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El Hijo del Hombre Que MATÓ al Che Guevara — 50 Años Después REVELA el Secreto de Su Padre

 

silencio. Oscuridad absoluta. Y entonces una voz que atraviesa medio siglo como una bala perdida. Dispara, cobarde. Solamente vas a matar a un hombre. El sonido de un gatillo. Nueveces. Nueve ecos que nunca dejaron de resonar. La pantalla se abre lentamente. Es 2017, un cementerio en Bolivia. Un hombre de unos 50 años está de pie frente a una tumba recién cavada.

 Su rostro es el mapa de un dolor que no es suyo, pero que heredó. Mira directamente a la cámara con ojos que han visto llorar a un padre durante décadas. Mi nombre es Tito Terán. Mi padre, Mario Terán, murió la semana pasada. Tenía 77 años. Hace una pausa. El viento mueve las hojas secas alrededor de la tumba. Pero la verdad es que mi padre murió hace 50 años, el 9 de octubre de 1967, el mismo día que mató a Cheegevara.

 La imagen se disuelve. Estamos en 1967, 9 de octubre, mediodía, la higuera, Bolivia. Un pueblo tan pequeño que el tiempo parece haberse olvidado de él. En una escuela de adobe convertida en prisión improvisada, un comandante del ejército boliviano mira fijamente a un joven de 27 años. El joven es Mario Terán, sargento.

 Rostro duro, pero manos que tiemblan casi imperceptiblemente. Terán, ¿tú vas a ejecutar a Guevara? No es una pregunta. Es una orden que caerá sobre Mario como una lápida que aún no sabe que llevará toda su vida. Mario traga saliva. Yo, mi comandante, su voz es apenas un susurro. Como si ya supiera que esta pregunta cambiará todo.

 El comandante no parpadea. Es una orden. Ese hombre mató a tus compañeros, tres hombres del batallón B. Los tres se apellidaban Mario, como tú. Tú vas a vengarlos. La voz de Tito regresa desde el futuro, desde el cementerio, desde el peso del conocimiento. Mi padre pudo haber dicho que no en ese momento, pero no lo hizo porque tuvo miedo.

 No miedo de che, miedo de desobedecer. Afuera de la oficina del comandante, Mario se detiene. Mira sus manos. Son las manos de un soldado joven, curtidas por el entrenamiento, fuertes, pero en este momento parecen las manos de un niño asustado. Respira profundo. El aire de la higuera es seco, polvoriento y lleva el olor de la revolución moribunda.

Son las 13:10. Mario camina hacia el aula donde Chegara ha estado esperando durante horas. Cada paso es un martillazo en su pecho. Sostiene su carabina M2 como si pesara 1000 kg. Sus botas militares crujen contra el suelo de tierra. Otros soldados lo miran pasar, pero nadie dice nada. Todos saben lo que está a punto de hacer.

 Todos están agradecidos de no ser él. Cuando llega a la puerta del aula, Mario se detiene. Puede escuchar su propio corazón latiendo en sus oídos como un tambor de guerra. Desde adentro no hay ningún sonido. Cheno está gritando, no está rogando, solo hay silencio. Y ese silencio es más aterrador que cualquier grito. Mario empuja la puerta.

 El chirrido de las bisagras oxidadas rompe el silencio como un cuchillo. Cuando entra, el aire dentro del cuarto es denso, cargado de algo que Mario no puede nombrar todavía, pero que lo perseguirá por cinco décadas. Che está apoyado contra la pared, las manos atadas, heridas en las piernas, la ropa sucia y rasgada, pero está de pie, siempre de pie.

 Sus ojos encuentran los de Mario inmediatamente y hay algo en esa mirada que no es miedo, es algo peor, es comprensión, como si Che pudiera ver en ese momento los próximos 50 años de la vida de Mario. Mario levanta el arma. Sus manos tiemblan más ahora. que lo nota. Y entonces, en medio del silencio más pesado que Mario ha conocido jamás, Che sonríe.

 Una sonrisa amarga, triste, pero también extrañamente compasiva. Tranquilo, soldado. La voz de Che es ronca, pero firme. Tú también sabes que esto no es tu elección. Mario intenta hablar, pero su garganta está cerrada. finalmente logra decir, “Estoy cumpliendo órdenes.” Chea asiente lentamente, como si hubiera escuchado esas palabras mil veces antes, en mil guerras diferentes.

 Todo el mundo dice eso, pero eres tú quien va a apretar el gatillo y eres tú quien nunca lo olvidará. El silencio que sigue es insoportable. Mario siente que el suelo se mueve bajo sus pies. Che se incorpora completamente, abre los brazos en cruz como si estuviera abrazando su propio destino. Sus ojos nunca dejan los de Mario.

 En esos ojos hay algo que Mario no entiende en ese momento, pero que pasará décadas tratando de descifrar. No es odio, no es miedo, es algo parecido a la piedad. Dispara, cobarde. Solamente vas a matar a un hombre. Mario aprieta el gatillo. Una vez el sonido explota en el pequeño cuarto de adobe. Dos. 3 4 5 6 7 8 nu.

 Cada disparo es un trueno que retumba en las paredes en el pecho de Mario en los siguientes 50 años de su vida. El humo de la pólvora llena el aire. Cheekae, primero las rodillas, luego el cuerpo entero. Sus ojos abiertos todavía miran a Mario. Incluso en la muerte esos ojos no se cierran inmediatamente. Mario suelta el arma.

 El metal golpea el suelo con un ruido sordo. Sale corriendo del aula. Tropieza en el umbral. Casi cae en el patio. Se dobla y vomita. Sus manos aún tiemblan. No dejarán de hacerlo nunca. Algunos soldados se acercan, le dan palmadas en la espalda, le dicen que lo hizo bien, que es un héroe. Pero Mario no escucha nada, solo escucha el eco de los nueve disparos, solo ve esos ojos que lo miraban con piedad.

La voz de Tito regresa otra vez desde 2017, desde el cementerio donde el cuerpo de su padre finalmente descansa. Mi padre disparó nueve balas ese día, pero en realidad se disparó a sí mismo porque a partir de ese momento dejó de vivir. Solo respiraba, solo existía. Pero la vida, la verdadera vida, terminó en ese cuarto de adobe en la higuera.

 Y durante los siguientes 50 años, mi padre fue solo un fantasma caminando entre los vivos, perseguido por otro fantasma. El fantasma de un hombre que se negó a tener miedo, incluso cuando la muerte lo miraba directamente a los ojos. Tito mira la tumba de su padre. Esta es la historia que nunca se contó.

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