” Bernardino lo capturó. “Capturamos al Che.” Bernardino sintió que sus piernas se volvían débiles. El Chegueevara, el revolucionario argentino del que todos hablaban, el hombre cuya fotografía había visto en carteles de búsqueda durante meses, el enemigo número uno de Bolivia, el guerrillero más famoso de América Latina.
Y él, Bernardino Huanca, un campesino sin educación de 19 años, acababa de capturarlo. Ya con sus propias manos. Los soldados rodearon al Che, lo empujaron levemente, le quitaron sus pocas pertenencias. Bernardino observó todo como si fuera una película en cámara lenta. El Chen no protestó, no gritó, no mostró miedo, solo miraba a cada soldado con una extraña calma que resultaba desconcertante.
Sus ojos, dice Bernardino, con lágrimas que han esperado 57 años para salir. Sus ojos me atravesaban el alma. No era odio lo que vi en ellos. Era algo mucho más perturbador. Era compasión, como si él sintiera pena por nosotros, no nosotros por él. Lo ataron de manos y lo llevaron caminando hacia la higuera. Bernardino caminaba detrás sosteniendo su rifle M1 Gerueran, pero sintiéndose cada vez más confundido.
El peso del arma en sus manos jóvenes se había vuelto insoportable. No entendía por qué capturar al enemigo más peligroso de Bolivia no se sentía como una victoria. sino como el comienzo de una pesadilla que duraría el resto de su vida. Cuando llegaron al pueblo, encerraron al Che en una pequeña escuela rural. Era un salón simple, con piso de tierra apisonada, sin ventanas, solo una puerta de madera que crujía con el viento.
Lo sentaron en el suelo con las manos atadas detrás de la espalda. Bernardino fue asignado para hacer guardia junto con otros dos soldados. Podía ver al Che a través de una rendija en la puerta. A pesar de estar herido, hambriento y claramente derrotado, mantenía una postura ergida que irradiaba dignidad, varios oficiales entraron y salieron durante toda la tarde.
Bernardín no podía escuchar conversaciones fragmentadas. El che hablaba con los oficiales, a veces reía suavemente, a veces discutía con voz firme, pero nunca suplicaba, nunca rogaba por su vida. Eso me confundió enormemente. Recuerda Bernardino con la voz quebrada. Yo esperaba que un enemigo capturado tuviera miedo, que llorara, que pidiera perdón por sus crímenes, pero él era completamente diferente, a toda como si ya hubiera aceptado su destino final, como si hubiera hecho las peso tiempo atrás.
Durante las primeras horas de la noche, Bernardino fue asignado para vigilar la puerta de la escuela. Estaba solo, sentado en una silla de madera vieja con su rifle apoyado en las piernas. Adentro. El che estaba sentado en la oscuridad total. Bernardino. Sabía que estaba despierto porque podía escuchar su respiración irregular, probablemente causada por el asma que lo había persegido toda su vida.
En un momento, alrededor de las 10 de la noche, el Che habló desde la oscuridad. La voz del Che salió calmada de la negrura. “¿Cómo te llamas, soldado?” Bernardino dudó durante varios segundos. Algo dentro de él lo obligó a responder. Bernardino, me llamo Bernardino Huanca. Bernardino, repitió el ché lentamente como saboreando cadas y lava del nombre.
Es un buen nombre. Eres muy joven. ¿Cuántos años tienes? 19 años, respondió Bernardino, sintiéndose extraño por estar conversando con el enemigo más peligroso de Bolivia como si fueran dos personas normales. 19 años, repitió el Che con un suspiro profundo que parecía cargar décadas de experiencia. Yo tenía exactamente tu edad cuando comencé mi primer viaje por América Latina.
Fue entonces cuando vi por primera vez la verdadera pobreza, la verdadera injusticia. ¿Sabes por qué estoy aquí en Bolivia, Bernardino? Bernardino no respondió. Su corazón latía fuertemente. Estoy aquí porque creo en un mundo mejor, continuó el che voz suave pero firme. Un mundo donde muchachos como tú no tengan que enlistarse en el ejército porque no tienen ninguna otra opción para sobrevivir.
Un mundo donde tu familia no pase hambre mientras otros viven en palacios. Un mundo donde los campesinos puedan tener tierra propia y educación para sus hijos. Bernardino sintió algo extraño y doloroso en su pecho, una mezcla de enojo, confusión y una tristeza que no podía explicar. “Usted es el enemigo”, dijo con voz temblorosa que apenas escuchaba.
“Usted vino a destruir mi país con ideas comunistas.” “No, soldado,”, respondió El che suavemente. “Vine a liberar tu país, pero tal vez me equivoqué. Tal vez este no era el lugar correcto o el momento adecuado, pero mis intenciones siempre fueron puras. Nunca quise destruir nada. solo construir algo mejor sobre las ruinas de la injusticia.
