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El Soldado Que RECHAZÓ Matar al Che Guevara — 56 Años Después REVELA Por Qué DIJO NO

 

En ese momento nadie sabía que el soldado Carlos Mendoza había rechazado la orden más importante de su vida militar, ejecutar al Cheeguevara. Octubre de 1967, la higuera, Bolivia. 3 horas antes de que Mario Terán entrara a esa escuela, otro soldado había sido elegido primero, pero él dijo, “No, y esa palabra de dos letras cambiaría su destino para siempre.

” Ahora, 56 años después, a los 81 años, Carlos revela por primera vez por qué rechazó disparar, cómo esa decisión lo salvó y lo condenó al mismo tiempo, y el secreto que Mario Terán le confesó antes de morir. Carlos Mendoza vive hoy en Santa Cruz de la Sierra, rodeado de sus nietos, en una modesta casa de adobe pintada de blanco. Las paredes están llenas de fotografías familiares, pero hay una foto que no está colgada, una foto de octubre de 1967, donde aparece un joven soldado de 25 años con uniforme boliviano parado junto a otros soldados frente a la escuela de

la higuera. Ese soldado es Carlos y ese día su vida cambió para siempre. Carlos Mendoza había nacido en un pueblo pequeño cerca de Vallegrande en 1942. era el mayor de siete hermanos en una familia campesina que apenas sobrevivía cultivando papas y maíz. A los 18 años, sin muchas opciones para escapar de la pobreza, Carlos se enlistó en el ejército boliviano. Era mi única salida.

Recuerda ahora con voz quebrada. Mi padre estaba enfermo, mis hermanos tenían hambre. El ejército me daba un sueldo, comida, un propósito. Durante 7 años, Carlos fue un soldado modelo. Cumplía órdenes sin cuestionar. Entrenaba con disciplina. Ascendía lentamente en los rangos. Sus superiores lo respetaban por su lealtad inquebrantable.

 Nunca le dije no a ninguna orden, explica Carlos. Ni una sola vez en 7 años. Hasta ese día. En septiembre de 1967, Carlos fue asignado a una unidad especial que operaba en la región selvática de Ñancaú. Le dijeron que estaban cazando guerrilleros comunistas que amenazaban la seguridad nacional. Le dijeron que eran terroristas peligrosos.

Le dijeron que matar a esos hombres era defender a Bolivia. Carlos creyó cada palabra. El 8 de octubre de 1967, Penapetters Carlos escuchó rumores entre los soldados. Habían capturado a alguien importante, un comandante guerrillero. Algunos decían que era argentino. Otros susurraban un nombre que Carlos había escuchado antes en la radio, el Che.El Soldado Que Se NEGÓ a Matar al Che Guevara -- 56 Años Después Su Nieto  ROMPE El Silencio - YouTube

 Esa noche, Carlos no pudo dormir. Su unidad había sido movilizada urgentemente a un pueblo llamado La Higuera. Llegaron al amanecer del 9 de octubre. El pueblo era diminuto, apenas unas cuantas casas de adobe y una escuela rural de dos salones. Cuando llegamos ya había soldados por todas partes, recuerda, Carlos.

 Oficiales, Rangers entrenados por americanos, hasta un hombre con acento extraño que después supe que era de la CIA. Los soldados estaban nerviosos, excitados. Algo grande estaba pasando. Carlos fue asignado a vigilar el perímetro de la escuela junto con otros tres soldados. Desde su posición podía ver la puerta del salón donde, según los rumores, tenían retenido al prisionero importante.

 Escuchaba voces adentro, dice Carlos. Voces en español, pero también en inglés. Y de vez en cuando escuchaba toser, una tos profunda, dolorosa, como de alguien que estaba muy enfermo. A las 10:30 de la mañana, el coronel Joaquín Centeno Anaya salió de la escuela con expresión seria. Reunió a todos los soldados en el patio polvoriento.

 Carlos recuerda cada detalle de ese momento. El sol estaba alto y quemaba. El aire olía a polvo y miedo. Los soldados formaron filas. Hemos capturado a Ernesto Guevara, conocido como el Che”, anunció el coronel con voz firme. “El gobierno ha decidido que debe ser ejecutado. Necesito un voluntario.” Silencio absoluto. Nadie levantó la mano.

 Carlos sintió su corazón latiendo tan fuerte que pensó que todos podían escucharlo. “Está bien”, dijo el coronel después de un minuto eterno. “Entonces yo elegiré.” El coronel caminó lentamente frente a la fila de soldados. Sus botas militares levantaban pequeñas nubes de polvo con cada paso.

 Carlos mantenía la mirada al frente como le habían enseñado, pero podía sentir los ojos del coronel evaluando a cada hombre. El coronel se detuvo. Carlos sintió su presencia frente a él. Sargento Mendoza, dijo el coronel. Usted tiene buen récord, 7 años de servicio impecable. Usted lo hará. Carlos tragó saliva. Sus manos comenzaron a temblar.

 “Sí, mi coronel”, respondió Carlos. Automáticamente era lo que un soldado debía responder. Pero mientras las palabras salían de su boca, algo dentro de él gritaba. “¡No!” El coronel le entregó un rifle M2. “Entre al salón”, ordenó, “Dispare al prisionero en el pecho. Que parezca que murió en combate.” ¿Entendido? Carlos tomó el rifle.

 Pesaba como si estuviera hecho de plomo. Entendido, mi coronel. Carlos caminó hacia la escuela. Cada paso se sentía como si estuviera caminando hacia su propia ejecución, no hacia la de otro hombre. Los otros soldados lo miraban en silencio, algunos con envidia, otros con alivio de no haber sido elegidos. Carlos llegó a la puerta del salón, puso su mano en el picaporte de metal oxidado.

 Estaba frío a pesar del calor del día. Este es el momento, pensó. Abres esa puerta, apuntas, disparas. Eso es todo. 3 segundos y termina. Serás un héroe. Te darán una medalla. Tu familia estará orgullosa. Pero entonces escuchó algo que lo paralizó desde el otro lado de la puerta. Una voz débil pero clara dijo, “Adelante, soldado. No tenga miedo.

 Solo va a matar a un hombre.” Carlos abrió la puerta lentamente. La luz del sol entraba por una pequeña ventana con barrotes creando líneas de sombra en el piso de tierra. Y allí, sentado en el suelo con la espalda contra la pared, estaba Ernesto Cheegevara. Carlos había visto fotos en los periódicos, imágenes de un guerrillero feroz, barbado, con boina negra y mirada desafiante.

 Pero el hombre frente a él no se parecía a esas fotos. Este hombre tenía el cabello largo y sucio. Su ropa estaba rota y manchada de sangre seca. Tenía heridas en las piernas que no habían sido tratadas. Su rostro estaba demacrado por el hambre y la enfermedad, pero sus ojos, esos ojos negros y profundos, estaban completamente despiertos y conscientes.

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