No la historia del hombre que murió ese día. Esa historia la conoce todo el mundo. Esta es la historia del hombre que apretó el gatillo y de cómo ese gatillo nunca dejó de sonar. 1967. Una semana después de la higuera, Mario Terán regresa a su cuartel en Valle Grande. Los otros soldados lo tratan como a un héroe.
Le ofrecen cerveza, le dan palmadas en la espalda, le dicen que hizo un gran servicio a Bolivia, pero Mario apenas habla, se sienta en su catre militar y mira sus manos. Todavía puede sentir el retroceso del arma, todavía puede ver el humo, todavía puede ver esos ojos. Esa noche Mario duerme por primera vez desde la ejecución o mejor dicho intenta dormir porque a las 3 de la mañana se despierta gritando.
En sueño estaba de nuevo en el aula, pero esta vez cuando dispara las balas no tocan a Che, pasan a través de él como si fuera humo. Y Che camina hacia Mario sonriendo con esa misma sonrisa triste y compasiva y le dice, “Tú también sabes que nunca vas a olvidar esto.” Mario se sienta en su catre, empapado en sudor.
Sus compañeros de cuarto lo miran con preocupación, pero nadie pregunta nada. En el ejército, los gritos nocturnos no son raros, pero los gritos de Mario no son de un soldado común. Son los gritos de un hombre que acaba de darse cuenta de que ha cruzado una línea que no puede descruzar. La voz de Tito desde 2017.
Mi padre nunca habló de esa primera pesadilla, pero mi madre me contó que después de regresar de la higuera, él nunca volvió a ser el mismo. Decía que a veces en medio de la noche lo escuchaba murmurar en sueños. Siempre las mismas palabras, no puedo, no puedo. Pero cuando le preguntaba en la mañana, él no recordaba nada. Los años pasan.
1970, 1975, 1980. Mario Terán sigue en el ejército, pero su carrera está estancada. No es que sea mal soldado, simplemente algo en él se apagó. Sus superiores lo notan, sus compañeros lo notan, pero nadie dice nada porque todos saben qué fue lo que hizo en la higuera y hay una especie de respeto silencioso hacia esa carga.
Mario se casa en 1972. Su esposa Rosa es una mujer buena, paciente, que ve en Mario a un hombre herido y cree que puede sanarlo con amor. Durante los primeros años parece funcionar. Tienen un hijo, Tito, en 1974. Mario intenta ser un buen padre. lleva a Tito al parque, le enseña a jugar fútbol, le lee cuentos antes de dormir, pero siempre hay algo en sus ojos, una distancia, como si una parte de él nunca estuviera completamente presente.
Las pesadillas continúan, no todas las noches, pero lo suficientemente frecuentes como para que Rosa empiece a preocuparse. A veces Mario grita, a veces solo se sienta en la cama temblando, mirando la oscuridad. Cuando Rosa le pregunta qué soñó, Mario siempre dice lo mismo. Nada importante, solo fantasmas.
Mario empieza a beber, no mucho al principio, solo una cerveza después del trabajo. Luego dos, luego tres. Para 1987 es una botella de cingani cada noche. Rosa lo confronta. ¿Qué te está pasando, Mario? ¿Por qué bebes así? Mario no puede explicarlo. ¿Cómo le dices a tu esposa que bebes para olvidar unos ojos que te miran con piedad mientras los matas? Un vecino de Mario en esos años, don Alberto, recordaría décadas después.
Mario era un hombre silencioso. Nunca hablaba de la guerra, nunca hablaba de nada importante, pero a veces, cuando estaba borracho, murmuraba cosas extrañas. Una vez lo escuché decir. Él me dijo que nunca lo olvidaría. Y tenía razón. Le pregunté de quién hablaba, pero se cayó y se fue a su casa. Tito, ahora adolescente en los años 80, ve a su padre desmoronarse lentamente.
Recuerdo que mi padre tenía días buenos y días malos. En los días buenos era casi normal. Nos reíamos, hablábamos, jugábamos, pero en los días malos era como si no estuviera realmente ahí. Miraba a través de mí, no a mí. Y siempre, siempre evitaba hablar del pasado. Si alguien mencionaba la guerra, él cambiaba de tema inmediatamente.
