenes —dijo ella.
—Entonces no actúes como uno.
—¿Y si digo que no?
Alejandro dejó el vaso.
—Entonces sales por esa puerta y no volveremos a hablar.
Lucía miró la puerta.
Luego el contrato.
Luego el reloj.
Tac.
Tac.
Tac.
El sonido parecía burlarse de ella.
Pensó en su madre durmiendo en aquella habitación blanca del hospital. En sus manos temblando. En el miedo que intentaba esconder cada vez que decía “estoy bien”.
Mentía fatal.
Siempre lo había hecho.
—Solo un año… —murmuró Lucía.
—Solo un año.
—¿Y después?
—Divorcio. Dinero suficiente para empezar de nuevo. Y libertad.
Libertad.
Qué palabra tan peligrosa cuando nunca la has tenido.
Lucía cerró los ojos unos segundos.
Y firmó.
El bolígrafo tembló entre sus dedos.
Alejandro tomó el contrato sin emoción visible.
Pero justo cuando ella iba a levantarse, él dijo la frase que cambiaría absolutamente todo.
—Hay una condición más.
Lucía levantó la mirada lentamente.
—¿Qué condición?
Él la observó con una intensidad incómoda.
—Nadie puede descubrir que este matrimonio es falso.
—Eso ya lo dijiste.
—No, Lucía. No entiendes. Mi abuelo es muy inteligente. Si sospecha algo, te quedarás sin dinero… y yo perderé la empresa.
Ella cruzó los brazos.
—¿Entonces qué quieres exactamente?
Alejandro respiró hondo.
Y soltó la exigencia que le heló la sangre.
—Quiero que duermas conmigo todas las noches.
Lucía palideció.
—¿Qué…?
—En la misma habitación.
—Estás loco.
—No voy a tocarte.
—Ah, bueno, entonces todo perfecto —respondió ella con ironía—. Qué detalle.
Pero Alejandro seguía serio.
Demasiado serio.
—Mi abuelo vive conmigo desde hace meses. Tiene enfermeras, médicos, seguridad… observa todo. Si nota distancia entre nosotros, hará preguntas.
Lucía retrocedió un paso.
—Esto es enfermizo.
—Tal vez.
—No pienso hacerlo.
Alejandro se acercó despacio.
—Tu madre empieza el tratamiento mañana si aceptas.
Otra vez eso.
Otra vez la maldita presión sobre el pecho.
Lucía odiaba sentirse atrapada. Y más aún odiaba que él lo supiera.
—Te odio —susurró.
Él bajó la mirada apenas un segundo.
—Créeme. Yo me odio bastante más.
Y por primera vez desde que entró en aquel despacho… Lucía dudó de quién era realmente el prisionero allí.
La boda ocurrió seis días después.
Rápida.
Fría.
Artificial.
Como una escena demasiado cara de una película incómoda.
Lucía nunca había visto tanto lujo junto.
Flores blancas gigantes. Violines. Champán francés. Periodistas fuera de la finca. Mujeres criticando su vestido con sonrisas falsas.
Y ella sintiéndose una intrusa en cada rincón.
—Sonríe un poco —murmuró Alejandro entre dientes mientras saludaban invitados.
—Preferiría tragar cristales.
—Perfecto, pero hazlo sonriendo.
Lucía soltó una risa nerviosa.
Y eso sorprendió a Alejandro.
Porque era la primera vez que la veía reír desde que firmó el contrato.
—¿Qué? —preguntó ella.
—Nada. Solo… nada.
Pero sí era algo.
Porque esa risa le había desordenado la cabeza de una manera absurda.
Y Alejandro Ferrer odiaba perder el control.
Mucho.
La ceremonia terminó entre aplausos.
Lucía apenas escuchó los votos.
Todo parecía irreal.
Hasta que apareció él.
Don Ernesto Ferrer.
El abuelo.
Un hombre de ochenta años con bastón, mirada afilada y una presencia que llenaba toda la sala.
Al acercarse, tomó la mano de Lucía.
