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Che Guevara: El último día de un revolucionario, su captura y muerte

 

El 8 de octubre de 1967 amaneció frío en las montañas de Bolivia, un frío que calaba los huesos y se metía en el alma de los 22 hombres que dormían en el fondo de la quebrada del yuro. No sabían que ese sería el último amanecer para muchos de ellos. No sabían que la historia estaba a punto de escribir su capítulo más trágico.

 Entre esos hombres exastos, hambrientos y enfermos había uno que tosía sin parar. Su nombre de guerra era Ramón, pero el mundo lo conocería para siempre como el Che. Ernesto Guevara de la Cerna tenía 39 años, aunque parecía de 60. 11 meses en la selva boliviana lo habían transformado en un fantasma de lo que alguna vez fue.

 Sus ojos, antes llenos de fuego revolucionario, ahora reflejaban algo que pocos habían visto en él, el presentimiento de la muerte. La noche anterior, una campesina llamada Virgil Yacabrita les había dado refugio en su humilde casa. Los guerrilleros le pagaron por la comida, la trataron con respeto, pero cuando el ejército llegó preguntando, Virgilia no dudó.

 Señaló hacia las montañas y dijo donde se escondían los extranjeros barbudos. No lo hizo por maldad, lo hizo por miedo. El mismo miedo que el ejército boliviano había sembrado en cada aldea de la región. Los soldados rodearon la quebrada. Durante la madrugada eran casi 2,000 hombres contra 22 rangers entrenados por asesores estadounidenses equipados con armas modernas, comunicaciones por radio y helicópteros de apoyo.La muerte del Che Guevara

 Los guerrilleros solo tenían fusiles viejos, munición escasa y un líder que apenas podía respirar por los ataques de asma que lo torturaban día y noche. A las 11 de la mañana, el capitán Gary Prados Almon dio la orden de ataque. Los primeros disparos resonaron en las paredes de roca como truenos anunciando una tormenta inevitable. El che escuchó el estruendo y supo inmediatamente lo que significaba.

 Años después, uno de los guerrilleros sobrevivientes recordaría ese momento con escalofriante claridad. Dijo que el che miró hacia el cielo, respiró profundo a pesar del dolor en sus pulmones y murmuró algo que sonaba como una despedida. La batalla fue caótica y brut. Los guerrilleros intentaron escalar las paredes del cañón, buscando una salida que no existía.

 Uno a uno fueron cayendo. El sonido de los disparos se mezclaba con los gritos de los heridos y el zumbido constante de las balas rebotando en las rocas, el cheluchó junto a un guerrillero cubano apodado Willy disparaban desde detrás de unas rocas intentando cubrir la retirada de sus compañeros. Pero las balas se acababan.

 Primero se terminó la munición del fusil, luego una bala enemiga destrozó el cañón del arma dejándola completamente inservible. El che sacó su pistola, pero también estaba vacía. En ese momento, otra bala le atravesó la pantorrilla derecha. Cayó al suelo. Incapaz de correr, incapaz de luchar. Un soldado boliviano se acercó con el rifle, apuntando directamente a su cabeza.

 Sus ojos brillaban con la emoción de matar. Pero antes de que pudiera apretar el gatillo, Willy el cubano saltó frente al cheitó que no disparara, que ese hombre era el comandante que valía más vivo que muerto. El soldado dudó. Esa duda de un segundo cambió la historia. En lugar de un cadáver anónimo, en una quebrada olvidada, el mundo tendría un mártir.

Los soldados llamaron al capitán Prado. Este llegó corriendo. Se arrodilló junto al prisionero herido y le preguntó su nombre. El Che respondió con la tranquilidad de quién ya ha aceptado su destino. Dijo que era Cheegev vara. Lo dijo sin orgullo, sin miedo, como quien anuncia un hecho inevitable. Prado recordaría ese momento durante el resto de su vida.

 Dijo que sintió un escalofrío recorrer su espalda, no de miedo, sino de asombro. tenía frente a él, al hombre más buscado de América Latina, al fantasma que los servicios de inteligencia llevaban años persiguiendo. Y ese hombre no suplicaba, no negociaba, no pedía clemencia, simplemente lo miraba con unos ojos que parecían ver más allá de la muerte.

 Lo ataron de manos y lo obligaron a caminar a pesar de la herida en la pierna. Cada paso era una agonía, pero el che no se quejó ni una sola vez. Los soldados que lo escoltaban no podían entender cómo ese hombre destrozado podía mantener la cabeza tan alta. El camino hacia la higuera fue un calvario de 2 horas. Subieron por senderos de cabras, cruzaron arroyos helados, tropezaron con piedras afiladas.

 El che caía y se levantaba, caía y se levantaba. Su respiración era un silvido constante, el asma estrangulando sus pulmones con cada paso, pero sejía adelante. La higuera era apenas un cacerío perdido en las montañas. unas pocas casas de Adobe, una iglesia diminuta y una escuela de una sola habitación.

 Los habitantes salieron a ver pasar al prisionero famoso. Lo miraban con una mezcla de curiosidad y temor. Algunos habían escuchado historias terribles sobre los guerrilleros. Otros simplemente no entendían que hacía un extranjero peleando en sus montañas. Lo encerraron en la escuela del pueblo. Era un cuarto pequeño con paredes de barro y un piso de tierra apisonada.

 Había dos bancos de madera donde normalmente se sentaban los niños a aprender a leer. Ahora esos bancos servirían como la última cama del cheegue vara. Lo dejaron tirado en el suelo, con las manos atadas, la pierna sangrando y el pecho ardiendo por la falta de aire. Afuera, los soldados celebraban su victoria. Adentro, un hombre moría lentamente mientras el sol comenzaba a descender sobre las montañas de Bolivia.La caída del Che Guevara

 Esa noche el cheno durmió no por el dolor, aunque el dolor era insoportable, no por el frío, aunque el frío de octubre en esas alturas congelaba hasta los pensamientos. No durmió porque sabía que esas serían sus últimas horas de vida y quería vivirlas despierto. Quería sentir cada segundo que le quedaba. Los soldados que lo custodiaban lo escucharon murmurar durante horas.

 Algunos pensaron que rezaba, otros creyeron que deliraba por la fiebre, pero uno de ellos, un joven cabo que se acercó a darle agua, escuchó claramente lo que decía. El Chen no rezaban ni deliraba, recitaba poesía, versos de Pablo Neruda, de César Vallejo, de Bal Twitman. Los poemas que había amado desde niño, que ahora lo acompañaban en su última noche sobre la tierra.

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