Mario se retira del ejército. Tiene 50 años. La mitad de su vida ha pasado desde la higuera, pero ese día sigue siendo más real para él que cualquier día presente. Consigue un trabajo en una ferretería. Es un trabajo simple, repetitivo, que no requiere pensar demasiado. Eso le gusta. Pensar. Es peligroso.
Pensar significa recordar, pero entonces algo sucede que hace imposible no recordar. 1997. 30 años exactos después de la muerte de Che. Los restos del guerrillero son encontrados en una fosa común cerca del aeropuerto de Vallegrande. Las noticias están en todos los periódicos, en todas las radios, en todos los televisores. Fidel Castro organiza un funeral de estado masivo en Cuba.
Llevan el cuerpo de Che a Santa Clara, donde es enterrado con honores de héroe. Mario ve todo esto en la televisión de su sala. Rosa está en la cocina preparando la cena. Tito. Ahora un hombre de 23 años está sentado junto a su padre. En la pantalla Fidel Castro habla sobre Che. Che no murió. Se convirtió en leyenda, se convirtió en símbolo.
Che vive en cada corazón revolucionario. Mario apaga el televisor. Su mano tiembla. Tito lo nota. Es la primera vez que ve a su padre así desde hace años. Papá, ¿estás bien? Mario no responde, se levanta y camina hacia su habitación. Tito lo sigue. Papá, tú estuviste allí, ¿verdad? Tuviste a Che. Mario se detiene, se da vuelta, mira a su hijo con ojos que Tito nunca había visto antes, ojos llenos de algo que parece dolor, pero también algo más profundo.
Culpa, vergüenza, desesperación. Tito, hay cosas que no se pueden contar. Hay cosas que solo se pueden vivir y hay cosas que nunca debieron haber sido vividas. Pero Tito insiste, por favor, papá. Necesito saber qué pasó realmente. Mario se sienta en el borde de su cama, respira profundo y por primera vez en 30 años habla. Yo maté a Chegevara.
Yo apreté el gatillo nueve veces. Pero Tito, ese día yo también morí. Se murió inmediatamente. Yo he estado muriendo cada día durante 30 años. Tito, en 2017 recuerda ese momento. Esa noche vi a mi padre llorar por primera vez en mi vida. No era un llanto ruidoso, era un llanto silencioso, profundo, como si viniera de un lugar muy dentro de él que había estado cerrado durante décadas.
Y mientras lloraba, me contó todo. Me contó sobre la orden, sobre el aula, sobre los ojos de Che, sobre las palabras finales y me contó sobre las pesadillas. 30 años de pesadillas. Los años siguen pasando. Mario envejece. El alcohol y la culpa han cobrado su precio en su cuerpo. Para el año 2000 tiene problemas de hígado.
Para 2003 desarrolla cataratas. Su visión se deteriora rápidamente. Para 2004 está prácticamente ciego. Un vecino le habla sobre un programa cubano llamado Operación Milagro. Es un programa donde Cuba ofrece cirugías de cataratas gratuitas a personas pobres de toda América Latina. Miles de bolivianos ya se han beneficiado. Deberías ir, Mario.
Podrías ver de nuevo. Mario se ríe amargamente. Ir a Cuba, a mí. Yo maté a Chegevara. ¿Cómo voy a ir a Cuba? Pero la ceguera es cruel. Y Mario, que ha pasado 37 años viendo los ojos de Che en sus pesadillas, ahora no puede ver nada en absoluto. La ironía no se le escapa. Maté a un hombre mirándolo a los ojos.
Ahora no puedo ver nada. Tal vez esto es justicia. Finalmente, en 2005, presionado por Rosa y Tito, Mario acepta ir a Cuba. El viaje es un tormento. En el avión, Mario no puede dejar de pensar en la ironía. Va a Cuba, el país de Fidel Castro, el país que Che ayudó a construir para que le devuelvan la vista.