—Así que tú eres la mujer que logró domesticar a mi nieto.
Lucía estuvo a punto de atragantarse.
—Bueno… yo no diría—
—No le tengas miedo —susurró el anciano—. Alejandro ladra más de lo que muerde.
Alejandro suspiró.
—Abuelo, por favor.
Pero el anciano sonrió divertido.
Y Lucía sintió algo raro.
Calidez.
La primera desde que comenzó aquella locura.
Durante la cena, las cosas empeoraron.
Porque apareció Valeria Montes.
Exnovia de Alejandro.
Modelo.
Perfecta.
De esas mujeres que parecen salir maquilladas incluso al despertar.
Valeria observó a Lucía de arriba abajo con una sonrisa venenosa.
—Qué inesperado todo esto, Alejandro. Pensé que tus gustos eran… distintos.
Lucía entendió perfectamente el insulto.
Y sinceramente, aquí entre nosotros, ese tipo de comentarios existen muchísimo más de lo que la gente admite. Sobre todo cuando una persona humilde entra en ambientes donde el dinero cree definir el valor humano.
Lucía sonrió.
Una sonrisa peligrosa.
—Y yo pensé que las modelos eran más altas.
Valeria perdió la sonrisa.
Alejandro casi escupió el vino.
—Veo que mi esposa tiene carácter —dijo él.
—Claro. Alguien tiene que tenerlo.
El abuelo Ernesto soltó una carcajada sonora.
—Me gusta esta chica.
Valeria apretó la copa con fuerza.
Y desde ese momento quedó claro que Lucía acababa de entrar en una guerra silenciosa.
Una de esas guerras elegantes donde nadie grita… pero todos quieren destruirte.
Aquella noche, cuando llegaron a la mansión Ferrer, Lucía sintió miedo de verdad.
No por Alejandro.
Por todo.
La casa era enorme. Fría. Demasiado silenciosa.
Parecía un museo donde nadie podía relajarse.
—Tu habitación está al fondo —dijo Alejandro.
—Nuestra habitación, según tu teatro.
Él asintió sin humor.
Lucía entró lentamente.
La habitación era más grande que el piso entero donde había vivido toda su vida.
—Madre mía…
—Puedes cambiar lo que quieras.
—¿También puedo cambiar al marido?
—No abuses de la suerte.
Ella dejó la pequeña maleta sobre la cama.
Tan pequeña en comparación con aquel lujo absurdo.
Y de pronto sintió vergüenza.
Vergüenza de su ropa.
De sus zapatos baratos.
De no pertenecer allí.
Alejandro la observó en silencio.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de alguien que cree valer menos.
Lucía se giró hacia él.
—Tú no entiendes nada.
—Entiendo más de lo que crees.
—No. Tú naciste rico. Nunca has tenido miedo de quedarte sin luz o sin comida.
Alejandro guardó silencio unos segundos.
Después se quitó lentamente la chaqueta.
—Mi padre se suicidó cuando yo tenía doce años.
Lucía se quedó inmóvil.
—¿Qué…?
—Mi madre bebía hasta quedarse inconsciente. El dinero no arregló eso.
El ambiente cambió de golpe.
Porque el dolor verdadero tiene algo incómodo: rompe las máscaras.
—Lo siento… —murmuró ella.
Alejandro negó con la cabeza.
—No quiero lástima.
—Entonces ¿qué quieres?
Él la miró fijamente.
Y durante un instante pareció más humano que millonario.
—No lo sé.
Lucía no supo qué responder.
Así que ambos quedaron en silencio.
Un silencio menos hostil esta vez.
Aunque ninguno quería admitirlo.
Y esa noche, mientras fingían ser marido y mujer en una cama demasiado grande para dos desconocidos… ninguno pudo dormir.
La madrugada cayó sobre la mansión Ferrer como una manta pesada.
Lucía seguía despierta.
Miraba el techo oscuro mientras escuchaba la respiración tranquila de Alejandro al otro lado de la cama. Bueno… tranquila en apariencia. Porque cada cierto tiempo él se movía como alguien acostumbrado a dormir mal.