Bernardino durmió esa noche. Se quedó sentado en su silla mirando hacia la puerta cerrada pensando en las palabras del che. ¿Cómo podía un enemigo hablar así? Se preguntaba una y otra vez. ¿Por qué me trataba con respeto si yo era sute? ¿Por qué no me odiaba? Estas preguntas giraban en su mente joven como remolinos que no encontraban respuesta.
Al amanecer del 9 de octubre de 1967, Bernardino notó movimiento inusual entre los oficiales. Llegaron órdenes desde La Paz a través de radio. El mensaje era claro y definitivo. Ernesto Cheegevara debía ser ejecutado inmediatamente. No habría juicio público, no habría prisión, no habría intercambio de prisioneros, solo muerte rápida y silenciosa.
Bernardino estaba afuera de la escuela cuando escuchó la noticia. vio como los oficiales discutían en voz baja quién debería ser el ejecutor. Nadie quería ser el verdugo. Todos sabían que matar al los convertiría en parte de la historia mundial, pero nadie quería esa responsabilidad terrible. La fama que viene con la sangre es una fama Finalmente, el coronel señaló a un soldado llamado Mario Terán.
“Tú lo harás”, le ordenó con voz seca. Mario temblaba visiblemente. Era un hombre simple, un campesino como Bernardino, que había sido puesto en una posición imposible por fuerzas que no controlaba ni entendía completamente. Mientras Mario Terán se preparaba mentalmente para la ejecución, Bernardino sintió un impulso incontrolable.
Corrió hacia la puerta de la escuela. “Yo quiero verlo una vez más antes de que muera”, le dijo un oficial que estaba parado cerca. Le permitieron entrar por última vez. El che estaba sentado en el mismo lugar, con las manos todavía atadas detrás de la espalda. Cuando vio a Bernardino entrar, sonrió levemente. Era una sonrisa triste, pero genuina, como la de un padre que ve a su hijo por última vez.
Bernardino! Dijo el cher reconociendo su voz. ¿Viniste a despedirte de mí?” Bernardino no pudo hablar. Las palabras se habían quedado atrapadas en su garganta. Joven, no llores por mí, soldado”, dijo el che con una voz increíblemente calmada para alguien que sabía que moriría en minutos. “Yo elegí este camino hace muchos años.
Sabía desde el principio cómo terminaría, probablemente. Pero tú, tú todavía tienes tiempo de elegir tu propio camino en la vida. No desperdicies los años que te quedan. No vivas con amargura. No dejes que el odio destruya tu corazón. Joven. Bernardino salió del salón con los ojos llenos de lágrimas que no entendía. Minutos después escuchó los disparos.
1 2 3 4 5 6 7 8 9. El silencio que siguió fue ensordecedor y se extendió por toda la eternidad. Sentí que algo dentro de mí moría con esos disparos, dice Bernardino con una voz que se quiebra después de más de medio siglo. No era tristeza por el che, aunque también estaba esa tristeza. Era tristeza por mí mismo, por lo que yo representaba, por lo que había permitido que sucediera después de la ejecución.
Los oficiales sacaron el cuerpo del Che y lo cargaron en un helicóptero militar. Bernardino fue uno de los soldados asignados para transportar el cadáver. Tuve que tocar su cuerpo muerto. Recuerda con horror que permanece fresco después de tantos años. Tuve que cargarlo como si fuera un saco de papas. Y mientras lo hacía, no podía dejar de pensar en nuestra conversación de la noche anterior, en sus palabras sobre elegir mi propio camino.
El cuerpo fue llevado al hospital de Belligendy. Lo colocaron sobre una mesa de concreto frío en una sala improvisada. Docenas de personas llegaron a verlo durante las siguientes horas. Periodistas nacionales e internacionales, militares curiosos, oficiales del gobierno. Todos tomaron fotografías. Todos querían ver con sus propios ojos al revolucionario muerto.
Bernardino estaba de pie en una esquina de la sala, mirando todo el espectáculo como si fuera una pesadilla de la cual no podía despertar. Esa imagen del che muerto con los ojos abiertos, mirando hacia el techo como si pudiera ver algo que nosotros no podíamos ver. Me persigue hasta el día de hoy.
Dice, cada vez que cierro los ojos, especialmente cuando trato de dormir, lo veo exactamente como estaba en esa mesa fría. Después de la muerte del Che, Bernardino fue declarado oficialmente un héroe nacional. Le dieron una medalla militar, un ascenso en el rango, un aumento de sueldo. Lo presentaron en ceremonias militares públicas donde políticos importantes le daban la mano y lo felicitaban por haber salvado a Bolivia del comunismo internacional.