Es como si la historia tuviera un sentido del humor cruel. En el hospital en La Habana, un médico joven y entusiasta lo atiende. Señor Terán, es un honor ayudarlo. Este programa fue una de las ideas del Cheegevara. Él siempre creyó que la medicina debía ser un derecho humano, no un privilegio. Gracias al Che, usted va a poder ver de nuevo.
Mario no dice nada. No puede decir nada. ¿Cómo le dices a este médico joven y esperanzado que tú eres el hombre que mató a su héroe? La cirugía es exitosa. Cuando le quitan las vendas, Mario puede ver de nuevo. El médico está sonriendo. ¿Cómo se siente? Puede ver bien. Mario asiente, pero está llorando. El médico asume que son lágrimas de alegría.
No lo son. Doctor, ¿puedo hacerle una pregunta? Por supuesto, señor. ¿El Che realmente creó este programa? Bueno, no directamente, pero sus ideas sobre la medicina solidaria fueron la base de programas como este. El Che creía que un médico debía servir al pueblo, no al dinero. Entonces sí, en cierto sentido, el Che creó esto.
Esa noche en su hotel en La Habana, Mario no puede dormir. No por las pesadillas esta vez, sino porque su mente está trabajando algo que no puede comprender completamente. El hombre que mató lo está sanando, no directamente, no intencionalmente, pero sus ideas, su legado, su visión están devolviéndole la vista. ¿Es esto perdón o es castigo? Al día siguiente, antes de regresar a Bolivia, Mario camina solo por las calles de La Habana.
Encuentra una iglesia pequeña, entra, enciende una vela, se sienta en un banco y por primera vez en su vida habla en voz alta con Che, no como si hablara con un fantasma, como si hablara con Dios. Che, si puedes oírme, necesito que sepas algo. Yo fui un cobarde. Tú tenías razón. Yo tuve miedo, no de ti.
Tuve miedo de desobedecer y por ese miedo te maté. Y he vivido con eso cada día durante 38 años. Ahora estoy en tu país y tu país me devolvió la vista. No sé si esto es tu manera de perdonarme, pero necesito que sepas que yo yo lo siento. Lo siento más de lo que las palabras pueden decir. Tito, en 2017. Mi padre regresó de Cuba diferente, no curado, pero diferente, como si algo dentro de él se hubiera aflojado un poco. Me dijo que había hablado con Che.
Le pregunté si Che le respondió. Me dijo, “No con palabras, pero creo que me escuchó. Desde 2005 hasta 2016, Mario Terán vive 11 años más. Cada 9 de octubre, sin falta va a la iglesia, enciende una vela, se sienta en silencio durante una hora, nunca habla con nadie sobre lo que piensa durante esa hora, pero Rosa nota que siempre regresa con los ojos rojos.
En 2016 a Mario le diagnostican cáncer de páncreas. Los doctores le dan 6 meses. Mario acepta la noticia con una calma que sorprende a Tito. Papá, vamos a luchar contra esto. Vamos a buscar tratamiento. Mario sonríe. Es una sonrisa triste, pero también aliviada. No, Guijo, ya es hora. He vivido mucho más de lo que merecía.
No digas eso, papá. Tú mereces vivir. Mario toma la mano de su hijo. Tito, he estado viviendo prestado durante 49 años, desde el 9 de octubre de 1967. Cada día después de ese fue un regalo que no debí recibir, porque ese día yo también debí morir. Los últimos meses de Mario son dolorosos físicamente, pero hay una extraña paz en él.
Tito pasa cada día con él escuchando historias que su padre nunca antes había contado sobre la guerra, sobre el miedo, sobre la culpa, sobre las pesadillas que nunca se detuvieron completamente, pero que con los años se volvieron más suaves, más tolerables. Ses de octubre de 2017. Tres días antes del 50 aniversario de la muerte de Che, Mario está en su lecho de muerte.