Ella tampoco descansaba nunca de verdad desde hacía años.
La pobreza te enseña algo horrible: incluso cuando cierras los ojos, una parte de ti sigue alerta. Como si el desastre pudiera entrar por la puerta en cualquier momento.
Y normalmente entra.
Lucía giró un poco la cabeza.
La luz tenue de la ciudad iluminaba parcialmente el rostro de Alejandro. Sin el traje, sin esa expresión fría de empresario, parecía distinto. Más joven. Más cansado.
Más solo.
Eso la molestó.
Porque no quería sentir compasión por él.
Quería odiarlo.
Le resultaba más fácil.
—Deja de mirarme —murmuró Alejandro con los ojos cerrados.
Lucía casi dio un salto.
—¡¿Estabas despierto?!
—Ahora sí.
—Idiota.
Él soltó una pequeña risa ronca.
La primera auténtica que ella escuchaba.
—Tú tampoco puedes dormir.
—Estoy compartiendo cama con un desconocido multimillonario que me compró como si fuera un contrato empresarial. Perdona si no me siento relajada.
Alejandro abrió los ojos lentamente.
—Nunca quise que se sintiera así.
—Pues se siente exactamente así.
Él guardó silencio.
Lucía pensó que la conversación había terminado, pero entonces él habló con voz baja.
—Cuando era niño, mi abuelo me repetía algo constantemente: “las personas con dinero nunca reciben amor sincero”. Crecí creyendo eso.
—Qué manera tan triste de vivir.
—Lo es.
Ella lo observó unos segundos.
—Entonces por eso haces todo como si fuera una negociación.
Alejandro no respondió.
Y ese silencio confirmó más cosas que cualquier confesión.
A la mañana siguiente, Lucía descubrió que vivir en una familia rica era mucho más agotador de lo que imaginaba.
Había empleados por todas partes.
Cocineros.
Choferes.
Jardineros.
Personal de seguridad.
Y aun así, el ambiente se sentía extrañamente vacío.
Como si nadie pudiera relajarse realmente allí.
Durante el desayuno, don Ernesto apareció vestido impecablemente, apoyado en su bastón.
—Buenos días, tortolitos.
Lucía casi se atragantó con el café.
Alejandro ni siquiera levantó la mirada del periódico.
—Abuelo…
—¿Qué? Déjame disfrutar. Pensé que moriría antes de ver a este muchacho casado.
Lucía sonrió incómoda.
Don Ernesto la observó atentamente.
Demasiado atentamente.
—Tienes ojeras, hija.
—Dormí poco.
—Claro. Mi nieto siempre ha sido difícil de soportar.
—Te estoy escuchando —dijo Alejandro.
—Y yo sigo hablando.
Lucía soltó una risa involuntaria.
Era raro, pero el anciano le caía bien.
Tenía esa sinceridad brutal de las personas mayores que ya no pierden tiempo fingiendo.
Pero entonces ocurrió algo inesperado.
Una mujer elegante entró al comedor sin avisar.
Cabello rubio perfecto.
Perfume fuerte.
Mirada afilada.
Claudia Ferrer.
La madre de Alejandro.
Lucía sintió la tensión antes incluso de que alguien hablara.
—Así que es verdad —dijo Claudia lentamente mientras observaba a Lucía—. Te casaste con la limpiadora.
El silencio fue instantáneo.
Alejandro dejó el periódico sobre la mesa.
—Buenos días para ti también, madre.
Claudia ignoró el comentario.
—Debo admitir que esperaba algo más… sofisticado.
Lucía sintió el golpe.
Y dolió porque era exactamente el tipo de desprecio que había soportado toda su vida. Ese desprecio elegante. Sonriente. El peor de todos.
Pero antes de que pudiera responder, don Ernesto golpeó el suelo con el bastón.
—Basta.
La voz del anciano sonó firme.
Autoritaria.
—La muchacha tiene más dignidad en un dedo que muchas personas de esta familia.
