Me convertí en el hombre que inmortalizó al Che y esa fotografía se convirtió en mi maldición. Oscuridad. El sonido del flash resuena una última vez. La fotografía ya no pertenece a Freddy Alborta, pertenece al mundo. En 48 horas, ese rostro sereno, esos ojos entreabiertos, ese cuerpo inmóvil sobre el concreto han cruzado océanos.
París, Londres, Roma, Nueva York, Buenos Aires. Periódicos, revistas, portadas. El hombre que quiso cambiar el mundo ahora es un icono inmutable. Y Freddy, sentado en su pequeño apartamento en La Paz, observa como su nombre aparece al pie de cada reproducción. Foto: Freddy Alborta. Tres palabras que lo atan para siempre a ese cadáver, pero no hay orgullo en su mirada, solo confusión. Y miedo.
Punto 13 de octubre. 1967. Tres días después de la toma, Freddy regresa a su cuarto oscuro, no porque tenga trabajo pendiente, sino porque es el único lugar donde puede estar solo. Cierra la puerta, enciende la luz roja, el olor del químico lo envuelve, familiar y nauseabundo al mismo tiempo. Tiene negativos nuevos que revelar, bodas, retratos de familias sonrientes, pero no puede concentrarse.
Saca de nuevo el negativo del Che, lo sostiene contra la luz. Ese pequeño rectángulo de acetato contiene todo. La muerte, la belleza, la eternidad. Freddy lo coloca en la bandeja de revelado otra vez. Aunque ya sabe lo que verá. Necesita verlo de nuevo. Necesita entender. El rostro emerge lentamente del líquido.
Primero la frente, luego los ojos, luego la boca. Es como un nacimiento al revés. Un hombre que regresa de la muerte solo para quedarse atrapado en ella para siempre. Freddy observa fijamente sus manos tiemblan. No es la primera vez que tiemblan desde ese día en Vallegrande. Y entonces, por primera vez lo dice en voz alta. Esto no es un hombre, esto es una pietá.
La palabra resuena en el cuarto vacío. Pietá. La imagen de María sosteniendo el cuerpo de Cristo después de la crucifixión. Freddy conoce esa imagen desde niño. La vio en la iglesia del pueblo donde creció. La vio en libros de arte y ahora la ve en su propia fotografía. Pero hay una diferencia fundamental. Cristo murió por redención.
¿Por qué murió el Che? ¿Y por qué Freddy, un católico, ve a Cristo en un ateo, saca la fotografía del químico y la cuelga para que se seque. Luego se sienta en la silla en esa luz roja que hace que todo parezca irreal y llora, no por el che, llora por sí mismo, porque siente que ha cometido un pecado. Ha transformado la muerte en arte y el arte a veces es una profanación.
Dios mío, embellecí un cadáver. Me perdonarás por esto, pero Dios no responde. Solo el goteo del químico rompe el silencio. Desde el 2005, la voz de Alborta interrumpe. En ese cuarto oscuro, entendí algo. No había tomado una foto, había creado un icono. Y los iconos no pertenecen a sus creadores, pertenecen al mundo.
Y el mundo hace con ellos lo que quiere. Mayo de 1968, 7 meses después. Freddy Lee un artículo en un periódico inglés que alguien le envió por correo. El autor es John Berger, un crítico de arte británico. El título La fotografía de la muerte del Che. Una piedad moderna. Freddy lee lentamente con su inglés limitado, pero entiende lo suficiente.
Berger compara su fotografía con la lección de anatomía del Dr. Nicolás Tulp de Rembrand, también con Lamentación sobre Cristo muerto de Mantecña. Berger escribe que la fotografía de Freddy es el punto donde la estética y los sagrados se encuentran, donde la muerte se convierte en belleza. Freddy deja caer el periódico.
Sus manos tiemblan otra vez. Pieta, exactamente la palabra que él pensó ese día. Pero escucharla de un crítico de arte, de alguien que analiza imágenes profesionalmente lo hace real. No fue su imaginación, no fue trauma, fue verdad. Él realmente capturó algo sagrado. Pero aquí está el problema. Freddy es católico. El Che era ateo, comunista, revolucionario, un hombre que rechazó a Dios públicamente.
¿Cómo puede Freddy, un creyente, ver a Cristo en alguien que negó a Cristo? Esa noche, Freddy va a la iglesia de San Francisco en La Paz. Es tarde. La iglesia está casi vacía, solo algunas ancianas rezando el rosario en las bancas de atrás. Freddy se arrodilla frente al confesionario. Espera. Un sacerdote viejo, el padre Justino, abre la ventanilla.