Tito está sentado junto a él, sosteniendo su mano. Mario abre los ojos, mira a su hijo. Tito, necesito preguntarte algo. Dime, papá. ¿Tú me perdonas? Tito se sorprende. Papá, ¿por qué necesitaría perdonarte? Porque soy un asesino. No, papá, tú eras un soldado. Mario mueve la cabeza lentamente. No, hijo. Los soldados pelean en batallas.
Yo le disparé a un hombre atado, herido, indefenso. Eso no fue guerra, eso fue ejecución, eso fue asesinato. Hay un silencio largo. Tito tiene lágrimas en los ojos. Papá, tú sufriste durante 50 años. Si hay justicia en este mundo, ya pagaste tu deuda. Mario sonríe débilmente. No funciona así, hijo. 50 años de sufrimiento no equivalen a una vida, especialmente no a esa vida.
Che podría haber hecho mucho más, podría haber vivido, pero yo le quité eso y no hay suficiente sufrimiento en el mundo que pueda compensar eso. Tito llora abiertamente ahora. Entonces, ¿qué haces, papá? ¿Cómo vives con eso? No vives, Tito. Existes, respiras, caminas, pero no vives, porque para vivir de verdad necesitas paz.
Y yo nunca tuve paz, ni un solo día. Mario cierra los ojos. Respira con dificultad, luego los abre de nuevo. Tito, anoche soñé con Che. ¿Qué pasó en el sueño? Estábamos en esa aula de nuevo, pero esta vez yo no tenía un arma. Y Che me miró, sonró y me dijo, “Ya es suficiente, Mario. Tú también sufriste.
” Y luego se dio vuelta y se fue. Y yo quise creer que era real, que él realmente me estaba liberando. Tal vez lo era, papá. Tal vez fue real. Mario mueve la cabeza. No, hijo, no merezco ese perdón, pero me gusta pensar que tal vez, tal vez cuando yo muera lo veré de nuevo y tal vez entonces podré decirle cara a cara lo que nunca pude decir, que lo siento, que fui un cobarde, que él tenía razón en todo.
Esa es la última conversación profunda que Tito tiene con su padre. Tres días después, el 9 de octubre de 2017, exactamente 50 años después de la muerte de Cheegevara, Mario Terán muere. Sus últimas palabras, apenas un susurro, son: “Ya puedo dormir.” 9 de octubre de 2017. El funeral de Mario Terán es pequeño, íntimo.
Solo familia cercana y algunos vecinos. No hay honores militares, aunque Mario fue soldado durante 30 años. Tito no los pidió, su padre no los habría querido. En la Bolivia de 2017, Cheegevara es un símbolo complejo, venerado por algunos, odiado por otros. Y Mario Terán, el hombre que apretó el gatillo, es mejor olvidado por todos, pero Tito no puede olvidar.
Durante el funeral, mientras el sacerdote habla sobre el descanso eterno y la misericordia de Dios, Tito mira el ataú de su padre y piensa en las últimas palabras que Mario le dijo. Ya puedo dormir. 50 años. 50 años sin paz. 50 años pagando el precio de 9 segundos. Después del entierro, cuando todos se han ido, Tito se queda solo frente a la tumba.
saca de su bolsillo un papel doblado. Es una carta que su padre escribió dos semanas antes de morir, pero que le pidió que solo la leyera después del funeral. Con manos temblorosas, Tito la abre. Tito, si estás leyendo esto, significa que finalmente descansé. No sé si hay algo después de la muerte. No sé si veré a Che de nuevo.
Pero si lo veo, hay algo que quiero que tú sepas que le diré. Le diré que él tenía razón, que yo era un cobarde. No porque le disparé, sino porque no tuve el valor de negarme. Le diré que pensé en él cada día durante 50 años. Le diré que sus últimas palabras fueron mi primera pesadilla y mi última vigilia.
Y le diré que si pudiera volver atrás, si pudiera elegir de nuevo, elegiría la corte marcial, elegiría la prisión, elegiría cualquier cosa menos apretar ese gatillo. Pero no puedo volver. Nadie puede, así que solo puedo decir esto. Lo siento y espero que 50 años de infierno hayan sido suficientes. Tu padre Mario. Tito dobla carta lentamente.
