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El Psiquiatra del Che REVELA el SECRETO Que FIDEL Quiso ENTERRAR – 68 Años Después ROMPE Su Silencio

 

En ese momento, nadie sabía que en octubre de 1967, cuando Fidel Castro recibió la noticia de que el Che había sido ejecutado en Bolivia, su primera orden no fue organizar un funeral de Estado, fue encontrar y destruir todos los archivos médicos y psiquiátricos de Ernesto Guevara que existieran en Cuba y Argentina.

 Nadie puede saber lo que Ernesto realmente era. Dijo a sus agentes de inteligencia. Pero había un archivo que Fidel nunca encontró las notas privadas del Dr. Ricardo Granado, el psiquiatra que trató al Che entre 1950 y 2 y 1955. Notas que revelan el origen del hombre más controversial de la historia moderna.

 Notas que explican por qué el Che era capaz de ejecutar sin dudar. Por qué nunca lloró en público y por qué eligió morir antes que vivir comprometiendo sus principios. Marzo de 2024, Buenos Aires, Argentina. El Dr. Martín Granado, de 79 años, sostiene con manos temblorosas una caja de metal oxidada. Dentro hay 47 páginas amarillentas escritas a mano por su padre.

 “He esperado que todos murieran”, dice con voz quebrada. Fidel murió en 2016, el Che en 1967, mi padre en 1998. Ya no queda nadie a quien pueda dañar con esta verdad. Pero el mundo merece saber quién era realmente Ernesto Guevara antes de convertirse en el Che. Para entender lo que el drctor Ricardo Granado descubrió en la mente del Che, primero necesitas conocer cómo se conocieron.

 Era enero de 1952 cuando Ernesto Guevara, de apenas 23 años, llegó al consultorio del doctor Granado en Buenos Aires. No venía por voluntad propia. Su madre, Celia de la Cerna, lo había obligado. “Mi hijo tiene ataques de pánico terribles”, le explicó al doctor. Se despierta gritando en las noches. No puede respirar.El Médico Que VIO a Che Guevara LLORAR Antes de Morir - 56 Años Después  ROMPE Su Silencio - YouTube

 Los médicos dicen que es solo el asma, pero yo sé que hay algo más. El Dr. Ricardo Granado era hermano de Alberto Granado, el mejor amigo de Ernesto. Los tres se conocían desde la infancia, pero lo que Celia no sabía era que su hijo había jurado nunca hablar con un psiquiatra. “Los débiles van con psiquiatras”, le había dicho su padre años atrás.

 “Los hombres de verdad enfrentan sus problemas solos.” Pero aquella mañana de enero, Ernesto estaba desesperado. La noche anterior había tenido el mismo sueño que lo perseguía desde los 7 años. un sueño tan perturbador que lo dejó temblando y sudando hasta el amanecer. El doctor Granado recuerda perfectamente ese primer encuentro.

 Su hijo Martín, quien ahora revela estas notas por primera vez, lee directamente del diario de su padre. 18 de enero de 1952. Paciente 247. Ernesto Guevara de la Cerna, 23 años. Médico recién graduado, diagnóstico preliminar, trastorno de ansiedad severa con componente traumático. El paciente se presenta hostil, resistente, claramente forzado a estar aquí.

 Me dice que esto es una pérdida de tiempo, pero sus manos tiemblan. Sus ojos están rojos de no dormir. Hay algo roto en este joven. Durante la primera sesión, Ernesto se negó a hablar. se sentó en el sillón de cuero marrón del consultorio, mirando por la ventana hacia la calle corrientes, con los brazos cruzados y la mandíbula apretada.

 “No tengo nada que decirle, doctor”, repitió tres veces. El doctor Granado no presionó. Sabía que la confianza se construye lentamente. Dejó que el silencio hablara. 40 minutos pasaron así. Justo cuando la sesión estaba por terminar, Ernesto susurró algo tan bajo que el doctor casi no lo escuchó. Él tenía razón sobre mí.

 ¿Quién tenía razón sobre qué? Preguntó suavemente el doctor Granado. Ernesto cerró los ojos. Una lágrima, solo una. Rodó por su mejilla izquierda. Mi padre dijo que yo era débil, que el asma me hacía débil, que los hombres débiles no merecen el apellido Guevara. Y justo en ese momento todo cambió porque Ernesto Guevara comenzó a hablar y durante los siguientes 3 años, en sesiones semanales que nadie más conocía, le revelaría al Dr.

 Granado los secretos más oscuros de su alma, secretos que explicarían por qué se convertiría en el revolucionario más implacable de América Latina. El Dr. Granado escribió esa noche en su diario, “Este joven está construido sobre una base de vergüenza y rabia. Su padre lo humilló sistemáticamente durante toda su infancia por tener asma.

 Le decía que era una niñita débil, que avergonzaba a la familia. Ernesto me confesó hoy algo devastador. Aprendí desde pequeño que la debilidad es imperdonable y que si no puedo ser fuerte físicamente, tengo que ser más fuerte que todos mentalmente, más duro, más implacable. Porque si muestro debilidad, aunque sea por un segundo, mi padre tendrá razón sobre mí.

Durante las siguientes semanas, el Dr. Granado comenzó a descubrir algo perturbador. Ernesto no solo había sido humillado por su padre, había sido sistemáticamente entrenado para reprimir toda emoción. “Mi padre me golpeaba cada vez que lloraba”, le confesó Ernesto en la quinta sesión. Desde los 5 años me decía, “Los Guevara no lloran.

 llora una vez más y te rompo la m o punto comilla. Así que aprendí a no llorar nunca, ni siquiera cuando me dolía tanto el asma que pensaba que me iba a morir. Martín Granado, el hijo del psiquiatra, lee otra entrada del diario de su padre. 2 de marzo de 1952. Ernesto me contó hoy sobre el método de su padre.

 Cuando tenía 8 años y lloraba por un ataque de asma, su padre lo encerró en el sótano durante 6 horas sin luz, sin comida, hasta que dejara de llorar. Ernesto me dijo, “Aprendí esa noche que llorar no te salva, solo te hace más vulnerable. Desde entonces nunca más lloré. Ni cuando murió mi abuelo, ni cuando mi novia me dejó, ni cuando casi me muero de asma en las montañas. Nada. comilla.PSICOLOGÍA y PERSONALIDAD de FIDEL CASTRO - YouTube

 Pero lo más perturbador que el Dr. Granado descubrió fueron las pesadillas. Ernesto tenía la misma pesadilla recurrente desde los 7 años, tres veces por semana, a veces más. Estoy corriendo por un pasillo oscuro”, le describió en la octava sesión. Mis pulmones no funcionan. No puedo respirar. Detrás de mí escucho la voz de mi padre gritando, “Córrete más rápido, débil.

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