“Vengo a acompañarlo”, respondió el padre Shaller simplemente, “no a salvarlo. Solo Dios puede hacer eso. Y según usted, Dios no existe.” El Che sonríó. Era una sonrisa extraña, casi de apreciación. “Siéntese, padre. Ya que está aquí, al menos conversemos. No tengo nada mejor que hacer mientras espero que estos cobardes se decidan a matarme.
El padre Shaler buscó un lugar donde sentarse. No había sillas, solo un pequeño banco de madera que los soldados usaban para vigilar al prisionero. Lo arrastró cerca del Che y se sentó colocando su Biblia sobre sus rodillas. El silencio entre ellos duró varios minutos. Fue el Che quien rompió el silencio con una pregunta que tomó al sacerdote completamente por sorpresa.
¿Usted es alemán, verdad? El padre Shaller asintió, preguntándose cómo lo había adivinado. Su acento en español, incluso después de 6 años en Bolivia, seguía delatando sus orígenes. “Conocía a muchos alemanes en Argentina cuando era joven.” Continuó el Che. Algunos eran nazis escapando de la justicia, otros eran judíos escapando de los nazis y algunos, como usted supongo, eran simplemente alemanes escapando de Alemania.
El sacerdote sintió que el Che lo estaba estudiando, analizando, tratando de entender qué tipo de hombre había venido a verlo en sus últimas horas. Yo escapaba de mis propios demonios admitió el padre Schaler. La guerra me mostró cosas que ningún hombre debería ver. Busqué a Dios porque necesitaba creer que existía algo más que el horror.
El Che asintió lentamente. Comprendo eso más de lo que imagina, padre. Yo también he visto horrores. La diferencia es que yo no busqué a Dios, busqué la revolución. Pero lo que pasó en los siguientes minutos cambiaría para siempre la comprensión del padre Shaler sobre aquel hombre que el mundo consideraba un monstruo ateo.
Porque el Che comenzó a hablar de una manera que el sacerdote nunca había escuchado de ningún revolucionario, de ningún político, de ningún prisionero enfrentando la muerte. Hábleme de su Dios Padre”, dijo el Che de repente. “No me predique, no me cite la Biblia, no intente convertirme, solo hábleme de él como si fuera un amigo contándole sobre otro amigo.
” El padre Schaler se quedó sin palabras. En 40 años de ministerio, nadie le había pedido algo así. Los creyentes querían confirmación, los ateos querían debate, los moribundos querían consuelo o absolución, pero nadie jamás le había pedido que simplemente hablara de Dios como si fuera una persona real. Es difícil hablar de Dios sin predicar, admitió el sacerdote.
Toda mi formación me enseñó a explicarlo a través de las escrituras. Entonces, olvide su formación por una noche, respondió el Che. Estoy a horas de morir. No necesito teología. Necesito honestidad. Friedrich hace una pausa en su lectura. Sus ojos están húmedos. Mi tío escribió que ese momento fue el más difícil de su vida como sacerdote.
Dice con voz quebrada. Porque el Che le estaba pidiendo algo que ningún seminario le había enseñado. Hablar de fe sin escudarse en la doctrina. El padre Shaler guardó su Biblia en el bolsillo de su sotana. Si les soy honesto, comenzó lentamente. Dios para mí es silencio. No es una voz que me habla, no es una presencia que siento, no es un milagro que presencio.
Es un silencio profundo que encuentro cuando todo lo demás se calla. Un silencio que me dice que hay algo más grande que yo, más grande que esta guerra, más grande que la muerte. El Che escuchaba con una atención que sorprendió al sacerdote. No había burla en sus ojos, no había desprecio. Había algo que el padre Shaler solo podía describir como hambre.
Hambre de algo que quizás el revolucionario nunca se había permitido buscar. Y usted está seguro de que ese silencio es Dios. Preguntó el Che. ¿Y no simplemente el vacío? La pregunta del Che tocó algo profundo en el padre Schaler. Era la misma pregunta que él mismo se había hecho mil veces durante los años oscuros de la guerra, cuando veía morir a inocentes y se preguntaba si Dios realmente existía o si estaba rezando al vacío.
“No estoy seguro de nada”, admitió el sacerdote. “La fe no es certeza. La fe es elegir creer cuando la evidencia no es suficiente. Usted, comandante, eligió creer en la revolución, aunque no tenía garantía de que funcionaría. Yo elegí creer en Dios, aunque no tengo prueba de que exista. El che se quedó en silencio por un largo momento.
