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El Fotógrafo Que INMORTALIZÓ al Che — El SECRETO Que GUARDÓ 38 Años Te Va a DESTRUIR

 

oscuridad. Solo el sonido del líquido químico cayendo gota a gota. Lentamente, una fotografía emerge del vacío, una cara en blanco y negro, serena, casi en paz. La cámara se acerca a ese rostro. Luego la voz de Freddy Alborta rompe el silencio. Esta fotografía la tomé yo. Mi nombre es Freddy Alborta y durante 38 años he intentado entender qué significó ese momento.

 Porque ese día no solo tomé una fotografía, capturé el alma de un hombre y tal vez perdí la mía. La imagen se desvanece. Ahora estamos en otro tiempo. 10 de octubre de 1967. 9 de la mañana. Una oficina pequeña en La Paz, Bolivia. Freddy Alborta está sentado frente a su escritorio revisando negativos de paisajes, bodas, momentos ordinarios.

 Tiene 35 años, manos firmes, mirada profesional. Es un fotógrafo que documenta la realidad sin juzgarla, ¿o eso cree. Su editor entra apurado con un papel en la mano. Freddy, al hospital de Valle Grande ahora. Freddy levanta la vista confundido. El che Guevara, su cuerpo está allá. El gobierno quiere mostrarlo. Necesitamos la foto. Freddy se queda quieto.

 Ha escuchado rumores sobre la guerrilla en el monte, sobre la captura, pero esto es diferente. Esto es un cadáver. Freddy no es fotógrafo de guerra. Él captura luz, no muerte. Su cuerpo. Sí. B. Documenta. Freddy toma su cámara Pentax, la misma que ha usado para fotografiar niños sonrientes y montañas doradas.

 sale de la oficina mientras camina hacia el auto, piensa, “No soy fotógrafo de guerra. Yo tomo retratos, tomo paisajes, no tomo cadáveres. Pero va porque es su trabajo.” La voz de Alborta desde el 2005 interrumpe. Esa mañana no sabía que esa fotografía iba a cambiar mi vida. No la deché la mía.

 El viaje a Vallegrande es largo. Freddy conduce en silencio. El paisaje boliviano pasa por la ventana, árido, seco, hermoso, pero su mente está en otra parte. Piensa en su abuela en las tardes en la iglesia, en esa reproducción de la pietadelo colgada en la pared de la sacristía, Marta, su abuela, solía decirle, “Freddy, incluso la muerte puede ser hermosa porque Dios está en la muerte también.

Pero esa imagen siempre le perturbó. Un cuerpo inerte en brazos de una madre. Belleza y horror entrelazados. No sé por qué pensé en esa imagen ese día. Tal vez Dios me estaba preparando. 12:30 del mediodía. Freddy llega al hospital de Vallegrande. Es un edificio pequeño, polvoriento, rodeado de soldados y periodistas.

 El aire huele a desinfectante y algo más, algo pesado, algo definitivo. Freddy baja del auto, cámara en mano. Un oficial lo guía hacia adentro por un pasillo estrecho con paredes agrietadas. Las voces de los soldados resuenan, pero Freddy solo escucha el latido de su propio corazón. Llegan a una puerta. El oficial la abre.

Está allí. Freddy entra. Es el lavadero del hospital. Un cuarto pequeño iluminado por una única ventana en el centro, sobre un piso de concreto, un cuerpo desnudo. Las manos a los lados, la cabeza ligeramente ladeada hacia la derecha. Alrededor, soldados, doctores, un par de periodistas más. Todos hablan, pero Freddy no escucha nada.

 Solo ve ese rostro. Los ojos entreabiertos, la barba descuidada, la piel pálida pero extrañamente suave, como si el hombre estuviera durmiendo. Freddy se queda paralizado. Su mente grita una palabra, piedad. No es solo un cadáver, es algo más, algo que no debería ser posible. Belleza en la muerte, serenidad en lo grotesco.

 Un soldado lo empuja levemente. Toma la foto. Freddy levanta la cámara. Sus manos tiemblan. Mira a través del visor. El rostro de Che llena el encuadre. Freddy aprieta el obturador. Flash. La luz ilumina el cuerpo por un segundo. En ese instante, Freddy siente que algo se rompe dentro de él, como si una puerta que debía permanecer cerrada se hubiera abierto.

Otra. Freddy dispara de nuevo. Y otra vez. Y otra. 10 fotografías en total, pero cada flash es un peso más en su pecho porque no está documentando, está inmortalizando, está creando un icono. Cuando termina, sale del cuarto. En el pasillo se apoya contra la pared. Sus manos todavía tiemblan.

 Un doctor pasa y le pregunta si está bien. Freddy no responde, solo cierra los ojos y murmura algo que nadie más escucha. Dios mío, ¿qué he hecho? Desde el 2005, Alborta Narra. En ese momento recé, le dije a Dios, “¿Qué acabo de hacer?” Pero no hubo respuesta, solo silencio. Y ese silencio me persiguió durante 38 años. Freddy sale del hospital.

 El sol de octubre lo ciega por un momento. Sube al auto, pone la cámara en el asiento del pasajero y conduce de regreso a La Paz. Pero no es el mismo hombre que llegó esa mañana. Algo ha cambiado. Él ha cambiado. Esa noche en su cuarto oscuro. Freddy coloca los negativos en la bandeja de revelado. El químico huele ácido, familiar, pero cuando la imagen del che comienza a aparecer lenta, fantasmal, Freddy siente náuseas.

 Ese rostro emerge del líquido como si renaciera. Los ojos entreabiertos lo miran. O eso siente Freddy. Esto no es un hombre, es un icono. Saca la fotografía del químico y la cuelga para que se seque. Luego se sienta en una silla en la penumbra roja del cuarto y llora. No sabe por qué llora. Tal vez porque ha visto algo que no debía ver, algo sagrado, algo prohibido.

 Dios mío, embellecí un cadáver. 11 de octubre. Freddy entrega la fotografía a su editor. El hombre la mira y sonríe. Freddy, esto es magnífico. Es un documento histórico, pero es un ser humano. Ya no, ahora es un símbolo. Esa tarde la fotografía se publica en Bolivia primero, luego en Argentina, luego en toda América Latina, luego en París, en Londres, en Nueva York.

 El mundo entero ve ese rostro, ese rostro que Freddy capturó, ese rostro que ahora lo persigue. La voz de Alborta desde el futuro cierra la escena. Mientras mi fotografía recorría el mundo, yo fui a una iglesia. Recé, pero no sabía a quién le rezaba, ¿a Dios? Al Che. No lo sé. Solo sé que ese día dejé de ser Freddy Alborta, fotógrafo.

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