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HIZO REÍR A CUBA… Y TERMINÓ EN LA MISERIA

 

Dicen que Leopoldo Fernández lo perdió todo por un chiste contra Fidel Castro, que fue un acto valiente, que murió como un héroe. Pero nada de eso es verdad. Leopoldo no cayó por una broma, cayó porque hizo reír demasiado, porque su voz era más poderosa que la de cualquier político.

 Esta es la historia de cómo una dictadura puede destruir a un hombre sin disparar una sola bala, solo quitándole el derecho a vivir de su propio trabajo. La historia suele contarse así. Leopoldo aparece bajo los focos de un teatro abarrotado. En sus manos una imagen de Fidel Castro. El público contiene la respiración mientras él alza la fotografía y lanza una frase temeraria que lo condena de inmediato.

Risas, aplausos, detenciones a misma noche. Así nació la leyenda. El comediante valiente que desafió al poder con un chiste y pagó el precio máximo. Pero esa escena perfecta tiene una grieta imposible de ignorar. Nunca sucedió. El propio Leopoldo lo aclaró antes de morir con hartazgo y furia contenida.

 De haber pronunciado esas palabras, no habría vivido para contarlo. Habría terminado frente a un paredón. Y paradójicamente admitía que ojalá hubiera sido así, porque entonces existiría un mártir claro. Sin embargo, su destino fue otro. No tuvo caída gloriosa ni final inmediato. Lo suyo fue algo más cruel. La demostración de cómo un sistema puede destruir a un hombre sin disparar.

 Durante 45 años hizo reír a medio continente. 360 episodios de la tremenda corte envies. Su voz cruzó fronteras México, Perú, Puerto Rico, Argentina. La recompensa ninguna. No recibió regalías, no acumuló propiedades, no obtuvo pensión. Perdió el derecho a volver. Incluso su funeral. fue pagado por su viuda en cuotas durante años.

 Mientras el público en Lima, Bogotá o Ciudad de México reía, Leopoldo envejecía solo en Miami, sin dinero, sin tierra, sin la voz de su madre, a la que no pudo ver morir porque el régimen le negó el regreso. Cuando falleció, colocaron tierra cubana sobre su ataúd. Fue la única forma simbólica de volver a casa.

 Eso es una dictadura real. Despojar al creador de todo. Convertir al hombre que hizo reír a millones en alguien sin derecho sobre su obra, sin pensión, sin país. Obligar a su familia a endeudarse para enterrarlo. Condenarlo a muerte lenta, hecha de escasez y olvido. Lo que ocurrió realmente el 12 de abril de 1962. No tiene nada de romántico.

 No hay gestos heroicos. Hay algo peor. Un proceso frío que destruyó a un genio paso a paso. Leopoldo no encajaba en el molde del artista glamuroso de los 40 y 50. Él era distinto desde el origen. Nació el 26 de diciembre de 1904 en Jovellanos, Matanzas. Sus orígenes fueron modestos, hijo de un tabaquero. Dejó la escuela joven para ayudar a la familia.

 repartió pan, trabajó como telegrafista, leyó en tabaquerías, se ganó monedas como adivino ambulante antes de pisar un escenario. Ya conocía la dureza de la supervivencia. Leopoldo sabía lo que era pasar a Jambre, la vergüenza de no tener nada, el cansancio de jornadas interminables pagadas con centavos. Esa experiencia no se borró cuando alcanzó la fama.

 Nunca olvidó de dónde venía. Por eso lo que ocurrió después resulta aún más doloroso. En 1941 debutó La tremenda corte en RHC Cadena Azul, luego CMQ Radio, el programa humorístico más exitoso de Cuba. Detrás de los libretos estaba Castor Bispo, un español nacionalizado cubano, autor de los más de 360 episodios que hoy se conservan.

 El formato era simple y perfecto. Tres veces por semana, 8:30 pm, 1520 minutos. Cada episodio seguía un ritual inconfundible. José Candelario Tres patines era acusado de algún delito absurdo. Comparecía ante un juez enfermizo, interpretado magistralmente por Aníbal de Mar y terminaba condenado al castillo del príncipe con una sentencia rimada.

 La genialidad iba mucho más allá de la risa. En un país donde la justicia real estaba marcada por la corrupción y la ley protegía a unos pocos, Leopoldo encarnó una parodia judicial que ridiculizaba todo el sistema. A través de juegos de palabras, dobles sentidos y retruécanos imposibles, el pueblo se reía a carcajadas, mientras los poderosos no advertían que la burla iba dirigida a ellos. Un ejemplo del genio.

 Tres patines acusado de robar un gallo. Juez, ¿usted robó el gallo? Tres patines. No, señoría, el gallo se fue solo. Era un gallo democrático que ejerció su derecho a la libre locomoción. El público estallaba en risas, pero detrás del chiste había una crítica directa a la corrupción política de la época. Cada sentencia terminaba con la frase inmortal del juez cosa más grande la vida, chico.

 Seguida del martillazo final y rudecindo otro personaje de Aníbal gritando, anote ahí el nombre Tres patines. Nació durante los ensayos. Según relató el compositor Tony Évora, castor bispo, observó la forma de improvisar y moverse de Leopoldo y sentenció que no caminaba con dos patines, sino con tres. Era una expresión popular para describir a alguien con un talento cómico fuera de lo común.

 A finales de los años 50, el personaje era omnipresente en Cuba, además de la tremenda corte. Pototo y Filomeno, los Ricachos, el precinto competidora, vigilante Cheito. Entre 1943 y 1959 actuó en ocho películas cubanas y en 1957 recibió un disco de oro por sus grabaciones musicales. El fenómeno cruzó fronteras México, Puerto Rico, Venezuela, Colombia, Perú, Panamá, República Dominicana, Centroamérica.

 En un país, un ministro intentó sacarlo del aire alegando que los niños imitaban el habla. La reacción popular fue tan fuerte que el funcionario perdió su cargo. El pueblo prefirió sacrificar a un ministro antes que perderlo. Ese era el alcance real de Leopoldo Fernández. Y justamente ahí comienza lo más inquietante.

 Todavía no sabes qué pasó cuando Fidel tomó el poder, ni cómo comenzó la ofensiva contra el humor, ni qué ocurrió el 12 de abril de 1962, porque lo que viene es la parte más oscura, cómo el régimen destruyó al hombre más querido de Cuba sin disparar una sola bala. Cuando Fidel Castro asumió el poder en enero de 1959, se encontró con un país donde la voz más influyente no pertenecía a ningún líder político.

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