Su respiración era trabajosa. Su pierna herida claramente le causaba dolor, pero parecía completamente ajeno a su sufrimiento físico. Estaba perdido en algún lugar dentro de su propia mente. Yo solía pensar que la fe era para los débiles”, dijo finalmente. Que las personas creían en Dios porque no tenían el coraje de enfrentar la realidad de un universo sin sentido.
Pero usted sobrevivió a la guerra, padre. vio lo peor de la humanidad y aún así eligió creer. Lo que el Che dijo después fue lo que el padre Shaller guardó en secreto durante más de cinco décadas. Las palabras que Friedrich ahora lee por primera vez al mundo. Mi tío escribió que el Che cerró los ojos por un momento, como si estuviera reuniendo coraje para decir algo que nunca había dicho en voz alta.
Cuando los abrió, había algo diferente en su mirada. Padre”, dijo el Che con una voz apenas audible. “Tengo una pregunta que me ha perseguido durante años. Una pregunta que nunca me atrevía a hacer porque tenía miedo de la respuesta.” El padre Shaller se inclinó hacia adelante. “Pregunte lo que quiera, comandante. Esta conversación queda entre nosotros y Dios, si es que existe.
” El Che sonrió amargamente ante la ironía, luego respiró profundamente y formuló la pregunta que cambiaría para siempre. la comprensión del sacerdote sobre quién era realmente Ernesto Guevara. Si Dios existe, padre, puede perdonar a un hombre que ha matado en nombre de una causa que creyó justa. O estamos los revolucionarios condenados sin importar cuán nobles fueran nuestras intenciones, el padre Schaller sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
En una sola pregunta, el Che había destruido toda la imagen que el mundo tenía de él. No era el ateo convencido que despreciaba la religión. Era un hombre atormentado por la culpa, un hombre que había matado y que secretamente temía las consecuencias eternas de sus actos. Un hombre que en el fondo de su alma no estaba tan seguro de que Dios no existiera.
Friedrich cierra el cuaderno por un momento. Incapaz de continuar. Mi tío me dijo que esa pregunta lo destruyó. confiesa porque se dio cuenta de que el Cheegevara, el revolucionario más famoso del mundo, el hombre que había declarado públicamente que la religión era una mentira, había vivido toda su vida con una duda secreta, una duda que solo se atrevió a expresar cuando estaba a horas de morir, cuando ya no tenía nada que perder.
El padre Shaler no respondió inmediatamente. Entendía que cualquier respuesta superficial sería un insulto a la honestidad brutal que el Che había mostrado. Comandante, comenzó el sacerdote cuidadosamente. Yo no puedo hablar por Dios. No sé quién será perdonado y quién no, pero le diré lo que creo personalmente, no como sacerdote, sino como un hombre que también ha visto morir a otros por causas que creí justas.
El Chelo miraba con una intensidad que el padre Shaller nunca olvidaría. Creo que Dios, si existe, juzga el corazón más que las acciones. Creo que un hombre que mata por codicia no es igual a un hombre que mata creyendo genuinamente que está salvando a otros. Ambos han matado, sí, pero sus almas son diferentes. El che cerró los ojos.
Una lágrima solitaria rodó por su mejilla sucia. Era la primera vez que el padre Schaler veía llorar al revolucionario más temido de América. “Pero yo no sé si mis intenciones eran realmente nobles”, susurró el Che. “A veces me pregunto si luché por los pobres o si luché porque necesitaba sentirme importante, si maté por la revolución o si maté porque era más fácil que construir.
” Friedrich hace una pausa final. Las últimas páginas del cuaderno de su tío contienen la respuesta del padre Shaler a esa confesión devastadora, una respuesta que el sacerdote nunca compartió con nadie hasta su lecho de muerte, cuando finalmente se la contó a su sobrino. “Mi tío le dijo al Che algo que ningún sacerdote ortodoxo aprobaría, explica Friedrich.
” Le dijo, “Comandante, el hecho de que se haga esas preguntas me dice más sobre su alma que cualquier confesión formal. Los verdaderos monstruos nunca dudan. Los verdaderos monstruos duermen tranquilos. Usted no ha dormido tranquilo en años, ¿verdad? El Che negó con la cabeza. No, padre, no he dormido tranquilo desde la primera vez que apreté un gatillo.
