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El ÚNICO Sobreviviente de Bolivia CONFIESA — Por Qué el Che SABÍA Que Iba a MORIR

 

Mi nombre es Harry Villegas. En 1967. Tenía 27 años. Fui uno de los cinco hombres que salieron vivos de Bolivia. Chegevara no fue uno de ellos y durante 57 años he vivido preguntándome por qué yo si él no. Hoy tengo 87 años. Mis manos tiemblan cuando sostengo una taza de café. Mi espalda se queja cada mañana, pero hay algo que nunca se ha debilitado, la memoria de aquellos días en la selva boliviana.

 cada rostro, cada conversación, cada promesa que nunca se cumplió. Durante más de medio siglo guardé silencio, no porque me lo ordenaran, sino porque no sabía si el mundo estaba listo para escuchar lo que realmente pasó. Pero ahora, tan cerca del final de mi propia historia, siento que debo contar la verdad. No la versión oficial, no los mitos, la verdad que viví, que sufrí, que todavía me despierta en las noches.

 Todo comenzó en noviembre de 1966. Chen reunió a un grupo de hombres en La Habana. Éramos jóvenes, idealistas, convencidos de que podíamos cambiar el mundo. Che tenía 38 años y en sus ojos ardía un fuego que nunca había visto en nadie más. Nos habló de Bolivia, de cómo la revolución se extendería por toda América Latina, de cómo seríamos parte de algo más grande que nosotros mismos.

Recuerdo sus palabras exactas aquella noche. Nos dijo que Fidel nos apoyaría, que en pocos meses llegarían más hombres, armas, medicinas, radios, que no estaríamos solos. Yo lo creí, todos lo creímos. Porque Che y Fidel eran hermanos. Habían hecho juntos la revolución en Cuba. ¿Por qué dudaríamos? Partimos en secreto hacia Bolivia.

Éramos 50 hombres al principio, una mezcla de cubanos y bolivianos. Che viajó con documentos falsos, con el cabello teñido, sin su barba característica. Parecía otra persona, pero su espíritu era el mismo. Durante el viaje me sentó a su lado y me dijo algo que nunca olvidaré. Pombo, esta misión va a ser difícil, pero sí la historia nos juzga que nos juzgue por haber intentado lo imposible.

 En ese momento pensé que hablaba de la dificultad militar. no entendía que hablaba de algo más profundo, más oscuro. Llegamos a Niancasu en diciembre. La selva boliviana era impenetrable, húmeda, hostil. Establecimos nuestro campamento base y comenzamos a entrenar. Che era exigente. Nos despertaba antes del amanecer.El Guerrillero Que el Che ABANDONÓ en la Selva -- 57 Años Después REVELA Por  Qué Lo PERDONÓ - YouTube

 nos hacía marchar durante horas bajo el sol sofocante, pero también era cercano, humano. Por las noches se sentaba con nosotros y hablaba de filosofía, de historia, de por qué valía la pena dar la vida por una causa justa. Los primeros meses fueron de preparación y espera. Esperábamos el apoyo que Fidel había prometido.

 Che enviaba mensajes de radio a la Habana cada semana. Las respuestas eran siempre las mismas. Pronto, tengan paciencia. La ayuda está en camino y nosotros esperábamos. Enero de 1967 algo cambió. El ejército boliviano descubrió nuestra presencia. No estábamos listos para el combate. Nuestro grupo todavía era pequeño. Nuestras armas limitadas.

 Che tomó una decisión difícil, dividir la guerrilla en dos columnas para confundir al enemigo. Yo me quedé con él en la columna principal. Fue en febrero cuando empecé a notar algo extraño en Che. seguía siendo el mismo líder firme. Pero de noche, cuando creía que nadie lo veía, escribía en su diario con una expresión que nunca le había visto antes.

 No era miedo, era algo peor, era resignación. Una noche me acerqué a él mientras observaba las estrellas. Le pregunté si estaba preocupado por el retraso del apoyo de Cuba. Me miró durante un largo momento antes de responder. Pombo, he aprendido que en la revolución a veces estás más solo de lo que crees, pero eso no significa que debamos rendirnos.

 No entendí completamente sus palabras en ese momento. Solo años después comprendería lo que realmente quiso decir. Marzo de 1967 llegó y con la certeza de que algo estaba terriblemente mal. Habían pasado 4 meses desde que llegamos a Bolivia. Ningún refuerzo había llegado, ningún envío de armas, ningún suministro médico adicional.

 Che tenía asma severo y sus medicamentos comenzaban a agotarse. Cada crisis respiratoria era más larga, más agónica. Lo veíamos luchar por respirar y no podíamos hacer nada. Los mensajes de radio a la Habana se volvieron más urgentes. Cheya no pedía, exigía respuestas. ¿Dónde estaba la ayuda? ¿Cuándo llegarían los refuerzos? Las respuestas de Cuba se volvieron más vagas, más evasivas.

 Complicaciones logísticas, dificultades internacionales. Tengan paciencia. Recuerdo una tarde de marzo después de recibir otro mensaje ambiguo de La Habana. Ya apagó la radio y se quedó sentado en silencio durante casi una hora. Luego me llamó aparte. Su voz era diferente, más suave, casi como si estuviera hablando consigo mismo.

 Fidel tiene sus razones. me dijo, “Siempre las tiene, pero nosotros estamos aquí ahora y tenemos que seguir adelante conoc ayuda.” Fue la primera vez que escuché duda en su voz cuando hablaba de Fidel y fue la primera vez que yo también comencé a dudar. En ese momento no lo sabía, pero la espera había terminado. La ayuda nunca llegaría y nosotros estábamos solos en medio de una selva hostil rodeados por un ejército que crecía cada día, con suministros que se agotaban y un líder que empezaba a entender que esta misión no terminaría

como la de Cuba, la revolución en Bolivia había comenzado. Pero también había comenzado nuestra cuenta regresiva hacia el final abril de 1967. Trajo el primer enfrentamiento real. El ejército boliviano nos localizó cerca del Río Grande. Éramos 47 hombres contra más de 100 soldados bien entrenados. Che dirigió la batalla con precisión quirúrgica. Ganamos ese día.

 Matamos a siete soldados y capturamos armas valiosas. Pero también perdimos algo mucho más valioso, nuestra posición secreta. A partir de ese momento, el ejército sabía exactamente dónde buscarnos y cómo rastrearnos. Las semanas siguientes fueron una pesadilla constante de movimiento y combate. Nos desplazábamos cada dos o tres días, siempre huyendo, siempre escondiéndonos, siempre mirando hacia atrás con miedo.

La selva, que al principio parecía nuestra aliada se convirtió en nuestra prisión verde. El calor durante el día era insoportable. Los mosquitos nos atacaban en nubes densas. Y el hambre comenzó lentamente a destruirnos desde adentro, Chesegjía enviando mensajes cada vez más desesperados a la Habana. Necesitábamos medicinas urgentemente, especialmente para su asma que empeoraba.

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