Claudia tensó la mandíbula.
—Padre, no estoy faltándole al respeto.
—Sí lo estás.
Lucía bajó la mirada hacia su taza.
Y sinceramente… eso le removió algo por dentro.
Porque llevaba demasiados años defendiendo sola su valor.
No estaba acostumbrada a que alguien la defendiera.
Mucho menos un hombre como Ernesto Ferrer.
Claudia finalmente tomó asiento.
—Solo espero que esto no termine convirtiéndose en otro escándalo mediático.
Alejandro bebió café lentamente.
—Ya terminaste.
—Todavía no he empezado.
Él levantó la mirada.
Y por primera vez Lucía vio frialdad real en sus ojos.
No arrogancia.
No ironía.
Dolor congelado.
—Entonces ahórratelo.
Claudia sonrió con desprecio.
—Siempre tan sensible, Alejandro.
Y salió del comedor como si nada.
Lucía observó la escena en silencio.
Después miró a Alejandro.
—Tu familia es un desastre.
—Bienvenida al club.
Esa tarde, Lucía fue al hospital a visitar a su madre.
El tratamiento ya había comenzado.
Verla dormida, conectada a máquinas, le partió el alma igual que siempre.
Pero al menos ahora había esperanza.
Pequeña.
Frágil.
Pero esperanza.
—Te ves distinta hoy —dijo Carmen, su madre, cuando despertó un poco.
Lucía forzó una sonrisa.
—¿Distinta bien o distinta “me preocupa mi hija”?
—Las dos cosas.
Lucía se sentó junto a ella.
Durante unos segundos pensó en contarle la verdad.
Todo.
El contrato.
El matrimonio falso.
La presión.
Pero no pudo.
Porque Carmen ya estaba sufriendo suficiente.
—Alejandro parece buen hombre —susurró su madre.
Lucía casi se ríe.
“Buen hombre”.
Si ella supiera.
—Es complicado.
Carmen sonrió débilmente.
—Los hombres complicados siempre traen problemas.
—Gracias por el consejo a tiempo.
Su madre soltó una pequeña risa cansada.
Y entonces dijo algo que dejó pensando a Lucía todo el camino de regreso.
—Solo ten cuidado de no perderte intentando salvar a otros.
Aquella noche había una cena benéfica organizada por la empresa Ferrer.
Y Lucía estaba a punto de descubrir algo importante:
La alta sociedad española podía ser absolutamente cruel.
—No pienso ponerme esto —dijo mirando el vestido negro que una estilista había dejado sobre la cama.
Alejandro ajustaba sus gemelos frente al espejo.
—Es un vestido, no veneno.
—Parece caro.
—Lo es.
—Exacto. Me da miedo hasta respirar cerca.
Él giró ligeramente la cabeza hacia ella.
Y se quedó en silencio unos segundos.
Porque Lucía acababa de salir del baño con el vestido puesto.
Y estaba preciosa.
Pero preciosa de verdad.
Sin esfuerzo artificial.
Sin parecer una revista.
Solo… real.
Alejandro apartó la mirada rápido.
Demasiado rápido.
—¿Qué? —preguntó ella.
—Nada.
—Has puesto esa cara rara otra vez.
—No sé de qué hablas.
Lucía sonrió apenas.
Y no sabía por qué, pero eso puso nervioso a Alejandro.
Muy nervioso.
La cena benéfica se celebró en un hotel de lujo en el centro de Madrid.
Luces doradas.
Copas brillando.
Personas hablando de dinero como si hablaran del clima.
Lucía se sentía fuera de lugar.
Otra vez.
Siempre.
—Relájate —murmuró Alejandro cerca de ella—. Pareces a punto de escapar por la ventana.
—Estoy pensando opciones.
Él casi sonrió.
Casi.
Pero entonces comenzaron los murmullos.
Lucía los escuchó claramente mientras avanzaban entre los invitados.
“¿Es ella?”
“La empleada…”
“Qué vergüenza para la familia…”
“Seguro quedó embarazada…”
Ese último comentario le revolvió el estómago.