Padre, he pecado. Dime, hijo. Freddy toma aire. No ha hablado de esto con nadie, ni siquiera con su esposa. Yo yo tomé la fotografía del Cheegevara, su cadáver, y cuando lo fotografié, vi a Cristo en él. Silencio del otro lado, largo, incómodo. Continúa, padre. El Che era ateo. Rechazó a Dios, pero su rostro, su rostro era como el de Jesús en la pietá.
Y ahora todo el mundo ve mi foto como si fuera arte sacro, como si hubiera fotografiado a un santo. Pero él no era un santo, era un revolucionario. He cometido blasfemia. He convertido a un enemigo de Dios en un icono religioso. Otro silencio. Freddy escucha la respiración pesada del sacerdote. Finalmente, el padre Justino habla. Freddy.
Dios está en todas partes, incluso en la muerte, incluso en los que lo niegan. Tal vez en el rostro del Che viste la misericordia de Dios. Dios no abandona a nadie, ni siquiera hasta a sus enemigos. La muerte es parte de la creación divina. Fotografiaste la obra de Dios. Freddy quiere sentirse aliviado. Quiere creer esas palabras, pero no puede.
No, padre, yo no solo fotografié la muerte, la convertí en arte. Y el arte es vanidad, vanidad humana. Yo tomé un cadáver y lo hice hermoso y ahora el mundo lo adora. ¿No es eso idolatría? ¿No soy yo responsable de esa idolatría? El sacerdote suspira. Hijo, no puedes controlar cómo el mundo interpreta tu trabajo.
Hiciste tu labor, documentaste, el resto está en manos de Dios. Pero Freddy no se siente absuelto. Sale de la iglesia más confundido que antes. Camina por las calles de la paz bajo la luz de las farolas. La ciudad está tranquila, pero su mente es un caos. La voz de Alborta desde el 2005. El padre Justino intentó ayudarme, pero no entendió.
Yo no estaba buscando absolución teológica, estaba buscando absolución moral y esa nadie podía dármela. Los años pasan. 1969, 1970, 1975. La fotografía de Freddy se multiplica. Aparece en pósters, en camisetas, en murales. El rostro del Che se convierte en un símbolo de resistencia, de rebeldía, de juventud eterna. Pero para Freddy, cada reproducción es un recordatorio.
Un recordatorio de que su foto no es solo una imagen, es una cadena. Una cadena que lo ata a ese momento en Valle Grande, a ese cuerpo, a esa luz de flash, a esa sensación de haber cruzado una línea invisible. Freddy sigue trabajando como fotógrafo. Bodas, bautizos, quinceañeras, paisajes. Pero algo ha cambiado. Cada vez que mira a través del visor de su cámara, ve ese rostro.
No importa a quién esté fotografiando, el novio en el altar, la niña soplando las velas, el anciano en su retrato de cumpleaños, todos, por un segundo, tienen los ojos entreabiertos del che. Todos parecen estar en paz. Todos parecen muertos. Su esposa Carmen lo nota. Freddy, estás diferente desde ese día en Vallegrande. ¿Qué te pasa? Freddy no sabe cómo explicarlo. Tomé una foto, Carmen.
Una foto que me cambió. La foto del Che. Sí. Esa foto se convirtió en mi maldición. Carmen lo mira con preocupación, pero no entiende. Nadie entiende porque nadie más estuvo en ese cuarto. Nadie más vio lo que Freddy vio. Nadie más sintió esa luz de Flash quemar su conciencia. 985. Freddy tiene 53 años.
Han pasado 18 años desde Vallegrande. Está en su casa viendo televisión, un documental sobre el Cheé, Imágenes de su juventud, su paso por Cuba, su muerte. y luego su fotografía. La cámara se acerca al rostro. El narrador habla de iconografía revolucionaria, de la imagen más poderosa del siglo XX, de el fotógrafo que capturó la eternidad.
Freddy apaga el televisor, se sienta en la oscuridad y por primera vez en años vuelve a llorar. Yo no capturé la eternidad, capturé mi propia condena. Durante esos años, Freddy intenta escapar de la fotografía de diferentes maneras. En 1978 acepta un trabajo en Cochabamba, lejos de La Paz, pensando que la distancia geográfica lo ayudará.
Fotografía mercados, festivales, rostros anónimos, pero cada rostro parece contener un eco de aquel otro rostro. Un campesino mirando al horizonte, un niño durmiendo en brazos de su madre, una anciana con los ojos cerrados en misa. Todos le recuerdan que la muerte y la paz son la misma cosa vista desde diferentes ángulos.
En 1982, un periodista joven lo encuentra en Cochabamba. Quiere hacer una entrevista sobre la fotografía más famosa de Bolivia. Freddy acepta pensando que tal vez hablar lo liberará. Se sientan en un café pequeño. El periodista saca una grabadora. Señor Alborta, cuando tomó esa fotografía, supo inmediatamente que sería histórica.