Entonces, dijo el padre Shaller, quizás esa es su penitencia. Quizás Dios ya lo ha estado juzgando todos estos años a través de su propia conciencia. Y quizás, solo quizás, el hecho de que busque perdón significa que ya está en camino de encontrarlo. El Chegueevara, el ateo más famoso del mundo, cerró los ojos y susurró dos palabras que el padre Shaller guardó en secreto durante 54 años. Gracias, padre.
Pero lo que sucedió después de aquellas dos palabras cambiaría para siempre la vida del padre Roger Scheller, porque la conversación entre el sacerdote alemán y el revolucionario argentino no terminó con ese agradecimiento. Friedrich continúa leyendo del cuaderno de su tío, su voz temblando con cada palabra.
El Che abrió los ojos y miró al sacerdote con una expresión que mi tío describió como la de un niño perdido buscando a su madre en una multitud. Ya no era el comandante guerrillero, ya no era el revolucionario temido por los gobiernos de medio continente, era simplemente un hombre de 39 años que sabía que no vería otro amanecer.
Padre, dijo el Che, hay algo más que necesito decirle, algo que no he dicho a nadie, ni siquiera a Fidel, ni siquiera a mi esposa, Aleida. El padre Schler asintió en silencio, preparándose para lo que vendría. En sus décadas, como sacerdote, había escuchado confesiones terribles, secretos que habrían destruido familias y carreras, pero nada lo había preparado para lo que el chegue vara estaba a punto de revelar en aquella aula miserable.
Tengo cuatro hijos en Cuba. Comenzó el che con voz quebrada. Aleida, Camilo, Celia y Ernesto. El mayor tiene apenas 7 años, la menor todavía no cumple dos. Cuando me fui de Cuba hace dos años, sabía que probablemente nunca los volvería a ver. Escribí cartas para cada uno de ellos, cartas que solo leerán cuando sean adultos.
El padre Shaller escuchaba en silencio. El Che hablaba ahora sin filtros. sin la máscara del revolucionario invencible que había mostrado al mundo durante una década. En esas cartas les expliqué por qué su padre eligió la revolución sobre ellos. Les dije que el mundo necesitaba cambiarse y que alguien tenía que sacrificarse para lograrlo.
Les dije que los amaba, pero que amaba más a la humanidad. El revolucionario hizo una pausa, su respiración entrecortada por la emoción y el dolor de su pierna herida. Pero ahora, padre, a pocas horas de morir, me pregunto si les mentí, me pregunto si realmente amaba a la humanidad o si simplemente era incapaz de quedarme quieto, incapaz de ser un padre normal, incapaz de construir algo pequeño y hermoso.
Friedrich levanta la vista del cuaderno. Sus ojos están llenos de lágrimas. Mi tío escribió que ese fue el momento en que entendió quién era realmente el chegara. Explica con voz ronca. No era un monstruo sin corazón, no era un fanático cegado por la ideología, era un hombre profundamente conflictuado que había sacrificado todo lo que amaba por una causa que ahora, en sus últimas horas, ya no estaba seguro de que valiera la pena.
El padre Shaller tomó la mano del Che. Era un gesto simple, humano, que trascendía las diferencias ideológicas entre ellos. El revolucionario no la retiró. Comandante”, dijo el sacerdote suavemente, “no puedo decirle si sus decisiones fueron correctas, pero puedo decirle algo que he aprendido en mis años de ministerio. Los hijos no juzgan a sus padres por sus ausencias, los juzgan por sus razones.
Si sus hijos leen esas cartas y entienden que usted genuinamente creía estar luchando por un mundo mejor para ellos, lo perdonarán.” El Che negó con la cabeza lentamente. Usted no conoce a los hijos de revolucionarios, padre. Crecen odiando la causa que les robó a sus padres. Y entonces el Che hizo algo que el padre Schaler nunca habría esperado de un ateo militante.
Pidió ver la Biblia del sacerdote no para burlarse de ella, no para debatir su contenido, no para demostrar su superioridad intelectual, simplemente para sostenerla entre sus manos atadas. Mi tío quedó paralizado, lee Friedrich. Había ofrecido esa Biblia a cientos de moribundos y muchos la habían rechazado con desprecio, pero ningún rechazo lo había sorprendido tanto como esa aceptación silenciosa.