Hay algo muy real que pocas veces se dice: mucha gente rica no soporta ver a alguien humilde ocupar espacios que consideran exclusivos. Les incomoda más de lo que admiten.
Lucía apretó la mandíbula.
Alejandro también escuchó los comentarios.
Y de pronto hizo algo inesperado.
Tomó la mano de Lucía frente a todos.
Firme.
Natural.
Protector.
Ella lo miró sorprendida.
Él ni siquiera volteó hacia ella.
—Que hablen —dijo en voz baja.
Por extraño que parezca, ese gesto le dio fuerza.
No porque necesitara un hombre que la defendiera.
Sino porque por primera vez alguien estaba dejando claro públicamente que no se avergonzaba de estar a su lado.
Aunque todo fuera mentira.
O eso intentaba creer ella.
Durante la cena, Valeria apareció nuevamente.
Impecable.
Peligrosa.
Y claramente molesta.
—Alejandro, cariño, hace semanas que no respondes mis llamadas.
Lucía arqueó una ceja.
“Cariño”.
Qué palabra más hipócrita cuando viene cargada de veneno.
—He estado ocupado —respondió él.
Valeria observó a Lucía con una sonrisa falsa.
—Claro. Muy ocupado.
Luego se inclinó ligeramente hacia Lucía.
—Debe ser difícil adaptarse a este ambiente.
Lucía bebió un sorbo de vino antes de responder.
—No más difícil que aceptar que tu ex ya siguió adelante.
Alejandro tosió para ocultar una risa.
Valeria perdió la sonrisa por completo.
—Ten cuidado, Lucía. Estos lugares devoran rápido a la gente ingenua.
—Y aun así tú sigues aquí. Admirable.
La tensión podía cortarse con cuchillo.
Valeria se alejó furiosa.
Alejandro observó a Lucía sorprendido.
—Das miedo cuando quieres.
—Años atendiendo clientes groseros. Entrenamiento intensivo.
Él la miró unos segundos más de la cuenta.
Y ahí ocurrió algo peligroso.
Algo pequeño.
Pero peligroso.
Alejandro empezó a disfrutar su compañía.
Más tarde, cuando la gala estaba terminando, un empresario borracho se acercó demasiado a Lucía.
—Así que tú eres la nueva señora Ferrer… —dijo mirándola de forma incómoda—. Alejandro siempre sorprende.
Lucía intentó apartarse discretamente.
—Disculpe.
Pero el hombre tomó su brazo.
—No seas tímida.
Y antes de que ella reaccionara, Alejandro apareció entre ambos.
Su expresión cambió completamente.
Fría.
Oscura.
Peligrosa.
—Suéltala.
El hombre rio nerviosamente.
—Tranquilo, solo conversábamos.
—Te he dicho que la sueltes.
La sala entera quedó en silencio.
El empresario soltó el brazo inmediatamente.
Y aquí voy a decir algo personal: hay miradas que uno no olvida jamás. La de Alejandro en ese momento no era la de un millonario defendiendo una imagen pública.
Era la de alguien genuinamente furioso porque habían tocado a Lucía.
Eso asustó incluso a Lucía.
Porque empezó a notar cosas que no quería notar.
Cuando regresaron a casa, la tensión seguía flotando en el coche.
—No necesitabas reaccionar así —dijo ella finalmente.
Alejandro conducía mirando al frente.
—Sí necesitaba.
—Puedo defenderme sola.
—Lo sé.
—Entonces ¿qué fue eso?
Él tardó en responder.
—No me gusta que te falten al respeto.
Lucía lo observó en silencio.
Y sintió algo incómodo dentro del pecho.
Porque nadie la había protegido así antes.
Nunca.
Ni siquiera sus antiguos novios.
De hecho, recordó uno en particular.
Iván.
El hombre que prometió ayudarla cuando su madre enfermó… y desapareció en cuanto llegaron las deudas.