Freddy mira su taza de café. El vapor sube lentamente, piensa en cómo responder. Finalmente dice algo que sorprende incluso a él mismo. No pensé que sería histórica, pensé que sería mi perdición. El periodista parpadea confundido. Su perdición. Freddy asiente lentamente. Verá, joven, hay fotografías que documentan y hay fotografías que crean.
La mía creó algo, creó un mito. Y los mitos son peligrosos porque se alimentan del alma de quien los crea. Yo alimenté ese mito con mi flash, con mi obturador, con mi mirada y desde entonces ese mito se ha alimentado de mí. El periodista no entiende completamente, pero escribe. Freddy continúa como si hablara consigo mismo.
Sabe lo que es vivir sabiendo que su obra más importante es un cadáver. Que lo mejor que hizo en su vida fue capturar la muerte de alguien. No su vida, su muerte. ¿Qué dice eso de mí como artista? ¿Como ser humano? La entrevista termina incómoda. El artículo nunca se publica. Demasiado filosófico, dice el editor. La gente quiere anécdotas.
No existencialismo desde el 2005 Alborta reflexiona. En esos años intenté entender qué había hecho. Era un artista, era un testigo, era un cómplice. Porque mi foto no solo mostró la muerte del Che, le dio inmortalidad. Y yo no sé si tenía derecho al hacer eso. ¿Puede un ser humano hacer inmortal a otro? ¿No es esa labor de Dios? 1997, 30 años después de la muerte del Che.
Los restos del Cheé son encontrados en Bolivia y trasladados a Cuba. Fidel Castro organiza un funeral de estado masivo. Las imágenes se transmiten por todo el mundo y en cada transmisión aparece la fotografía de Freddy una y otra vez. El rostro sereno, los ojos entreabiertos, la paz eterna. Freddy ve las imágenes en su televisor.
Ahora tiene 65 años. Su cabello es gris. Sus manos ya no son tan firmes, pero sus ojos siguen siendo los mismos. Los ojos de un hombre que vio algo que no debía ver. Fidel Castro habla en la ceremonia. El Che no murió, se convirtió en icono, en símbolo, en eternidad. Freddy apaga el televisor otra vez, se queda sentado en la oscuridad de su sala y murmura para sí mismo.
Yo lo convertí en icono con mi foto. Pero eso es bueno o malo. No lo sé. 30 años después. Todavía no lo sé. Esa noche Freddy no puede dormir. Se levanta a las 3 de la mañana y va a su antiguo cuarto oscuro que hace años no usa. Ahora es un cuarto de almacenamiento. Cajas, ropa vieja, objetos olvidados. Pero en la pared todavía colgada está la primera copia que hizo de esa fotografía enmarcada, cubierta de polvo.
Freddy enciende la luz, limpia el polvo con la manga de su pijama y mira esos ojos entreabiertos. 30 años después siguen mirándolo. O eso siente. Se sienta en el suelo frente a la fotografía y le habla como si el che pudiera escucharlo. No sé si me escuchas. No sé si hay algo después de la muerte, pero si hay, quiero que sepas algo.
Yo no quería hacerte inmortal, solo quería hacer mi trabajo. Pero mi trabajo se convirtió en tu resurrección y no sé si eso te hace feliz o te enfurece. Silencio. Solo el sonido de los autos ocasionales en la calle. Durante 30 años he vivido contigo. No con tu vida, con tu muerte. Y tu muerte es más poderosa que cualquier vida. Tu muerte se convirtió en millones de camisetas, millones de pósters, millones de gritos de protesta.
¿Querías eso o solo querías descansar? Freddy siente lágrimas en sus mejillas. Yo también quiero descansar, pero no puedo porque cada vez que alguien ve mi foto, me recuerdan que yo fui el que te mató por segunda vez. La primera vez te mataron con balas. La segunda vez yo te maté con luz, con flash.
Y esa segunda muerte es la que vive para siempre. Su esposa entra a la sala, ve a Freddy sentado en la penumbra. ¿Estás bien? Freddy no responde inmediatamente, luego casi en un susurro. Carmen, ¿crees que Dios me ha perdonado? ¿Por qué necesitarías perdón? Por esa foto por hacer hermoso lo que debía ser horrible, por convertir un cadáver en arte. Carmen se sienta a su lado.
Toma su mano. Freddy, solo hiciste tu trabajo. No, Carmen, hice más que mi trabajo. Hice algo que no tenía derecho a hacer. Hice inmortal a un hombre y solo Dios puede hacer eso. Carmen lo mira con tristeza. ha escuchado variaciones de esta confesión durante tres décadas. Sabe que no hay palabras que puedan liberar a su esposo, porque la cárcel de Freddy no está hecha de hierro, está hecha de luz, de luz de flash.