Las lágrimas caen sobre el papel manchando la tinta. Se arrodilla frente a la tumba. Papá, espero que ahora estés durmiendo. Espero que las pesadillas se hayan ido y espero que donde sea que estés hayas encontrado la paz que buscaste durante medio siglo. Una semana después, Tito viaja a la higuera. Es la primera vez que visita el lugar donde su padre cambió para siempre. El pueblo ha cambiado poco.
La escuela donde Che fue ejecutado ahora es un pequeño museo. Hay turistas, en su mayoría jóvenes europeos con camisetas del Che, tomando fotos, comprando souvenirs. La ironía es dolorosa. Tito entra al aula. Es pequeña, más pequeña de lo que imaginaba. Las paredes están cubiertas de fotografías, recortes de periódicos, testimonios.
Hay una marca en el piso donde según la placa cayó el cuerpo de Che. Tito se para exactamente donde su padre se paró 50 años atrás. Cierra los ojos, intenta imaginar lo que Mario sintió en ese momento. El miedo, la presión. Los ojos de Che mirándolo. Una guía turística se acerca. Es su primera vez aquí, Tito asiente.
Mi padre estuvo aquí hace 50 años. Era uno de los soldados. La guía asiente con simpatía. Muchos hijos de soldados vienen. Dicen que sus padres nunca hablaron mucho sobre ese día. Tito mira el lugar donde murió Che. Mi padre me dijo que ese día murieron dos hombres, uno inmediatamente, el otro lentamente durante 50 años.
Antes de irse, Tito se acerca a un libro de visitantes. Lee algunos comentarios. Che vive. Hasta la victoria siempre. Toma un bolígrafo, duda, luego escribe. Aquí murieron dos hombres. Uno se convirtió en leyenda, el otro fue olvidado, pero ambos fueron humanos y ambos sufrieron. Mario Terán 1940-217. Que en paz descanse. Dos meses después, diciembre de 2017, Tito acepta dar su primera entrevista a un periodista boliviano.
Es una entrevista larga, dolorosa, honesta. Tito habla sobre su padre, sobre la culpa, sobre las pesadillas, sobre los últimos días. El periodista le pregunta, “¿Crees que tu padre merecía perdón?” Tito piensa largo tiempo, “No me corresponde a mí decidir eso, pero sí sé esto. Mi padre nunca se perdonó a sí mismo y creo que ese fue su verdadero castigo.
No los 50 años de vida, sino los 50 años sin perdón propio. Porque puedes escapar de muchas cosas en esta vida, pero no puedes escapar de ti mismo. Marzo de 2024. Tito, ahora de 50 años visita la tumba de Mario. Han pasado más de 6 años. Trae flores. Se sienta junto a la lápida. Papá, creo que finalmente entiendo algo. Tú no necesitabas que Che te perdonara.
Necesitabas perdonarte a ti mismo. Pero nunca pudiste y eso fue lo que te mató. La incapacidad de decirte era joven. Estaba asustado. Me equivoqué, pero he sufrido suficiente. Se limpia las lágrimas. Pero yo te perdono, papá. Te perdono por ser humano, por tener miedo, por tomar una decisión terrible en un momento terrible.
La cámara se aleja lentamente del cementerio. Tito camina hacia la salida. El sol proyecta sombras largas y en la distancia se escucha el eco de una voz. Solamente vas a matar a un hombre. Pero ahora sabemos la verdad. Ese día no murió solo un hombre. Dos vidas terminaron, una en 9 segundos, la otra en 50 años.
Chegevara se convirtió en leyenda, Mario Terán se convirtió en fantasma. Y tal vez esa es la lección, que en la guerra no hay vencedores, solo diferentes formas de perder. Y a veces la forma más cruel de perder es sobrevivir. Las últimas palabras de Tito. Mi padre murió el 9 de octubre de 2017, exactamente 50 años después de apretar el gatillo.
Algunos dirán que fue coincidencia. Yo creo que fue justicia. La justicia del tiempo, porque el tiempo es el único juez que nunca perdona. Fin.