Eso también pasa mucho en la vida real. Cuando todo va bien, el amor parece eterno. El problema es cuando aparece el sufrimiento. Ahí se descubre quién realmente se queda.
Alejandro estacionó frente a la mansión.
Pero antes de bajar, habló.
—No debiste soportar esos comentarios esta noche.
Lucía soltó una risa cansada.
—Llevo soportando comentarios así toda mi vida.
Él giró hacia ella.
—Pues ya no.
Y maldita sea.
Lucía odiaba admitirlo.
Pero esa frase le afectó más de lo que debería.
Los días comenzaron a pasar.
Y la convivencia empezó a cambiar cosas.
Pequeñas cosas.
Peligrosas cosas.
Alejandro empezó a esperar las conversaciones nocturnas con Lucía.
Ella comenzó a notar cuándo él estaba de mal humor incluso antes de que hablara.
Compartían cafés de madrugada.
Discusiones tontas.
Silencios cómodos.
Una noche incluso cocinaron juntos porque Lucía descubrió que el gran Alejandro Ferrer no sabía freír un huevo.
—¿Cómo sobrevives? —preguntó ella riéndose.
—Pago impuestos. La sociedad me mantiene.
—Idiota.
Él sonrió.
Y esa sonrisa ya no parecía tan fría.
Pero la calma duró poco.
Porque una tarde Lucía escuchó accidentalmente una conversación entre Claudia y Alejandro.
—Te estás encariñando con ella —dijo su madre.
—No empieces.
—Lo veo en tu cara.
—Es un acuerdo. Nada más.
—Entonces mírame y repítelo.
Silencio.
Lucía sintió un vuelco extraño.
Después escuchó la voz de Claudia otra vez.
Más baja.
Más peligrosa.
—No olvides quién eres, Alejandro. Las personas como ella siempre terminan queriendo más.
Lucía se quedó inmóvil.
Ahí estaba otra vez ese desprecio.
Esa idea absurda de que la gente humilde solo se acerca al dinero por interés.
Alejandro respondió con frialdad.
—Lucía tiene más dignidad que la mayoría de la gente que conoces.
Eso la sorprendió.
Pero Claudia soltó una risa amarga.
—Te pareces demasiado a tu padre. Y ya sabes cómo terminó eso.
El silencio posterior fue brutal.
Lucía se apartó antes de ser descubierta.
Pero entendió algo importante.
La familia Ferrer estaba llena de heridas viejas.
Y Alejandro llevaba años cargando culpas que ni siquiera le pertenecían.
Aquella noche llovía intensamente.
Lucía no podía dormir otra vez.
Se levantó para beber agua y encontró a Alejandro solo en la terraza, bajo la lluvia ligera.
Sin paraguas.
Sin chaqueta.
Mirando la ciudad.
—Vas a enfermarte —dijo ella desde la puerta.
Él no se movió.
—A veces salgo aquí cuando no puedo respirar dentro de la casa.
Lucía se acercó lentamente.
—Tu madre sabe exactamente dónde hacer daño.
Alejandro soltó una risa vacía.
—Siempre lo supo.
Ella dudó unos segundos antes de hablar.
—No eres como ella.
Él giró hacia Lucía.
La lluvia mojaba ligeramente su cabello oscuro.
Y por primera vez parecía completamente vulnerable.
—No deberías defenderme.
—No te estoy defendiendo. Solo digo la verdad.
Alejandro la observó fijamente.
Demasiado cerca.
Demasiado intenso.
Lucía sintió que el corazón empezaba a latirle más rápido.
Y entonces ocurrió.
Él levantó lentamente la mano y apartó un mechón mojado de su rostro.
Un gesto mínimo.
Pero suficiente para romper algo entre ambos.
El aire cambió.
La tensión también.
Lucía dejó de respirar un instante.
Alejandro parecía debatirse consigo mismo.
Como si supiera perfectamente que estaba cruzando una línea peligrosa.
Muy peligrosa.
—Esto es mala idea… —susurró él.
—Sí.
Pero ninguno se movió.
Y eso era todavía peor.