El Che tomó el libro sagrado con dificultad, lo sostuvo contra su pecho y cerró los ojos. No rezó, al menos no en voz alta, pero sus labios se movían ligeramente, formando palabras que el padre Sher no pudo escuchar ni decifrar. El sacerdote respetó ese momento de intimidad absoluta. Entendía que estaba presenciando algo que nadie más vería jamás.
El Cheegevara, el ateo más famoso del hemisferio occidental, buscando algo más grande que él mismo en sus últimas horas de vida terrenal. Después de varios minutos de silencio, el revolucionario abrió los ojos y devolvió la Biblia al sacerdote con reverencia. No sé si acabo de rezar o simplemente de hablar conmigo mismo”, dijo el cheó su rostro demacrado.
“Pero gracias por permitirme intentarlo sin juzgarme. Todavía no has escuchado la parte más impactante de aquella noche, porque lo que sucedió después destruiría las creencias más fundamentales del padre Schaler sobre la muerte, la redención y la naturaleza humana. El Che miró fijamente al sacerdote alemán y le hizo una última petición que lo marcaría para siempre.
Padre, quiero que me prometa algo importante. Cuando me maten mañana, quiero que esté presente, si se lo permiten. No para darme la extrema unción, no para rezar por mi alma en la que no creo. Solo para que haya un testigo honesto de que morí como un hombre digno, no como un animal acorralado.
El padre Schaler sintió un nudo en la garganta que apenas le permitía hablar. Comandante, no sé si me permitirán estar presente durante la ejecución. Los militares querrán mantener todo en secreto absoluto para evitar que usted se convierta en mártir. El Che sonrió amargamente ante la ingenuidad del sacerdote. Los militares son cobardes que obedecen órdenes de Washington padre.
Van a matarme sin juicio porque tienen miedo de lo que diría en un tribunal internacional. Tienen miedo de que el mundo escuche mi verdad y despierte. Pero usted, padre, usted puede ser mi testigo silencioso ante la historia. puede recordar cómo morí y contarlo algún día, cuando ya no importe políticamente, cuando los que ordenaron mi muerte estén muertos también.
El sacerdote alemán asintió solemnemente, entendiendo el peso de lo que estaba aceptando. Se lo prometo, comandante. Seré su testigo ante Dios y ante los hombres. Contaré la verdad cuando llegue el momento apropiado. Pero la promesa del padre Shaller no pudo cumplirse como él esperaba. Friedrich explica lo que sucedió en las horas siguientes, según las notas detalladas de su tío.
Cerca de la medianoche, el coronel Selich entró al aula bruscamente y ordenó al sacerdote que se retirara inmediatamente. El padre Shaller protestó con vehemencia, explicando que el prisionero tenía derecho a asistencia espiritual hasta el momento final de su ejecución. El coronel lo miró con desprecio apenas disimulado y escupió sus palabras.
Este hombre no tiene ningún derecho, padre. Es un terrorista extranjero, un asesino de soldados bolivianos, un enemigo del estado y de la civilización occidental. Usted ya pasó demasiado tiempo con él, llenándole la cabeza de ideas religiosas. Retírese ahora mismo o lo arrestaré por obstrucción a la justicia militar y complicidad con el enemigo.
El padre Shaler miró al Che una última vez buscando alguna señal de cómo proceder. El revolucionario asintió levemente con la cabeza, indicándole que obedeciera la orden sin resistencia. “No quiero que usted también sufra por mi culpa, padre”, dijo con su voz ronca y cansada. Ya hay suficiente sangre en mis manos como para añadirla de un sacerdote inocente que solo quiso acompañarme.
El sacerdote se levantó lentamente del banco de madera, recogió su Biblia con cuidado y caminó hacia la puerta del aula. Antes de salir, se volvió una última vez para mirar al hombre que había transformado su comprensión de la fe y la duda. Que Dios lo acompañe en su último viaje, comandante, dijo simplemente.
El che sonrió por última vez. Si existe, padre, si existe, espero que sea tan misericordioso como usted dice. Lo que el padre Shaler vivió durante las siguientes horas lo marcaría profundamente para el resto de su larga vida. No le permitieron regresar a la escuela bajo ninguna circunstancia. Lo obligaron a quedarse en la pequeña iglesia del pueblo, custodiado por dos soldados jóvenes que tenían órdenes estrictas de no dejarlos salir hasta que todo terminara definitivamente.