Todo el mundo me decía que había hecho algo grandioso. Recuerda Bernardino. Me decían que había salvado a mi país de la destrucción marxista, pero yo no me sentía como un héroe para nada. Me sentía como un asesino, como alguien que había participado en algo fundamentalmente incorrecto. Las pesadillas comenzaron inmediatamente.
Cada noche, tan pronto como cerraba los ojos, veía al Che. A veces lo veía como estaba en la escuela hablando conmigo en la oscuridad. Otras veces lo veía como estaba en la mesa del hospital, con los ojos abiertos, mirando hacia la eternidad. Pero lo más perturbador era cuando soñaba con conversaciones que nunca habíamos tenido, donde él me explicaba cosas sobre la vida, sobre la justicia, sobre lo que significa ser verdaderamente libre.
Durante el día, Bernardino trataba desesperadamente de actuar normal, de ser el soldado héroe que todos esperaban que fuera, pero por dentro estaba completamente destruido. La imagen pública y la realidad privada eran dos mundos completamente diferentes. Comencé a beber alcohol, admite con vergüenza, qué ha llevado durante décadas.
Era la única manera de no pensar, de no sentir, de no recordar esa noche en la higuera cuando el Cheme habló como si fuera su hijo. En 1968, apenas un año después de los eventos, Bernardino dejó el ejército. No podía seguir usando el uniforme que llevaba cuando capturó al Che cada vez que se lo ponía.
sentía que se estaba vistiendo con la ropa de un hombre que ya no existía. Un hombre que había muerto el 9 de octubre junto con el revolucionario argentino, regresó a su pueblo natal tratando desesperadamente de volver a la vida civil que había conocido antes de convertirse en soldado. Pero todo había cambiado para siempre. La gente lo miraba diferente.
Algunos lo veían como un héroe nacional y lo trataban con un respeto exagerado que lo hacía sentir incómodo. Otros, especialmente los más jóvenes, que habían comenzado a idealizar al Che, lo miraban con desprecio silencioso, como si fuera un traidor a la causa de los oprimidos. Bernardino se sentía perdido en su propio pueblo.
No sabía dónde encajaba, en este nuevo mundo, donde él era simultáneamente héroe y villano. En 1970 se casó con María, una maestra que venía de una familia conservadora. Tuvieron dos hijos, Carlos y Rosa, pero el matrimonio fue difícil desde el principio. Yo no podía ser un buen esposo, admite Bernardino. Las pesadillas continuaban cada noche.
El alcohol se había convertido en mi manera de sobrevivir. María trataba de ayudarme, pero yo no dejaba que nadie entrara en mi mundo interior. Los años 70 y 80 fueron las décadas más oscuras. perdió varios trabajos debido al alcoholismo. María finalmente lo dejó en 1985, llevándose a sus hijos.
Ese fue mi punto más bajo. Perdí mi familia por algo que había pasado 18 años atrás. Bernardino intentó suicidarse dos veces. La primera en 1986 con sobredosis. La segunda en 1990 tratando de ahorcarse. Su hermano lo salvó ambas veces. ¿Por qué no podía morir? se preguntaba constantemente. El che había muerto con dignidad con sus principios intactos.
Yo sejía vivo, pero destruido completamente, sin saber si había hecho algo bueno o terrible. En 1995 buscó ayuda profesional. Un psicólogo lo diagnosticó con trastorno de estrés postraumático severo. Finalmente tenía un hombre para lo que había estado sintiendo durante 28 años muy difíciles. Pero eso no lo hacía desaparecer mágicamente.
Su terapeuta le dijo, “Bernardino, tú no mataste al Che, pero has cargado con la culpa como si hubieras apretado el gatillo. ¿Necesitas aprender a perdonarte por haber sido un joven soldado siguiendo órdenes en una situación impasabald que el proceso de sanación fue lento y doloroso? Bernardino tuvo que aprender a separar sus acciones de las consecuencias que otros habían creado.
Más importante aún, tuvo que confrontar que las palabras del Che habían resonado con el porque contenían verdades profundas. En 1997 sucedió algo que cambió todo. Los restos del Che fueron encontrados después de 30 años perdidos. Bernardino vio las noticias en televisión. Vio como Fidel Castro lloraba, las maltitudes en la Habana, la foto del che convertida en símbolo mundial.
Me di cuenta de algo fan de Mentle esa noche, dice Bernardino. El Che nunca murió realmente se convirtió en una idea, en un símbolo y yo seguía siendo simplemente Bernardino Huanca, un soldado roto que había vivido 30 años en las sombras de 5 minutos. Esa revelación lo motivó a escribir una carta para la familia del Che, explicando lo que había pasado esa noche en la higuera.
