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El Médico Que VIO a Che Guevara LLORAR Antes de Morir – 56 Años Después ROMPE Su Silencio

 

En ese momento nadie sabía que el Dr. José Martínez había escuchado algo en esa celda de la higuera que lo perseguiría durante 56 años. Lo que el Cheegevara le confesó entre lágrimas 12 horas antes de morir cambiaría para siempre todo lo que el mundo creía saber sobre el revolucionario más famoso de la historia.

 Y lo más impactante, el Che no tenía miedo a la muerte, tenía miedo de algo mucho peor. En ese momento, nadie sabía que el doctor José Martínez había escuchado algo en esa celda de la higuera que lo perseguiría durante 56 años. Lo que el Cheegevara le confesó entre lágrimas 12 horas antes de morir cambiaría para siempre todo lo que el mundo creía saber sobre el revolucionario más famoso de la historia.

 Y lo más impactante, el Che no tenía miedo a la muerte, tenía miedo de algo mucho peor. Octubre de 1967, La Higuera, Bolivia. El Dr. José Martínez, de 26 años recién graduado de medicina, nunca imaginó que su nombre quedaría ligado para Purto Martura, siempre al momento más controversial del siglo XX. Cuando los militares tocaron la puerta de su pequeña clínica en Vallegrande, a las 3 de la madrugada pensó que era una emergencia médica común, pero lo que le ordenaron hacer esa noche lo convertiría en el último confidente del hombre que había desafiado imperios enteros. Dr.Che Guevara: ¿que enfermedad crónica padecía y casi lo lleva a la muerte  durante su lucha armada? | Como murio el Che Guevara | Mundo | La República

Martínez, venga con nosotros inmediatamente”, le dijo el coronel con voz firme pero tensa. Tiene que examinar a un prisionero muy importante y certificar su estado de salud. Es una orden directa del alto mando militar. José subió al jeep militar sin hacer preguntas. Durante el viaje de 45 minutos hacia la higuera, los soldados permanecieron en silencio.

 Algo en sus miradas le decía que esto no era un procedimiento ordinario. Las manos del joven doctor temblaban mientras sostenía su maletín médico. Cuando llegaron a la escuelita rural convertida en prisión temporal, vio algo que lo dejó paralizado. Decenas de soldados rodeaban el edificio. Algunos fumaban nerviosamente, otros limpiaban sus rifles con movimientos mecánicos.

 El ambiente estaba cargado de una tensión que podía cortarse con cuchillo. ¿A quién voy a examinar? Preguntó finalmente José. El coronel lo miró fijamente antes de responder al terrorista más buscado de América Latina, al comandante Ernesto Cheegevara. El mundo del Martínez se detuvo en ese instante.

 Había visto las fotos en los periódicos. Había escuchado las historias sobre el guerrillero argentino que luchaba por la revolución continental, pero nunca, ni en sus sueños más salvajes, imaginó que estaría frente a frente con él y mucho menos en estas circunstancias. “Su trabajo es simple, doctor”, continuó el coronel con frialdad calculada.

 Examine al prisionero y certifique que está consciente y en condiciones físicas aceptables. Necesitamos esa certificación por escrito. José tragó saliva. Entendió perfectamente lo que esas palabras realmente significaban. No lo llamaron para salvar una vida, sino para confirmar que el prisionero estaba lo suficientemente sano para ser ejecutado.

 Era una orden disfrazada de procedimiento médico, pero en realidad era complicidad en lo que estaba por venir. Y después del examen preguntó José con voz temblorosa. Después usted se va a casa y olvida todo lo que vio aquí esta noche. ¿Entendido? La amenaza implícita era clara, pero lo que el coronel no sabía era que olvidar sería absolutamente imposible.

 Lo condujeron hacia una pequeña aula de la escuela. Dos soldados armados custodiaban la puerta de madera deteriorada. Cuando uno de ellos abrió la puerta, José vio una imagen que quedaría grabada en su memoria para siempre. Sentado en el suelo de tierra, con las manos y pies atados, sucio y con heridas visibles, estaba Ernesto Cheegevara.

 Pero lo que más impactó al doctor no fue el estado físico del prisionero, fue su mirada, esos ojos oscuros y profundos que lo observaban con una mezcla de curiosidad, resignación y algo más. Algo que José tardó años en comprender plenamente. Era compasión. El Che lo miraba con compasión, como si él, el condenado a muerte, sintiera lástima por el joven médico que había sido forzado a participar en este macabro ritual.

“Buenas noches, doctor”, dijo el che voz ronca, pero sorprendentemente calmada. O debería decir buenos días considerando la hora. Supongo que no está aquí por voluntad propia. José se quedó paralizado en la entrada. Todas las historias que había escuchado sobre el guerrillero despiadado, el revolucionario sanguinario, el terrorista sin corazón, se desmoronaron en ese instante.

 Frente a él había un hombre de 39 años, herido, exhausto, pero con una dignidad que irradiaba desde cada poro de su ser maltratado. “Yo yo vengo a examinarlo”, logró decir finalmente José. “Lo sé y ambos sabemos para qué es ese examen, ¿verdad? José asintió lentamente, incapaz de mentir ante esa mirada penetrante. Los soldados cerraron la puerta, dejándolos solos.

 El doctor se arrodilló junto al Che y comenzó a abrir su maletín con manos temblorosas. “Tranquilo, joven”, dijo el che voy a morderlo. Además, usted está haciendo su trabajo. Yo hice el mío durante todos estos años. Ambos somos prisioneros de nuestras circunstancias. Esas palabras golpearon a José como un puñetazo. Comenzó el examen médico tratando de mantener la profesionalidad.

 El Che tenía múltiples heridas de bala en las piernas, contusiones severas en el torso y signos evidentes de desnutrición y agotamiento extremo. Pero estaba consciente, coherente y técnicamente en condiciones suficientes para lo que venía. Mientras José trabajaba en silencio limpiando superficialmente algunas heridas, el Chelo lo observaba con atención.

 ¿Cuántos años tiene, doctor? 26. La misma edad que yo tenía cuando conocí a Fidel en México, cuando todavía creía que podíamos cambiar el mundo sin convertirnos en aquello que combatíamos. José levantó la mirada, sorprendido por el tono reflexivo de esas palabras. ¿Se arrepiente?, preguntó antes de poder contenerse. Era una pregunta totalmente inapropiada en esas circunstancias, pero brotó de su boca sin filtro.

 El che guardó silencio por un largo momento. Sus ojos se humedecieron ligeramente. Me arrepiento de muchas cosas, doctor, pero no de haber luchado. Me arrepiento de cómo luché. Me arrepiento de las personas que lastimé en el camino. Me arrepiento de haber elegido la revolución sobre mi familia. Y entonces sucedió algo que José Martínez nunca olvidaría.

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