“Mi tío escribió que pasó la noche entera rezando sin descanso”, lee Friedrich con voz quebrada. No rezaba por el alma del Che, porque no estaba seguro de que el Che quisiera sus oraciones formales. Rezaba por sí mismo, por la fuerza necesaria para cumplir su promesa de ser testigo, aunque fuera un testigo distante e impotente.
Rezaba para entender el significado profundo de lo que había presenciado en aquella conversación extraordinaria. Cuando amaneció el 9 de octubre, el padre Schaler escuchó movimiento frenético afuera de la iglesia. Soldados corriendo y gritando órdenes, el sonido inconfundible de un helicóptero aterrizando en algún lugar cercano del pueblo.
Sabía exactamente lo que ese movimiento significaba. La ejecución era inminente y él no podría hacer nada para impedirla o siquiera presenciarla. Intentó salir de la iglesia varias veces, pero los soldados lo empujaron de vuelta con sus rifles cada vez. Órdenes directas del coronel Selich, dijeron sin emoción.
El cura alemán se queda aquí adentro hasta que le digamos que puede salir. Cerca del mediodía, el padre Shaller escuchó los disparos que cambiarían la historia de América Latina. Fueron nueve en total, según contó mi tío con precisión obsesiva. Cada uno resonó en las montañas bolivianas como un trueno seco anunciando el fin de una era.
Luego vino el silencio más absoluto y pesado que había experimentado en su vida. Mi tío contó cada disparo con el corazón destrozado, explica Friedrich con lágrimas rodando por sus mejillas. Escribió que con cada uno sentía como si una parte de su propia alma también muriera en aquella escuela miserable. No porque amara al Cheen y compartiera sus ideas revolucionarias, sino porque había conocido al hombre vulnerable detrás del mito invencible.
Había visto su humanidad desnuda, había escuchado sus dudas más profundas y secretas. había sostenido su mano mientras lloraba, preguntándose si Dios podría perdonarlo. Y ahora ese hombre estaba muerto, ejecutado sin juicio justo, sin la oportunidad de decir sus últimas palabras al mundo, que lo adoraba y lo odiaba por igual.
Media hora después de los disparos, los soldados finalmente permitieron que el padre Shaller saliera de la iglesia hacia la luz del mediodía. Lo que vio afuera lo perseguiría en pesadillas recurrentes durante el resto de su vida. Soldados celebrando ruidosamente, brindando con aguardiente barato, tomándose fotografías junto al cuerpo, como si hubieran cazado un trofeo exótico.
La muerte de un ser humano convertida en fiesta macabra y obsena. El sacerdote sintió náuseas profundas y tuvo que apoyarse contra la pared de adobe de la iglesia para no caer al suelo. En ese momento comprendió algo terrible sobre la naturaleza humana, que la capacidad de deshumanizar a otros es infinita cuando la ideología lo justifica.
Pero lo que el padre Sher descubrió después cambiaría completamente su comprensión de lo que había presenciado la noche anterior en aquella aula. Porque cuando finalmente le permitieron ver el cuerpo del Che en lavandería del hospital de Vallegrande, donde lo habían transportado en helicóptero para exhibirlo ante la prensa internacional, el sacerdote notó algo que nadie más pareció ver ni registrar.
Friedrich lee las palabras exactas de su tío con voz temblorosa. El Che tenía los ojos abiertos, mirando hacia algún punto invisible en el techo manchado. Esos mismos ojos que la noche anterior me habían mirado con tanta intensidad buscando respuestas que yo no podía darle. Ahora contemplaban algo que ninguno de nosotros, los vivos podemos ver.
Pero había algo en su expresión final que me detuvo el corazón y me quitó el aliento. No había miedo congelado en su rostro, no había dolor ni agonía. Había algo que solo puedo describir como paz absoluta, como si en sus últimos momentos de vida hubiera encontrado finalmente algo que había buscado durante toda su existencia atormentada.
El padre Schaler se quedó junto al cuerpo durante varios minutos largos, ignorando a los militares prepotentes y periodistas ruidos que entraban y salían tomando fotografías para la historia. rezó en silencio. No las oraciones formales y vacías de la iglesia institucional, sino palabras simples y honestas que salían directamente de su corazón destrozado.
