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El Soldado Que CAPTURÓ al Che Guevara — 57 Años Después ROMPE Su Silencio y CONFIESA

 

En ese momento nadie sabía que el soldado Bernardino Huanca, escondido detrás de un árbol en la selva boliviana estaba a punto de capturar al revolucionario más buscado de América Latina. Cuando finalmente vio los ojos del Cheegevara a solo 3 m de distancia, algo dentro de él se rompió para siempre.

 Lo que pasó en esos 5 minutos lo persegiría durante 57 años de octubre de 2024, Santa Cruz, Bolivia. Bernardino Huanka, de 76 años, se sienta frente a una cámara por primera vez en su vida. Sus manos tiemblan mientras sostiene una vieja fotografía amarillenta. Es una foto de él mismo a los 19 años, vistiendo el uniforme del ejército boliviano joven delgado, con ojos llenos de inocencia que ya no existen.

 Ese chico murió el 8 de octubre de 1967, el mismo día que capturé al Cheegev vara. Lo que voy a contarles ahora es algo que he guardado durante 57 años. Un secreto que destruyó mi vida, mi matrimonio, mi relación con mis hijos. Un secreto tan pesado que casi me mata. Bernardino. Nació en 1948 en un pueblo pequeño cerca de Santa Cruz.

 Era el hijo mayor de una familia campesina, pobre que apenas sobrevivía cultivando un pedazo de tierra árida. A los 18 años se enlistó en el ejército porque no tenía más opciones. No había trabajo, no había futuro fuera del uniforme, era solo un muchacho que quería ayudar a su familia, enviarles unos pesos cada mes para que pudieran comer mejor. No sabía nada de política.

No sabía quién era el cheegue vara. No sabía nada de comunismo o revolución. Para él, el mundo se dividía entre los que tenían hambre y los que no. Su familia estaba en el primer grupo y él haría cualquier cosa para cambiar eso. En 1967, el ejército boliviano comenzó una intensa campaña para capturar a Ernesto Cheegevara, quien había llegado a Bolivia con un grupo de guerrilleros cubanos para iniciar una revolución continental.El Soldado Que Se NEGÓ a Matar al Che Guevara -- 56 Años Después Su Nieto  ROMPE El Silencio

 El presidente René Barrientos había declarado que la amenaza comunista debía ser eliminada de territorio boliviano a cualquier costo. Bernardino fue asignado al segundo regimiento de Rangers, una unidad de élite entrenada por asesores militares estadounidenses específicamente para combatir guerra de guerrillas. Durante meses patrullaron la selva espesa de la región de Belly Grendy buscando al fantasma que se llamaba Chegevara.

 Era un trabajo agotador, peligroso, que consumía el alma lentamente. Las patrullas duraban semanas enteras, caminaban bajo el sol abrasador durante el día y dormían en hamacas húmedas durante la noche, siempre alertas, siempre esperando una emboscada que podía llegar en cualquier momento. Varios compañeros de Bernardino murieron en enfrentamientos esporádicos.

 vio como los cuerpos de muchachos de su edad, campesinos como él, regresaban en bolsas de plástico a sus pueblos natales. Bernardino comenzó a tener pesadillas, incluso antes de encontrar al Che. Cada noche soñaba que moría en la selva, que una bala perdida atravesaba su pecho joven, que su madre recibía la noticia mientras preparaba el desayuno en su cocina de Adobe, pero nunca imaginó que lo peor no sería su muerte, lo peor sería sobrevivir.

 La información llegó la noche del 7 de octubre de 1967. Un campesino local había reportado haber visto un grupo de hombres barbados cerca de la quebrada del yuro, un cañón estrecho rodeado de vegetación densa. Los oficiales organizaron inmediatamente una operación de cerco. 180 soldados rodearían la zona antes del amanecer. Bernardino recuerda esa noche como la más larga de su vida. No pudo dormir.

Tenía una sensación extraña en el estómago, como si supiera que algo definitivo estaba por suceder. se quedó despierto limpiando su rifle una y otra vez, verificando cada cartucho, cada mecanismo, preparándose para un encuentro que cambiaría su existencia para siempre. Se movieron antes del amanecer del 8 de octubre de 1967.

Eran aproximadamente las 5 de la mañana cuando las tropas se posicionaron alrededor de la quebrada. Bernardino fue asignado a cubrir un sendero angosto que serpentea entre los árboles. La orden era clara. Capturar vivo si era posible, pero eliminar la amenaza si ofrecían resistencia.

 Durante horas esperaron en silencio absoluto. El sol subió lentamente, la temperatura aumentó. Los mosquitos aparecieron en nubes espesas. Bernardino estaba escondido detrás de un árbol grande con su rifle M1 hogueran apuntando hacia el sendero. Su corazón latía tan fuerte que pensó que los guerrilleros podrían escucharlo desde la distancia.

 Alrededor de las 3 horas 30 minutos comenzó el enfrentamiento. Bernardino escuchó disparos automáticos a lo lejos, gritos de comando, explosiones pequeñas de granadas. El sonido del combate se acercaba gradualmente hacia su posición. Su respiración se volvió irregular. Sus manos empezaron a temblar, pero mantuvo el rifle firme. Entonces lo vio.

 Una figura delgada emergió despacio entre los arbustos espesos, caminando por el sendero directamente hacia su posición. El hombre llevaba uniforme militar desarrapado, una gorra militar sucia y cojeaba visiblemente de la pierna izquierda. Tenía barba larga y despeinada, la cara completamente sucia, los ojos cansados pero alertas.

Bernardino levantó su rifle y gritó con voz que apenas reconoció como suya. Alto. Manos arriba, no se mueva. El hombre se detuvo inmediatamente, levantó las manos lentamente y dijo con voz calmada que contrastaba dramáticamente con la situación. No dispares, soldado. Mi rifle está descargado. Ya no represento peligro para ti y para nadie.

En ese momento, Bernardino sintió que el tiempo se detenía completamente. Miró fijamente al hombre frente a él. estudiando cada detalle de su rostro. Todavía no sabía quién era, pero había algo en su presencia que lo desconcertaba profundamente, a pesar de estar herido, desarmado y claramente derrotado.

 El hombre irradiaba una dignidad extraña que hizo que Bernardino se sintiera pequeño, inadecuado, como si él tuviera el rifle, pero el otro más poderoso. Otros soldados llegaron corriendo al escuchar los gritos. Uno de ellos, un sargento veterano, miró al prisionero durante varios segundos antes de exclamar con incredulidad, “¡Dios mío, es él, es el Cheevara.

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