Y esa prisión es invisible, pero indestructible. En los meses siguientes, al funeral del Che en Cuba, algo cambia en Freddy. Deja de fotografiar por completo, guarda su cámara Pentax en un cajón y no la vuelve a tocar. Carmen le pregunta, ¿por qué he tomado suficientes fotografías en mi vida? Una fue demasiado. La del Che, sí, esa foto tomó algo de mí que nunca recuperaré.
Mi inocencia, mi capacidad de ver sin juzgar, mi habilidad de documentar sin sentir. Esa foto me convirtió en algo que no quería ser, un creador de mitos. Y los creadores de mitos pagan un precio. ¿Qué precio? Freddy mira por la ventana. El cielo de la paz está nublado. El precio de saber que tu arte es más importante que tu vida, que la gente recordará tu foto, pero no a ti.
Que he vivido 65 años, pero solo 5 segundos de mi vida importan. Los 5 segundos que tardé en tomar esa foto. Todo lo demás es irrelevante. Carmen no sabe qué decir. Toma la mano de Freddy y la aprieta. A veces el silencio es la única respuesta posible. La voz de Alborta desde el 2005 cierra esta sección.
Durante 30 años viví con esa culpa. Algunos días pensaba que había hecho algo sagrado. Otros días pensaba que había cometido un pecado imperdonable. Pero la verdad es más complicada. Yo no soy ni santo ni pecador. Soy simplemente un hombre que tomó una fotografía y esa fotografía me tomó a mí y nunca pude escapar de ella. Oscuridad.
El sonido de un obturador de cámara. Luego silencio. 2003. Freddy Alborta tiene 71 años. Un periodista llega a su casa, quiere una entrevista. 36 años después, el fotógrafo del Che habla. Freddy acepta. Siente que debe hacerlo antes de que sea demasiado tarde. El periodista coloca una grabadora en la mesa y hace la pregunta inevitable. Señor Alborta, cuando tomó esa fotografía, ¿qué sintió? Freddy respira profundo.
Ha respondido esta pregunta cientos de veces con respuestas profesionales, distantes, pero hoy no tiene tiempo para mentiras. Lloré. Mientras tomaba la foto, estaba llorando porque el rostro del che se parecía al rostro de Jesús. Yo soy católico y en ese momento sentí que estaba fotografiando la muerte de Dios. El periodista no sabe qué decir.
Freddy continúa. El che era ateo, pero cuando lo vi muerto, vi a Cristo. Durante 36 años me hice esa pregunta y finalmente encontré la respuesta. Sí, es posible, porque Dios está en la muerte, incluso en la muerte de quienes lo niegan. Pero eso no me dio paz, porque con esa foto yo hice inmortal al che es la labor de Dios, no del hombre.
¿Puede un ser humano hacer inmortal a otro? Mayo de 2005. Freddy está en cama. Cáncer. Su hijo Roberto está a su lado. Roberto, ¿crees que seré perdonado por esa foto? Roberto tiene lágrimas en los ojos. Papá, tú solo hiciste tu trabajo. No, hijo. Yo embellecí y el mundo adoró esa belleza. Freddy pide papel y lápiz. con letra temblorosa escribe una última frase.
Esa fotografía fue Neema el momento en que más cerca estuve de Dios y también el momento en que más lejos me sentí de él. 11 de junio de 2005. Freddy Alborta muere. El padre Justino oficia la misa. Freddy fue un testigo. Ser testigo es una carga. Él la llevó durante 38 años. Ahora está libre.
Roberto entra al cuarto de su padre. En la pared esa fotografía, el rostro del Che, sereno, eterno. Roberto encuentra el cuaderno con las últimas palabras de su padre. Esa fotografía fue el momento en que más cerca estuve de Dios y también el momento en que más lejos me sentí de él. FA. Roberto cierra el cuaderno y entiende.
Algunos actos humanos son demasiado grandes para ser juzgados. Hay fotografías que son portales entre la vida y la muerte. Su padre cruzó ese portal el 10 de octubre de 1967 y nunca regresó completamente. La cámara se acerca al rostro del Che, a esos ojos entreabiertos. Luego, oscuridad, la voz de Freddy alborta. Una última vez tomé esa fotografía, pero en realidad esa fotografía me tomó a mí.
Quedé atrapado en ese cuarto oscuro, donde la luz y la oscuridad se encuentran, donde la vida y la muerte son lo mismo. Algunas fotografías no solo capturan luz, capturan el alma. Y una vez que capturas un alma, la tuya nunca vuelve a ser la misma. Un último flash de cámara, luego silencio eterno.