“Donde quiera que estés ahora, Ernesto,” susurró tan bajo que nadie pudo escucharlo. “Espero que hayas encontrado las respuestas que buscabas con tanta desesperación. Espero que Dios, si existe como ambos dudamos, te haya recibido con la misericordia que mereces.” Friedrich cierra el cuaderno de su tío y se queda en silencio por un largo momento, procesando el peso de las palabras que acaba de leer.
“La historia no termina ahí”, dice finalmente con voz ronca. “Mi tío vivió otros 47 años después de aquella noche en la higuera. murió en 2014, a los 91 años en un hospital de Munich, rodeado de recuerdos que nunca compartió con nadie, excepto conmigo en sus últimos días. Pero nunca olvidó al Cheegevara, nunca olvidó aquella conversación que transformó todo lo que creía saber sobre la fe, la duda y la redención humana.
El padre Shaler regresó a Alemania en 1975 después de 14 años sirviendo en las montañas de Bolivia. Había envejecido prematuramente. Su pelo se había vuelto completamente blanco. Sus ojos azules habían perdido el brillo esperanzador que alguna vez tuvieron. Sus superiores en la iglesia notaron el cambio dramático y le preguntaron repetidamente qué había sucedido para transformarlo así.
Él nunca les contó la verdad completa. Mi tío guardó el secreto durante décadas interminables, explica Friedrich. Rechazó todas las entrevistas sobre el Che con excusas vagas. Cuando periodistas persistentes o historiadores académicos lo contactaban preguntando sobre aquella noche histórica, él simplemente decía que había ido a ofrecer los últimos sacramentos a un prisionero condenado y que el prisionero los había rechazado categóricamente.
Era la versión oficial que todos esperaban escuchar, la versión que protegía tanto la memoria pública del Che como la paz mental del sacerdote atormentado. Pero en 2010, 4 años antes de su muerte, el padre Schaller finalmente decidió romper su silencio autoimppuesto, no públicamente ante el mundo, sino privadamente con su sobrino Friedrich, el único familiar cercano que le quedaba en este mundo.
Friedrich recuerda ese día con claridad absoluta, como si hubiera ocurrido ayer. Era un domingo gris de otoño alemán. Había ido a visitar a su tío en el asilo católico donde vivía sus últimos años. El anciano sacerdote lo tomó de la mano con una fuerza sorprendente y le dijo que tenía algo tremendamente importante que contarle antes de morir.
Me dijo que había cargado con un secreto durante más de 40 años, recuerda Friedrich con emoción visible. Un secreto que le pesaba más que cualquier pecado que hubiera escuchado en miles de confesiones durante su largo ministerio. Me pidió que lo escuchara sin juzgar, que guardara silencio absoluto hasta después de su muerte y que luego decidiera por mí mismo si el mundo merecía conocer la verdad completa.
El padre Shaler le entregó entonces el cuaderno de cuero negro que había mantenido oculto durante décadas en un lugar secreto. Dentro de ese cuaderno gastado estaban las notas detalladas de aquella noche histórica, escritas con tinta que el tiempo había descolorido, pero no logrado borrar completamente. Friedrich leyó durante horas mientras su tío dormitaba en su sillón del asilo.
Cuando terminó la última página, entendió finalmente por qué el anciano había guardado silencio durante tanto tiempo. La verdad sobre el Cheegevara era demasiado compleja y matizada para un mundo que necesitaba desesperadamente héroes simples y villanos claros. Friedrich explica el dilema moral imposible que su tío enfrentó durante décadas de silencio.
Para la izquierda latinoamericana, el Che era un santo secular inmaculado, un mártir de la revolución que había muerto sin dudar jamás de su causa sagrada, revelar que había cuestionado sus creencias más fundamentales, que había buscado consuelo espiritual en un sacerdote, que había llorado preguntándose si Dios podría perdonar sus pecados, destruiría completamente esa imagen heroica que inspiraba a millones de personas en todo el continente oprimido.
Para la derecha conservadora y la iglesia institucional, el Che era un monstruo ateo sin redención posible, que había muerto impenitente y condenado al infierno eterno. Revelar que había mostrado humildad genuina, que había buscado algo más grande que la revolución materialista, que había agradecido sinceramente a un sacerdote por una conversación honesta sobre Dios, complicaría profundamente esa narrativa conveniente de condena absoluta.
