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EL MAGNATE LLEGÓ PARA DESALOJAR A LA VIUDA DESAMPARADA… PERO SU DIGNIDAD DERRITIÓ SU CORAZÓN DE HIELO

La lluvia golpeaba los ventanales del antiguo edificio como si quisiera arrancarlos de cuajo. En el barrio de Lavapiés, Madrid parecía otra ciudad aquella noche: húmeda, fría y cruel. Los vecinos miraban desde detrás de las cortinas sin atreverse a bajar. Nadie quería meterse en problemas. Mucho menos cuando cuatro hombres con trajes oscuros y paraguas negros estaban subiendo lentamente las escaleras del edificio número 18.

Y detrás de ellos venía él.

Tomás Alcázar.

El magnate inmobiliario del que hablaban todos los periódicos. El hombre que había comprado media manzana para construir apartamentos de lujo donde antes vivían familias obreras. El mismo que, según decían, había echado a ancianos, inmigrantes y madres solteras sin pestañear.

Pero aquella noche no iba por cualquiera.

Iba por una viuda.

—¿Seguro que sigue ahí dentro? —preguntó Tomás, quitándose los guantes de cuero.

—Sí, señor. La señora se negó a salir esta mañana. Dice que ese piso le pertenece “moralmente”. —respondió el abogado, incómodo.

Tomás soltó una risa seca.

—La moral no paga escrituras.

Subieron otro tramo de escaleras. El edificio olía a humedad, sopa caliente y años de abandono. A Tomás le molestaba aquel olor. Le recordaba demasiado a algo que llevaba años intentando olvidar.

Cuando llegaron a la puerta del cuarto piso, uno de los hombres golpeó con fuerza.

—¡Último aviso! ¡Abra la puerta!

Silencio.

Después, una voz cansada.

—No pienso irme.

Tomás arqueó una ceja. Esperaba lágrimas. Súplicas. Insultos incluso. Pero aquella voz… sonaba firme.

—Abra o procederemos legalmente.

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