Necesitaba que supieran que había muerto con dignidad, sin miedo, tratando de enseñar humanidad. Incluso en sus últimas horas guardó esa carta 5 años más. No tenía valor de enviarla. Tenía miedo de que lo odiaran. En los años 2000, Bernardino logró estabilidad emocional. Dejó de beber con alcohólicos anónimos. Consiguió trabajo como guardia en una escuela.
Reconectó con sus hijos Carlos y Rosa. Aunque fue difícil reconstruir esos vínculos, no fue fácil. admite Bernardino. Tenían mucho resentimiento acumulado. Tuve que ganarme su perdón día a día. Su hijo Carlos le preguntó en 2005, “Papá, ¿qué pasó realmente en 1967? ¿Por qué nunca pudiste superarlo?” Carlos le regaló un libro que cambiaría su vida.
Diarios de motocicleta del joven Cheegevara. Bernardino leyó el libro completo en tres noches consecutivas sin poder dormir. Lloró en cada página que describía la pobreza que el joven Che había presenciado durante sus viajes por América Latina. Vi al Chen no como el guerrillero temido que habíamos capturado, sino como el joven idealista que había decidido dedicar su vida entera a luchar contra la pobreza y la injusticia social.
Dice con voz quebrada, “Entendí por primera vez que él y yo no éramos tan diferentes al final. Ambos veníamos de familias campesinas pobres. Ambos queríamos desesperadamente un mundo mejor para nuestros hijos, pero habíamos elegido caminos completamente opuestos en la vida que en octubre de 2017 se cumplieron exactamente 50 años de la muerte del Che.
Los medios internacionales hicieron reportajes especiales conmemorando la fecha histórica. Bernardino vio una entrevista televisada con Aleida Guevara, la hija del Che, quien hablaba sobre su padre con amor profundo y orgullo que no había disminuido después de cinco décadas. En ese momento, preciso, tomé la decisión más importante de mi vida adulta, dice Bernardino, recordando ese momento transformador.
No podía morir sin contar mi verdad completa al mundo. No podía llevarme este secreto terrible a la tumba y traicionar. La memoria del chef Bernardino contactó a un periodista local experimentado y le contó su historia completa por primera vez en 50 años de silencio. Le mostró la carta que había escrito años antes para la familia del Che.
El periodista quedó completamente impactado por la honestidad Rutlell, testimonio que había escuchado. ¿Por qué esperó tanto tiempo para contar esta historia? Le preguntó el periodista con curiosidad genuina. Porque tenía miedo, respondió Bernardino con simplicidad total que solo viene con la edad avanzada.
Pero ahora tengo 75 años cumplidos. No me queda mucho tiempo en este mundo terrenal. Si no hablo ahora, esta verdad morirá conmigo para siempre. El artículo fue publicado en noviembre de 2017. La reacción pública fue inmediata y polarizada. Algunos veteranos bolivianos lo acusaron de traidor por mostrar simpatía hacia el enemigo histórico.
Algunos activistas de izquierda lo criticaron por haber participado en la captura, pero la respuesta más significativa llegó desde Cuba. Da Leida Guevara, la hija del revolucionario, le envió una carta personal escrita a mano desde La Habana. Señor Huanca, escribía Aleida con caligrafía clara. He leído su testimonio con gran emoción y gratitud profunda.
Gracias por mostrar la humanidad completa de mi padre en sus últimas horas sobre la tierra. No lo culpo por lo que pasó esa noche terrible en la higuera. Usted era un soldado joven siguiendo órdenes militares en una situación completamente imposible. Esa carta cambió todo para Bernardino. La culpa de 50 años comenzó a disolverse.
Me di cuenta de que había pasado medio siglo esperando un perdón que ya me había sido otorgado esa noche en la higuera cuando el che me dijo que no desperdiciara mi vida. Doy. Bernardino Huanca tiene 76 años. Vive en Santa Cruz, rodeado por sus hijos y nietos que finalmente entienden su historia. Se despierta cada mañana sin el peso que lo había aplastado durante décadas.
Cuando le preguntan qué quiere que el mundo recuerde sobre aquellos 5 minutos que cambiaron su vida, responde. Quiero que recuerden que incluso en los momentos más oscuros la humanidad puede sobrevivir. El Cheme me enseñó que podemos elegir la compasión sobre el odio, incluso ante nuestros enemigos. Me tomó 57 años aprenderla completamente.
El che tenía razón sobre una cosa, reflexión a Bernardino. Yo tenía una decisión que él ya no tenía. Podía elegir vivir con amor o con odio. Me tomó más de 57 años hacer esa elección correcta, pero finalmente la hice. Esta es la historia de Bernardino Huanca, el soldado que capturó al Cheegev Bara y lloró durante 57 años.
Una historia sobre guerra, trauma, culpa y redención. una historia que nos recuerda que la humanidad siempre encuentra una manera de sobrevivir, incluso en los lugares más oscuros de la historia.