Mi tío estaba completamente atrapado entre dos mundos ideológicos y reconciliables”, dice Friedrich con amargura comprensiva. Si hablaba públicamente, ambos lados lo acusarían inmediatamente de mentir para servir sus propios intereses. Los revolucionarios dirían que la Iglesia imperialista estaba tratando de reclamar al Che como suyo para neutralizar su mensaje subversivo.
Los conservadores dirían que el sacerdote ingenuo estaba romantizando a un asesino de masas para ganar notoriedad mediática. No había absolutamente ninguna forma de ganar en ese juego político, así que eligió el único camino seguro disponible, el silencio perpetuo. Pero había otra razón mucho más profunda y personal por la que el padre Shaller guardó silencio durante tanto tiempo.
Una razón que solo confesó a Friedrich en sus últimos días de vida consciente. Mi tío me dijo que aquella conversación con el Che había destruido su propia fe de maneras que nunca anticipó. explica Friedrich con voz pesada por el dolor. No la destruyó porque el Che lo convenciera argumentativamente de que Dios no existía.
La destruyó porque el Che le mostró algo inquietante que él no quería ver ni admitir, que la duda y la fe pueden coexistir en la misma alma humana, que un hombre puede pasar toda su vida proclamando públicamente una creencia mientras secretamente alberga la creencia opuesta en su corazón. El padre Schaller se preguntó obsesivamente durante décadas si su propia fe era genuina o si era simplemente una máscara conveniente que usaba para enfrentar un mundo caótico y sin sentido aparente.
Si el Che, el ateo más famoso y convencido del mundo occidental, había guardado una duda secreta sobre la existencia de Dios, ¿cuántos creyentes devotos guardaban una duda secreta equivalente sobre su inexistencia? Cuántas personas vivían vidas enteras fingiendo creer fervientemente algo que en realidad no creían.
La pregunta existencial atormentó al sacerdote alemán hasta el día de su muerte. Nunca encontró una respuesta satisfactoria que le devolviera la paz. Ahora, más de una década después de la muerte de su tío, Friedrich ha decidido finalmente revelar la verdad completa al mundo que la merece. No lo hago para cambiar la imagen histórica del Che ni para servir ninguna agenda política”, explica con sinceridad evidente.
No lo hago para glorificarlo ante sus admiradores, ni para condenarlo ante sus detractores. Lo hago porque creo profundamente que la humanidad merece conocer la verdad completa sobre sus figuras históricas más importantes, especialmente las más controvertidas y polarizantes. Friedrich mira directamente a la cámara con sus ojos azules cansados.
El Cheegevara no era el santo inmaculado que sus admiradores adoran ciegamente en camisetas y murales. Tampoco era el demonio sin alma que sus enemigos desprecian y maldicen. Era simplemente un ser humano profundamente conflictuado que pasó su vida luchando apasionadamente por una causa, mientras secretamente dudaba de todo.
Era un padre ausente que amaba intensamente a sus hijos, pero eligió conscientemente la revolución sobre ellos. Era un hombre que había matado y que no podía dormir tranquilo porque su propia conciencia lo atormentaba cada noche con los rostros de sus víctimas. El anciano hace una pausa larga buscando las palabras finales correctas para cerrar este testimonio histórico.
Mi tío creía firmemente que la verdadera grandeza de un hombre no se mide por sus certezas inquebrantables, sino por sus dudas honestas. Los fanáticos peligrosos nunca dudan de nada. Los verdaderos pensadores profundos dudan constantemente de todo, incluso de sí mismos. El Che, según la comprensión final de mi tío, era un pensador genuino disfrazado de fanático revolucionario para sobrevivir en un mundo que no tolera la ambigüedad moral.
Friedrich cierra el cuaderno de cuero negro por última vez y lo sostiene contra su pecho, exactamente como el Che sostuvo la Biblia del padre Schaler hace más de cinco décadas en aquella aula. miserable de la higuera. Ahora el mundo finalmente sabe la verdad completa y cada persona tendrá que decidir individualmente qué hacer con ella, cómo integrarla en su propia comprensión de la historia, del heroísmo, de la fe, de la duda y de lo que significa ser profundamente humano. No.